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¡Los Tercios Siguen Vivos! 28 diciembre 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 1. Origen de los Tercios , comentarios cerrados

¡LOS TERCIOS!

Proyecto Cayetano: Creación personal

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Origen de los Tercios Españoles 23 enero 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 1. Origen de los Tercios , comentarios cerrados

Al finalizar la Edad Media el influjo de laantigüedad clásica se deja sentir poderosamente en Europa promoviendo la aparición de profundas transformaciones políticas y sociales que marcan el nacimiento de los modernos Estados europeos. Como consecuencia de la superación de las estructuras medievales se crean ejércitos permanentes en cuya concepción y organización influyen no poco los principios constitutivos de la milicia romana.

La estructura militar española, innovada por los Reyes Católicos en la conquista de Granada y en sus campañas por Italia, estuvo fuertemente influenciada por el llamado «modelo suizo». Los triunfos de la firme infantería suiza frente a la caballería pesada de Borgoña en una serie de batallas campales revolucionaron los métodos de guerra medievales, por fin la infantería ganaba terreno a la caballería, reina indiscutible de la guerra medieval. Era bastante lógico que en España se aprendiese la lección de que unos cuadros de piqueros bien formados podían derrotar a cualquier caballería que se les pusiese delante. El número se imponía sobre el esfuerzo inútil de los orgullosos caballeros, como ya precisó Maquiavelo en su Del arte de la guerra.

La eficacia de combate de los tercios hispánicos estuvo basada en un sistema de armamento que unía el arma blanca (la pica) con el potencial de fuego del arcabuz, tomando una síntesis completa de dualidad de infantería pertrechada con armas de fuego compactas. La superioridad del tercio sobre el modelo del cuadro compacto suizo estaba, por otra parte, en su mayor capacidad de dividirse en unidades más móviles hasta llegar al cuerpo a cuerpo individual. La fluidez táctica que favorecía la predisposición combativa del infante español.

Lo cierto es que desde la conquista de Granada (1492) a las campañas del Gran Capitán en el Reino de Nápoles (1495), tres ordenanzas sentaban ya las bases de la administración militar de los ejércitos españoles. En 1503, la Gran Ordenanza reflejó la adopción de la pica larga y la distribución de peones en compañías especializadas. En 1534 se creaba el primer Tercio oficial, el de Lombardía, y un año después ayudó en la conquista del Milanesado español. Los Tercios de Nápoles y Sicilia se crearon en 1536, gracias a la ordenanza de Génova, promulgada por Carlos I de España.

Conquista de Granada, 1492

A pesar de que los primeros datos históricos sobre esta milicia permanente datan de 1492 como comentábamos anteriormente no sera hasta 1534 reconocidos como tales y se les asignará el nombre que conocemos hoy día, tercios. Este reconocimiento fue fruto de la ordenanza de Genova, reforma militar llevada a cabo por el monarca español Carlos I.

En la Batalla de Mühlberg, en 1547, las tropas imperiales de Carlos I vencieron en Alemania a una liga de príncipes protestantes gracias, sobre todo, a la actuación de los piqueros imperiales.

Bandera del Imperio Español

Diez años después, en 1557, el ejército español derrotó por completo al francés en la Batalla de San Quintín, hecho que se repitió con idéntico resultado en Gravelinas en 1558, lo que condujo a la paz entre ambos estados con grandes ventajas para España. En todas estas batallas destacó la eficaz actuación de los Tercios.


Alatriste. Novela Histórica. Arturo Perez-Reverte 22 enero 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 7. Vida cotidiana , comentarios cerrados

Vida Cotidiana en la España Moderna

[…] Pues, desde siempre, ser lúcido y español aparejó gran amargura y poca esperanza […]   Limpieza de sangre – Alatriste

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“No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente”. Capitan Alatriste. Inicio de la obra.

“En el tablero de la vida cada cual escaquea como puede”  – Capitan Alatriste. Cap.4

“Pero nadie nace enseñado; y a menudo, cuando gozas de las debidas enseñanzas, es demasiado tarde para que estas sirvan a tu salud o a tu provecho”. Capitan Alatriste. Cap7

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“-No queda sino batirnos.

-¿Batirnos contra quién, don Francisco?

-Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia […] Que es como decir contra España, y contra todo.”

(Conversación entre don Francisco de Quevedo y el Capitán Alatriste)

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<El Sol de Breda>.

“Era aquel sol un astro invisible, frío, calvinista y hereje, sin duda indigno de su nombre […]”

“[…] Por eso nos batimos hasta el final con la crueldad de la antigua raza, el valor de quien nada espera de nadie, el fanatismo religioso y la insolencia que uno de nuestros capitanes, Don Diego de Acuña, expresó mejor que nadie en su famoso, apasionado y truculento brindis:

Por España; y el que quiera

defenderla honrado muera;

y el que traidor la abandone

no tenga quien le perdone,

ni en tierra santa cobijo,

ni una cruz en sus despojos,

ni las manos de un buen hijo

para cerrarle los ojos.

[…]
“Quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en los ojos.Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombre, por que ignora lacólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que se pierde.”

Comentarios del autor

“Alatriste era un mercenario, un asesino a sueldo, un personaje poco recomendable, pero tenía su ética, sus reglas del juego. Ahora, sería un proscrito, porque nadie entendería esas actitudes en un mundo como este donde palabras como dignidad, reputación, decencia, vergüenza torera y honradez se manipulan continuamente”.

“Esa tragedia de ser español, esa amargura, está reflejada en los libros de Alatriste. Cuando uno tiene memoria histórica de la de verdad, comprende que ser español no es fácil”. “Alatriste es más complejo. Dumas no quería mostrar la amargura de ser francés y yo sí he querido reflejar la amargura de ser español”.

“El Camino Español” 1563-1601 15 enero 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 3. Técnicas y táctica de combate , comentarios cerrados

Irremediablemente, debido a la rebelión de los Países Bajos en 1567 en envío de tropas y dinero se convirtió en asunto de estado, máxime cuando las potencias navales como Inglaterra tenían un muro de contención en el que prácticamente cualquier intento de suministro por parte de la flota española era atacado. Así en 1563 surge la idea de lo que sería “El Camino Español” en el momento en que el rey Felipe II desea viajar hasta los Países Bajos y que gracias a la pericia del cardenal Granvela se lograría trazar un corredor militar que partiese desde España y llegase hasta las provincias del norte prácticamente integro por territorios de la monarquía hispánica. Por lo tanto, desde la Península Ibérica hasta Génova la flota de galeras del Mediterráneo sería la encargada de transportar a las tropas, mientras que ya en la ciudad portuaria itálica, el camino más rápido y seguro apuntaba al norte a través “del Piamonte y Saboya, del Franco-Condado y Lorena”[1]

.

“El camino español”

Los territorios de paso que no estaban en posesión española eran autorizados por la hábil política diplomática realizada por los dos primeros Austrias españoles; de esta forma Génova proporcionaba sus puertos a cambio de ayuda contra los rebeldes corsos, mientras que el duque de Saboya era aliado más allá de la Lombardia desde la firma del pacto de Groenendaal. Lorena estaba gobernada por un duque que proporcionaba neutralidad y permitía el paso de las tropas por lo que el último lugar de paso antes de llegar al Luxemburgo español era el obispado-principado de Lieja que “era el estado más de fiar de todos los aliados de España”[2].
Así pues el Camino Español estaba constituido por una cadena de puntos fijos y era posible elegir entre muchos itinerarios paralelos y “una vez que el gobierno había decidido el itinerario a seguir por sus tropas, debía hacer mapas detallados”[3] la elección de la ruta podía estar condicionada tanto por los avatares geográficos como la situación política del momento ya que por ejemplo la relación con los estados aliados podía variar y era necesaria una presencia, habitual a partir de 1650, de embajadores en Génova, Saboya y otros estados aliados. Cada paso de tropas tenía que ser concedido por un permiso especial por lo que “España tenía que respetar su autonomía y acceder a sus pretensiones”[4]

Logística

Con el consiguiente aumento del tamaño de los ejércitos y de las operaciones militares en los Países Bajos, a partir de 1550 se hizo evidente que el tradicional método de aprovisionamiento de arrasar con todo lo posible en el lugar de paso era insuficiente. Para ello y como indica el historiador Parker [5] se crearon “étapes militares”, es decir, centros donde se hacían transacciones comerciales con cierta seguridad, al estilo de un gran almacén y localizados en ciertos pueblos o ciudades. De esta manera, las étapes fueron muy útiles para el correcto aprovisionamiento como así lo atestiguaba el propio duque de Alba. La étape de Saboya era permanente y proporcionaba hospedaje y víveres, mientras que las étapes de los Países Bajos, Lorena y el Franco-Condado se creaban ex novo alguna expedición militar. No obstante ni a las autoridades ni a la población civil les hacía gracia su estancia, ya que como indican ciertas narraciones “algunas expediciones se las arreglaban para perpetrar una cantidad asombrosa de crímenes contra la población civil”[6] Además del problema añadido del cobro de los gastos provocados por el paso de las tropas, en ocasiones años después de haber ocurrido, por lo que los gobernantes vieron la eficacia de contratar a asentistas particulares para proporcionar alimento al paso de los ejércitos por el Camino Español y así evitar descontentos y deudas.

