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La literatura sefardí

Martes, enero 13th, 2009

La literatura sefardí

 

 

 

 

 

La lengua y la cultura judeoespañolas han estado siempre bajo un doble signo: lo judío y lo español.

Esas dos constantes no pueden por menos de estar presentes también en la literatura sefardí en judeoespañol, en la que encontramos géneros de carácter netamente judío, como las que veremos en relación a las traducciones de biblias, y demás literatura rabínica,  junto a otros de origen hispánico, como los de transmisión oral, y uno, de gran personalidad, en el que se conjugan la herencia hispánica y la judía, las coplas; en época reciente surgieron otros, a los que se llama adoptados, que reflejan la entrada de nuevas influencia  en el mundo sefardí, aunque solo nos fijaremos en los textos de relación bíblico o religiosa, y en las coplas por ser el género más particular desarrollado por los literatos sefardíes.

 

 

  • La Biblia

 

El aspecto más judío de la literatura, que toma directamente de las fuetes hebraicas, está constituido por una serie de obras  cuya finalidad es poner al alcance de las gentes piadosas del pueblo unas obras originariamente escritas en hebreo, lengua que por lo general desconocían los sefardíes. La Biblia, los oracionales, los tratados de moral y colecciones de preceptos y, en fin, toda una literatura rabínica de gran importancia para la vida del judío.

 

Ya desde la Edad Media desempeñaron los judíos un importante papel en al traducción de la Biblia en español. Las biblias romanceadas medievales fueron elaboradas la mayor parte de las veces con los judíos.

                                                                                                           

 

Algún tiempo después la inquisición comenzó a ver con recelo estas traducciones de la Biblia a la lengua romance, por entender que podían servir para adoctrinar en la religión de sus padres a los conversos judaizantes. De ahí que las traducciones bíblicas, pronto prohibidas en la península, tomasen el camino del exilio: desde el siglo XVI al XVIII, la publicación de biblias en español estuvo a cargo exclusivamente de los protestantes exiliados y de los judíos expulsos.

 

Las biblias sefardíes recogen la tradición de las medievales, especialmente en lo que respecta a los rasgos lingüísticos: presentan un léxico arcaico y la morfosintaxis calcada del hebreo propias del ladino.

 

La más antigua de ellas es el Pentateuco de Constantinopla, editado en esta ciudad por Eliécer Soncino en 1547. En Ferrara (1553) vio por primera vez la luz otra de las más famosas biblias ladinadas, está en caracteres latinos. De la primero edición se hicieron dos versiones: una orientada a los cristianos,  otra dedicada a los judíos. Esta Biblia vivió la reedición varias veces en Italia y los Países Bajos hasta el siglo XVIII, y de nuevo vio la luz en el XX (1946) en Buenos Aires.

 

Otras de las biblias importantes son: la que se editó en el siglo XVIII,  por Abraham Asa, la primera aljamada que contiene todo el texto bíblico; y otra de las más conocidas biblias jufioespañola, la publicada en Esmirna en 1838, cuyo lenguaje es ya más judeoespañol que ladino.

 

El mismo paso dieron las dos lecturas muy comunes para los judíos piadosos: La Hagadá de Pésah, que narra la salida de los judíos de Egipto;  y los Pirqué abot “dichos de los padres”.

 

Los textos éticos que debían regular el comportamiento de la población también fueron traducidos al judeoespañol, así como todo texto relacionado con la liturgia judía, y con el pueblo que fuera interesante a la cúpula rabínica para hacer llegar el mensaje a sus correligionarios.

 

El resultado es una vastísima obra en la que, con motivo del comentario bíblico, se introducen elementos de filosofía, mística, moral, historia, astronomía, astrología, física, biología, medicina, zoología, pedagogía, folklore, legislación y las materias más variadas.

 

  • Las coplas

 

Sin duda las coplas, complas o conplas, es el género más característico de la literatura sefardí, en el que los rasgos más peculiares de la cultura judeoespañola en el exilio enlazan con la vulnerable tradición de las coplas hispánicas medievales.

 

 

 

 

                                                                           El nacimiento y vocación de Abraham

 1 Cuando el rey Nimrod al campo saldriya
miraba en el cielo a la estrelleriya,
vido luz santa en el juderiya
que habiya de nacer Abraham abinu.
 ld: abinu ‘nuestro padre’, eulogia habitual tras el nombre de los patriarcas (hb.)
2 Luego a las comadres encomendaba
que toda mujer que se encintara,
si pariya hijo, que lo matara,
que habiya de nacer Abraham abinu.
 

 

 3 La mujer de Térah quedó preñada,
de en diya en diya le demandaba:
¿De qué tenés la cara tan demudada?
Ella ya sabía el mal que teniya.
3b: No se explicita en el texto quién era el que preguntaba (demandaba), podría ser el propio marido mencionado en v.3a
4 A los mueve meses parir queriya,
se hue caminando por campos y viñas;
a su marido tal non descubririya,
topó una meará y lo paririya.
4b: hue ‘fue’.-

4d: meará ‘cueva’ (hb. me’ará)

5 Luego en aquella hora él le hablaba:
-Andávos la mi madre de la meará,
porque yo ya tengo a quen me alechará,
porque so criyado del Dio verdadero-.
 

 

 6 A los vente diyas lo hue a visitar,
lo vido de enfrente mancebo saltar,
mirando en el cielo y bien atentar
para conocer al Dio de la verdad.
6c: atentar ‘prestar atención, examinar atentamente’.
7 -Madre, la mi madre, ¿qué buscás aquí?
-Un hijo preciado que dejí aquí
lo vine a buscar si está por aquí;
si es que está vivo me consolo yo.
 

 

 8 Madre, la mi madre, ¿qué hablas hablás?.
un hijo preciado, ¿cómo lo dejás?
¿Por qué a los vente diyas lo venís a visitar?
Yo so el vuestro hijo, criyado del Dio.
 

 

 9 Al anochecer vide a la luna,
contí a las estrellas una por una.
Al amanecer vide que se encubrió de una;
dije: ¡No es éste el Dio vedradero!
9c: de una ‘por entero=.
10 Vide a el sol que se espandió,
pensí en mi corazón que era el Dio.
Vide a la tadre que se encubrió,
dije: ¡No es éste el Dio vedradero!
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Tres religioes, tres culturas

Martes, enero 13th, 2009

Tres religiones, tres culturas

 

Las monarquías cristianas, desde mediados del siglo X, reciben la herencia del califato Omeya, asumirán la coexistencia cristiano-hebrea-islámica. Como la sociedad española reconquistadora estaba mal dotada, técnica y científicamente, su convivencia con los judíos se hizo, en las primeras etapas, mucho más viva. Los financieros, médicos y viticultores fueron preferentemente judíos. Raimundo de Salvetat, arzobispo de Toledo, y Alfonso X el Sabio, un siglo más tarde, entendieron que, para progresar, necesitaban reunir sabios de las tres religiones, así se juntó lo que se denominó la Escuela de traductores, en realidad un centro reinvestigación sumamente beneficioso para Europa.

