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Los sitios en Flandes 10 enero 2011

Publicado por David Sánchez Escolano en 3. Técnicas y táctica de combate , comentarios cerrados

La guerra de Flandes no fue una guerra cualquiera, pues se desarrolló en medio de una amplia red de plazas fuertes de gran tradición militar. El éxito del sitiador dependía en gran medida de la ciudad que se decidiera asediar. En ocasiones, se dividía el ejército en varios cuerpos, cada uno simuladamente dirigido hacia el asedio de otra plaza fuerte. Esto tranquilizaba a la que realmente iba a ser sitiada, cuyos preparativos para la defensa serían menos importantes.

El sitio ideal consistiría en asfixiar la plaza fuerte cerrándole las comunicaciones, edificando fortificaciones contra salidas o socorros, y al mismo tiempo, batirla antes del asalto con la esperanza de que se rindiera. Sin embargo, al ser muchas, las plazas solían apoyarse mutuamente, por lo que el sitiador se veía obligado a vivir en campamentos atrincherado. La táctica consistía en abrir brechas en la fortificación enemiga midiante artillería o minas, para poder así lanzar un asalto.

Antes de llegar a esto, había muchas dificultades, ya que pocas plazas se rendían al primer cañonazo.  Ante todo, se debía proteger el propio campamento, instalado en el máximo límite del alcance de las armas enemigas. También era necesario cuidarse de las pequeñas escaramuzas holandesas, que salían de las ciudades con la intención de “clavar los cañones”. Esto consistía en clavar un clavo en el orificio por el que se prendía la mecha, lo que inutilizaba la pieza de artillería. Debían asegurarse, además, de que había provisiones y agua suficientes en la zona, así como la libertad de sus comunicaciones e impedir o dificultar las del enemigo.

Era necesario disponer de una provisión de materiales y útiles, en previsión de que se produjeran combates durante el periodo que durara el asedio, que en ocasiones se contaba por meses. Luego se creaba una red de trincheras que permitiera circular sin peligro  entre los alojamientos y las baterías de ataque. Esta se instalaba frente al punto de la fortificación enemiga por el que se pensaba realizar el asalto. Normalmente, estas baterías contaban con cañones de gran calibre para derribar murallas, mientras que contaban con otros más pequeños para acabar con atalayas o parapetos.

Con frecuencia, los disparos de la batería se complementaban con zapadores y minas, que socavaban las defensas enemigas bajo tierra, resquebrajando las murallas. Con esto se lograba derribar sectores enteros de las murallas, dejando una gran brecha por la que era posible realizar el asalto.

Este asalto lo llevaban a cabo las mejores tropas, encabezadas por piqueros. Mientras tanto, el resto del campamento permanecía dispuesto para cualquier contraataque en caso de que el enemigo resistiera, con los mosquetes preparados tras los parapetos. Esta técnica era muy útil, ya que a pesar de la abnegación de los soldados, no siempre lograban atravesar la brecha y tenían que retirarse.

Poesía sobre los tercios: Ángel de Saavedra, duque de Rivas 29 diciembre 2010

Publicado por Miguel Ángel García Arocas en 8. Poemas épicos, anécdotas y legado , comentarios cerrados

Otro poeta influido e inspirado por el poderío de estas unidades militares, pese a que cuando escribió sus poemas ya se habían disuelto hace casi un siglo fue Ángel de Saavedra, duque de Rivas.

Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano, más conocido como Duque de Rivas, (1791-1865) fue un escritor, dramaturgo, poeta, pintor y político español, conocido por su famoso drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (1835). Fue presidente del gobierno español (Consejo de Ministros entonces) en 1854, durante sólo dos días.

Ángel de Saavedra, duque de Rivas. Ateneo de Madrid

Con un año de edad, su padre, don Juan Martín de Saavedra fue condecorado con el título de Grande de España. ingresó en 1802 en el Real Seminario de Nobles de Madrid permaneciendo en él hasta 1806. Con tan solo nueve años ya le correspondían por linaje la Cruz de Caballero de Malta, la banderola de la Guardia de Corps supernumerario, el hábito de Santiago, etc. En 1807 fue alférez de la Guardia Real. Luchó con valentía contra las tropas napoleónicas siendo herido en la Batalla de Ontígola (1809). El General Castaños le nombró capitán de la Caballería Ligera. Obtuvo también el nombramiento de primer ayudante de Estado Mayor.

En 1823, Rivas fue condenando a muerte por sus creencias liberales y haber participado en el golpe de estado de Riego en 1820. Además se le confiscaron sus bienes y huyó a Inglaterra. Luego pasó a Malta en 1825 donde permaneció cinco años. En 1830 se marchó a París. Después de la muerte de Fernando VII en 1833, regresó a España al recibir la amnistía y reclamó su herencia, y además en 1834 murió su hermano mayor, Juan Remigio, y recayó en él por ello el título de Duque de Rivas. Dos años después fue nombrado ministro de la Gobernación. Luego emigró a Portugal por poco espacio de tiempo. A la vuelta desempeñó el papel de senador, alcalde de Madrid, embajador y ministro plenipotenciario en Nápoles y Francia, ministro del Estado, presidente del Consejo de Estado y presidente de la Real Academia Española y del Ateneo de Madrid en 1865.

Su obra, Don Álvaro, fue estrenada en 1835, siendo el primer éxito romántico del teatro español. Otras obras teatrales románticas que la precedieron fueron el desengaño en un sueñoMalek Adel,Lanuza y Arias Gonzalo y la comedia Tanto vales cuanto tienes. Su obra poética más conocida es Romances históricos (1841), o Poesías (1814), como El desterradoEl sueño del proscritoA las estrellasCanto al Faro de Malta. En prosa escribió Sublevación de Nápoles Historia del Reino de las Dos Sicilias. En ensayo destacó en Los españoles pintados por sí mismos. Entre otros romances destaca La azucena milagrosa (1847), Maldonado (1852) y El aniversario (1854).

Entre su poesía sobre los tercios españoles destaca el siguiente fragmento de “La victoria de Pavía”, que ensalza la victoria de los Tercios españoles sobre el ejército francés en la batalla de Pavía.

La victoria de Pavía

[…] Pero su rendida espada,
prenda de insigne valor,
testigo eterno de un triunfo
que el orbe todo admiró,

en nuestra regia armería
trescientos años brilló,
de los franceses desdoro,
de nuestras glorias blasón.

Hasta que amistad aleve,
que ocultaba engaño atroz,
con halagos y promesas
que ensalzó la adulación,

tal prenda de un triunfo nuestro
para Francia recobró,
como si así de la historia
se borrase su baldón.

Harto indignado, aunque joven,
esta espada escolté yo,
cuando a Murat la entregaron
en infame procesión,

pero si llevó la espada,
la gloria eterna quedó,
más durable que el acero
de la alta fama en la voz.

Y en vez de tal prenda, España
supo añadir, ¡vive Dios!,
al gran nombre de Pavía
el de Bailén, que es mayor.

En este fragmento se ensalza el poderío de los tercios

El ejército

[…] De trompas y de atambores
retumba marcial estruendo,
que en las torres de Pavía
repite gozoso el eco,

porque a libertarlas viene
de largo y penoso cerco
el ejército del César
contra el del francés soberbio.

Aquel reducido y corto,
este numeroso y fiero;
el uno descalzo y pobre,
el otro de galas lleno.

Pero el marqués de Pescara,
hijo ilustre y predilecto
del valor y la victoria,
tiene de aquel el gobierno.

Porque los jefes ancianos
y los príncipes excelsos
que lo mandan, se someten
a su fortuna y su esfuerzo;

y en él gloriosos campean
los invictísimos tercios
españoles, cuya gloria
es pasmo del universo. […]

Poesía sobre los tercios: Calderón de la Barca 29 diciembre 2010

Publicado por Miguel Ángel García Arocas en 8. Poemas épicos, anécdotas y legado , comentarios cerrados

El poderío de los tercios de Infantería española sirvió de modelo y de inspiración a diversos poetas y dramaturgos para crear los más bellos versos que compusieron diversos poemas, sonetos y octavas en los que se ensalza a estas unidades militares que formaban el ejército español de la época, viéndose, una vez más, la relación de la pluma con la espada, que ha sido una constante en nuestros ejércitos. Uno de los poetas que más destaca es Calderón de la Barca.

Calderón de la Barca. Retrato anónimo del siglo XVII

Además de ser dramaturgo y sacerdote, fue soldado, alistándose en los tercios por patriotismo, con 40 años de edad en el Regimiento de “Órdenes Militares”, para hacer frente en 1640 al levantamiento secesionista de Cataluña (que se separó de España y se adhirió a Francia de 1640 a 1652).

Por su dilatado recorrido vital, por la estratégica situación histórica que le tocó vivir y por la variedad de registros de su excepcional obra teatral, Calderón de la Barca sintetiza el magnífico pero también contradictorio siglo XVII, el más complicado de la historia española. Testigo de tres reinados (el de Felipe III, el de Felipe IV y el de Carlos II) vivió la Europa del pacifismo, la Europa de la Guerra de los Treinta Años y la del nuevo orden internacional, simultáneo al lento declinar de la monarquía. Es decir, el Siglo de Oro de las letras y las artes.