Fin del Camino Español, 1601

Con la firma del Tratado de Lyon en 1601 se perdieron territorios de la Monarquía española del Franco-Condado por lo que el Camino quedó a merced de la voluntad francesa. Comenzaba así uno de los signos inequívocos de la inminente decadencia del Imperio Español. El duque de Milán se alió con Francia y en 1613 entró en guerra contra España por lo que la ruta entre Lombardía y los Países Bajos tendría que ser redefinida y de esta forma se renegociaron tratados con los cantones suizos, se ocuparon los Grisones en 1620 y el Tirol en 1623. Sin embargo la pérdida de Alsacia supuso un golpe importante ya que “no quedaba ningún corredor militar seguro más allá de los Alpes”[7] Francia siguió ocupando territorio y así en 1630 invaden Saboya, Lorena en 1632-3 y en la práctica el Camino Español no volvió a ser utilizado.
Hasta el colapso final de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en la década de los 40, los corredores militares terrestres quedaron anulados, así como todo intento de transportar mediante flotas a las tropas cuyo destino eran los Países Bajos; en gran parte debido por la superioridad numérica y tecnológica de las flotas inglesas y holandesas y en parte por el impredecible clima atlántico que hacía extremadamente difícil predecir la duración de un viaje.

[1] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 39.

[2] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 129.

[3] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 145.

[4] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 205.

[5] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 297.

[6] Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003. pp. 216.

[7] Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003. pp. 219.

Asedio de Breda (1637) 11 enero 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 5. Grandes gestas , comentarios cerrados

EL ASEDIO DE BREDA

En 1637, durante el transcurso de la guerra de Flandes que las Provincias Unidas de los Países Bajos mantenían contraEspaña a fin de conseguir su independencia, la ciudad de Breda, bajo dominio español, fue sitiada por las tropas holandesas bajo el mando de Federico Enrique de Orange-Nassau.

El asedio, de casi tres meses de duración, concluyó con la rendición de la guarnición española y la ocupación de la ciudad por las fuerzas holandesas. A partir de este momento Breda pasaría definitivamente a formar parte de las Provincias Unidas holandesas.

 

Hacia 1566-68 las provincias del norte de los Países Bajos, parte del imperio español, comenzaron contra España una serie de revueltas que desembocarían en la guerra de los ochenta años o guerra de Flandes, en la que los holandeses luchaban por conseguir su independencia de la corona española. En 1579 estas provincias se agruparon en la unión de Utrecht formando las Provincias Unidas de los Países Bajos, que en 1581 declararon unilateralmente su independencia mediante el acta de abjuración.

La guerra entre España y las Provincias Unidas (con el apoyo de Inglaterra) se prolongaría a lo largo del primer tercio delsiglo XVII, provocando en ambos bandos un fuerte desgaste económico y humano. En 1618 comenzó en Europa la guerra de los treinta años, y en 1635 Francia declaraba la guerra a España. Felipe IV reinaba en España y Fernando de Austria eragobernador de los Países Bajos españoles.

Federico Enrique de Orange-Nassau era estatúder de las Provincias Unidas. A principios de 1630, Federico-Enrique persiguió una política de conquistar — o liberar, como los rebeldes holandeses lo veían — la mayoría de los Países Bajos Españoles con ayuda francesa. Esto lo consiguió en parte al avanzar lentamente a lo largo del valle del río Mosa en el este, ocupando Venlo, Roermond y Maastricht.

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La ciudad de Breda, en la provincia de Brabante, había sido objeto de varias batallas y asedios a lo largo de la guerra. Tras el sitio de Breda de 1577, en 1581 la tomaron los tercios españoles; en 1590 la recuperarían los holandeses, y en 1625 Ambrosio Spinola la había conquistado nuevamente para España tras el asedio de Breda de 1625. Omer Fourdin era gobernador de la ciudad, encargado de su defensa.

Para marchar hacia Bruselas, Federico Enrique tenía que recuperar Breda, la “daga que apunta al corazón de la República” y la posesión antiguamente más importante de la Casa de Orange en los Países Bajos.

A instancias del embajador de Richelieu, a principios de mayo de 1637 los Estados Generales habían reunido enRammekens una gran flota con un ejército de aproximadamente 14.000 hombres y 4.000 caballos, cuyo objetivo era atacarDunkerque. Imposibilitados de zarpar debido a las condiciones climatológicas adversas, que duraron varias semanas, y tomando en cuenta los preparativos que los españoles habían hecho contra este plan, Federico Enrique decidió anular el ataque a Dunkerque y marchar con sus fuerzas hacia Breda.

El asedio comienza el 21 de julio de 1637, las tropas holandesas bajo el mando de Enrique Casimiro de Nassau-Dietz intentaron tomar la ciudad con un asalto sorpresa pero fueron repelidas. El 23 de julio, con la llegada de Federico Enrique comenzó el asedio en serio. Guillermo II de Orange-Nassau, de tan sólo 13 años, acompañaba a su padre Federico Enrique.

Fernando de Austria hubo de marchar con el grueso de sus fuerzas al socorro de Landrecy y Henao que las tropas francesas estaban sitiando. Envió al conde Juan de Nassau (primo de Guillermo de Nassau-Siegen, que luchaba en las filas holandesas) al frente de una fuerza de 5.000 infantes y 2.000 caballos con el objetivo de introducirse en Breda para socorrerla. Incapaz de atravesar la líneas holandesas, Juan de Nassau hubo de retirarse.

El ejército holandés rodeó la ciudad con un sistema de trincheras, que les permitió avanzar encubiertamente hasta las puertas. El 1 de septiembre, el foso había sido rellenado en dos lugares, pero la guarnición continuó resistiendo ferozmente, llevando el ataque a su fin. El 6 de octubre, obligado por la falta de munición y por las enfermedades sufridas por los asediados durante el tiempo que duró el sitio, el gobernador Fourbin propuso a los holandeses su rendición y retirada con honor, que fue otorgada por Federico Enrique, y el 11 de octubre a las 11:00 de la mañana dejaron la ciudad con redoble de tambor, retirándose a Malinas.

Durante el asedio, la artillería holandesa disparó 23.000 proyectiles contra las fortificaciones de la ciudad.

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Como consecuencia la toma de Breda sumada a las de Bolduque en 1629 y de Mastricht en 1632 permitió a los holandeses asegurar el comercio de Zelanda y las fronteras holandesas contra los ataques de los tercios españoles. La ciudad, cuyo control había pasado varias veces de unos a otros contendientes durante la guerra de Flandes, quedó definitivamente en poder de las Provincias Unidas.

La victoria holandesa confirmaría al estatúder Federico Enrique de Orange-Nassau en su papel de líder militar, por haber conseguido conquistar en sólo siete semanas la misma ciudad que Ambrosio Spinola tardara once meses durante el asedio de Breda de 1625. Tras la conquista, Federico Enrique ordenó reparar y reforzar las fortificaciones de la ciudad para asegurarla frente a posibles ataques españoles.

El apoyo de Francia a las Provincias Unidas, que supondría una importante ayuda en la lucha de éstas contra España, así como el estallido en 1640 de la Guerra de Separación de Portugal y la sublevación de Cataluña, agravando la situación militar española, serían la causa del paulatino retroceso de los tercios españoles en los Países Bajos. La guerra de Flandes se prolongaría hasta 1648, cuando según la Paz de Münster se declararía la independencia definitiva de las Provincias Unidas.

El asedio de Breda de 1637 sirvió como fuente de inspiración para los pintores y grabadores flamencos, entre ellos Jan van Hilten y Hendrick de Meijer (“Salida de las tropas españolas de Breda”).