 

La comunidad judía de Castilla, cuya presencia en Toledo fue muy elevada en el siglo XII, contribuyó decisivamente al encuentro entre el pensamiento griego transmitido por los árabes y el pensamiento cristiano. Los judíos actuaban como traductores al castellano de textos árabes, para que clérigos cultos lo vertieran después al latín. La experiencia no sólo enriqueció al cristianismo, sino también al pensamiento judío, que, de estar influido fundamentalmente por el platonismo, comenzó a valorar en gran medida el aristotelismo, como se ve en Maimónides.

 

En los siglos XII y XIII, las tres creencias se convirtieron en integradoras de  otras tantas comunidades que habitaban en el mismo suelo, cada una de ellas aparecía dotada de tradiciones, lengua literaria, costumbres y derecho peculiares. Cada comunidad seguía su Ley, pero vivía dentro de un territorio cuyo soberano pertenece a una, la que detenta una absoluta legitimidad que niega a las otras dos. Coexistencia no significó en ningún momento igualdad, solo tolerancia.

 

Las tres confesiones, aún combatiéndose recíprocamente, se influyeron entre sí con intensidad tal que resulta muy difícil separar las aportaciones de cada sector al común patrimonio de la cultura española. Todos pretendían conservar su identidad, manteniéndola en estado de pureza. Por eso nunca llegó a declararse deseable la convivencia, a lo sumo se decía que era útil. Lo s reyes ante las Cortes no paraban de insistir  que los “judíos eran suyos” y que su finalidad era la conversión.

 

Durante los siglos medievales, la sociedad cristiana española se mostró persistente en su hostilidad hacia los judíos, aunque fue muy variable en sus manifestaciones concretas. El aire de tolerancia que se respiraba era solo en el caso de que los individuos se convirtieran mediante el bautizo.

 

Lo cierto es que judíos y musulmanes formaban sendas minorías, organizadas como microsociedades en el interior de la gran sociedad cristiana nacional.

La judeolengua en el exilio

Martes, enero 13th, 2009

La judeolengua en el exilio

 

 

“Llevaron de acá nuestra lengua y todavía la guardan y usan della de buena gana…”  

 Gonzalo de Illescas, Historia Pontifical y Catholica

 

Los judíos han vivido en siglos pasados en una situación de aislamiento físico, dentro de sus propios barrios, con respecto al resto de la población, de otra religión. La mayor parte de las veces esta reclusión no era sólo física, sino que implicaba también un aislamiento social, cultural y lingüístico.

 

Los judíos desarrollaron así unas formas especiales de hablar, tanto a causa de sus peculiaridades culturales como por un sentido de autodefensa, para poder comunicarse sin ser entendidos por los goyim o no judíos.

 

Nacieron así lo que los eruditos modernos han  dado en llamar judeolenguas, variedades del idioma de cultura dominante utilizadas en la vida social y familiar de las juderías.

Mucho se ha discutido sobre si los judíos de la península hablaban ya antes de la expulsión un español peculiar y distinto del de los cristianos. El estudio de documentos y obras literarias parece indicar que el español de los judíos no difería del de los demás habitantes de la península, salvo en muy contados rasgos dialectales determinados por razones sobre todo religiosas, como por ejemplo el uso del el Dios en vez de Dios, cuya –s final parecía signo de plural incompatible con su estricto monoteísmo; el nombrar con la palabra de origen árabe alhad el domingo de los cristianos; el uso del término meldar como sinónimo de “orar, leer textos religiosos”; la utilización de palabras hebreo-arameas para designar ciertas realidades de la vida religiosa; además, y entre otras, la conservación en algunos arabismos de formas más próximas al étimo original, por existir en hebreo y árabe un sonido laringal [ h], inexistente entonces en castellano.

 

Lo que queda bastante claro que antes de  producirse la expulsión como hacia las distintas zonas de  Europa, el Oriente mediterráneo y el Norte de África, las comunidades judías ya hablaban el castellano. Esto es así, porque formaban parte de la sociedad hasta el punto de ser necesaria la lengua como forma de relación, además de que no eran pocos los que estaban vinculados a los estamentos administrativos.

 

 

La continua intercomunicación entre las comunidades del exilio por medio de rabinos, comerciantes y artesanos viajeros; las relaciones con la península a través de los conversos a lo largo de todo el siglo XVI y parte del XVII; y la influencia de las publicaciones empresas en Salónica, Constantinopla y Esmiran, que se difundían por todo el mundo sefardí, contribuyeron a borrar las posibles diferencias regionales y a crear una especie de coiné o comunidad lingüística en la que convivían rasgos y formas dialectales muy variadas y a veces divergentes, pero que todos lo hablantentes entendían.

 

La distribución inicial de los expulsos de las zonas de Castilla la Nueva y Andalucía, esta última más innovadora, conocida por casi todos desde antesd el exilio y dotada por aquel entonces de mayor prestigio sociaocultural, tendió a imponerse no sólo entre los judíos españoles sino entre los portugueses, los judíos griegos, italianos y centroeuropeos que vivían en las zonas de asentamiento, y que acabaron por abandonar sus lenguas para hablar el español peninsular que trajeron consigo las comunidades expulsas.

 

En el siglo VXI, el español de los exiliados no difería aún apenas del de la Península, como indica tantas veces Gonzalo de Illescas en su Historia Pontifical y Católica, cuando señala de los judíos:

 

                “ Llevaron de acá nuestra lengua y todavía la guardan y usan Della de buena gana, y es cierto que en las ciudades de Salonico, Constantinopla y el Cairo y en otras ciudades de contratación y en Venecia no compran ni negocian en otra lengua sino en español. Y yo conocí en Venecia hartos judíos de Salonico que hablaban castellano, con ser bien mozos, tan bien o mejor que yo.”

 

 

Pero poco a poco la relación con la Península fue haciéndose menos intensa y las comunidades de judíos hispanohablantes comenzaron a quedarse aisladas en un entorno en el que no se hablaba español, sino otras lenguas como el árabe, el turco, el griego, el italiano, el francés o el flamenco.