Nació en Madrid el 17 de enero de 1600. Se educó con los jesuitas en Madrid, y continuó los estudios en las universidades de Alcalá y Salamanca hasta 1620. Fue soldado en la juventud y sacerdote en la vejez, lo que era bastante habitual en la España de su tiempo. El rey le honró otorgándole el hábito de Santiago. También fue capellán de la catedral de Toledo y capellán del rey.

En 1623, año en el que Velázquez es nombrado por el rey Felipe IV pintor de cámara, se representó la primera comedia conocida de Calderón de la Barca: Amor, honor y poder, donde ya desarrolla el problema del honor. La dama duende, escrita en 1629, es una de las comedias más famosas de Calderón. Con esta obra Calderón pretendía atacar la superstición y creencia en duendes y otros elementos mágicos de la época. A estas obras se las incluye en la categoría de comedias “de capa y espada”. Entre sus dramas destacan El alcalde de Zalamea (1640) o La vida es sueño (1636).

En uno de sus más famosos poemas, el soldado español de los Tercios, alaba a los soldados que conforman cada una de sus unidades.

El soldado español de los Tercios

Este ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que el adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira como procede.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.

Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.

Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

En esta Octava perteneciente a Las Comedias, la llamada “El Sitio de Breda”. Se explica que pese a la perdida de la ciudad de Breda a manos de las fuerzas holandesas, aunque las tropas españolas tuvieron que salir de la ciudad, se marcharon con la cabeza muy alta, sin un ápice de temor y tristeza en sus rostros.

El Sitio de Breda

Estos son españoles, ahora puedo
hablar encareciendo estos soldados
y sin temor, pues sufren a pie quedo
con un semblante, bien o mal pagados.

Nunca la sombra vil vieron del miedo
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto.
Sólo no sufren que les hablen alto.

Estos son españoles, ahora puedo
hablar encareciendo estos soldados
y sin temor, pues sufren pie quedo
con un semblante, bien o mal pagados.

Nunca la sombra vil vieron del miedo
y aunque soberbios son, son reportados.
Todo lo sufren en cualquier asalto;
sólo no sufren que les hablen alto.

No se ha visto en todo el mundo
tanta nobleza compuesta,
convocada tanta gente,
unida tanta nobleza,
pues puedo decir no hay
un soldado que no sea
por la sangre de las armas
noble. ¿Qué más excelencia?

Organización y estructura de los soldados en el frente de combate 29 diciembre 2010

Publicado por Miguel Ángel García Arocas en 2. Estructura y organizacion interna , comentarios cerrados

Los tercios eran nómadas. Varios factores contribuían a estos desplazamientos. Primero, eran fuerzas de intervención, acudían a los lugares donde fueran necesarios. Dentro de los lugares a donde iban se movían por las necesidades que tuviera la campaña. Según donde el comandante en jefe quisiera establecer la campaña las unidades tenían que trasladarse.

En las regiones sin conflicto se desplazaban igualmente. Ocurrió en Italia, donde recorrieron durante dos años Nápoles de un lado a otro. Estos desplazamientos se hacían por repartirse entre las localidades y buscar alojamiento, y porque en el sur de la península se reforzaban en verano las regiones costeras por los ataques de otomanos y corsarios.

Las marchas se volvieron importantes. Estaban reguladas al mínimo. Antes de marchar hacia el territorio enemigo se hacía un reconocimiento previo del itinerario a seguir. También disponían de mapas de la zona.

La estructura original, propia de los Tercios de Italia, cuyas bases se encuentran en la ordenanza de Génova de 1536, dividía cada tercio en 10 capitanías o compañías, 8 de piqueros y 2 de arcabuceros, de 300 hombres cada una, aunque también se podía dividr el ejército en 12 compañías de 250 hombres cada una. Cada compañía, aparte del capitán, que siempre tenía que ser de nacionalidad española y escogido por el rey, tenía otros oficiales: un alférez, quien era encargado de llevar en el combate la bandera de la compañía, un sargento, cuya función era preservar el orden y la disciplina en los soldados de la compañía y 10 cabos (cada uno de los cuales mandaba a 30 hombres de la compañía); aparte de los oficiales, en cada compañía había un cierto número de auxiliares (oficial de intendencia o furriel, capellán, músicos, paje del capitán, barberos y curanderos (estos dos últimos, solían cumplir el mismo papel) etc.

Jerarquía y organización dentro de un tercio.

Posteriormente, los Tercios de Flandes adoptaron una estructura de 12 compañías, 10 de piqueros y 2 de arcabuceros, cada una de ellas formada por 250 hombres. Cada grupo de 4 compañías se llamaba coronelía. El estado mayor de un tercio de Flandes tenía como oficiales principales a los coroneles (uno por cada coronelía), un Maestre de Campo (jefe supremo del tercio nombrado directamente por la autoridad real) y un Sargento Mayor, o segundo al mando del Maestre de Campo.

Siguiendo instrucciones del maestre de campo, el sargento mayor daba órdenes al tambor mayor para la recogida de las tropas. Estas se preparaban y formaban escuadrón, poniéndose en camino. Normalmente, la vanguardia la formaba una de las dos compañías de arcabuceros del ejército, seguida de 200 pasos por el grueso de picas, encabezadas por la compañía que ese día había salido de guardia. La segunda compañía de arcabuceros se encontraba en la retaguardia.

El orden de las compañías era el siguiente: en primer lugar las compañías de arcabuceros completa con sus alabarderos y mosqueteros, para combatir en caso de ataque. Las de picas se subdividían. Primero, mosqueteros reunidos, a continuación la mitad de arcabuceros de estas. Después, coseletes, seguidos por piqueros y sus banderas. Luego el resto de piqueros armados y al final otra mitad de arcabuceros. Así se podía constituir rápidamente el escuadrón, con picas en el centro y armas de fuego a los lados. Como el protocolo era estricto, la posición de las banderas estaba prevista. La primera compañía de arcabuceros estaba a la derecha, a la izquierda las picas de guardia, seguidas por las de esa especialidad. Cerraba la hilera la segunda compañía de arcabuceros.

Durante la primera media milla, el maestre de campo y el sargento iban a caballo. Los demás oficiales caminaban junto a sus hombres, con los alféreces llevando la bandera. La tropa iba en silencio, a toque de tambor. Delante iba la disciplina. Los alféreces entregaban la bandera a los abanderados y los criados entraban a las filas a coger las armas de sus dueños. Después de esto los oficiales y los hombres que disponían de monturas montaban sus cabalgaduras, y continuaba la marcha. Si un soldado que no disponía de mozo tenia que abandonar la formación por alguna necesidad, dejaba su armamento a algún compañero.

En la última compañía de arcabuceros y el grueso iban las mujeres, mochileros desocupados y el bagaje, que transportaba soldados enfermos y aspeados, el equipaje de tropa y la impedimenta, que llevaba útiles de gastadores, pólvora, munición, cuerda y picas para arcabuceros que sobrasen al hacer el escuadrón y a alabarderos. También aquí se encontraban los carros con propiedades de los oficiales. Las mujeres tenían prohibido ir a pie, para no retrasar la marcha. A no ser que tuvieran medios propios tenían que acomodarse en el bagaje o carromato. El resto iban en monturas propias o requisadas por recibo y eran devueltos al final de la etapa.

En tiempos de paz, la impedimenta se encontraba en la vanguardia, para que al acabar no esperaran la llegada de criados y pertenencias.

Si las operaciones eran rápidas se dejaban los bagajes, mujeres y cualquier cosa inútil y no se llevaba bagaje a no ser que hubiera vitualla. En 1587 6.000 soldados se desplazaron a Italia y en Flandes eran 18.000 personas, montando 3.000 o 4.000 caballos.

Otra forma ligera de marchar era salir sin banderas. Su importancia requería mayor protección y por seguridad se formaba escuadrón. Si la unidad las dejaba con el grueso del ejército actuaba con mayor libertad y en despliegues abiertos.

Mientras la columna caminaba, el furriel mayor con todos los furrieles se adelantaba, si se estaba en territorio amigo, para preparar alojamientos. Junto a las autoridades de la localidad recorrían las casas, anotando el número de habitaciones y cumplimentando las boletas, indicando el nombre del soldado y su alojamiento.

Cuando se marchaban, el capitán de los arcabuceros de la retaguardia había inspeccionado a la población que acababan de dejar, recogiendo las quejas de los vecinos e inspeccionando viviendas para ver si algún soldado se había quedado para desertar, dormido o enfermo. Así emprendían el camino, azuzando rezagados y ayudando a cargar bagajes caídos. Una milla antes del final, se regresaba a la disposición inicial, desmontando oficiales y soldados para volver a sus puestos de formación y los mozos entregaban las armas a sus amos.

Se hacían altos en lugares con agua para descansar, beber y comer. Las paradas se hacían por los coseletes (piqueros dotados de elementos de armadura) que tenían que llevar mucho peso en sus espaldas y se fatigaban. Se trataba de hacer que la unidad estuviera unida y que no estuvieran separados, a tres o cuatro millas de la vanguardia a la retaguardia y que no fueran vulnerables.