Personajes Ilustres de los Tercios 11 enero 2011

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 6. Personajes ilustres , comentarios cerrados

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DON GONZALO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, EL GRAN CAPITÁN (1453 – 1515)

General español, conquistador del reino de Nápoles para la corona de España.

Don Gonzalo Fernández de Córdoba nació en Montilla, Córdoba, el 1 de septiembre de 1.453 y murió en Loja en 1.515. Pertenecía a la Casa de Aguilar. Era hijo de Pedro Fernández de Aguilar y Elvira de Herrera y fue educado en Córdoba. Desde muy niño fue paje del infante don Alfonso, al que sirvió durante la guerra que éste sostuvo como aspirante al trono de Castilla contra el legítimo rey Enrique IV, su hermano.

La reina Isabel la Católica, que acababa de casarse, se disponía a defender sus derechos contra los partidarios de La Beltraneja en la Guerra Civil castellana, y le llamó a su lado para que luchara con sus tropas. En esta guerra hizo sus primeras armas, como correspondía a un segundón de la nobleza castellana, mereciendo grandes elogios de sus jefes. A partir de entonces, se distinguió en la Corte por su apostura, magnificiencia y generosidad. Se casó con su prima Isabel de Montemayor, pero pronto quedó viudo y libre para dedicarse por entero a la vida militar.

En la Guerra de Granada mandó una “capitanía” de 100 lanzas de las Guardas Reales de Castilla. Figuró entre los más valientes en la toma de Loja, ciudad que le confiaron los Reyes Católicos, y se distinguió en el sitio de Tájara y en la conquista de Illora. Durante el cerco de Granada tomó parte en las negociaciones con Boabdil para lograr la capitulación de la capital.

En recompensa por sus destacados servicios, recibió una encomienda de la Orden de Santiago, el señorío de Orjiva y determinadas rentas sobre la producción de seda granadina, lo cual contribuyó a engrandecer su fortuna. Sus hazañas y cualidades inclinaron a la reina Isabel para escogerle para mandar el cuerpo expedicionario que el rey Fernando envió a Italia para librar a Nápoles de las tropas invasoras francesas.

Don Gonzalo zarpó para Sicilia en 1495. Tenía a la sazón 42 años. En la Primera Campaña de Italia Fernández de Córdoba hizo gala de grandes dotes militares como jefe de un ejército. Con escasas fuerzas y mucha movilidad se hizo con toda la Calabria en 1495. Al año siguiente efectuó una marcha relámpago para acudir al sitio de Atella y ponerse al frente de las fuerzas aliadas de la Santa Liga. En algo más de un mes logró la capitulación del ejército francés, la repatriación a Francia de la mayoría de sus efectivos y la entrega de la mayor parte de las plazas fuertes en su poder. Su éxito tuvo una gran repercusión internacional y se ganó el título de El Gran Capitán.

Tras la toma de Ostia en nombre del papa Alejandro VI, el Gran Capitán entró triunfador en Nápoles, donde fue repuesto el rey Don Fadrique III, de la Casa de Aragón. Finalizada su tarea, regresó a España en 1498.

A su llegada a la península, la gente le recibió como un héroe nacional, y el rey don Fernando decía en la Corte que las victorias de Italia daban mayor renombre y gloria a España que la guerra de Granada. Su retorno coincidió con la rebelión de las Alpujarras, por lo que el Gran Capitán fue enviado con el conde de Tendilla a sofocar la rebelión en el año 1.500.

En el año 1.500 el rey Fernando el Católico pactó con Luis XII, rey de Francia, el reparto del reino de Nápoles, dando lugar con ello a la Segunda Campaña de Italia por los desacuerdos entre ambos reyes a la hora de interpretar el pacto. En abril de 1503 el Gran Capitán derrotó en la batalla de Ceriñola el ejército francés mandado por el duque de Nemours, que murió en combate. Tras esta victoriosa batalla, el ejército español se hizo dueño de todo el reino napolitano.

El rey francés envió otro ejército a Italia, pero fue igualmente vencido por el Gran Capitán en labatalla de Garellano de diciembre del mismo año. Como consecuencia de ella los franceses tuvieron que entregar la plaza de Gaeta y dejar el terreno libre al ejército español.

Finalizada la guerra gracias al tratado de paz entre Francia y España del 11 de febrero de 1504, Nápoles pasó a la corona de España. El Gran Capitán gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Congregó a todos los Estados del reino y les recibió juramento de fidelidad a los monarcas de Castilla y Aragón. También quiso recompensar a los que le habían ayudado combatiendo a su lado: a Próspero y Fabricio Colonna les devolvió los estados que les habían arrebatado los franceses; al jefe de los Ursinos, Bartolomé Albiano, le dió la ciudad de San Marcos; a Diego de Mendoza, el condado de Mélito; a Pedro Navarro, el condado de Oliveto; a Diego de Paredes, el Señorío de Coloneta.

Pero la reina Isabel, su valedora, murió a los pocos meses de la ratificación tratado, y el rey don Fernando el Católico entró en zozobra sin la compañía y apoyo de aquella gran reina. Incitado por recelos obsesionantes, el rey decició relevar al Gran Capitán por el arzobispo de Zaragoza y, temiendo que aquel no se dejase relevar, quiso que acompañaran al clérigo Pedro Navarro con órdenes de arrestar al Gran Capitán y apresarlo en Castelnovo, y Alberico de Tenacina para agitar al pueblo en favor del arzobispo. Afortunadamente aquel proyecto no se llevó a cabo, porque don Fernando nombró a su yerno Felipe como Rey consorte Gobernador de Castilla.

Al año siguiente, en 1505, don Fernando visitó Nápoles acompañado de su nueva mujer, Germana de Foix, a la sazón sobrina del rey Luis XII. El Gran Capitán, conocedor de los recelos que inspiraba al rey, salió a recibirlo al mar con gran agasajo, y trató de disipar sus temores por todos los medios. A pesar de ello, don Fernando comprobó personalmente que los napolitanos tenían más aprecio a su general que a él mismo, y que con su comportamiento había decepcionado a los napolitanos y a los subordinados del Gran Capitán.

Los injustificados recelos del rey aumentaron y, ya que debía regresar a España a hacerse cargo de la situación por la reciente e inesperada muerte de su yerno Felipe I, ordenó al Gran Capitán que entregase el mando y regresase con él a España. Corría el año de 1507. Una vez allí le mantuvo apartado de cargo alguno. En una ocasión le había jurado por“Dios nuestro Señor, por la Cruz y los cuatro Santos evangelios que resignaría a su favor” el cargo de Maestre de Santiago, pero faltó a tan sagrado juramente y le negó lo prometido al Gran Capitán, por lo que éste se retiró a Loja, ciudad que le concedió el Monarca, cansado y desengañado. En 1.512 rompió su amistad con el rey Fernando el Católico.

Antes de su fallecimiento estuvo una temporada de retiro en el monasterio de San Jerónimo de Córdoba, en cuyo cenobio tuvo intención de recluirse el resto de sus días. Murió en Loja en 1.515 a la edad de 62 años. Su cadáver se conserva en la iglesia de San Francisco de Granada.

El Gran Capitán fue un gran servidor del naciente estado español, a la vez que sagaz político, extraordinario diplomático, gran general y un genio militar excepcional. Supo combinar con maestría las tres armas de infantería, caballería y artillería; incorporó los fuegos de arcabuces y artillería a la maniobra general y supo sacar provecho de ellos adaptándolos al terreno. Supo mover las tropas por el terreno, efectuó marchas muy rápidas para la época, que se hicieron célebres, y supo llevar al enemigo a que combatiera en el terreno que él deseaba. Era idolatrado por sus soldados y admirado por todos.

Sin duda alguna el ejército del Gran Capitán sentó las bases de lo que en un futuro inmediato sería la famosa “infantería española”, que reinaría en los campos de batalla hasta la derrota de Rocroi.

La leyenda afirma que el rey le pidió cuentas de su gestión, las famosas “Cuentas del Gran Capitán”, pero este hecho no está demostrado documentalmente. Sí es cierto la diferencia de caracteres tan abismal entre el Gran Capitan y el rey don Fernando. Este era tacaño, quizás debido a la penuria de medios económicos de su padre y de él mismo en sus primeros años de reinado como príncipe aragonés. En cambio aquel era bastante generoso: ganaba y derrochaba como un gran señor andaluz, como lo demostró a la hora de recompensar a sus subordinados.