 

En algunas de estas zonas, el castellano perdió la batalla frente al empuje de esas otras lenguas: así sucedió en Francia, en Italia, en los Países Bajos, en las actuales Túnez y Argelia; en Egipto y Siria el único resto que ha quedado del español son algunas expresiones del juego de naipes, los números y ciertos términos religiosos.

 

En otras zonas, como la del actual Marruecos o las tierras del entonces floreciente imperio turco, las circunstancias socioculturales y económicas fueron favorables y la presión de otras lenguas de cultura menos intensa, con lo que los sefardíes mantuvieron viva la lengua que sentían como propia: el español.

 

 

Sociedad cristiana y su implicación en la expulsión

Martes, enero 13th, 2009

 

Sociedad cristiana y su implicación en la expulsión

 

 

 

Veremos por sectores sociales quiénes fueron los que más presión ejerció para forzar de alguna forma la política a seguir:

 

La burguesía se dedicaba preferentemente a las actividades de tipo comercial y artesanal, había un contacto frecuente con los judíos, y ello conducía  a una prueba de fuerza, a una lucha por la supremacía en la esfera de la producción, y sobre todo, de la circulación de bienes. Así, es preciso constatar que hubo problemas de este tipo entre otros en los siguientes lugares: Bilbao, Balmaceda, Burgos, Vitoria, Zaragoza… pero no muchos más. La burguesía había exigido a los Reyes Católicos que tuvieran en cuenta su programa socio-político a cambio de ayuda financiera a la Guerra de Granada.

 

En cuanto a la aristocracia, se había ido abriendo paso la idea de que el reinado de Fernando e Isabel está marcado por un compromiso de los soberanos con la aristocracia. Así es, a diferencia de lo que sucede en esta misma época en otros lugares de Europa, pero no se posee ningún índice de hostilidad particular de la aristocracia en relación con los judíos. Se puede observar incluso todo lo contrario: que los nobles se mostraban siempre dispuestos a acogerlos. Así sucede cuando se decreta la expulsión, por ejemplo. El duque de cardona pidió que se hiciera una excepción con “sus judíos” y que se les autorice a quedarse. Hay constancia también de importantes relaciones de tipo cultural entre aristocracia y judíos, además de las ya conocidas de carácter puramente económico. Hubo pues entre estos dos grupos un continuo y pacífico diálogo, fundado en la estima mutua, mientras que las masas populares estaban impregnadas de prejuicios contra los hebreos.

 

Para Américo Castro “fue el pueblo, el maldito pueblo, la vulgaridad quien extirpó a los que eran, según Arragel, la corona y la diadema de toda la diáspora judía, en nobleza, en riqueza, en ciencia y en libertad”.

Se ha constatado una gran hostilidad contra los judíos, sobre todo en las ciudades más grandes. Por tanto, está claro que la desestabilización viene de abajo, aunque culmine en una expulsión procedente de arriba. 

 

La Inquisición, receptora singular de las quejas populares, fue la que denunció desde el primer momento el “peligro judío”: es la continua convivencia entre conversos y judíos, sus hermanos de raza, la que los lleva a judaizar. Fue ella la que presionó a los Reyes Católicos, logrando paulatinas concesiones hasta la definitiva y ya irreversible de 1492.

                                                                                 

                                                                                                          

La Inquisición denunció continuamente el peligro que para los cristianos “nuevos” y para el cristianismo de la sociedad, en general, representaba la permanencia de judíos y de musulmanes en el suelo peninsular. El 31 de marzo de 1492 se dijo a los primeros: la unidad de la sociedad exige que no haya súbditos sino de una sola clase; debéis iros, a menos que, aceptando el bautismo, os integréis plenamente en ella. La injusticia moral muy grave que este planteamiento entraña, pasó desapercibida a quienes defendían entonces una peculiar forma de totalitarismo del Estado. La iglesia quedaba también supeditada a él. El decreto de 1492 se inscribe en el mismo orden de cosas que la tiranía de Enrique VIII o la afirmación luterana del “cuius regio eius religio”. Algunos hombres realmente religiosos, se dieron cuenta del peligro que esto significaba: la conversión debe ser un acto libre y voluntario, un crecimiento interior del alma y nunca un sometimiento.

 

Los nombres de la lengua

Martes, enero 13th, 2009

Los nombres de la lengua

 

Esa conciencia de que hablaban la lengua de España se manifiesta en los nombres que los sefardíes repartidos por todas las partes de la geografía, han dado a su propio idioma: español, españolit, español ladino, franco español, romance español, o sefardí, sefaradí, lesón, sefaradim,  o lingua sefaradit.

 

Los sefardíes tenían muy clara la procedencia hispánica de su idioma, no es menos cierto que lo mantuvieron y conservaron no tanto por ser un recuerdo de España, aquella de la que habían sido expulsados de su seno, como porque la sentían como un rasgo propio y distintivo, que los caracterizaba frente a los pueblos que los  rodeaban. De ahí que diesen a su lengua denominaciones derivadas de su propia condición de judíos: judesmo o simplemente judió o jidió. La identificación de judío con la lengua española queda bien ejemplificada en multitud de anécdotas, como aquella de un sefardí oriental que, al oír hablar castellano a un sacerdote español, exclamó “¡un cura judío!”.

 

 

                                                                 Periódico sefardí Salom

 

Así pues, los sefardíes tenían conciencia de que lo que hablaban venía de España, pero sobre todo de que era suyo, patrimonio inalienable de su pueblo. Esta vinculación casi sentimental con la propia lengua se pone de manifiesto en el nombre que daban los sefardíes de Marruecos a su dialecto: haketía, que es un término afectivo y cariñoso en su lengua.

 

  • El ladino

 

 

El término deriva del español latino y se aplicaba en la Edad Media a un moro o a un judío que hablaba romance o lengua de los cristianos. Aunque a veces se ha llamado así al habla de los sefardíes, y de esta forma se la denomina actualmente en el Estado de Israel. En realidad el ladino es una lengua-calco del hebreo, que se utilizaba para trasladar a palabras españolas los textos litúrgicos escritos originalmente en la lengua santa.

 

Se trata pues, de una lengua artificial que en un principio se creó con finalidad pedagógica: el hebreo dejado de hablarse ya en la Edad Media y la mayoría de los fieles eran incapaces de captar el sentido de los textos religiosos, por lo que se recurrió a ponerlos en palabras castellanas para que el texto así ladinado sirviese de guión a estudiantes, fieles y cantores de sinagogales; a raíz de este uso, el ladino entró también en la liturgia. Perno no fue verdadera lengua de comunicación en la vida cotidiana.