Llegado a su destino formaban escuadrón. El tambor mayor leía los bandos dictados por el general o el maestro de campo, advirtiendo a la tropa sobre su comportamiento y las penas por infracción. Se señalaba a la compañía que entraba de guardia.

Era importante montar guardia, no solo por motivos de seguridad, se consideraba además un ejercicio porque montando guardia es donde se aprendía a ser soldado. La unidad constituía un pequeño escuadrón, con picas en el centro y armas de fuego a los costados, igual que en combate. Era un buen momento para ver como se abordaban las primeras, maniobra complicada que reflejaba el grado de instrucción.

El relevo se tenía que hacer una hora antes del anochecer, para que los soldados que empezaban su servicio hubieran cenado, y para que lo hicieran los que acababan. El siguiente relevo era a la salida del sol.

A continuación el sargento mayor disponía las centinelas, que llevaban sus armas. No se permitía el uso de capas sino en días de lluvia o mucho frío, porque molestaban a la hora de caminar o combatir y limitaban la vista y el oído.

De noche había varias clases de centinelas. Las perdidas eran hombres colocados como escuchas para vigilar los movimientos del enemigo, toda la noche en el suelo, sin moverse. Llevaban el chuzo como arma y vestían de color pardo; cuando nevaba utilizaban la camisa blanca como camuflaje. Si eran descubiertos no podían escapar. Si lo lograban disponían de un santo y seña para volver.

Los centinelas ordinarios estaban próximos al campamento. Se colocaban a unos treinta pasos del cuerpo de guardia y con unos intervalos que les permitieron verse y oírse. Cada puesto estaba formado por un arcabucero y un piquero, pero pertenecientes a las compañías de picas, ya que los arcabuceros no tenían guardias nocturnas, porque su misión por el día era más fatigosa.

El primero encendía una mecha para ver el tiempo que estaban de guardia, y el segundo dejaba la pica en el suelo y se paseaba sin alejarse. Tenían santo y seña y debían pedirla a todos los que intentaran pasar, incluso a los que conocieron por obligación.

A treinta pasos de la línea de los centinelas se situaban los extraordinarios o de seguro. Eran puestos de un solo soldado. Su misión era alertar de la aproximación de un enemigo.

Por precaución, los soldados no sabían el lugar donde se montaría guardia. De este modo se evitaban tratos con el enemigo.

El resto quedaban en el cuerpo de guardia junto a la bandera. El fuego se mantenía encendido las 24 horas, incluso en verano, para prender las mechas de las armas. Se disponía en una habitación de un tablado de madera a dos pulgadas del suelo para que los soldados pudieran dormir sin desvestirse.

Del cuerpo de guardia salían relevos de centinelas al mando de un cabo que por precaución decía el santo y seña en voz baja. Partía el sargento cada tres horas para hacer rondas acompañado de un destacamento de piqueros y arcabuceros o mosqueteros, siendo un piquero por cada dos en proporción, estas se llamaban sobrerrondas de oficiales. El sargento mayor hacía sus propios recorridos. Se convenía que los que hacían la guardia llevaran rodela porque los soldados apedreaban al oficial con el pretexto de que así demostraban que estaban alerta.

Mientras se montaba la guardia, las compañías francas de servicio se habían dirigido a los alojamientos retenidos para cada una de ellas por su correspondiente furriel. La primera casa que se escogía era para el alférez (segundo oficial de la compañía de infantería. Lleva la bandera en combate, desfiles y demás ocasiones solemnes), que instalaba en ella la bandera, convirtiéndola en punto de reunión de toda la unidad si se daba la alarma. Los soldados recibían una boleta o cartela, en la que figuraba su nombre y el lugar donde iban a pernoctar. Se debían distribuir por camaradas. Así, no solo era más barato preparar el asentamiento, sino que constituían pequeños núcleos capaces de defenderse ante un eventual ataque. Además, se facilitaba de esta forma la concentración de la compañía cuando fuese preciso.

Los vivanderos montaban sus tenderetes, bajo la vigilancia del barrachel, en el lugar que se hubiera designado, y abrían sus negocios a la tropa. Allí la tropa comía y bebía. El alojamiento se hacía en una plaza fortificada, practicándose al alba un reconocimiento por los alrededores. En el cuerpo de guardia había “asadores”, que eran los encargados de examinar las cargas que pudieran ocultar hombres escondidos.

En tiempos de paz se reducían las precauciones. Las marchas se realizaban sin exploradores ni flanqueadores, y a veces las unidades se confiaban a un sargento, mientras sus superiores permanecían en la corte del general pretendiendo descansar. A veces incluso se marchaban a otra provincia donde si estuvieran realizando operaciones, para participar en ellas como aventureros o entretenidos.

En el caso de que se tratase nada más que de una compañía, y no del todo un tercio, la rutina de los desplazamientos y los alojamientos era también muy parecida, debido a la particular estructura de estas unidades. El sargento, el furriel y un tambor desempeñaban las funciones correspondientes. El cuerpo de guardia se montaba en la casa donde vivía el alférez y era el capitán quien, tras la salida de la tropa, hacía la inspección del lugar donde se había pernoctado.

La batalla de San Quintín 1556 28 diciembre 2010

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 5. Grandes gestas , comentarios cerrados

La batalla de San Quintín

La batalla que da título a este blog empezó a gestarse en 1556, tomando lugar un año más tarde. Una batalla entre el vasto Imperio Español y la pujante Francia, consecuencia en cierto modo de las intrigas políticas de la época.

Francia, España e Inglaterra han estado siempre en conflictos, los unos con los otros, los otros con los unos, alianzas de dos contra uno, luego los otrora enemigos pasando a aliados y así sucesivamente. No obstante, no fue hasta la llegada de los Borbones a la corona hispana cuando realmente España y Francia empezaron a aliarse contra la archienemiga Gran Bretaña. Una alianza que trajo más penas que gloria para los españoles, pero esta es otra historia.

La batalla de San Quintín no se entiende sin el contexto histórico de la época. En 1556 Carlos I de España y V de Alemania abdica en favor de su hijo Felipe II. El legado de aquél fue no sólo la península ibérica, sino la Europa controlada por el emperador Carlos, que comprendía los Estados de Borgoña por herencia de su abuela paterna, María de Borgoña, que a su vez incluían: el Franco Condado y los derecho sobre el ducado de Borgoña, Flandes, el Artois, Brabante, Holanda y Luxemburgo. De su abuelo paterno, Maximiliano I de Austria, también obtuvo Austria, Carintia, Carniola, Estiria, Tirol y Sundgau.

Por parte de sus abuelos maternos (los Reyes Católicos), obtuvo el dominio de toda España a la muerte de su abuelo, Fernando el Católico, en 1516. Por fin se reunificó lo que en el 711 fue dividido por la invasión de los muslimes. Bajo una corona ahora estaban los antiguos reinos de Castilla, Aragón, Valencia, los Condados Catalanes, Navarra y Granada, más las posesiones aragonesas en el Mediterráneo, que eran Cerdeña, Sicilia y Nápoles, más las plazas castellanas en África, como las islas Canarias, Melilla, Orán, Trípoli, Bugía más, por supuesto, el Nuevo Mundo (Ceuta no pasaría a manos españolas hasta la reunificación de la corona de Portugal, ya con Felipe II).

Ante tamaño Imperio, Francia se veía amenazada por todos los flancos y, sabiendo ese aire de superioridad francesa, sobre todo para con los españoles, esto era una afrente difícil de soportar.

Un jinete herreruelo de la caballería española dispara a un sargento alemán al servicio de Francia durante la Batalla de San Quintín en Agosto de 1557, donde los Tercios lograron una gran victoria sobre el ejército de Enrique II de Francia.

Conociendo así el mapa de Europa, Francia y España llevaban casi un siglo de conflicto por las posesiones italianas. Fue en 1556 cuando el Rey francés Enrique II pactó con el papa Paulo IV, antiespañol, con el objetivo de liberar Nápoles del dominio español e integrarlo a los Estados Papales. Facilitó así la entrada de las tropas francesas rechazando el duque de Alba, al mando de las tropas hispanas, a los invasores, procediendo a aislar al Papa y ganándose un sitio en el infierno o, al menos, eso fue lo que intentó el Papa Paulo IV al excomulgarle. No obstante, curiosamente el desenlace del conflicto sería en territorio galo.

Una vez que Felipe II logró reunir un ejército respetable (los problemas económicos fueron un obstáculo duro a superar), comenzó la invasión a Francia desde Flandes. Más de 40 mil soldados, entre españoles, flamencos, borgoñones y los mercenarios alemanes, se adentraron en suelo francés, en julio de 1557 bajo el mando de Manuel Filiberto, duque de Saboya que, a la sazón, contaba tan solo con 29 años.