Alejandro Farnesio y Habsburgo (Roma, 27 de agosto de 1545 – Arrás, 3 de diciembre de 1592)

Tercer duque de Parma y Piacenza, hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Parma, la hija ilegítima del emperador Carlos V, sobrino de Felipe II y de Don Juan de Austria. Desarrolló una importante labor militar y diplomática al servicio de la corona española. Luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos y en los Países Bajos contra los rebeldes holandeses.

Acompañó a su madre a Bruselas cuando fue nombrada gobernadora de los Países Bajos. En 1565 se casó con la princesa María de Portugal, boda celebrada en Bruselas con gran esplendor. Alejandro había crecido en España con el príncipe Carlos, hijo de Felipe II, y su tío Don Juan de Austria y tras su matrimonio se instaló en la corte de Madrid. De ese matrimonio nació:

Pasaron varios años antes de que pudiera demostrar su talento para las operaciones militares. Durante ese tiempo los Países Bajos se habían rebelado contra la corona española y tras la muerte de Luis de Requesens, Don Juan fue enviado como gobernador en 1576. En otoño de 1577 Alejandro Farnesio fue enviado en ayuda de Don Juan, llegando como comandante del ejército al frente de los tercios, con los que en enero de 1578 derrotó a un ejército protestante en la batalla de Gembloux. En octubre de 1578 Don Juan moría de tifus solicitando a Felipe II que Alejandro fuera nombrado gobernador de los Países Bajos, a lo que el rey accedió.

Demostró sus dotes como diplomático a los tres meses, en enero de 1579, cuando consiguió, mediante la Unión de Arras, llevar de nuevo a la obediencia a la corona española a las provincia del sur que se habían unido a Guillermo de Orange en su rebeldía. Por el contrario, las provincias rebeldes abjuraron definitivamente de la soberanía de Felipe II unas semanas más tarde mediante la Unión de Utrecht.

Tan pronto como obtuvo una base de operaciones segura en la provincia de Hainaut y Artois, se dispuso a reconquistar las provincias de Brabante y Flandes. Una ciudad tras otra fueron cayendo bajo su control hasta llegar frente a Amberes, a la que puso sitio en 1584. El asedio de Amberes exigió todo el genio militar y fuerza de voluntad de Alejandro para completar el cerco y finalmente rendir la ciudad el 15 de agosto de 1585. El éxito militar de Alejandro volvió a poner en manos de la corona española todas las provincias del sur de los Países Bajos, pero la orografía y situación geográfica de las provincias de Holanda y Zelanda hacían imposible su conquista sin contar con el dominio del mar, en manos de los rebeldes.

En 1586 se convierte en duque de Parma por la muerte de su padre y solicita permiso al rey para ausentarse y visitar el territorio del ducado, permiso que no le es otorgado, ya que el rey lo considera insustituible.

En preparación al intento de invasión de Inglaterra con la Armada Invencible, Alejandro marcha contra las ciudades de Ostende y Sluis, conquistando ésta última, a donde llega la Armada en 1587. Después de la derrota de la Armada, Alejandro se instala en Dunkerque.

Tras el asesinato del rey francés Enrique III en diciembre de 1589, Alejandro fue enviado con el ejército a Francia para luchar con el bando católico opuesto al rey Enrique IV. En el asedio de Caudebec, el 25 de abril de 1592, resultó herido de un disparo de mosquete.  Se retiró con su ejército a Flandes. Posteriormente su salud se agravó, falleciendo la noche del 2 al 3 de diciembre de 1592 en la Abadía de Saint-Vaast de Arrás.

En 1956 se creó el cuarto tercio de la Legión Española, llamándose Tercio Alejandro Farnesio en su honor.

DON JUAN DE AUSTRIA

El apuesto don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V y la alemana Bárbara Blomberg, fue según muchos quien heredó las cualidades del emperador. Derrotó a los turcos en Lepanto y quiso hacerse con el trono de Inglaterra, pero su medio hermano Felipe II tenía otros planes para él. Lo envió como gobernador a Flandes, donde se vio envuelto en turbias intrigas y murió de tifus a los 31 años.

Con apenas 25 años comandó la flota cristiana que derrotó a los turcos en Lepanto. Toda Europa lo celebró como su salvador. Pero siete años después moría en Flandes, en un humilde palomar, sin haber podido realizar sus grandiosos proyectos. Don Juan de Austria fue fruto de los amores fugaces del emperador Carlos V con una joven alemana. Su padre no le reconoció públicamente como hijo suyo, y sólo hizo que lo trasladaran a España cuando tenía cinco años para ponerlo al cuidado de una modesta familia de Leganés que le dio una educación despreocupada. Tres años después se descubrió oficialmente el secreto a voces de la paternidad del muchacho, después de que éste visitara a su progenitor en el monasterio de Yuste, adonde Carlos V se había retirado tras abdicar de sus títulos.

Fue entonces cuando pasó a llamarse don Juan de Austria. Felipe II, su medio hermano, le puso casa propia y le tuvo desde el principio un cierto cariño como miembro de la familia real, de la que ahora ya formaba parte por derecho. Aunque siempre le negó el tratamiento de alteza y tampoco le permitió ostentar la dignidad de infante. El siempre desconfiado Felipe le nombró nada menos que capitán general de las fuerzas cristianas en la lucha contra los moriscos sublevados en Granada, en 1568. La dureza que demostró en la toma de Galera fue una mancha negra en su brillante historial como héroe, aunque jamás repitió una actuación semejante. De aquel conflicto salió con una importante aureola de pacificador victorioso.

Su triunfo representó un éxito en la corte, pero le aguardaba un reconocimiento mucho mayor en Europa. Pese a su juventud, don Juan fue nombrado comandante de la flota aliada de la Santa Liga (alianza de las fuerzas navales del papado, Venecia y España para luchar contra el todopoderoso Imperio otomano); el piadoso y decidido Pío V estaba convencido de que era el hombre elegido por dios para defender a la Cristiandad. La batalla naval de Lepanto (la más grande de su época) lo consagró como el héroe del momento.

Se había ganado un puesto entre los grandes capitanes desde la Antigüedad. Más allá de sus indudables dotes físicas y de que fuera el personaje admirado por dos pontífices sucesivos (Pío V y Gregorio XIII, que le agasajaron por sus grandes servicios a la fe), para el alimento de la leyenda estaban también su carácter extraordinariamente abierto, una personalidad cautivadora que destacaba más en él que su propia inteligencia o talento militar. Y, por supuesto, su innegable generosidad, especialmente con los vencidos y con los humildes, al estilo de los héroes clásicos. Años más tarde, don Juan de Austria fue nombrado gobernador de los Países Bajos. Pero aquella decisión se convertiría, a la postre, en una trampa mortal. Para don Juan, el único interés de ese cargo estribaba en las posibilidades que le daba para optar a la corona de Inglaterra, pero llegó a aquellas tierras en el peor momento, poco después del terrible saqueo de Amberes por las fuerzas españolas, en noviembre de 1576.

Al final, de Inglaterra, nada; según Felipe, había que firmar la paz con los flamencos. Por si eso fuera poco, don Juan se enteró después del fatal asesinato de su fiel secretario Juan de Escobedo en Madrid. Esta impactante noticia demostraba que su hermano le había retirado la confianza y hasta el afecto. El tifus hizo presa en su joven cuerpo de 31 años y, en un modestísimo palomar, adecentado a duras penas para la ocasión dentro de las circunstancias extremas que deparaba la guerra, pasó sus agónicos últimos días, hasta expirar el primero de octubre de 1578.

Ambrosio de Spinola

(Génova, 1569-Castelnuovo di Scrivia, actual Italia, 1630) Militar español de origen genovés.

Miembro de una rica familia de banqueros genoveses muy ligada a la monarquía española, en 1601 entró al servicio de Felipe III y financió un poderoso ejército, a cuyo frente se puso él mismo, para apoyar al archiduque Alberto, gobernador español de los Países Bajos, en su lucha contra los holandeses. Pronto demostró su valía como general, y en 1604 derrotó a Mauricio I de Nassau-Orange en Ostende. A pesar de las numerosas victorias que cosechó en los campos de batalla, los gastos de sus tropas y las dificultades económicas de la Corona lo llevaron a la ruina y le convencieron de la necesidad de buscar la paz, por lo que tomó parte en las negociaciones que condujeron a la tregua de los Doce Años en 1609. Tras el inicio de la guerra de los Treinta Años (1618), invadió el Palatinado y derrotó a los partidarios del elector Federico. Las operaciones en Alemania se vieron interrumpidas por la conclusión de la tregua de los Doce Años, lo que supuso reanudar las hostilidades en los Países Bajos. Spínola realizó una ofensiva que culminó con la toma de Breda en agosto de 1625, inmortalizada por Velázquez en su cuadro La rendición de Breda (o Las lanzas) Pero el gobierno de Madrid no supo aprovechar esta situación para lograr una paz favorable, y el príncipe de Orange, Federico Enrique, consiguió recuperar la iniciativa y Spínola hubo de pasar a la defensiva. Tras su regreso a España, donde abogó por concertar la paz y mostró su desacuerdo con la política del conde-duque de Olivares, fue enviado a Italia, en 1629, para combatir contra los franceses por el conflicto originado por la sucesión del ducado de Mantua. En Italia falleció, a consecuencia de las heridas sufridas en el asedio de Casale.

