Archive for enero, 2011

Un siete de enero de hace cuatrocientos setenta y cuatro años la vida de la pequeña de los Reyes Católicos llegaba a su fin. Sin embargo aún hoy sigue viva en la memoria de algunos. Su historia ha sido contada en algunas series, plasmada en algunos cuadros y relatada en algunas obras literarias. Quizá cabe destacar la mención que hizo de ella Shakespeare en tiempos de la hija de la Bolena o quizá lo justo sería destacar al historiador Garrett Mattingly quien fue el primero en ofrecer una biografía completa de Catalina, a la que trató con sumo respeto y admiración.

Aún hoy, en la catedral de Peterborough se celebra un servicio en su honor. Resulta curioso comprobar cómo, a pesar de los esfuerzos de Enrique VIII por darle el trato de Princesa Viuda de Gales, el pueblo inglés decidió tiempo después darle el lugar que se merecía. Por esta razón en la inscripción de la madre de María Tudor se puede leer en la actualidad: Katherine , Queen of England. La misma reina que una vez aconsejó a alguien diciendo:

Nunca rindas el ánimo, pues sólo por medio de fatigas se llega al reino de los cielos.

En  mayo de 1534  la madre de María Tudor fue trasladada al castillo de Kimbolton, ubicado en el condado de Cambridgeshire. El año anterior, el matrimonio del rey con la reina Catalina había sido declarado nulo y Enrique había desposado a Ana Bolena, quien había dado a luz a un niña en septiembre .

El trato de Catalina dejó de ser el de Reina para recuperar el título de Princesa Viuda de Gales, pues se la siguió considerando viuda de Arturo Tudor. Todo aquel que tratase a Catalina como Reina sufriría represalias y los pocos sirvientes que estaban en la corte de Catalina fueron advertidos de que cada vez que se refiriesen a ella bajo el título de “reina” su sueldo sería rebajado. Sin embargo, Catalina se negaba a tratar con los sirvientes que no le dispensasen el trato que ella merecía, por lo que acabó prácticamente confinada a sus aposentos por voluntad propia.

A la Princesa Viuda de Gales se le permitió recibir visitas ocasionales pero, sin embargo, se le prohibió la visita de la única persona que la podía reconfortar en su “destierro” , su hija María. El rey les ofreció la oportunidad de poder reunirse siempre y cuando reconociesen a Ana Bolena como reina y ambas, madre e hija, se negaron en rotundo. La comunicación entre María y Catalina fue imposible, ya que se les prohibió también enviarse cartas, aunque parece que los partidarios de ambas actuaban de emisarios entre ellas. Además, cabe destacar en ese sentido la figura del nuevo embajador imperial Eustaque Chapuys que se convertirá en uno de los pocos “amigos” preocupados por el destino de Catalina y de su hija.

En la primavera de 1535 Catalina es informada de que su hija está enferma y escribe al rey desde el castillo de Kimbolton. Enrique VIII se niega a permitir que Catalina visite a María pero acepta que el doctor de esta visite a María, ya que la hija de los Reyes Católicos había prometido además que no había ningún plan para que María huyese (cosa que sí estaba siendo gestada por Chapuys) a España.

Todos los que apoyaban a Catalina cayeron en desgracia durante el verano del año  1535, cuando en un intento por consolidar la nueva religión, Fisher y Moro, que permanecen fieles al papado, son condenados a muerte. En ese sentido es muy reveladora la frase de Moro “muero, buen servidor del rey, pero en primer lugar de Dios”. La frase que más pronunciaba Catalina durante su estancia en Kimbolton era que debía obedecer al Rey en todo lo que fuera en contra de la ley de Dios.

Con las muertes de sus partidarios, Catalina empezó a preguntarse si ella estaba preparada para el martirio. En cualquier caso nunca barajó la posibilidad de atacar al rey sino que simplemente escribió al Papa para pedirle que actuase en Inglaterra porque ” Si no pone un remedio pronto, no se pondrá fin a las almas perdidas y a los santos martirizados”. También escribió a su sobrino pero no recibió respuesta debido a los acontecimientos que suceden ese otoño en el suelo italiano.

A partir de otoño, Catalina de Aragón cae enferma aunque parece que se recupera. Durante las navidades de 1535-1536 la primera esposa de Enrique VIII enferma de nuevo y no se recuperará. Una de sus antiguas damas y quizá su más fiel amiga, María de Salinas, regresa al lado de Catalina. Chapuys abandona Kimbolton el día de Epifanía dejando a una Catalina algo recuperada. Esta recuperación es momentánea ya que esa misma noche su salud empeora tanto que sus damas temen que no llegue a la primera misa y llaman al confesor. Catalina les prohíbe adelantar la celebración litúrgica que se celebra a la hora establecida y después de ella escribe sus dos últimas cartas, una a su sobrino y otra a Enrique. En esta última carta encontramos el siguiente fragmento:

Por mi parte, os lo perdono todo, y deseo rezar a Dios para que os perdone también. Por lo demás os encomiendo a nuestra hija María, suplicándoos que seas un buen padre para ella, como siempre he deseado.