Tras realizar diversas maniobras de diversión, haciendo creer a los franceses que se intentaría una invasión de la Champaña, hacia donde se dirigió el ejército imperial fue a San Quintín, localidad de la Picardía francesa situada a orillas del río Somme. Los españoles contaban con superioridad numérica, pero la ciudad contaba con muy buenas defensas y, sobre todo, el ánimo de los defensores a resistir hasta la última gota de sangre. Batallas incluso más desproporcionadas en número, como la de Blas de Lezo en Cartagena de Indias, esta vez conteniendo el ataque inglés, se resolvieron a favor de los sitiados al estar bien dirigidos, contar con una estrategia clara y estar dispuesto a luchar hasta el último aliento.

Pero a estas premisas que ya presumían un sitio duro, se le añadió el hecho de que los franceses pronto acudieron al apoyo de sus compatriotas. El Condestable Montmorency reunió a 26 mil hombres bien pertrechados, y confiaba que uniéndose a los sitiados, obtendría un muy fácil victoria, a lo que se sumaba la poca consideración que tenía sobre la capacidad militar del duque de Saboya.

Al conocer el resultado de San Quintín, Felipe II decidió construir, en homenaje, el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Acto seguido fue en persona a visitar al duque de Saboya (Felipe II se encontraba en Flandes antes de iniciar el ataque) y, probablemente en lo que ha sido un error, decidió no atacar París, en contra de la opinión de Manuel Filiberto, hasta no tomar completamente San Quintín, que cayó definitivamente el 27 de agosto de 1557. En 1558 las tropas españolas volvieron a vencer a las francesas en la batalla de Gravelinas, forzando a Francia a firmar la Paz de Cateau-Cambresis un año más tarde.

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Saqueo de Amberes 1576 28 diciembre 2010

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 5. Grandes gestas , comentarios cerrados
Saqueo de Amberes
El saqueo de Amberes, conocido como la Furia Española en Holanda, Bélgica e Inglaterra, por parte de soldados españoles amotinados se produjo entre el 4 de noviembre y el 7 de noviembre de 1576. En él murieron varios miles de ciudadanos y fue el detonante para la sublevación de las provincias de Flandes que aún permanecían leales a la corona española en la Guerra de los Ochenta Años.

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El 1 de septiembre de 1575 se produjo la segunda quiebra de la Hacienda Real de Felipe II, lo cual hacía imposible el abono de las pagas que se debían a los soldados del ejército de Flandes, algunas de cuyas unidades llevaban más de dos años y medio sin cobrar, por lo que tenían que vivir de la población, a la que usualmente robaban. En julio de 1576 el tercio de Valdés se amotinó por el mismo motivo y ocupó la ciudad de Aalst para saquearla (ver Motín de Aalst) . El Consejo de Estado, con los miembros leales a la corona arrestados por orden de los nobles flamencos Heese y Climes y apoyándose en la indignación por los desórdenes y el cansancio de la guerra, autorizó a la población de los Países Bajos a que se armase para expulsar a todos los españoles, soldados o no, y puso bajo su mando a unidades valonas y alemanas para luchar junto a los rebeldes holandeses contra las tropas españolas. Aprovechando la situación, las tropas rebeldes intentaron apoderarse del castillo de Amberes.

Incendio Ayuntamiento Amberes.jpg

El ayuntamiento de Amberes ardiendo durante el saqueo de la ciudad por tropas españolas en 1576.

El 3 de octubre las tropas rebeldes (formadas por casi 20.000 hombres), entraron en la ciudad, cuyos gobernadores les habían abierto las puertas, y tomaron posiciones para asaltar el castillo defendido por tropas españolas al mando de Sancho Dávila. Los amotinados de Aalst (unos 1.600 hombres), que habían rehusado anteriormente obedecer cualquier orden sin haber cobrado antes las deudas, al tener noticia del ataque, marcharon toda la noche en dirección a Amberes para ayudar a los sitiados, llegando a la ciudad la mañana del día cuatro. Consiguieron entrar en el castillo y reunirse con otras unidades (600 hombres al mando de Julián Romero y Alonso de Vargas) que acudían desde diferentes lugares a socorrer a Dávila. A pesar de que las tropas rebeldes eran mucho más numerosas, los amotinados y la guarnición del castillo se lanzaron al ataque por las calles de la ciudad haciendo huir a los holandeses. Algunos de ellos se refugiaron en el ayuntamiento, escopeteando con mosquetes a los españoles. Éstos lo incendiaron, propagándose las llamas por la ciudad. Acto seguido, y debido al gran desorden, procedieron a saquear la ciudad durante tres días, contándose los muertos por millares.

Saqueo de Amberes 1576

La indignación de las provincias y el Consejo de Estado por el saqueo no tuvo límites. El día 8 de noviembre firmaron la pacificación de Gante que exigía la salida de los soldados españoles de los Países Bajos, acuerdo que Don Juan de Austria tuvo que aceptar para no perder totalmente el control de las provincias.

Con el saqueo de Amberes y la marcha de los tercios del ejército de Flandes, se perdió el fruto de diez años de esfuerzos por parte de la corona para recuperar el control de las provincias rebeldes.

Este incidente además sirvió para alimentar aun más la Leyenda Negra.


Batalla de Mühlberg 1547 28 diciembre 2010

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La batalla de Mühlberg tuvo lugar el 24 de abril de 1547 en esta localidad alemana entre las tropas del emperador Carlos V y las de la Liga de Esmalcalda, con el triunfo de las primeras.

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La reforma luterana estaba creando una escisión no sólo religiosa, sino también política en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico. Los opositores al emperador Carlos V formaron la Liga de Esmalcalda y desafiaron la autoridad imperial. Carlos y su hermano el archiduque Fernando (futuro emperador) se unieron para combatir contra la Liga. Por razones no confesionales, sino estratégicas, contaron con el apoyo del duque protestante Mauricio de Sajonia. Las tropas de los Habsburgo estaban compuestas por 8.000 veteranos de los tercios españoles procedentes del Tercio de Hungría, con 2.800 infantes a las órdenes del maestro de campo Álvaro de Sande; elTercio Viejo de Lombardía, con 3.000 hombres mandados por Rodrigo de Arce, y el Tercio Viejo de Nápoles, con poco más de 2.000 soldados, dirigido por Alonso Vivas, todos al mando del duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, 16.000 lansquenetes alemanes, 10.000 italianos comandados por Octavio Farnesio y otros 10.000 belgas y flamencos capitaneados por el conde de Buren, Maximiliano de Egmont. En total, 44.000 soldados de infantería a los que hay que añadir otros 7.000 de caballería. La Liga contaba con una fuerza similar mandada por Juan Federico, el elector de Sajonia, y por Felipe el Magnánimo, el landgrave de Hesse.

Batalla de Mühlberg, 1547

Las tropas de la Liga estaban acampadas a orillas del río Elba, en las proximidades de la actual localidad de Mühlberg an der Elbe, hoy en al Estado federado alemán de Brandeburgo y en aquella época en Sajonia. Habían destruido los puentes que comunicaban con la otra orilla y se consideraban protegidas por el caudaloso río, cuya barrera les parecía infranqueable. Mas no era así; el ejército imperial averiguó el emplazamiento del enemigo y antes de la madrugada del 24 de abril de 1547, aprovechando la nocturnidad, la audacia de diez arcabuceros españoles al mando del capitán Cristóbal de Mondragón, que cruzaron el río a nado con las espada entre los dientes y apresaron varias barcas, con las que luego pasarían de un lado al otro de las orillas del río a casi mil soldados de la infantería de los tercios, con lo que lograron crear una cabeza de puente segura, que consiguió que -gracias a la eficacia de los pontoneros imperiales- el grueso de las tropas de Carlos I de España pasase y aniquilara al ejército de la Liga de Esmacalda mientras el ejército protestante intentaba huir. Sus jefes, Juan Federico y Felipe I de Hesse fueron apresados.

Tras la batalla, Carlos I llamó ante su presencia a aquellos primeros arcabuceros españoles que consiguieron cruzar a nado el río y que dieron la victoria a los imperiales. El rey los recompensó con una vestimenta de terciopelo grana, guarnecida de plata, y cien ducados.

Como consecuencia la Liga de Esmalcalda quedó disuelta, sus jefes encarcelados en el castillo de Halle, a Mauricio de Sajonia se le otorgó el cargo de elector, y Carlos V salió triunfante y reforzado en su poder imperial. Sin embargo, esta euforia no fue muy duradera, ya que los príncipes alemanes se aliaron con Enrique II de Francia en el Tratado de Chambord, quien tomó las plazas imperiales de Metz, Toul y Verdún, al tiempo que los turcos ocupaban Trípoli y Mauricio de Sajonia traicionaba la confianza de su Emperador Carlos y le atacaba en Innsbruck, quien pudo escapar por los nevados pasos de los Alpes para salvarse en Italia.

La huida de Innsbruck supone una humillación para el Emperador y además fracasa estrepitosamente al intentar recuperar Metz (1553). La solución definitiva se alcanzará en la Paz de Augsburgo de 1555, por la que cada príncipe podrá determinar la religión de su territorio (cuius regio, eius religio), y la posición del Emperador quedará irremediablemente debilitada en el interior del Imperio.