Duque de Alba

En 1507, nacía el que sería uno de los soldados más importantes de la Historia de España, que libraría espectaculares batallas y conseguiría brillantes victorias , tanto en el reinado de Carlos V como el de Felipe II.

Estamos ante un hombre de recia condición , ante un guerrero de la España Imperial. Su nombre se haría temible en toda la Europa Occidental, especialmente en los Países Bajos, cuyos pueblos sentirían su extremo rigor. Pero también los de Italia, hasta el punto de acobardar al mismo papa Paulo IV. Lucharía en los campos de Europa y África. Estaría en Viena, defendiéndola del turco. Y en Túnez acompañando a Carlos V en su brillante conquista. Y siempre al lado del Emperador también en la Germanía contra los príncipes protestantes alemanes. Y ante Roma acercándose a ella con sus temibles Tercios viejos. Después cuando estalla la rebelión calvinista contra Felipe II, su rey le manda allí para imponer la ley. Y lo hará de un modo implacable.

De aquí el sobrenombre de “Duque de Hierro” . Asombrosamente su entrega a la Monarquía no le consigue el amor de su rey, Felipe II se le mostrara siempre receloso, distante y desconfiado. Incluso en su vejez, cuando solo aspiraba a la paz de su hogar, el rey le confina en un castillo.

Un destierro que saldrá por orden regía. Porque Felipe II quiere ponerle al mando del ejército para la conquista de Portugal. Y será en Lisboa, después de lograr tal conquista, donde muere el fiero “Duque de Hierro” a finales de 1582. Una vida legendaria al servicio de la España Imperial.

El III Duque de Alba fue un hombre sin tiempo propio, permanente servidor de la Corona como soldado y como diplomático , arquetipo de la nobleza castellana , altivo, orgulloso, siempre endeudado, de vida familiar ejercida intermitentemente, que vivió entre el Renacimiento y el Barroco , con la vista puesta siempre hacia atrás.

¿integrista? Esta es una imagen estereotipada, su gobierno en los Países Bajos, de 1567 a 1574, dejó tras de si una estela de muertes, a través del Tribunal de los Tumultos y por los saqueos y masacres en diversas ciudades flamencas. Pero su labor política no la hizo en un sentido contrareformista , sino en el sentido estricto del servicio a la Monarquía. A lo largo de la década de 1540 ,colaboró con hombres como Mauricio de Sajonia y Guillermo de Orange . No empleó la palabra “hereje” hasta 1560 . Su obsesión no fue la herejía, sino la rebeldía al rey. Fue un político de piñón fijo. No sorprenden en nada sus pésimas relaciones con Francisco de Borja, duque de Gandia, jesuita y santo.

Sin pliegues en su carácter , el  problema del duque de Alba fue que no supo entender la modernidad barroca y las estrategias de la disimulación y el compromiso. Kamen lo llamó “el soldado perdido en el mundo de la política”. Ciertamente su mentalidad fue militar, pero tampoco se movió mal en el mundo de la política, como lo demuestra su papel en la paz de Cateau-Cambresis. De hecho conjugo guerra y paz desde su nacimiento en 1507 en Piedrahita.

Huérfano de padre a los tres años, al morir este en Trípoli, sus preceptores fueron  italianos(Bernardo Gentile y Severo Marini). Su abuelo intento que Luis Vives fuese su maestro pero no lo consiguió. Su amistad con Boscán y Garcilaso le marcó con una formación humanística notable. Dominio del latín y buen conocimiento del francés ,inglés y alemán , aunque nunca se considerara un intelectual. Fue un soldado en la línea  del Gran Capitán, con el sueño italiano por bandera, pero con la voluntad firme de no tener los problemas que tuvo Gonzalo Fernández de Córdoba con el Rey Católico.

Como militar destacó en diversos frentes mucho antes de su gobierno en Flandes  Fuenterrabía, conquista de Túnez en 1535, invasión de Provenza al año siguiente ,represión de la revuelta de Gante, fracaso ante Argel, victoria en Mülhberg, sitio de Metz, enfrentamiento con el papa Paulo IV…), pero no estuvo presente en Villalar ,ni en S. Quintín(donde por cierto si estuvo Egmont, luego su victima), ni en Lepanto.

Donde mejor se movió fue en Italia, especialmente en su papel de capitán general, gobernador de Milán y virrey de Nápoles. Pudo repetir el Saco de Roma de 1527 pero no quiso y acabó entendiéndose con el papa Paulo IV, lo que más cumplidamente.

El emperador Carlos que tanto le debía, recomendaba a su hijo : “ De ponerle a él o a otros grandes muy adentro en la gobernación os haveis de guardar , por todas las vías que él y ellos pudieran, os ganaran la voluntad que después os costará caro”. La verdad que Felipe II no hizo mucho caso a lo que le dijo su padre y repitió lo mismo que había hecho Carlos; Confiar en el fiel servidor y desecharlo al primer signo de fracaso.

Cargos militares y administrativos 10 enero 2011

Publicado por David Sánchez Escolano en 2. Estructura y organizacion interna , comentarios cerrados

Como toda unidad militar, el Tercio tenía una serie de rangos y cargos que facilitaban su organización:

-El maestre de campo

Era un capitán designado por el rey al cargo su compañía y de todo el Tercio. Podemos decir que era el mayor rango dentro del Tercio y por ello, era el único que contaba con una guardia personal de 8 alabarderos. Su función era el mano, impartir justicia, administración y asegurarse de que el aprovisionamiento de las tropas fuera el correcto.

Para lograr este distinguido cargo, era necesario haber cumplido una larga carrera militar, habiendo logrado en ella fama y reconocimiento, llegando su nombre a oidos del rey. En principio, solían ponerlos al cargo de una unidad formada por tropas extrangeras, y cuando demostraba su valía, se le daba un tercio de españoles.

Muchos tercios tenían el nombre de sus lugares de origen, pero había un número considerable de ellos que adoptaban el nombre y apelllidos de sus mestres de campo, como puede ser el Tercio Lope de Figeroa.

El sargento mayor

Era el ayudante principal del maestre de campo, el segundo al mando. No tenía una compañía propia como el maestre, pero sí tenía potestad sobre el resto de capitanes. Se encargaba de transmitir las órdenes del maestre, esablecer la formación del Tercio en el campo de batalla, el lugar de alojamiento de la tropa,… por lo que era un trabajo de gran responsabilidad. Por ello, contaban con un ayudante que solía ser el alférez de su antigua unidad.

Los tambores y pífanos

En principio eran 3, y constituían la segunda preocupación de un alférez después de la bandera, ya que eran los encargados de transmitir las órdenes del capitán en el combate utilizando sus  instrumentos, ya que era imposible llevarlas a viva voz en medio de la batalla. Además, con su música, subían la moral de los hombres. Había diversos toques, siendo los más básicos el de marchar, parar, retirada,…

El furriel mayor

Era el encargado de alojar a los soldados, de los almacenes y las pagas, así como también de la logística. Cada compañía contaba, además, con un furriel secundario encargado de llevar a cabo las órdenes del mayor. Cada furriel llevaba las cuentas de la compañía, la lista de soldados, así como preveía las armas y munición que necesitarían los soldados.

Para poder aspirar a este cargo, era necesario saber leer, escribir y tener conocimientos mínimos sobre matemáticas.

– El capitán

Era designado por el rey para mandar una compañía. Debía informar de cualquier inicidencia a sus superiores, pero no tenía la capacidad para castigar a sus soldados, y en caso de herirlos, no debía atacar ningún miembro de estos que fuera útil para la guerra. Tenía la potestad para dar licencia a un soldado y permitirle ir de una compañía a otra, pero jamás para abandonar el Tercio, pues era algo que únicamente podía autorizar el maestre de campo o el rey.

Solían tener un paje de rodela, que se encargaba de protegerlo con ella, por lo que normalmente salían mal parado de los combates.