 

No es el ladino la única lengua de este tipo, sino que forma parte del grupo de lo que se ha dado en llamar hagiolenguas, es decir, “lenguas santas”, calco, utilizadas para verter textos religiosos en lenguas sagradas en la lengua vernácula. Por otra parte, esta hagiolenguas calco no son exclusivas de los judías, hay también en el islamopersa, el judeoalemán, judeoitaliano o judeogriego.

 

 

El ladino o judeocristiano calco muestra con respecto al texto-fuente hebreo un total literalismo, que se manifiesta en:

 

a) En el aspecto sintáctico hay ciertas relaciones con las contracciones sintácticas del hebreo. Tampoco existe tiempo presente en su función, la cumple el participio activo, donde encontramos formas de participio sin apocopar como comientes o apocopadas como temién (que teme) con valor de presente.

 

b) En la morfología: por ejemplo, se utiliza la palabra vidas en plural, porque su sinónimo hebreo hayim, “vida”, tiene la terminación –im de plural.

 

c) En la derivación lexicológica: se crean, por calco del hebreo, palabras como acuñadear (de cuñado) para expresar el cumplimiento de la ley del levirato, por la cual un hombre ha de casarse con su cuñada si ésta queda viuda.

 

d) En la semántica: por ejemplo, la palabra paz con el mismo campo semántico que en hebreo, donde salom significa “paz”, como “plenitud” o “estado de salud”.

 

e) En la elección de palabras castellanas más o menos homófonas de las hebreas que se traducen.

 

 De tal literalismo resulta una lengua totalmente artificial, muchas veces ininteligible si no se tiene delante el texto hebreo que sirve de fuente al pasaje ladinado.

 

Se ignora en qué momento comenzaron a realizarse traducciones ladinadas, pero se supone que su origen se remonta a la Edad Media peninsular. Aunque no se han conservado manuscritos medievales en ladino, la tradición de ladinamientos  de le Edad Media se refleja en los primeros libros religiosos impresos, ya en el exilio, durante el siglo XVI. En ellos, los editores hacen a veces alusión a una tradición antigua a la cual se ciñen, así lo indican por ejemplo, lo de la Biblia de Ferrara:

 

“fue forçado seguir el lenguaje de los antiguos Hebreos españoles usaron… y los ladinos tan antiguos y sentnciosos  y entre los Hebreos ya convertido en naturaleza.”

 

En suma, lo sefardíes llamaban habitualmente a su lengua de comunicación judesmo o español, distinguiéndola del ladino o lengua de calco,  aunque este término se haya introducido modernamente como sinónimo de judesmo; y judeoespañol es un cultismo tardío. Según palabras de B. Uziel:

 

“No es que últimamente que llaman al idioma sefardita ladino. Ladinar ande nosotros es sólo “hacer la traducción española de la Biblia”. Nosotros mesmos, el pueblo, llaman a nuestro idioma simplicemente español. Los entelectuales lo llamaban más tarde judeoespañol; ma mi agüelo, y los de su generación, la llamaban judesmo, que quiere decir “lingua judía” era “hablar el español”.

 

 

 

 

La expulsión

Martes, enero 13th, 2009

La expulsión

 

 

Así pues, la única medida que cabía a los monarcas Católicos era la expulsión general, aunque ellos no desearan ver triunfar soluciones tan radicales. Esta es la conclusión a que han llegado varios historiadores actuales. Expulsión, tratando de hacer justicia en todo momento y de serenar los ánimos de las masas populares.

 

Pero el rechazo de los judíos por parte de los cristianos era lago generalizado. Se trataba de un rechazo de tipo religiosos por una parte, y otro rechazo económico-comercial, agudizado por el problema de la usura en los préstamos. 

 

Pero, someter a los judíos al poder de la Inquisición significaba tanto como declarar que la fe mosaica era intrínsecamente dañina para la sociedad cristiana. A eso se había llegado como “solución última”. Pero es muy posible que el deliberado propósito de suprimir el judaísmo mediante la expulsión de sus fieles, haya aguardado para su ejecución, al final de la Guerra de Granada, y no sólo por razones fiscales. Los Reyes Católicos, que se mostraron sumamente cuidadosos en la conservación de su imagen de soberanos justos, establecieron tres condiciones previas

                         Edicto de Granada 1492 

 

al poder alegar que se observaban los preceptos del Derecho Común: en primer lugar, la comprobación de la existencia de delitos, cuyo origen se hallaba precisamente en la presencia de una comunidad judía y cuyo daño exigía una medida radical. Se trataba de causar un mal menor para evitar otros males incomparablemente mayores. En segundo término, la concesión de una plazo suficiente para que los afectados pudiesen rectificar, abandonando su perniciosa fe y acogiéndose a la salvación que les brindaba el cristianismo. Y, por último, otorgar a los afectados la libre disposición de sus bienes, de acuerdo con las Leyes del Reino. Estos tres requisitos fueron efectivamente contemplados en el Decreto de 31 de marzo de 1492.

 

Los motivos de la decisión real se exponen en la primera parte del famoso texto, donde se establece una secuencia lógica de hechos y razones, aunque el tema religiosos y la Inquisición son, en definitiva, los únicos protagonistas. Las Cortes de Toledo decidieron apartar a los judíos de los cristianos, para evitar que algunos de estos apostatasen, pues los inquisidores habían explicado a los reyes cómo la diaria convivencia era causa de todos los males.

 

Establecida de este modo la culpabilidad judía, se hacía la defensa de las medidas tomadas, en especial la anterior expulsión de Andalucía que, se pensaba, resolvería los males. Pero he aquí, argumentan ellos, que esta medida fracasó y de ahí la consecuencia lógica: la expulsión general de toda España. No se trataba de castigar personas y hechos concretos sino de extirpar de raíz el judaísmo, que era la causa última del problema.

 

Una vez declarado el problema, se entraba en el modo de llevarlo acabo sin recurrir en injusticia. Los judíos disponían de cuatro mese para tomar la más terrible decisión de su vida: abandonar su fe o tomar el camino del destierro. Durante esos meses quedaban protegidos por un Seguro Real. Se les concedía la libre disposición de sus bienes, que podían vender o transferir a apoderados cristianos para que ellos los vendiesen. Estaban autorizados a llevarse consigo toda su fortuna pero sujetándose en todo a las Leyes del Reino, que prohibían sacar oro, plata, joyas, moneda acuñada, armas y caballos. Expresamente se reconocía el derecho a convertirlo todo en Letras de Cambio.