Retrato Ecuestre de Carlos V en Mühlberg

Lepanto 1571 Fin de la amenaza islámica. Última Cruzada 28 diciembre 2010

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La batalla de Lepanto (1571):

La armada aliada estaba formada por 70 galeras españolas (sumadas las propiamente hispanas con las de Nápoles, Sicilia, y Génova), 9 de Malta, 12 del Papado y 140 venecianas. Los combatientes españoles sumaban 20.000, los del Papa 2.000 y los venecianos 8.000. La flota estaba confiada teóricamente a Juan de Austria y dirigida efectivamente por jefes experimentados como Gian Andrea Doria y los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. Marco Antonio Colonna, condestable de Nápoles y vasallo de España, era el almirante del papa. Las naves venecianas estaban al mando de Sebastián Veniero.

Preparativos

La preparación de la cristiandad para enfrentarse de una forma decidida con el peligro turco fue muy laboriosa. El único hombre que vio clara la situación desde el primer momento fue el papa Pío V. Incluso Felipe II, que tan amenazadas veía sus posesiones peninsulares por el enemigo, tardó mucho en convencerse de la necesidad de afrontar el peligro de frente y de asestar un golpe definitivo a los turcos. Las capitulaciones para constituir la Liga Santa se demorarían hasta el 25 de mayo de 1571 debido a la disparidad de intereses y proyectos. La unión de escuadras cristianas que el Papa había convocado en respuesta a la toma de Chipre (1570) había resultado un fracaso del que los jefes se culpaban mutuamente. La Sublime Puerta lanzó un ataque a fondo contra Famagusta, último reducto de los venecianos en Chipre. Fuerzas turcas se apoderaron de Dulcino, Budua y Antivari, e incluso llegaron a amenazar la plaza de Zara. La escuadra española estuvo ya preparada el 5 de septiembre con la llegada de Andrea Doria, Don Alvaro de Bazán y Juan de Cardona. El 29 de agosto, el obispo Odescalco llegó a Mesina, dio la bendición apostólica en nombre del Papa y concedió indulgencias de cruzada y jubileo extraordinario a toda la armada. El 15 de septiembre, Don Juan ordenó la salida de la flota y el 26 fondeó en Corfú, mientras una flotilla dirigida por Gil de Andrade exploraba la zona.


Agostino Barbarigo, segundo del almirante Veniero murió en combate por un flechazo en la cabeza despues de ser herido por una flecha en el ojo (no cayó hasta pasadas pocas horas de ser herido, seguro ya de la victoria de la flota).

Las armadas se encuentran en el golfo de Lepanto

Don Juan de Austria constituyó una batalla central de 60 galeras en las que iban Colonna y Veniero con sus naves capitanas, flanqueada por otras batallas menores al mando de Andrea Doria, Alvaro Bazán y el veneciano Agustín Barbarigo. A Cardona se le dio una flotilla exploradora en vanguardia. A bordo iban cuatro tercios españoles de Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez y Miguel Moncada. La infantería italiana era también de gran calidad. La desconfianza hacia los venecianos era tal que don Juan repartió 4.000 de los mejores soldados españoles en las galeras de la Señoría e hizo que éstas navegasen entreveradas con las de España. El 29 de septiembre abordó a la capitana de don Juan una fragata de Andrade con el anuncio de que los turcos esperaban en el golfo de Lepanto. La flota de la Liga salió el 3 de octubre del puerto de Guamenizas en dirección a Cefalonia, y el sábado 6, a la caída de la tarde, llegaba al puerto de Petela. Bazán aconsejaba entrar en el golfo y Andrea Doria temía aventurarlo todo en una jornada. En el Consejo se aprobó el plan de Bazán de presentar combate en la madrugada del día siguiente, frente al golfo de Lepanto. La maniobra ordenada permitió cerrar el golfo y dio tiempo a una perfecta colocación de la armada.


Don Juan de Austria superó todas las expectativas. Tras la Rebelión de los Moriscos
dió cumplida fe de todo lo que venía comentándose sobre su persona. Su papel fue decisivo en la jornada de Lepanto, y años más tarde asestaría un tremendo golpe a los protestantes holandeses en Gembloux.

El combate (7 de octubre de 1571)

Al alba del día 7 la flota cristiana estaba situada en las islas Equínadas. Poco después avistaron a la turca adelantándose hacia la boca del golfo de Lepanto. Alí estaba al mando de 260 galeras y contaba con las naves del corsario argelino Luchalí. A las diez de la mañana las escuadras se hallaron frente a frente. Cerca del mediodía la galera del Amirante Alí Bajá disparó el primer cañonazo. Alí concentró el esfuerzo sobre las galeras venecianas, que suponía menos aguerridas. El primer ataque turco fue neutralizado por Barbarigo, que fue herido de muerte.

Durante dos horas se peleó con ardor por ambas partes, y por dos veces fueron rechazados los españoles del puente de la galera real turca; pero en un tercera embestida aniquilaron a los jenízaros que la defendían y, herido el almirante de un arcabuzazo, un remero cristiano le cortó la cabeza. Al izarse un pabellón cristiano en la galera turca arreciaron el ataque las naves cristianas contra las capitanas turcas que no se rendían; pero al fin la flota central turca fue aniquilada. (Marqués de Lozoya)

En la galera Marquesa combatió Miguel de Cervantes con gran valor. Tenía entonces veinticuatro años y continuó combatiendo después de ser herido en el pecho y en el brazo izquierdo, que le quedaría inútil. El consejo de don García de Toledo de recortar los espolones hizo más eficaz el empleo de la artillería. La arcabucería española resultó decisiva en el combate cuerpo a cuerpo causando gran número de bajas. En muchas de las galeras turcas los cautivos cristianos se rebelaron en lo más recio del combate. Fue un galeote cristiano quien cortó la cabeza del almirante Alí con su hacha de abordaje. Sólo 50 de las 300 naves turcas pudieron escapar. El argelino Luchalí combatió con fortuna en el ala derecha y logró escapar hacia la costa de Morea. La persecución que llevó a cabo Bazán cesó al caer la tarde sin conseguir darle alcance.


Don Álvaro de Bazán fue uno de nuestros insignes almirantes, no conociendo la derrota en el mar durante múltiples campañas. Murió preparando la Invencible en Lisboa en 1588.

Carácter decisivo de la victoria y consecuencias

Se celebró un Consejo después de que la flota se retirarse a Petela y prevaleció el parecer de dar por terminada la campaña de aquel año. Pío V y el Dux de Venecia reconocieron que la victoria se debió principalmente a España y a Don Juan de Austria. Aunque Lepanto aparentemente fue una victoria total para los miembros de la Liga Santa, el carácter definitivo de la victoria cristiana ha sido discutido por muchos historiadores.

Pocas veces, si alguna, en la historia de los tiempos modernos, los frutos de una bella victoria han sido más vergonzosamente desperdiciados.

Aplazamientos, desconfianzas entre los aliados y la muerte del papa San Pío V provocaron la malversación del triunfo de Lepanto. Felipe II se sentía temeroso de un nuevo afianzamiento de la alianza francoturca; los venecianos se hallaban dispuestos, al cabo de cierto tiempo, a hacer una paz separada: si no hubiese sido por el entusiasmo de Don Juan de Austria, la Liga se habría deshecho… Pero las desconfianzas de Felipe -sus celos- hacia Don Juan de Austria, sus lentitudes características, dieron por resultado, al cabo de pocos meses, la caída de Túnez y la Goleta en poder de los turcos (1574). Así quedaba desvanecida la gloria de Lepanto.

La victoria de Lepanto abría la puerta a las mayores esperanzas. Sin embargo, de momento, no trajo consigo ninguna clase de consecuencias. La flota aliada no persiguió al enemigo en derrota, por diversas razones: sus propias pérdidas y el mal tiempo, a quien el imperio turco, desconcertado, debió tal vez su salvación. En este sentido, fue fatal la larga demora española del verano de 1571, pues, al colocar a los aliados victoriosos en los umbrales de la estación del mal tiempo, vinieron a interponerse ante la victoria, como treguas obligatorias, el otoño, el invierno y la primavera… Pero si, en vez de fijarnos exclusivamente en lo que viene después de Lepanto, paramos la atención en lo que precede a esta victoria, nos daremos cuenta de que viene a poner fin a un estado de cosas lamentable, a un verdadero complejo de inferioridad por parte de la Cristiandad y una primacía no menos verdadera por parte de los turcos. La victoria cristiana cerró el paso a un porvenir que se anunciaba muy próximo y muy sombrío.


El combate adquirió mayor crudeza en la cubierta de las dos naves capitanas, La Real y La Sultana. Los capitanes y generales españoles combatieron con ardor como un soldado más. Ilustración de Juan Luna y Novicio.



Los vencedores de Lepanto: Don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero.