– El alférez

Era el segundo del capitán, su brazo derecho. Un oficial de confianza, puesto que podía encargarse de dirigir la compañía en ausencia del capitán si este así lo requería. En las marchas, contaba con otro ayudante llamado sotaalférez o abanderado, que llevaba la bandera cuando no hubiese combate.

Su propósito era llevar y defender la bandera de la compañía en el combate, llegando en algunos casos a perder ambos brazos con tal de evitar que la bandera callera al suelo. Si esta llegaba al suelo, significaba que la compañía había perdido el combate, por lo que incluso llegaban a sujetarla con la boca, algo complicado, ya que pesaba 5 kg. La bandera siempre debía llevarse de forma vertical, nunca al hombro, pues si caía lo más mínimo, bajaría la moral.

– El sargento

Cada compañía tenía uno, y se encargaba de transmitir las órdenes de los capitanes a los soldados, de que las tropas estuvieran bien preparadas para combatir y que fueran ordenadas. Era el oficial con más especialidad en el cuidado de la disciplina y en la ejecución de cuanto se ordenara. En los servicios nocturnos, se encargaba establecer las guardias y supervisarlas. Podía castigar a los soldados con una alabarda especial que solo llevaban los sargentos, siempre y cuando no los incapacitara para el combate.

El empleo de sargento fue creado tras la Guerra de Granada, a finales del siglo XV, a petición de los capitanes. El soldado elegido para sargento, normalmente un cabo, debía ser apto, hábil, razonable y valeroso. Un joven recluta no podía ser sargento, pues era preferible que tuviese algunos años de antigüedad como cabo. Lo que no era un factor excluyente, ya que también podía ascender un soldado raso, pero siempre con experiencia.

En lo referente a la disciplina, no admitía réplicas de los soldados en cuanto a lo que concerniese al servicio del Rey. Debía mostrarse firme ante los cabos, estudiaba siempre las órdenes que recibía y las que daba. Fuera cual fuese la situación, ejecutaría las órdenes de sus mandos, y si recibía instrucciones de varios mandos sobre un mismo aspecto, acataría las del que tuviera mayor graduación.

– El cabo

Era un soldado veterano que tenía bajo su mando a 25 hombres. Se encargaban de alojar a los soldados en camaraderías, grupos más reducidos. Debían adiestrar a los soldados, asegurarse de que se cumplieran las órdenes del capitán y mantener el orden. De producirse algún desorden, no tenía poder para castigar a los soldados, por lo que debía limitarse a informar al capitán.

Debía vigilar especialmente las buenas relaciones entre los soldados que tenía bajo su mando. Para ello, se preocupaba por instalarlos en alojamientos por grupos con caracteres afines, para que no se produjeran enfrentamientos. Eran frecuentes las visitas a los alojamientos. Además, se ocupaba muy especialmente de los enfermos, transmitiendo al capitán las peticiones de hospitalización o convalecencia, aportando su opinión.

Aunque tenía un alojamiento separado de su cuerpo de guardia, debía ser soltero para estar el mayor tiempo posible con sus hombres. Su escuadra era su familia. Para cumplir mejor su función, debía llevar una vida honesta y de buenas costumbres, evitando el chismorreo o el bandolerismo con sus oficiales. De cumplir bien con las funciones de mando en su pequeña unidad, el cabo podía ascender en la escala de mando.

Además de los combatientes, el Tercio contaba también con otros miembros:

El cuerpo sanitario

No existía un cuerpo sanitario como puede haber en la actualidad. Cada compañía contaba con un solo médico profesional y un cirujano. Los camilleros solían ser los mozos que acompañaban a los soldados al combate o los propios soldados que cargaban con sus compañeros.

– Capellán

Cada compañía contaba con uno, y su función era dar fe a los soldados, enseñar el evangelio, ofrecer la santa misa y dar la extremaunción a los heridos de muerte. Era un trabajo arduo, ya que debían moverse por todo el campo de batalla para dar la extremaunción, y solían ser objeto del odio de los enemigos contrarios a la iglesia (protestantes u otomanos).

En 1587 es la orden de los jesuitas la que asume esta función, pero con la ordenanza de 1632 se crea el puesto de capellán mayor, encargado de elegir a los capellanes de las compaías, así como también ejercía de capellán en la compañía del maestre de campo.

– El cuerpo judicial

Estaba formado por un oidor, escribano, dos alguaciles, el carcelero y el verdugo. Se encargaban de llevar a término los procesos judiciales internos del Tercio, como si fuera un tribunal militar. También se encargaban de los testamentos de los soldados.

Un apunte que al menos a mi me ha resultado curioso, es la existencia de un cuerpo de Policía Militar, mandado por el barrahel. Se encargaba del orden en la tropa, la higiene en los campamentos, seguridad de los edificios y de evitar que los soldados se dispersaran durante las marchas.

Poemas sobre los Tercios 10 enero 2011

Publicado por Miguel Ángel García Arocas en 8. Poemas épicos, anécdotas y legado , comentarios cerrados

Además de Calderón de la Barca o Ángel de Saavedra, otros autores, que nacieron en los siglos que estuvieron activos los tercios o autores nacidos en el siglo XX también escribieron poemas sobre esta unidad militar del ejército español, alabando su poderío sobre los demás ejércitos europeos, su organización, victorias y logros militares.

España mi natura,
Italia mi ventura,
¡Flandes mi sepultura!

Esta estrofa anónima de tres versos, aunque corta, se hizo muy popular entre los soldados españoles en la segunda mitad del siglo XVI. “Flandes era su sepultura, pero seguían yendo, porque así se lo pedía su honor”.

Allende nuestros mares,
allende nuestras olas:
¡El mundo fue una selva
de lanzas españolas!

Esta cuarteta, anónima, resume el espíritu de los españoles de los siglos XVI y XVII, que quisieron revivir, salvando el tiempo y el espacio, nuestros divisionarios.

En este fragmento del poema “En Flandes se ha puesto el sol”, Eduardo Marquina, poeta nacido en 1879 y muerto en 1946, cuenta como una pequeña unidad española de infantería intenta ayudar a los habitantes de una aldea a huir, que está siendo atacada por el enemigo.

Capitán y español, no está avezado
a curarse de herida que ha dejado
intacto el corazón dentro del pecho.
Ello, ocurrió de suerte
que a los favores de un azar villano,
pudo llegar el hierro hasta esa mano,
que tuvo siempre en hierros a la muerte.

Y fue que apenas roto
por nuestro esfuerzo el muro,
salieron de la aldea en alboroto
sus gentes, escapándose a seguro.
Niños, mozos y ancianos,
en pelotón revuelto, altas las manos
como a esquivar la muerte, que les llega
envuelta en el fragor de la refriega,
a derramarse van por los caminos
y los campos vecinos…
Y va su frente y clama
que les tengan piedad en tanta ruina,
dando al aire sus tocas, una dama
que pone, ante la turba que la aclama,
la impavidez triunfal de una heroína.
Corriendo a hacer botín de su hermosura,
la rufa soldadesca se amotina,
y en vano ella procura,
en súplicas, en lágrimas deshecha,
acosada y rendida,
entregando su vida
triunfar de la deshonra que la acecha.
Va a sucumbir; pero en el mismo instante,
una mano de hierro abre a empeñones
el cerco jadente
de suizos y walones,
y el capitán ofrece a la hermosura
la hidalga proteccion de su bravura…
Domeñado y sujeto
queda el tercio a distancia; ella respira:
‘Pasad, señora que por mi os admira
y por mi os tiene España por su respeto’,
dice, y levanta el capitán ardido
la dura mano al fieltro retorcido.
Y en este punto, el hierro de un villano
parte su vena a la indefensa mano.
No se contrae su rostro de granito
ni la villana acción le arranca un grito;
inclina el porte, tiende a la cuitada
la mano ensangrentada
y vuelve a pronunciar: ‘Gracias señores;
que si sólo he querido
a la dama y su honor hacer honores,
ahora, con esta herida, habré podido
ofrecerle en mi mano rojas flores.
Ceremoniosamente
pasó la dama, él inclinó la frente,
y en la diestra leal que le tendía
la sangre a borbotones florecía.