 

Quedaba claro que el objetivo de la medida era terminar con el judaísmo en España, que no hubiese individuos en el territorio con posibilidad de sustraerse a la Inquisición. Los que desearan permanecer en suelo hispánico podían hacerlo, pero recibiendo el bautismo, y los que después de haber salido, se arrepintiesen, podían volver, pero previamente bautizados y con una certificación que lo atestiguase. En ese caso recobrarían todos sus bienes, aún los vendidos pagando, claro está, la misma cantidad que percibieron al venderlos.

 

De modo que el Decreto de 1492 provocó la Diáspora sefardí. La orden de destierro no produjo entre los judíos una depresión sino más bien una especie de exaltación religiosa.

Siglo XV: Raíces del Decreto de Expulsión

Martes, enero 13th, 2009

Siglo XV: Raíces del Decreto de Expulsión

Si se pretende buscar las raíces próximas del Decreto de 1492, tendremos que remontarnos a las Cortes de Madrigal de 1476 y  a las de Toledo de 1480. En unas y otras  comenzaron a tomarse disposiciones represivas, que pasaron en gran medida desapercibidas, pero que concluirían inevitablemente en la Expulsión.

 

Como la Inquisición no podía juzgar a los judíos, se abrió paso la idea de asegurara la reclusión de éstos en sus barrios cerrados, y luego de apartarlos a regiones diferentes del país. De ahí la casi inmediata expulsión de Andalucía que veremos más adelante.

 

Otras medidas tomadas en línea con el mismo tema fueron la exigencia de que usasen ropas y señales que permitiesen distinguirlos con claridad, y la vigilancia sobre los contratos y préstamos de interés. Esto último se formuló con tanta ambigüedad que originó abusos, y de hecho en algunas ocasiones el Consejo descubrió que las denuncias eran falsas y que se trataba en el fondo de defraudar a los judíos, acusándoles de usureros.

 

La usura existía, y la practicaban en número importante los judíos, aunque dicha práctica no les fuera exclusiva. Se trataba pues de un mal imposible de desarraigar, habida cuenta de las tremendas insuficiencias de la época. Los deudores se empeñaban en conseguir, mediante acusaciones, una especie de amnistía general que hubiera impedido el pago de las deudas, aunque no siempre lo conseguían.

 

La ejecución práctica del aislamiento se inició en abril de 1481, a instancias de los que en Roma se ocupaban de los negocios inquisitoriales, una bula de Sixto IV de 1484, respaldó la política de los Reyes Católicos prohibiendo a los cristianos la convivencia con judíos y ordenando a las autoridades mayor exigencia en el uso de trajes distintivos de los infieles.

 

Se prohibía a los judíos el tener casas fuera de su “calle”, ni pernoctar fuera de ella, ni contratar negocios de mercancía en los días de fiesta de los cristianos; no se les impedía la libertad de movimientos ni la facultad de poseer tiendas en la plaza del mercado o en otras calles comerciales cristianas. La ejecución de las disposiciones dio origen a abundantes conflictos que conocemos por la documentación remitida a los reyes.

 

De acuerdo con sus disposiciones, los cristianos estaban obligados a vender, a precios fijados por medio de un arbitraje, las casas que poseyeran dentro de la nueva judería; en sentido contrario también los judíos  tendrían que vender las que se abandonaban. El concejo pidió que esta venta fuese declarada forzosa, lo que equivalía a una expropiación.

 

La segregación era reclamada, como ya he señalado, y los encargados de ejecutarla no trataron de aminorar sus consecuencias, sino, en algunos casos, de agravarlas.

 

Lo que queda patente es la existencia de un extendido sentimiento de animadversión hacia los judíos, que partía de la sociedad cristiana  y era más fuerte en la base, que en la cumbre. Había una clara percepción de que la existencia de no cristianos en sus reinos era un peligro para la unidad religiosa que pretendían construir y un obstáculo para sus propios proyectos. De esto tuvo gran importancia los informes inquisitoriales, que insistían en declarar que el judaísmo contribuía a la herejía judaizante.

 

Como era Andalucía la sede del mayor número, tanto de judíos como de conversos, la primera decisión fue expulsar a los judíos de ese territorio. En este caso concreto sabemos que la orden fue dada por los inquisidores y que los Reyes aparecieron  en relación con ella prestando apoyo.

 

El 1 de enero de 1483 el Santo Oficio procedió a pregonar una disposición suya prohibiendo la permanencia de judíos en todo el territorio de la archidiócesis de Sevilla con los obispados de Córdoba y Cádiz, haciendo valedero la bula de Sixto IV.

 

Desde el verano de 1484, la en otro tiempo poblada judería de Sevilla había dejado de existir. Esta expulsión parcial anunciaba lo que a los sefardíes aguardaba. Después le siguieron las juderías de Zaragoza y de Santa María de Albarracín.

 

Los Reyes Católicos operaron de modo  muy estricto con sus objetivos: tenían que conseguir la unidad religiosa para que la comunidad política estuviese unida, y ante este bien supremo cedían las otras consideraciones, en especial el perjuicio económico y cultural que la medida iba a causarles.

 

Los judíos en la Edad Media española

Martes, enero 13th, 2009

 

Los judíos en la Edad Media española

 

 

 

A lo largo de los siglos VIII y XV los judíos se encontraron sometidos, primero a autoridades musulmanas y, más tarde, a reyes cristianos. Unas  y otros compartían la misma actitud: los judíos no habían conseguido superar “todavía” su vieja ley mosaica, lo cual constituía un error, las consecuencias que de esta afirmación se derivaban dependían luego de las características personales del gobernante o de las circunstancias de la época concreta. Las Cortes castellanas estaban dispuestas a aceptar la legitimidad de la Torah, pero su actitud respecta al Talmud y a la Qabbalah variaba. En la práctica, sin embargo, estaba ocurriendo el hecho de que ni el cristianismo ni el judaísmo, concebidos ambos en el respeto a la tradición respectiva, permanecían estáticos; en su crecimiento recíprocamente se influían, aun sin advertirlo.

 

Desde su asentamiento en la Península, los judíos se organizaron en forma de comunidades locales autónomas, semejantes a los municipios, llamadas aljamas. La aljama fue la agrupación de personas que, a veces, no vivían en la misma ciudad sin en aldeas o villas circundantes. En Castilla, y desde el siglo XIII, existió una especie de organismo representativo supremo formado por los procuradores de todas  o de las principales aljamas. Recogieron una tradición que pretendía afirmar la presencia de judíos en la península desde la época de la destrucción del Primer Templo, el 587 a. C., tratando de demostrar que los judías ibéricos no habían tomado parte en el proceso y muerte de Jesús.

