16 diciembre 1485 Alcalá de Henares – Enero 1536, Kimbolton.

Benjamina de la abundante prole fruto del matrimonio entre Isabel  I de Castilla y Fernando de Aragón, es decir, los Reyes Católicos. Desde bien pequeña, fue instruida para ser una gran soberana, motivo por el cual recibió una educación exquisita basada en la música, las lenguas, los bordados y las manualidades, sin olvidar, claro está, la formación religiosa.

Fue una niña y más adelante una mujer, muy inteligente: Hablaba con soltura latín, español, inglés, italiano y francés. Era buena en danza y música, así como también aprendió a bordar con soltura, (siendo ejemplo de ello las ropas que le confeccionaba a su segundo esposo, Enrique VIII de Inglaterra).

En cuanto a su físico, decir que tenía el cabello rubio o cobrizo, que era de estatura media, aunque tendiendo más bien a ser baja y algo rolliza. Se dice que de sus hijas, era la más parecida a su madre, así como que también tenía cierto parecido con su antepasada británica perteneciente a la rama de los Lancaster.

Por lo que respecta a su función como infanta española, deberíamos destacar principalmente, que fue criada para gobernar y para ser casada desde bien joven, por lo que primeramente, fue casada con Arturo Tudor, príncipe de Gales hijo de Enrique VII. No obstante, el joven Arturo falleció al poco de contraer nupcias (la boda fue en 1501), y tras ese suceso, Catalina se mantuvo en Inglaterra a la espera y en malas condiciones mientras su padre y su suegro decidían qué hacer con ella y con su extensa dote. Casi una década después, la joven Catalina, se casó en 1509 con el segundo hijo del monarca Tudor: Enrique, quien pasaría al trono con el nombre de Enrique VIII.

Pasada la boda, Catalina no fue sino un títere o máquina reproductora, pues, pese a que al inicio de su matrimonio su relación con su marido era buena, pronto se vio la dificultad que había para engendrar un heredero que viviera, motivo por el cual, de los embarazos que la española tuvo, sólo sobrevivió una niña, María. Viendo que Catalina no alumbraba heredero varón, Enrique VIII rápidamente pasó a la acción acostándose con cortesanas varias, lo que llevó al asunto del divorcio que poco a poco, fue acabando con la vida de Catalina y que además, fue un gran motivo para la creación del Cisma anglicano. Catalina, acabará muriendo sola en Kimbolton en pésimas condiciones sin aceptar el divorcio de su marido y amándole con locura.

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