La noticia de su muerte llega a Londres el 9 de enero de 1536 y parece que causó una gran alegría en el rey que se vistió de amarillo chillón y confesó su gran alegría pues “ahora que la vieja bruja ha muerto no hay temor de guerra en Inglaterra”. Se pensó en aquel momento que Catalina podía haber sido víctima de algún tipo de envenenamiento pero esta teoría parece no sostenerse ya que la hija de los Reyes Católicos no tomaba ningún alimento que no fuese preparado delante suyo. La teoría actual es que posiblemente sufriría algún tipo de cáncer.

Enrique VIII había esperado durante demasiado tiempo para conseguir la nulidad matrimonial y la respuesta de Roma nunca llegaba. El antiguo y fiel servidor del rey, Wolsey, había caído por este asunto y al inicio de la década de los treinta el personaje clave de la corte será Thomas Cromwell mientras que es Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, el hombre clave en la religión.

Tanto Cromwell como Cranmer parecían cercanos a posiciones reformistas y aliados con Ana Bolena hicieron que ciertos escritos que hablaban sobre los derechos que tenía el rey sobre la Iglesia y sus dominios llegasen a manos del rey. No hay que pensar que Enrique VIII era un protestante ni mucho menos ya que siempre los persiguió y aunque es cierto que comulgó con ciertas ideas que defendía Lutero, fue el primero en criticarlo en un escrito que le hizo ganarse el título de Defensor de la Fe.

Por tanto, más que cuestiones dogmáticas el problema del cisma viene dado porque el papa se niega a dar una respuesta sobre el asunto del divorcio y cuando lo hace, falla en favor de Catalina quizá porque las relaciones entre Carlos V y el papado han mejorado.

En 1533 demostrando su disconformidad con esta decisión el rey se separa de la Iglesia Roma casándose con Ana Bolena en enero e iniciando una serie de reformas. Enrique se nombra  Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra promulgando el Acta de Supremacía en noviembre de 1534 que recoge que “el rey es la suprema y única cabeza en la tierra de la Iglesia en Inglaterra”. Además la corona británica debería disfrutar de “todos los honores, dignidades, preeminencias, jurisdicciones, privilegios, autoridades, inmunidades, beneficios y bienes propios de esa dignidad”. También se recoge que todo aquel que permanezca fiel al Papa será considerado no sólo hereje sino que será acusado de alta traición.

Las comparecencias ante el tribunal se prolongan unos dos años más.

Entre los asuntos que más se discuten y en el que más testigos se presentan es la cuestión de la noche de bodas de Catalina y Arturo. Testigos declaran ,casi treinta años después de aquella boda, que la mañana siguiente Arturo fanfarroneó de su noche de bodas. Wolsey amenazará con sacar a la luz un informe de unas supuestas sábanas manchadas de sangre de aquella noche pero nunca más se supo. También en la catedral de Zaragoza en 1531  fueron llamados a declarar testigos que habían estado en Inglaterra en esa época y que corroboraron la versión de Catalina. Sin embargo, la defensa de Catalina en este punto fue descuidada y el propio Campeggio reconoció que si sólo tuviese valor lo que se declaró en el juicio habría tenido que fallar en favor del rey.

Otro de los puntos de conflicto tiene lugar cuando se presenta un documento suscrito por todos los obispos ingleses que apoyan la causa de Enrique. En ese documento aparece la firma de uno de los pocos amigos de Catalina, en efecto, John Fisher. Sin embargo, el obispo defendió que no había firmado ese documento y que además el “matrimonio del rey y la reina no puede disolverlo ningún poder, sea humano o divino”. Parece ser que el discurso de Fisher fue el más elocuente y razonado de todos los que se oyeron en el tribunal.

El juicio de Blackfriars concluye el viernes 23 de julio de 1531. Campeggio no emitirá el ansiado veredicto favorable a Enrique VIII sino que llega a la conclusión que es un caso demasiado importante como para resolverlo en Inglaterra. El largo proceso en el que se han mezclado cuestiones teológicas, legales y detalles de la vida íntima de los monarcas pasaba ahora a ser juzgado por la curia papal en Roma.

El juicio en Inglaterra finalmente da comienzo el 18 de abril de 1529 en Blackfriars. Comparecen tanto Enrique como Catalina quien entra al tribunal flanqueada por cuatro obispos. La Reina, que no fue representada por poderes como su marido, decidió no hablar con el tribunal sino que se arrodilló ante su marido, le miró a los ojos y comenzó un discurso que ahora recogeremos:

Señor, os suplico por todo el amor que ha habido entre nosotros, que me hagáis justicia y derecho, que tengáis de mí alguna piedad y compasión, porque soy una pobre mujer, una extranjera, nacida fuera de vuestros dominios. No tengo aquí ningún amigo seguro y mucho menos un consejo imparcial. A Vos acudo como cabeza de la Justicia en este Reino.