 

Nada de esto es verdad, según el profesor Suárez. El judaísmo español es posterior a la destrucción del Segundo Templo, y su cultura fue rabínica, es decir, escolástica y no sacerdotal. Los rabinos nada tenían que ver con el sacerdocio, eran los conocedores e intérpretes de la Ley, a los que largos años de estudios capacitaban para ejercer la dirección moral de su pueblo. En la Diáspora se constituyeron en eje fundamental porque la adhesión a la Ley era la verdadera razón de la existencia de Israel, su reino de predilección, su vida misma. El gran instrumento de la cultura rabínica es el Talmud. Sea como fuere, los hebreos fueron perseguidos en época romana-visigoda, entre otras cosas, por considerarlos el pueblo deicida, sin que su empeño renovado por demostrar la antigüedad de su permanencia en España diera ningún fruto en este sentido.

 

Lo cierto es que los judíos tuvieron problemas los últimos tiempos, hasta  la invasión musulmana de la Península en el año 711. No es de extrañar que los árabes fueran contemplados como auténticos liberadores. Estos no solo toleraban las prácticas mosaicas, sino que confiaron totalmente en la capacidad política de los judíos puesto que en ocasiones les encomendaron la defensa de las plazas recién conquistadas a los cristianos. Entre los mozárabes se conservó viva la tradición de la participación israelita en la “pérdida de España”.

 

El establecimiento de un gobierno musulmán en la Península representó un alivio para la situación jurídica y económica de los judíos, aunque no un estatuto de completa libertad. Cesaron las persecuciones que he expuesto en el artículo “Asentamiento de las poblaciones judías en la península”, y el pueblo de Israel fue reconocido como uno de los portadores del Libro Revelado, lo cual convertía a su religión en lícita; nuevos contingentes de judíos vinieron a instalarse en España y los conversos forzosos que habían producido las persecuciones visigodas, volvieron a su antigua fe.  Sin embargo, para las nuevas autoridades, la actitud de los judíos, que se negaban a abrazar el Islam, como antes habían rechazado el Cristianismo, pronto pareció incomprensible. Los israelitas no podían aspirar a otra cosa que a una generosa tolerancia.

 

La legislación musulmana recogió algunas previsiones restrictivas: los judíos tenían que usar traes que les identificaran; no podían utilizar caballos e monta; recitaban sus oraciones en voz baja; nunca sus casas o sus sinagogas podrían superar una determinada altura. Tales disposiciones reaparecerán en la legislación de los reinos cristianos posteriores.

 

La legislación musulmana reconoció a los judías completa libertad de movimiento, de propiedades e incluso de culto en el interior de las sinagogas las cuales poseían un peculio, wafq, para asegurar su sostenimiento. No cabe la menos duda de que en   Al-Andalus , como en los demás países islámicos contemporáneos, los judíos contaban con representantes propios, para entenderse con las autoridades califales. Pero los nasis (príncipes) que se mencionan eran, al parecer, de nombramiento real.

 

La posición del Islam frente a los judíos en los primeros momentos de su historia en suelo ibérico, fue, pues, de cierta tolerancia. Durante el período del Califato se les concedió el mismo estatuto que a los cristianos, lo que implicaba que se les prohibió la construcción de nuevas sinagogas y el ejercicio de cargos públicos, discriminándoles socialmente al obligarles a llevar una vestimenta que les distinguiera. Pero todas estas disposiciones, que además variaron mucho a lo largo de este período, suponían una contrariedad mínima, comparada con las penalidades que habían pasado los judíos en época visigoda. La posterior etapa de los reinos de Taifas contemplará ya algunas persecuciones, como la de Granada del año 1066 en que murieron más de cuatro mil judíos.

 

El status de protegido, dimmí es el de “la gente del libro”, es decir, aquellos que tienen una Escritura revelada, que viven permanentemente en territorio musulmán. En el caso andalusí se aplicará a dos grupos confesionales, a dos comunidades: la cristiana y la judía.  Implica que a cambio del pago de un impuesto especial de capitación, estos grupos gozan de la protección y hospitalidad de la comunidad musulmana, conservando sus normas y usos internos bajo la jurisdicción de sus propios jefes. La condición de dimmí, de todas formas, no es equiparable a la del musulmán, sino ligeramente inferior.

 

Es imposible, siquiera aproximadamente, llegar a saber el número de judíos que había en la primera época de dominio musulmán, ya que no aparecen contabilizados sus tributos. Sabemos, por el testimonio de los Ahbar Magmu´a y de al Maqqari, que el ejército de Tariq, como señalábamos antes, “reunió todos los judíos de una comarca en la capital, dejando con ellos  un destacamento de musulmanes, mientras  continuaba su marcha el grueso de las tropas”. Esto nos consta expresamente para Elvira, Córdoba, Toledo y Sevilla. Después hay una laguna historiográfica, pero parece que pasaron bastantes a  Al-Andalus, huyendo de los ataques del primer idrisi contra la zona de Tadla. Se sabe que tenían un arrabal, Madinat al-Yahud en las afueras de Toledo, en el año 820, y un barrio en la Córdoba del siglo IX. Tanto en tiempos del emir Abd Allah como de los ziries, Lucena era la “ciudad de los judíos”, fueron capaces de repeler un ataque hafsuní y la autoridad granadina no parece muy efectiva en su recinto.

 

En esta época, fueron judíos personas importantes en las cortes califales, como médicos, banqueros, embajadores o mandatarios.  Pero, en términos generales, durante el emirato y el califato, la importancia tanto fiscal como administrativa del elemento judío parece haber sido infinitamente menor que la de los cristianos.

 

En cambio, tras la fitna, el período de las Taifas, se caracteriza por la desaparición del elemento cristino indígena, que parece totalmente desplazado por judíos, quienes copan los altos puestos de al administración y hacienda. Durante esta época tienen visires judíos en Badajoz, Valencia y Zaragoza. En el estado zirí granadino aparecen Abul Rabi como tesorero general de los Banu al-Qarabi, y válidos granadinos, hasta  los pogrom de 1066.

 

Cuando el Califato se derrumbó a causa de las guerras civiles, siguió habiendo judíos poderosos en los reinos de Taifas, pero y en este tiempo las cosas empezaron a cambiar para ellos, desencadenándose en Granada la primera persecución y matanza de judíos. Se trató de un estallido hasta cierto punto aislado, pero muy poco después con los integristas almorávides y almohades comenzó una persecución sistemática que provocaría salidas en mas hacia los Reinos Cristianos.