Miguel de Cervantes. Juan de Jáuregui. 1600

Miguel de Cervantes Saavedra, que sirvió en el tercio de don Miguel de Moncada como un simple soldado, también aportó a la poesía sobre estas unidades militares. Se inspiró, tras los hechos que acontecieron su vida, como los años que estuvo alistado en los tercios,  para realizar la obra literaria española más famosa mundialmente, El Quijote. En este fragmento del capítulo 40, donde se prosigue la historia del cautivo, Cervantes se basó en los años que estuvo cautivo en Argel, pero el soneto está basado en los tercios de infantería española:

–Desa mesma manera le sé yo –dijo el cautivo.
–Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo –dijo el caballero–, dice así:

Soneto
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.

Francisco de Quevedo, que también sirvió en los tercios de infantería, se inspiró también en estas unidades para realizar una serie de poemas en las que alababa el poderío de los tercios. En este poema, llamado “Al rey Felipe III”, sin embargo, engrandece el poderío del monarca y alaba sus ordenes y actuaciones en cuanto al tercio:

Escondida debajo de tu armada,
Gime la mar, la vela llama al viento,
Y a las Lunas del Turco el firmamento
Eclipse les promete en tu jornada.

Quiere en las venas del Inglés tu espada
Matar la sed al Español sediento,
Y en tus armas el Sol desde su asiento
Mira su lumbre en rayos aumentada.

Por ventura la Tierra de envidiosa
Contra ti arma ejércitos triunfantes,
En sus monstruos soberbios poderosa;

Que viendo armar de rayos fulminantes,
O Júpiter, tu diestra valerosa,
Pienso que han vuelto al mundo los Gigantes.

En la Egloga II de Garcilaso de la Vega, nacido entre 1498 y 1503 y muerto en 1536, se inspiró en el poderío de los tercios y en el temor que provocaban a los ejércitos enemigos, como puede verse, por ejemplo, en los versos 1639 a 1674:

El temor enajena al otro bando;
el sentido, volando de uno en uno,
entrábase importuno por la puerta
de la opinión incierta, y siendo dentro,
en el íntimo centro allá del pecho
les dejaba deshecho un hielo frío,
el cual, como un gran río en flujos gruesos,
por medulas y huesos discurría.
Todo el campo se vía conturbado
y con arrebatado movimiento;
sólo del salvamento platicaban.
Luego se levantaban con desorden;
confusos y sin orden caminando,
atrás iban dejando con recelo,
tendida por el suelo, su riqueza.
Las tiendas do pereza y do fornicio,
con todo bruto vicio obrar solían,
sin ellas se partían; así armadas,
eran desamparadas de sus dueños.
A grandes y pequeños juntamente
era el temor presente por testigo,
y el áspero enemigo a las espaldas,
que les iba las faldas ya mordiendo.
César estar teniendo allí se vía
a Fernando, que ardía sin tardanza
por colorar su lanza en turca sangre.
Con animosa hambre y con denuedo
forceja con quien quedo estar le manda.
Como lebrel de Irlanda generoso
que el jabalí cerdoso y fiero mira,
rebátese, sospira, fuerza y riñe,
y apenas le costriñe el atadura,
que el dueño con cordura más aprieta;
así estaba perfeta y bien labrada
la imagen figurada de Fernando,
de quien allí mirándolo estuviera,
que era desta manera bien juzgara.

No tan épico es este poema del capitán Francisco de Aldana , nacido entre 1537 a 1540 y muerto en 1578, llamado “Pocos tercetos escritos a un amigo”, escribe desde su Tercio en Flandes a un amigo  de la Corte, narrando la vida de su amigo, tranquila y apacible, comparándola con la suya, siempre ataviado con la armadura y portando las armas en caso de combate:

Mientras estáis allá con tierno celo,
de oro, de seda y púrpura cubriendo
el de vuestra alma vil terrestre velo,

sayo de hierro acá yo estoy vistiendo,
cota de acero, arnés, yelmo luciente,
que un claro espejo al sol voy pareciendo.

Mientras andáis allá lascivamente,
con flores de azahar, con agua clara,
los pulsos refrescando, ojos y frente,

yo de honroso sudor cubro mi cara,
y de sangre enemiga el brazo tiño
cuando con más furor muerte dispara.

Mientras que a cada cual, con su desiño,
urdiendo andáis allá mil trampantojos,
manchada el alma más que el piel de armiño,

yo voy acá y allá, puestos los ojos
en muerte dar al que tener se gloria
del ibero valor ricos despojos.

Mientras andáis allá con la memoria
llena de las blanduras de Cupido,
publicando de vos llorosa historia,

yo voy acá de furia combatido,
de aspereza y desdén, lleno de gana
que Ludovico al fin quede vencido.

Mientras, cual nuevo sol por la mañana,
todo compuesto, andáis ventaneando
en haca, sin parar, lucia y galana,

yo voy sobre un jinete acá saltando
el andén, el barranco, el foso, el lodo,
al cercano enemigo amenazando.

Mientras andáis allá metido todo
en conocer la dama, o linda o fea,
buscando introducción por diestro modo,

yo conozco el sitio y la trinchera
deste profano a Dios vil enemigo,
sin que la muerte al ojo estorbo sea.

Anécdotas de los Tercios 10 enero 2011

Publicado por Miguel Ángel García Arocas en 8. Poemas épicos, anécdotas y legado , comentarios cerrados

Desde su creación en 1534 hasta su disolución en 1704, los tercios españoles, como consecuencia de las largas campañas militares por los diferentes países a través del Camino Español, desde la batalla de Pavía hasta la batalla de Rocroi, se produjeron una serie de anécdotas curiosas a la par que interesantes sobre diferentes hechos acaecidos durante el combate y el día a día en el frente.

Una bicoca

En abril de 1522, en Bicoca, al oeste de Milán, los tercios se enfrentaron contra los franceses, suizos y venecianos. El ejército francés contaba con 15.000 piqueros mercenarios suizos, conocidos como esguízaros, y por parte de los españoles, el general Próspero Colona contaba con 4.000 arcabuceros.
Los arcabuceros se colocaron al lado de una carretera, apoyados por la artillería, detrás de un terraplén protegido por una empalizada. Los piqueros suizos avanzaron contra los arcabuceros atravesando la carretera, pero durante la subida del terraplén que los separaba, los arcabuceros dispararon sin cesar abatiendo a sus enemigos.
Los suizos se retiraron con 3.000 bajas, mientras que los españoles no tuvieron ninguna. Esta batalla comenzó a mostrar la eficiencia del arcabuz frente a las armas de entonces.
A raíz del éxito español en esta batalla nació la expresión “ser una bicoca” para expresar que algo es muy fácil o barato.

Los 12 apóstoles de los tercios

Cuando se hablaba de los apóstoles en el lenguaje típico de los tercios no se hacía referencia a aquellos que acompañaron a Cristo, por mucho que la religión católica fuera uno de los motivos que los llevaban al combate. “Los 12 apóstoles” eran como se denominaba a las cargas de arcabuz que colgaban en bandolera sobre el pecho del soldado y que este usaba en cada disparo. Se llaman así porque 12 solía ser su número.
Para preparar un disparo, el arcabucero debía verter pólvora en el ánima (el cañón) del arcabuz. Inicialmente esto se hacía usando un cuerno en el que se almacenaba la misma y se echaba una cantidad a ojo desde el cuerno al arma. Método un poco lento y variable en la cantidad de pólvora usada en la carga, con el peligro que ello conllevaba. Más adelante, se comenzaron a usar unos pequeños tubos que ya contenían la pólvora adecuada para un disparo. De este modo, la carga era mucho más rápida y la cantidad de pólvora más controlada y segura.

Ejemplo de arcabucero portando “los doce apóstoles” en la bandolera. Alatriste. 2006

Engaño en las pagas de los tercios

Muchos contadores y capitanes de los tercios exageraban el número de efectivos de sus unidades, para así aumentar los ingresos. Era común no dar de baja a soldados muertos o a los desertores y quedarse con las pagas que se entregaban a la unidad para estos soldados inexistentes.
Esto suponía un problema puesto que los cálculos de los estrategas y máximos mandatarios a la hora de proponer y planificar una batalla contaban con un número de soldados más alto de lo que realmente era.

Los Bisoños de los Tercios

Los tercios españoles eran conocidos en Italia como bisoños, porque era la primera palabra que pronunciaban en italiano. Bisogno significa necesito.

La Inmaculada Concepción y la infantería española

En 1585 el tercio de Juan de Águila estaba acampado en la isla de Bommel, en la desembocadura del Escalda. Los holandeses provocaron una inundación y los tercios tuvieron que refugiarse en el dique de Empel, no muy lejos de allí. En esta situación, el tercio estaba en una situación en la que eran una presa fácil y se pusieron a excavar para fortificarse.
Mientras excavaban encontraron una tabla con una Inmaculada, precisamente la noche del 7 de Diciembre, día de la Inmaculada. Esa misma noche, una tremenda helada inmovilizó los buques holandeses e hizo posible una gran hazaña española. Los tercios asaltaron a pie a la flota holandesa, que gritaban: “Dios se ha hecho español”. Desde entonces, la infantería española adoptó como patrona a la Inmaculada Concepción.