-Saqueo de Roma (1527) – Influencia Luterana de los tercios de Carlos V 28 diciembre 2010

Publicado por Carmelo Santo Mateo en 5. Grandes gestas , comentarios cerrados

Dice Julio Caro Baroja [1] que Gonzalo Fernández Oviedo a principios de del siglo XVI había visto que en las compañías de soldados alemanes que pululaban por Italia existía una proporción regular de soldados judíos y por ellos se extendían las herejías luteranas.  Menéndez y Pelayo tratando de San Román dice que “algunos arqueros de la guardia del emperador, contagiados de las nuevas doctrinas, recogieron los huesos y cenizas del muerto, a quien tenían por santo y mártir.” Desgraciadamente tampoco conocemos los nombres de los contagiados de las “nuevas doctrinas”. Evaristo de San Miguel en su Historia de Felipe II,también dirá que el luteranismo no solo se concretó en Alemania, sino que pasó a Francia,  Italia y España traído por los soldados luteranos de Carlos V [2] “pues en las filas imperiales tenían cabida todas las sectas y naciones”. San Miguel culpabiliza a las tropas de Carlos V de las profanaciones en el saco de Roma. Dice:  “Una gran parte de los excesos, sobre todo de las profanaciones que se cometían en Roma durante su ocupación por las tropas de aquel príncipe, se atribuye a los soldados luteranos”. Este autor también busca un chivo expiatorio de este saqueo en los “soldados luteranos” y defiende al emperador frente al Papa y dice que “los mismos soldados de Carlos V y enseguida de Felipe II eran los introductores de la peste (luterana) en cuya extirpación mostraban con tanto afán ambos príncipes”.

Saqueo de Roma de Carlos V (1527).

Hablando del saqueo de Roma, Menéndez y Pelayo no acusará a los soldados luteranos como lo hace San Miguel, sino que lo considerará el justo castigo de Dios ante los vicios y torpezas de la corte de Roma. Sin embargo cita al secretario de Carlos V, Francisco de Salazar, diciendo: “Y este secretario, que debía de parecerse algo a Valdés y estar un tanto cuanto contagiado de doctrinas reformistas, añade: «Es gran dolor de ver esta cabeza de la Iglesia universal tan abatida y destruida, aunque en la verdad, con su mal consejo se lo han buscado y traído con sus manos. Y si de ello se ha de conseguir algún buen efecto, como se debe esperar, en la reformación de la Iglesia, todo se ternía por bueno; lo cual principalmente está en manos del emperador y de los prelados de esos Reinos. Y ansí plega a Dios que para ello les alumbre los entendimientos…» [3] (Menéndez y Pelayo 2007, 559) Para Menéndez y Pelayo, Salazar está a la altura de Valdés y contagiado de las mismas doctrinas. Al haber varios Francisco de Salazar nos ha resultado imposible hacer una biografía. Bataillon relaciona a este secretario Salazar con Alfonso de Valdés en cuanto a que elDiálogo de Lactancio y un Arcediano, cuya paternidad Usoz lo adjudica a Juan de Valdés, está basado en los hechos relatados por Salazar.

Ana Vian Herrero comienza su comentario al Diálogo de Lactanciohaciéndonos ver la Roma de finales del siglo XV promocionada para un turismo de peregrinos que podían visitar las ermitas donde se podían ganar indulgencias, pudiendo visitar otros edificios significativos para los cristianos. En el devoto recorrido los peregrinos podían visitar los lugares de reliquias más impactantes con el objetivo de que el viajero fuese impresionado por Roma. Pero además Roma era una gigantesca maquinaria financiera y burocrática, “paraíso de la trapacería internacional”, ciudad culta y libre en sus costumbres y en su forma de expresarse. “La religión y la política daban el prestigio internacional a Roma. Por eso en las polémicas del siglo XVI se denunciaron con más vehemencia la superstición de las reliquias o la ilegitimidad del poder temporal de los papas.” Con esta ciudad acabaron por un tiempo los soldados de Carlos V.  En La Lozana andaluza de Francisco Delicado se describe así este saqueo: “…sucedió en Roma que entraron y nos castigaron y atormentaron y saquearon catorce mil teutónicos bárbaros, siete mil españoles sin armas, sin zapatos, con hambre y sed; italianos mil quinientos, napolitanos reamistas dos mil, todos estos infantes, hombres de armas seiscientos, estandartes de jinetes treinta y cinco, y más los gastadores que casi fueron todos, que si del todo no es destruida Roma es por el devoto femenino sexu y por las limosnas y el refugio que a los peregrinos se hacían agora”.

Los soldados españoles fueron los que más libertad religiosa y tolerancia disfrutaron en la España del XVI. Dice Werner Thomas que la Inquisición sabía del contagio de los ejércitos en Flandes por el continuo tráfico de soldados españoles que se trasladaba a aquellas tierras norteñas afectadas por el protestantismo. A pesar de todo, no fueron los más molestados como lo fueron los extranjeros que vivían o viajaban por España que eran acusados de luteranos. Aparecen algunos como Alonso del Bustillo, acusado de luterano en el auto de 13 de junio de 1568, Rafael Roca, quien había escuchado sermones luteranos, procesado en 1571, Gonzalo Hernández Bermejo, sastre y soldado en 1561,Julián de Tapia de Cuenca en 1556, Juan Ruiz obrero y soldado en 1567, Juan de León de Toledo en 1596, Francisco de Aguirre y muchos de los luteranos procesados en el Nuevo Mundo entrarían en esta categoría de soldados. Sin embargo es famosa la ferocidad de los soldados españoles, saqueando, pidiendo impuestos revolucionarios, cortando cabezas, degollando y quemando ciudades, que nada tiene que ver con la paz evangélica.

El capitán Francisco de Guzmán

Creemos estar  citando al capitán de infantería Francisco de Guzmán hermano del capitán de caballos Juan de Guzmán, quienes lucharon por los años 1520 y 1521 a favor del emperador Carlos V, y que eran naturales de la villa de Ocaña. Pedro de Rojas, conde de Mora dirá que este capitán había dedicado al emperador el Libro de la gloria mundana y que era natural del Reino de León. Aparece en los cenáculos de Bruselas y Lovaina, con los reformados Felipe de la Torre, Martín López, Furió Ceriol o Andrés Laguna, donde el vigor y la libertad intelectual al amparo de Felipe II y a la sombra de Erasmo, fueron admirados y reconocidos. José Manuel Blecua en “Poesía de la edad de oro” dice que Guzmán es citado por Cervantes en su “Canto de Calíope” y solo se sabe que era capitán al servicio del emperador Carlos V, que su “Triunfos morales” publicados en Amberes en 1557 tuvieron notable éxito, siendo también autor de una Glosa sobre la obra que hizo don Jorge Manrique a la muerte de su padre. También será citado por Cervantes admirando su poesía cristiana en la Galatea[4].

“Miembro también de esta cortesana sodalitas bruxeliensis fue el capitán Francisco de Guzmán, otro ejemplo de este erasmismo español epigónico que brilló en Flandes a mediados del siglo XVI. Poco hemos logrado averiguar acerca de su vida y vicisitudes. Lo único cierto es que en esta época se encontraba en los Países Bajos y que aprovechó su estancia para dar a la imprenta dos obras herederas todavía del humanismo erasmiano. En 1557 publicó suFlor de sentencias de sabios, glosadas en verso castellano, en la imprenta antuerpiense de Martín Nuncio, y que dedicó a don Gómez de Figueroa, conde de Feria. En el privilegio para Castilla y Aragón (Bruselas, 14-feb- 1557) se le otorga merced no sólo para esta obra sino también para otra, titulada Triunfos morales[5]. En el Privilegio para los Países Bajos se cita al autor como “Francisco de Guzmán Capitaine Espagnoll’, y se nos informa que los censores de sus dos obras fueron Juan Páez de Castro y Antonio de Castillejo, obispo de Trieste: “l ‘vng intitulé los Triumfos morales,visité par le docteur Jean Paez Cronicqueur de Sa maiste, et l ‘aultre intitulé Flor de sentencias, visité par le uesque de Trieste de la maison a chapelle de Sa dicte Maiste”.