 

Los monarcas de éstos facilitaron asentamientos de judíos, concediéndoles a las aljamas muchos privilegios, aunque a partir del siglo XIII la hostilidad popular contra los hebreos iría creciendo hasta culminar en las tremendas matanzas de finales del siglo XIV, que volvieron a propiciar el éxodo masivo hacia el Reino Nazarí de Granada y el norte de África, principalmente.

 

Las invasiones de los almorávides y almohades, en los siglos XI y XII, respectivamente, fueron en general, nefastas para los hispanojudíos del territorio musulmán, que se vieron obligados a emigrar a los estados cristianos. Bien recibidos por Alfonso VII de Castilla y León, el centro de su actividad se desplaza hacia la España cristiana; de Toledo hicieron unas de sus principales ciudades, en la que eran considerados tan libres como los demás vecinos, e intervinieron brillantemente en la llamada Escuela de Traductores de Toledo, guante el reinado de Alfonso X (1252-84), en cuya época se edificó la famosa sinagoga de Santa María la Blanca. Pero vamos a ver que sucede con aquellos judíos que deciden permanecer en suelo musulmán.

La situación de los judíos mejor abajo los almorávides. Estos, aunque en principio tampoco se puede decir que fueran precisamente “blandos”, pronto se dan cuenta de que la capacidad intelectual hebrea les puede ser de gran utilidad y admiten rápidamente, por tanto, la sagaz cooperación de los judíos en el cobro y administración de las rentas públicas. Poco después empezarían también con algunas otras ocupaciones que, a la larga, se convertirían en tradicionales de este pueblo: hacendistas, físico, diplomáticos, etc… Con los almorávides llegaron a ser incluso gobernadores y consejeros de los monarcas. Granada fue teatro de un día de la triste fortuna hebrea, contempló ahora unos tiempos de plenitud, desconocidos casi, en la historia de este pueblo.

 

El imperio almorávide será abatido en estos momentos bajo el empuje de las tribus del desierto, los almohades que, bien pertrechados de fanatismo y con la pretensión clara de restaurar la primitiva ley de Mahoma, se instalaron en suelo hispánico.

 

Los efectos de este fanatismo se llevaron en la implacable persecución del pueblo hebreo que llevaron los almohades, y se prolongó durante diez años y en ella se les despojó de sus casas y se les acosó sin tregua, forzándoles a la emigración.

 

En esta difícil coyuntura, el nombre de Alfonso VII ofrecía a los perseguidos israelitas de  Al-Andalus  un refugio seguro contra las hordas almohades. La suerte de los judíos españoles quedaba, pues, desde aquel instante exclusivamente sometida al dominio del cristianismo y al arbitrio de sus reyes. Toledo, como había hecho sucesivamente Córdoba, Granada, Sevilla y Lucena, se erigía en centro principal, si no único, de la actividad y de la ciencia del pueblo judío. Por otra parte los hebreos que se habían convertido a la religión de  Mahoma para así salvar sus vidas y permanecer en sus hogares, esperaban con impaciencia la más mínima posibilidad para romper el lazo que los oprimía. Esta se les presentó cuando los nazaritas aceptaron capitanear  los muchos descontentos que había en Granada, entre los que contaban, los judíos.

 

 

 

 

Asentamiento de las poblaciones judías en la península

Martes, enero 13th, 2009

 

Asentamiento de las poblaciones judías en la península

 

 

  • Orígenes

 

 

Si fuera cierta, como ya he desmentido en el artículo Orígenes del término sefardí, que el mismo  se pueda identificar con España en la profecía de Abdías, de ahí cabría deducir que desde entonces, la existencia de comunidades judías estaría probada.

 

Por testimonios epigráficos se conoce, que la profecía hace referencia, como ya he citado en el mismo artículo arriba referido, a la ciudad asiática de Sardes. Con ello no quiero decir, que aquí no hubiese comunidades, que seguramente las habría, sino que no se puede desprender de tal texto.

 

Se pueden remontar los orígenes muy posiblemente a los tiempos anteriores a Roma, a época fenicia. Uno de los temas que más se han estudiado en la arqueología y la historia de la antigüedad en los últimos decenios en nuestro país, puede ser el de la colonización fenicia.  Queda bastante probada la relaciones entre fenicios y hebreos que nos es conocida por los textos bíblicos (Reyes, 20-22). El Libro primero de los Reyes nos dice que Salomón, rey de Israel, tenía una flota de naves mercantes que traficaban junto a las de Hiram de Tiro, coordinadamente.

 

Tradiciones tardías, como la de los autores Rabbi Isaac Abrabanel y Salomón Ibn Verga, se refieren a la llegada de israelitas a la Península con ocasión de la conquista de Jerusalén por los babilonios de Nabucodonosor en el 587 a.C. Estas tradiciones tienen un marcado carácter legendario, que los judíos posteriormente fomentaron en época medieval, para hacer remontar sus orígenes a períodos anteriores a Cristo, con el objeto de demostrar que ellos no habían participado en su muerte.

 

 

  • Época romana

 

Según la tesis más defendida en todos sus estudios acerca de la diáspora sefardí en Europa y especialmente en la cuenca Mediterránea, H. Beinart (1988, p.911-931): “Su crecimiento orgánico empezó según los datos que tenemos alrededor del primer silo de nuestra era, quizás algo antes de la destrucción del Segundo Templo o en los años inmediatamente posteriores a ella. Al principio los judías se concentraron en algunos centros costeros como Tarragona y Tortosa, pero después siguieron penetrando en otros centros administrativos y comerciales de la Península y llegaron a instalarse en cientos de ciudades, villas y lugares”.

 

Lo que parece claro es que cuando los romanos llegaron a la Península Ibérica, ya había comunidades judías aquí. Los hechos narrados en los libros de Macabeos del siglo II a.C. (I Macabeos, 8-3), así lo atestiguan.

 

En la época romana no se puede deslindar la condición religiosa de un pueblo, con su estabilidad como tal, o su estatus y pertenencia en un lugar concreto. Así el judaísmo, al igual que el cristianismo, encontró serios problemas con Roma por sus programas religiosos. No es el lugar de disquisiciones más profundas sobre este tema en este apartado, ya que sólo trato de probar la existencia del pueblo judío en Hispania en esta época, y el que haya problemas con el Imperio en nuestras tierras, lo demuestra de largo.

 

Los primeros judíos que llegaron a la Península procedían de Tierra Santa pues es probable que desde muy pronto tuvieran sus repercusiones en la que no muy tarde sería Hispania, los problemas internos de Palestina.