La defenestración de Praga

En mayo de 1618, tres hombres saltaban desde una ventana del Castillo de Hradcany en Praga. Tuvieron suerte y cayeron sobre un montón de estiércol que amortiguó la caída. No fue una salida muy digna, pero salvaron la vida.
Estos hombres eran representantes del Emperador Católico de los Habsburgo y un grupo de nobles protestantes los había lanzado por la ventana, para protestar por el cierre de algunas iglesias protestantes. Este acto acabó provocando una guerra.
De esta manera, con una caída sobre un montón de estiércol, comenzó una guerra que acabó involucrando a un montón de países (Polonia, Francia, Holanda…). La Guerra de los 30 Años.
La gota que colmó el vaso fue la “Defenestración de Praga”, que es como se conoce este hecho.

Defenestración de Praga. 1618

Las prostitutas y los soldados

A mediados del siglo XVI el Duque de Alba organizó una de sus escapadas de guerra. Partió de Cartagena con 40 galeras rumbo a Italia y desde allí siguió hacia el norte por el famoso “Camino español”. Eran cerca de 11.000 hombres, divididos en cuatro tercios.
Les acompañaban unas 2.000 prostitutas italianas. Cinco soldados y medio por moza. Tal era la organización y efectividad de los tercios españoles que hasta las meretrices estaban organizadas en compañías.
El Duque de Alba contaba con que esto evitaría numerosos problemas con la población civil durante su viaje. El duque sostenía que para evitar problemas y para que la tropa estuviera “satisfecha”, era que por cada ocho soldados hubiera una prostituta en el ejército.

El puente Farnesio y la toma de Amberes

En febrero de 1585 el puente Farnesio fue concluido. Este puente en el ancho río Escalda era el pilar de la estrategia de Alejandro Farnesio para conquistar Amberes. La ciudad estaba en las orillas del caudaloso Escalda y este mismo río permitía a Flandes auxiliar a la ciudad en el asedio español. También estaban en contra de los españoles los castillos de Lillou y Lieskensek, que ayudaban en su protección.
Antes de rendirse en su objetivo, Farnesio puso en marcha la construcción de un puente y por supuesto, de todas las fortalezas y elementos de defensa del mismo. También se usaron barcas para proteger el puente desde el agua. Cuando el puente fue concluido, Alejandro de Farnesio, Duque de Parma, capturó un espía y le dijo: “Anda y di a los que te enviaron que este puente, o ha de ser sepulcro de Alejandro Farnesio, o ha de ser su paso a Amberes”.
Finalmente, Amberes no hizo honor a su fama de inexpugnable y los 800 metros de largo por 4 de ancho del puente sirvieron para tomar Amberes por parte de los Tercios Españoles. Esta campaña sirvió para que Felipe II le otorgara el Toisón de Oro a Alejandro Farnesio por su fidelidad y valor.

Las encamisadas

Los tercios españoles recurrían en ocasiones a las “operaciones especiales” nocturnas, llamadas encamisadas. Los soldados se ponían la camisa sobre el resto de la ropa para poder reconocerse entre sí.
Las encamisadas eran comunes para sabotear algún punto del enemigo o sorprenderle con un golpe de mano, se hacían de noche y cualquier soldado con una camisa clara sobre el resto de la ropa era claramente identificable.

Disparar con pólvora del rey

En los tercios españoles cada soldado recibía una paga en la cual se contemplaban sus necesidades. Así, un piquero cobraba menos que un arcabucero, la caballería tenía que mantener sus monturas… Por lo tanto, la pólvora la solía pagar el soldado de su propio bolsillo.
Pero en ocasiones, como en caso de asedio, se podía obtener pólvora de almacenes o polvorines de artillería y entonces se tiraba con “pólvora del rey” y por lo tanto no se tenía tanto cuidado y se disparaba más alegremente.
Esta expresión ha llegado hasta nuestros días, y se dice que se dispara con pólvora del rey cuando no se tienen en cuenta los gastos o esfuerzos, porque corren por cuenta de otro.

Pizarro y la ambición

Francisco de Pizarro, el gran conquistador español nacido en Trujillo, que luchó contra el Imperio Inca, trazó una raya en el suelo con la punta de su espada y comentó a sus soldados para animarles a la aventura y a la batalla: “Por allá se va a Panamá a ser pobres, por aquí, a conquistar un Imperio”.
Esta frase y esta actitud fue famosa durante años, y en la época gloriosa de los tercios españoles, se recurría a esta frase para animar a los nuevos soldados.

La perra de Guillermo de Orange

En 1572, los tercios españoles llevaron a cabo una de sus conocidas encamisadas durante los combates por la ciudad de Mons. En aquel lance estuvo a punto de morir Guillermo de Orange. Era la noche que unía el día 11 de septiembre con el 12. Las tropas españolas, al mando de Julián Romero asaltaron el campamento enemigo. El príncipe de Orange estaba dormido y no se había percatado en un primer momento del riesgo que corría y de lo que estaba pasando a su alrededor.
Fue su perra, de raza spaniel y llamada Kuntze, la que le despertó con sus ladridos. Dormía a su lado y gracias a ella pudo reaccionar y salvar su vida. Desde aquel día siempre durmió con un perro a sus pies. Kuntze le había salvado la vida y no sabía cuándo podría presentarse otra ocasión similar. Esta es también la causa de que Guillermo de Orange fuera retratado en no pocas ocasiones con un perro a su lado.

El Gran Duque de Alba y su hijo Don Fadrique

Estaba Don Fadrique asediando Haarlen a finales de 1572 y comienzos de 1573, cuando la situación llegó a extremos desesperanzadores. En los constantes intentos de asalto de la ciudad morían cada vez más españoles y no eran pocos los que abogaban por una retirada a tiempo. Varios capitanes tenían esta misma idea y se la transmitieron a Don Fadrique, haciéndole también pensar en el abandono del asedio.
El Gran Duque de Alba se enteró de estos hechos y de los pensamientos de su hijo y le envío una carta diciendo que “si alzaba el campo sin rendir la plaza, no le tendría por hijo; si moría en el asedio, él iría en persona a reemplazarle, aunque estaba enfermo y en cama; que si faltaban los dos, iría desde España su madre a hacer en la guerra lo que no había tenido valor o paciencia para hacer su hijo”.
Sus “dulces” palabras obligaron al hijo a persistir en el empeño, hasta que, finalmente, Haarlem cayó rendida.

El legado de los Tercios en el ejército actual 10 enero 2011

Publicado por David Sánchez Escolano en 8. Poemas épicos, anécdotas y legado , comentarios cerrados

Pese a que el cuerpo de los Tercios fue disuelto por Felipe V en su reforma de 1704, su nombre perdura en algunos cuerpos de la Legión española (regimientos) y en el cuerpo de Infantería de Marina, heredera de los viejos tercios del mar. Pese a que fueron sustituidos por regimientos al mando de coroneles siguiendo el modelo francés y prusiano, la vieja cruz de borgoña o de San Andrés sigue siendo la insignia de la mayoría de unidades de la infantería española actual.

Dentro de los “tercios” de la Legión encontramos el Tercio «Juan de Austria», el Tercio «Alejandro Farnesio», el Tercio «Gran Capitán» (con base en Melilla) y el Tercio «Duque de Alba» (con base en Ceuta).

Hablando ya de la Infantería de Marina, vemos que también se organiza en tercios. Su unidad expedicionaria principal es el Tercio de la Armada, heredero directo de los Tercios Viejos de Armada, conocidos también como Tercios del Mar de Nápoles. El resto de la Infantería de Marina se organiza en otros tres Tercios de guarnición denominados Tercio del Sur (San Fernando), Tercio del Norte (Ferrol) y Tercio de Levante (Cartagena). Estos tres tercios forman junto a las Agrupaciones de Canarias y Madrid las Fuerzas de Protección.

A-05 El Camino Español

Luego también tenemos un guiño a los Tercios y a la guerra de Flandes dentro de la Armada, que posee un buque de transporte ligero cuyo nombre es “(A-05) El Camino Español”, en memoria de aquella famosa ruta de aprovisionamiento de la guerra de Flandes.

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