Poco más sabemos, sin embargo de este militar español. Guzmán incluye a Erasmo entre los sabios de su Flor de sentencias, solo junto a un amplio elenco de autores clásicos, griegos y romanos, glosando con versos en castellano buena parte de los apotegmas del roterdano, cuya obra es la fuente principal de la que el español se nutre para redactar su obra, sin pudor alguno por ello. Los Apotegmas de Erasmo ya habían tenido en España dos traductores, el bachiller Francisco Thámara, catedrático en Cádiz, y el maestro Juan de Jarava, médico, quienes publicaron sus versiones, bastante libres, en Amberes, en 1549. Francisco de Guzmán retorna los textos originales de Erasmo en su Flor de sentencias, y los glosa en castellano. La intencionalidad política de Guzmán tampoco pasa desapercibida. Los apotegmas de Plutarco, editados y comentados por Erasmo, eran una obra recomendada para la lectura de los gobernantes cristianos. En los inicios del reinado de Felipe II parecía lógico que los temas de Plutarco y de otros autores fueran recordados y que, tratándose de un monarca español, se glosaran en castellano, en homenaje al nuevo Rey. Así, sobre la prudencia:

Bien assi como no cabe

en buen juizio tomar

vihuela para tocar

el que tocarla no sabe:

assi razon no consiente

que tome cargo de gente

menos darsele de una,

pues guiarla mal sabria

el que no fuere prudente. “

Pero Guzmán no sólo se muestra como un lector más o menos atento de los apotegmas de Plutarco, sino como un rendido admirador de la obra del humanista holandés. En no pocas ocasiones, la cita de la sentencia van acompañada de la simple referencia “Erasmus”, lo que sugiere una procedencia distinta. Tampoco cabe suponer que Guzmán obviara la consulta de sus Adagio para completar su rica colección de sentencias. Un ejemplar fue entregado por el autor a Felipe II. Guzmán publicara al mismo tiempo sus Triunfos morales, en la imprenta de Nucio, y dedicados a Felipe II. Como en otras ocasiones, un ejemplar fue encuadernado por Plantino para ser ofrecido al rey, o a su esposa inglesa, según anota en uno de sus libros de cuentas, el 6 de mayo de 1557, a nombre de Nuncio: “Reilé un Tiumphos avec les armoiries d’Angleterre”(Gonzalo Sánchez-Molero 1997, 772)

El soldado Chaves

Entre los soldados españoles que pertenecieron al grupo reformado de Pedro Jiménez está el soldado apellidado Chaves. Dice Tellechea que Chaves comenzó a aprender gramática, le pusieron en la mano el Nuevo Testamento y le admitieron en el grupo. Parece extraño que un grupo tan selecto como fue el de Pedro Jiménez, aceptase a un aparentemente hombre sin letras como lo cree Tellechea.


[1] Los judíos en la España moderna y contemporánea Autor Julio Caro Baroja.Ediciones ISTMO, 1978 Pág.240

[2] Historia de Felipe II, Rey de España. Evaristo San Miguel y Valledor .Salvador Manero, 1867 Pág.140

[3] La carta de Francisco de Salazar a Carlos V se encuentra parcialmente en Colección de documentos inéditos para la historia de España .-Autor                  José León Sancho Rayón.-Impr. de la viuda de Calero, 1848

[4] De aquel que la cristiana poesía/ tan en su punto ha puesto en tanta gloria/ haga la fama y la memoria mía/ famosa para siempre su memoria./ De donde nasce adonde muere el día/ la sciencia sea y la bondad notoria/ del gran Francisco de Guzmán qu’el arte/ de Febo sabe ansi como el de Marte. Obras completas: todo Cervantes en un volumen. Sevilla Arroyo Editorial Castalia, 1999.- Pág 124

[5] Triumphos Morales de Francisco de Guzmán, Impresa en Alcalá de Henares en casa de Andrés de Angulo, 1565.-  402 págs. Esta obra está dedicada a Felipe II y en los márgenes se explica el verso cuyas fuentes son los clásicos pero fundamentalmente la Biblia con los libros apócrifos.


El armamento del Tercio 28 diciembre 2010

Publicado por David Sánchez Escolano en 4. Armamento , comentarios cerrados

Las armas eran una de las cosas que aportaban más honor a un soldado. Cuanta mayor calidad tuvieran estas, mayor sería el status del soldado. Normalmente, era el rey quien se encargaba de suministrar las armas, pero se las pagaba el soldado mediante descuentos en su paga durante un tiempo. Claro, que cada soldado tenía la posibilidad de conseguir sus armas de otro proveedor si estas eran más de su agrado y podía permitírselas.
Por lo general, la infantería española combinaba armas blancas como la espada y la pica, con armas de fuego como el arcabuz, que fue sustituido con el tiempo por el mosquete, más efectivo. Gracias a esta combinación, lograron ser uno de los ejércitos más potentes y temidos del momento.

A continuación, pasamos a describir una a una las armas usadas por la infantería española:

La espada

Cómo no, hay que hablar de ella, pues cada soldado debía tener una de calidad y en buenas condiciones (que tampoco se iban a quedar sin arma en medio de una refriega). En realidad era casi un apéndice del soldado, inseparable de él tanto en guerra como en paz y símbolo de la nobleza de su profesión. Pero tácticamente no tenía la importancia de la pica o el arcabuz, siendo sobretodo un instrumento de defensa personal. Solían llevarla a la altura de la cintura, y su longitud no debía ser excesiva, lo justo como para que pudiera ser desenvainada con facilidad, no excediendo los 95 cm. Claro que siempre había alguno con espadas mayores, conocidas como “mata amigos”, que eran muy útiles en duelos. A parte de la espada, cada soldado portaba una serie de armas dependiendo de su especialidad.

Probablemente cuando la espada resultaba más eficaz en campo abierto era en las persecuciones, ya que, a diferencia de las picas o los mosquetes, no restaba movilidad al soldado. De ahí que se dijera de ella que “es la que de ordinario da el último corte en las batallas”. También se sacaba a relucir en el curso de las escaramuzas, basadas en el intercambio de disparos, cuando se hacían demasiado largas. En esa situación, “remitían a las espadas la pólvora de los arcabuces”, cerrando contra el enemigo en busca del cuerpo a cuerpo. Al igual que las alabardas, eran imprescindibles en los asaltos o los abordajes.

La pica

Era el arma mejor considerada, la “fuerza” de la unidad, siendo la imagen que nos ha quedado de los Tercios. Constituían un elemento esencial del tercio, sobre todo en terreno abierto y cuando la caballería enemiga era superior a la propia. Debía tener grandes dimensiones, permitiendo así herir al enemigo sin que este pudiera causar ningún daño al infante español. Las de los Tercios, debían tener al menos 5,5 m. de longitud, la altura de 3 hombres (en principio debían medir 26 o 27 palmos de vara española, y nunca menos de 25). La madera de la que estaban hechas alcanzaba su mayor espesor poco más arriba de la mitad del asta, para ir adelgazándose hacia los extremos. Este modelo de pica era pesado, pero daba al combatiente una gran ventaja sobre cualquier otra arma en combates defensivos.

La forma normal de llevarlas era sobre el hombro, siempre el derecho, excepto la hilera del costado izquierdo de la formación que se las colocaban sobre ese lado. Únicamente se arbolaban, es decir, se ponían verticales, cuando la unidad hacía alto, ya que, por su longitud, resultaba prácticamente imposible andar con ellas en esa posición.

En acción se utilizaban de dos maneras. Frente a caballería se disponían en un ángulo de 45 grados, con el extremo inferior clavado en el suelo cerca del pie. se sujetaban con la mano izquierda, mientras que la derecha descansaba en la empuñadura de la espada, presta a desenvainarla. Contra la infantería se colocaban paralelas al suelo, agarrada con la izquierda, a la altura del estómago, mientras que la derecha la empuñaba frente a la cadera. Para herir, se adelantaba el arma, avanzando al tiempo el pie izquierdo, seguido por el derecho. Si se quería dar más impulso, la mano de ese lado empujaba con fuerza la pica a lo largo de la izquierda, en una acción mecánica que se repetía hasta que uno de los bandos cedía.

Con el transcurso del tiempo y la generalización y aligeramiento de las armas de fuego fueron perdiendo importancia, pero hasta la invención de la bayoneta continuaron siendo imprescindibles. Su papel fue pasando de ser el instrumento decisivo de choque al de simple refugio de los tiradores.

La alabarda

Era usada en combate por los piqueros de las compañías de arcabuceros y por los sargentos. En el caso de éstos era ante todo un medio de pura defensa personal, pero hay ejemplos de que con ellos se improvisara un minúsculo escuadrón para amparar la arcabucería sin apoyo de piqueros frente a la caballería enemiga. Los primeros, en cambio, la utilizaban siempre con una finalidad táctica; precisamente, la defensa de los arcabuceros. Los soldados armados con alabardas sustituían (aunque se les denominara también piqueros) a los piqueros convencionales en los terrenos más quebrados o arbolados, que estaban entrenados para actuar con gran agilidad y en este tipo de escenarios, además de defender la bandera de la compañía. Las alabardas eran sustituidas por picas si formaban el grueso del tercio y no destacaban con los arcabuceros.

Eran útiles para combatir en espacios restringidos, como una brecha o a bordo de un buque, en los que la pica, de dimensiones reglamentarias, era inutilizable.

Mosquetero, piquero y arcabucero con sus respectivas armas. Grabado de 1633.

El arcabuz

La tercera parte de cada compañía de un Tercio estaba formada por los arcabuceros. Los arcabuceros de Carlos V pusieron fin a los dos modelos  que hasta entonces habían dominado los escenarios europeos: la caballería noble francesa y los piqueros suizos, inaugurando el siglo de oro de los tercios. El emperador, agradecido, afirmó que:

“La suma de sus guerras era puesta en las mechas encendidas de sus arcabuceros españoles y que en lo más arduo de sus dificultades y combates, aunque sólo se viese rodeado de cuatro o cinco mil se consideraba por completo invencible, y arriesgaba, únicamente sobre el valor de ellos, su persona y su imperio y todos sus bienes”

Refiriéndose que el servicio de la arcabucería era de gran importancia y que con sólo ella muchas veces se había alcanzado la victoria.