 

Claro, fehaciente y auténtico es el primer documento que nos da a conocer la existencia de los israelitas, congregados ya en gran número dentro de España. Tales son los cánones del Concilio Iliberitano, celebrado en los primeros años del siglo IV, no alcanzada aún por Constantino la oficialidad de la Iglesia Católica.

 

  • Las invasiones bárbaras

 

 

Unos decenios antes de las invasiones de los pueblos germanos, se habían producido en la Península cambios significativos con la realidad altoimperial. Uno de los fenómenos más importantes es el de la decadencia de las  ciudades y la consiguiente ruralización de la economía.

 

Los judíos peninsulares al sentir de la nueva realidad socioeconómica, que había despoblado las ciudades al tiempo que surgían grandes explotaciones agrícolas autosuficientes, sin duda acabaron por olvidar su vieja tradición urbana y adherirse al trabajo del campo.

 

La presión antijudía se remonta a los primeros emperadores cristianos. El propio Constantino fue el primero en prohibir a los judíos que tuvieran esclavos cristianos y además les obligó a pechar con las cargas de las curias municipales, de las que habían estado exentos hasta el momento. Constancio dio un paso más que su padre, prohibiendo a los israelitas tener incluso esclavos paganos.

 

Por su parte, Teodosio equiparó el matrimonio mixto con el delito de adulterio; sin embargo, con él los judíos gozaron de una cierta tolerancia, según manifiestan las leyes formuladas en su inestable y decadente imperio.

 

En esta época se han documentado ataques a sinagogas y hechos violentos contra la comunidad judía, como las de Mallorca.

 

 

  • Época visigoda

 

Bajo la dominación visigoda, se produce un cambio sociopolítico y económico, además del afianzamiento de la religión cristiana en instancias políticas, con respecto al período romano.

 

Parece ser que la relación entre el componente visigodo y los judíos, en palabras de G. Iglesias, fue de  “cierta tolerancia benévola”.  Mientras el arrianismo figuraba como religión del Rey, hasta que Recaredo se convierte el cristianismo en 589 y establece leyes antijudaicas, la comunidad podía vivir sin sobresaltos en su religión y gozaba de tolerancia y trato igualitario, además del cese de ataques contra sus sinagogas, sus costumbres y su propia persona.

 

Pero a partir del Tercer Concilio de Toledo (589) acabaría con este período de relativa calma al erradicar la herejía arriana y restablecer en su totalidad lo decidido en Iliberis dos siglos antes. Aunque, según documentación legislativa, no fueron todos los reyes los que establecían medidas legislativas en contra del judaísmo, sino que tuvieron periodos en los que su vida conoció cierta relativa calma y sosiego.

 

Según sostiene M. A. Bel Bravo, en su libro Sefard, los judíos de España, la raíz religiosa de la cuestión judía se relacionaba directamente con el ideal, y el hecho, de la unidad política de España, que si quería lograr debía pasar antes por la religiosa, y cuya única excepción era la minoría judía.

 

No hay que olvidar que una de las funciones de las religiones monoteístas de este período, se enmarcaban dentro de unos logros aglutinadores de población, luchaban por abrirse paso hacía la religión de Estado.

 

Recaredo, dentro de las campañas de conversión de los godos a la nueva religión de Estado, que era la cristiana, no es de extrañar que intente también la conversión de los judíos.

 

Los judíos no inspiraban a los reyes mucha confianza ni religiosa ni política. Esa es la razón por la que se organiza una coalición político-religiosa para tratar, con los medios más diversos, de atraer a los judíos a la religión católica, por consiguiente, a la unidad política.

 

  • Primera expulsión

 

En el año 613 el rey visigodo Sisebuto, de acuerdo con su clero, ordenaría a todos los judías de su Reino que se convirtieran al catolicismo o bien salieran del país. Colocado ante tan terrible elección, el judaísmo español se dividió, sus caminos se separaron. Algunos se quedaron, particularmente la gente que se dedicaba a la agricultura. Al quedarse, se tuvieron que someter al bautizo obligatorio, auque en secreto seguían profesando la religión de sus antepasados, esperando que algún día cambiase la política.

 

Los que fueron incapaces por sus condiciones personales, de tomar el bautismo cristiano, o bien, por su facilidad móvil, gracias al comercio y la industria, dejaron el territorio de la futura España. En este caso las migraciones forzosas, les llevaron hasta el territorio franco, donde después debieron pasar por la misma experiencia, y hacia el Norte de África, con unas condiciones mucho más apacibles a sus expectativas. Aunque, en el período del 621-631, bajo el reinado de Suintila, gran parte de los desterrados pudo volver, y aparentemente, tanto éstos, como los que habían sido sometidos al bautismo cristiano, pudieron profesar abiertamente su opción religiosa.

 

En 633, bajo el reinado de Sisenando, en el Concilio de Toledo, se dispone “De aquí en adelante ningún judío puede ser obligado por la fuerza  a profesar la religión cristiana. No obstante, aquellos que fueron forzados a recibir el bautismo bajo el piadososísimo Señor Sisebuto y a los que se permitió recibir los Sacramentos, deben permanecer cristianos”.

 

Las explicaciones de esta medida tan radical, se encuentra en el incipiente nacionalismo español, bajo la bandera de la religión como señal de unidad política. Si los arrianos, que habían detentado el poder, habían cambiado de religión, cómo no lo iban a hacer los judíos, que era una pequeña comunidad, sin un poder claro.

 

En época de Recesvinto no fue mucho mejor para el “pueblo elegido”. Que al rey le preocupaba la comunidad judía, lo demuestran las diez leyes contra judíos y judaizantes que figuran recogidas en el Titulo II del Libro XII del Liber Iudiciorum, donde el Rey no duda en calificar a los judíos como enemigos.

 

De aquí en adelante, la situación de los judíos en la Península, será tema de legislación coercitiva contra éstos, con la finalidad de coaccionar a los judíos para que se convirtieran al catolicismo. Los legisladores estaban convencidos de que era lícito emplear esos métodos para lograr el fin deseado. Entonces no se pensaba siquiera en la libertad y tolerancia religiosa. Desgraciadamente la idea de San Isidoro de intentar su conversión sólo con la razón y la predicación no excluyó el empleo de esos medios coactivos. El mismo empeño que los cristianos pusieron en convertirlos, pusieron los judíos en defender y conservar sus creencia y ceremonias. Fracasaron en su intento las  leyes, la predicación y los escritos teológicos antijudíos, en los que los escritores visigodos intentaron convencerles de su error con argumentos teológicos, históricos y escriturísticos. La Iglesia y el Estado visigodo no lograron su propósito.