En principio, el arcabuz estaba formado por un cañón, montado sobre un afuste de madera de un metro, aligerado hacia la boca de fuego y reforzado en la parte de la recámara, de modo que no hubiera peligro de estallido o sobrecalentamiento. La carga de pólvora estaba más o menos dosificada, y se disparaban balas de plomo cuyo peso era variable, ya que se las fabricaba cada arcabucero. Debían tener un cañón de una longitud cuatro palmos y medio de vara, y del calibre necesario para arrojar una pelota de, según el modelo, una onza o tres cuartos. Convenía que se dejasen sin bruñir, “para que no reluzca”, lo que les haría más visibles a distancia. Su alcance se situaba en torno a los cincuenta metros, aunque habitualmente se empleaban entre los quince y los veinte. No eran muy eficaces más allá de los veinticinco o treinta metros. Había arcabuceros que para tirar se metían casi debajo de las picas enemigas. El duque de Alba consideraba que a más de dos picas de distancia servían de poco y mandaba “que las primeras salvas, que suelen ser las mejores, se guardasen para de cerca”. Ello se debía a que cargar el arma era de por sí una operación compleja. Si se hacía en la excitación del combate, los riesgos de cometer algún error  en las complicadas operaciones eran aún mayores, por lo que se pensaba que era más fiable un arcabuz cargado antes de que empezara la batalla.

Se recomendaba que la culata fuese recta, pero también las había curvadas, lo que dificultaba la puntería, que en ese caso se hacía apoyando el arma sobre el pecho, no en el hombro.

El procedimiento para usar el arma era el siguiente. En primer lugar, se echaba pólvora al cañón, y luego la bala. El conjunto se atacaba con la baqueta, inicialmente llevada sólo por los cabos, pero después por todos los hombres. Ésta era de madera al principio hasta que se generalizó el metal, siendo frágil. A continuación, se apretaba el gatillo, que hacía que la llave, llamada de serpentina, aplicara la mecha encendida a la cazoleta llena de pólvora. Ésta, al arder, incendiaba la que el soldado había introducido antes en el cañón, lanzándola. Posteriormente se adoptarían los cartuchos, que contenían tanto la pólvora necesaria para un disparo como el proyectil, lo que permitió aumentar la rapidez del tiro. Lo habitual era cargar el arma con media onza de pólvora y medir “con el segundo dedo de la mano derecha”, la longitud de la mecha que se ponía en el serpentín.

La munición se llevaba en una bolsa, aunque en combate el arcabucero acostumbraba a meterse un par de balas en la boca para cargar más deprisa, y la pólvora en dos frascos de distinto tamaño. El mayor, para alimentar el arma, el pequeño, para cebar la cazoleta. También podía ir repartida en saquetes colgados de una bandolera, los “doce apóstoles”, cada uno de los cuales contenía la necesaria para un tiro. El hombre se convertía de esta manera en un polvorín andante. no eran raros los accidentes que se saldaban con soldados literalmente volados o con quemaduras fatales provocadas por la ignición del material inflamable que llevaban encima.

El equipo o recado del arcabucero se completaba con un molde para fundir las balas. El soldado debía ser capaz, en caso necesario, de trenzar el mismo la cuerda. Naturalmente, al ser armas de mecha no se podían utilizar en tiempo lluvioso o de mucho viento, a la vez que de noche descubrían al tirador.

Otro de los inconvenientes de los arcabuces era su bajísima cadencia de fuego. Para acelerarla, a veces los soldados intentaban acortar el proceso de la carga, por ejemplo, no utilizando la baqueta, pero entonces, al no estar la pólvora suficientemente comprimida, el disparo perdía eficacia. Esta práctica, a pesar de ello, se mantendría mientras duraron las armas de avancarga. Si los arcabuces se disparaban con demasiada frecuencia en un corto espacio de tiempo, se recalentaban rápidamente, lo que también afectaba a su eficacia. Como cualquier otra arma, tenían su propío ritmo, y este era lento, se hiciera lo que se hiciera.

Todas estas limitaciones dictaban las condiciones de su empleo. por una parte, hacían aconsejable, sobretodo en terreno abierto, que no se utilizasen demasiado alejados de alguna fuerza dotada de armas de asta, alabardas o picas. De esta manera se intentaba proteger a los arcabuceros de un ataque de la caballería mientras cargaban sus armas, cuando se encontraban indefensos. De ahí que fuese recomendable, que las compañía de esta especialidad incorporaran alabarderos.

El arcabuz se adaptaba perfectamente a algunas de las características que se atribuían a los españoles. era una arma idónea para hombres de no gran estatura, nervudos y ágiles y se utilizaba sobre todo en despliegues relativamente abiertos y en destacamentos, golpes de mano, sorpresas y emboscadas, lo que requería iniciativa individual. Por estas razones se consideraba a los españoles los mejores arcabuceros.

El mosquete

A partir de la década de 1560-70 se introdujo el mosquete, un arma superior al arcabuz que sólo había sido utilizada en la defensa de plazas. En 1567 el duque de Alba lo hizo adoptar a las unidades que llevó a Flandes, pensándose que era un arma demasiado pesada para la infantería. Se utilizaban  con frecuencia en fortificaciones, pero hasta entonces no se había pensado distribuirlo a los infantes por parecer que no se podía llevar al hombro.

Alba ordenó que cada compañía, fuese de piqueros o de arcabuceros, contase con quince mosqueteros.

Al ser más pesados y ser su cañón más largo que los de los arcabuces, necesitaba de una horquilla de madera sobre la que se apoyaba para apuntar. pero este inconveniente era ampliamente compensado por sus mejores prestaciones en lo que se refiere a alcance, capacidad de penetración y calibre (un arcabuz podía hacer dos disparos en el tiempo que el mosquete tiraba uno, pero era más eficaz). Las balas eran de mayor tamaño, de una onza y media o dos, el doble de un arcabuz, aunque se mantenía el sistema de disparo del arcabuz. La longitud del cañón era de seis palmos y sus disparos atravesaban una rodela reforzada (teóricamente a prueba de balas) o cualquier armadura, lo que no conseguía un arcabuz. lo usual era que cada hombre llevara 25 disparos de dotación. Se decía que tenía un alcance de 200 m, aunque esto es discutible, si que llegaban notablemente más lejos que el arcabuz.

Al ser básicamente iguales, compartían el uso de la mecha o un soporte de disparo iguales. cargar el arma era un proceso aún más largo, que exigía hasta 44 movimientos distintos, según algunos manuales, complicado además por la presencia de la horquilla, que obligaba al soldado a manejar simúltaneamente ésta, el arma y la baqueta. Al igual que sucedía con el arcabuz, era recomendable apuntar un tanto alto, no sólo para reducir la posibilidad de reducir la posibilidad de herir a un compañero sino también porque el proyectil salía con una velocidad relativamente baja y a los pocos metros empezaba a caer. Se tiraba con él apoyándolo en el hombro, a la manera española, no en el pecho; ya que si la culata era curva, a la manera francesa, pocos o ninguno resistirían el retroceso al disparar con el arma en el pecho, pero si se descargaba desde el hombro, a la manera española, no había peligro ni daño para el tirador. Se calculaba que la cadencia no pasaba de un tiro por minuto, y que, por distintos motivos relacionados con problemas de funcionamiento, un 50% de los disparos no llegaban siquiera a producirse. Cuando se efectuaban más de 4 disparos continuados, era necesario parar y refrigerar el cañón para que no se fundiera el plomo de la recámara.

Con el tiempo las armas de fuego mejoraron. Se introdujo de forma paulatina la llave de rueda. Esta producía la chispa necesaria para incendiar la pólvora que lanzaba el proyectil mediante el choque de un pedazo de pirita, montado en el serpentín, con una rueda de hierro, eliminando así la mecha, con sus limitaciones y peligros. Era un mecanismo, sin embargo, caro, complicado y sujeto a muchas averías, por lo que se utilizó solo para las pistolas de la caballería y para armas de caza. De mayor transcendencia fue la llave de chispa. Esta sujetaba un trozo de pedernal, y se montaba simplemente moviéndola hacia atrás. al apretar el gatillo, la piedra tropezaba con una pieza de metal, el rastrillo, levantándola y produciendo al mismo tiempo una chispa que encendía la pólvora de la cazoleta, provocando el disparo. Era un método más barato y sencillo que la rueda, y más fiable que la mecha.

También se aligeró notablemente el peso del mosquete, hasta el punto de que se pudo prescindir de la horquilla, lo que hizo que acabara por sustituir al arcabuz. Además, se adoptaron los cartuchos previamente preparados. Todo ello se tradujo en un incremento sustancial de la eficacia de esta clase de armas, por ejemplo, aumentando casi tres veces la cadencia de tiro, y reduciendo a una tercera parte los fallos en el mecanismo de fuego.

La artillería

No es que el Tercio contara con una unidad propia de artillería, ya que tenía una estructura propia dentro del ejército dada su complejidad. Estaban hechos en bronce, pero también los había de hierro. El “favorito”, por llamarlo de alguna manera, era el de 24 libras, más que nada por su relación calidad-precio.