Pongo a dios y a todo el mundo por testigos de que he sido para vos una mujer verdadera, humilde y obediente, siempre conforme con vuestra voluntad y vuestro gusto… siempre satisfecha y contenta con todas las cosas que os complacían o divertían, ya fueran muchas o pocas… he amado a todos los que vos habéis amado solamente por vos, tuviera o no motivo y fueran o no mis amigos o mis enemigos. Estos veinte años o más he sido vuestra verdadera mujer y habéis tenido de mí varios hijos, si bien Dios ha querido llamarles de este mundo. Y cuando me tuvisteis por primera vez, pongo a Dios por testigo que yo era una verdadera doncella no tocada por varón. Invoco a vuestra conciencia si esto es verdad o no […] Me asombra oír qué nuevas invenciones se inventan contra mí, que nunca procuré más que la honorabilidad, y me obliga a oponerme al orden y al juicio de este nuevo tribunal, en el que tanto daño me hacéis.

Y os suplico humildemente que en nombre de la caridad y por amor a Dios, que es el supremo juez, me evitéis la comparecencia ante este tribunal en tanto mis amigos de España no me hayan aconsejado cuál es el camino que me corresponde seguir. Pero si no queréis otorgarme tan menguado favor, cúmplase vuestra voluntad, que yo a Dios encomiendo mi causa

Dicho esto la Reina se levantó y salió del tribunal sin hacer caso a las llamadas que requerían su presencia puesto que este no era imparcial con ella.Parece ser que el discurso de Catalina causó gran admiración y recibió aplausos de gran parte del público. Conocedor de la situación, Enrique respondió al tribunal alabando las cualidades de Catalina como esposa para proseguir con un discurso sobre sus dudas de conciencia respecto al matrimonio.

Acto seguido, tiene lugar lo que muchos han calificado como “pequeña comedia” entre Wolsey y el rey. Y es que, el hecho de que Wolsey fuese uno de los jueces que presidía el juicio y la conocida animadversión que existía entre él y la reina, fue uno de los puntos clave del alegato de parcialidad del tribunal. Wolsey le preguntará al rey si él tiene algo que ver o si ha promovido el divorcio. Enrique contestará que no y no sólo eso sino que además Wolsey ha estado en contra de la decisión del rey.

Por lo que respecta a Catalina,  en ningún momento llegó a plantearse que su marido deseaba divorciarse de ella. Sabía, y había admitido, que no podía darle ya hijos pero tenía sus esperanzas puestas en María. Catalina, pese a no ser visitada en las noches por su esposo, seguía compartiendo con Enrique bailes, cacerías y otros acontecimientos de la vida cortesana.

Sin embargo, toda Inglaterra estaba enterada del asunto real, de lo que había pasado en York House, de cómo iba a ser declarada bastarda la princesa y de cómo su Graciosa Majestad acabaría o bien en un convento o de vuelta a España. Los rumores habían llegado a oídos de la reina y del embajador Mendoza pero Catalina se negó a creerlos verdaderos hasta que Enrique, con un discurso preparado al milímetro, le comunicó su deseo de acabar con el matrimonio.

Su Graciosa Majestad se mostró resuelta en cuanto a su postura. Ella nunca había sido esposa de Arturo más que de nombre por lo que no tenía nada que temer. Se había casado ante Dios con Enrique  y el matrimonio había sido aprobado por los más sabios y doctos hombres españoles e ingleses. Ella era la Reina, pues fue coronada como tal, y permanecería fiel a su marido al lado de quien permanecería a no ser que este le ordenase lo contrario. Además, Catalina no sólo estaba luchando por ella misma sino por su hija ya que no podía permitir que María fuese declarada bastarda.

Llegó la hora de buscar aliados a la causa de la reina. El embajador español, Mendoza, sería el primero en defender la postura de Catalina aunque confesó que no poseía las nociones necesarias de teología y derecho canónico. También contaba con el apoyo incondicional de uno de los pocos caballeros españoles que quedaban en la corte inglesa, Francisco Felípez, que además fue el encargado de llevarle un mensaje de la reina a su sobrino Carlos. La reina pidió al emperador tres únicas cosas: que protestara personalmente a Enrique; poner en conocimiento al Papa sobre el asunto y pedirle que avocara la cuestión a Roma y, por último, intentar que se revocara a Wolsey de su puesto. El emperador, que apenas conocía a su tía, se implicó en la causa más por el sentido del deber para con su familia que por el cariño o no que tuviese con la reina. Para Carlos V que era una cuestión de prestigio familiar y por eso no dudó en escribir a Enrique y en hablar con el papa Clemente VII, papa que prácticamente era un prisionero suyo tras el famoso saco de Roma.

Por lo que hace  a los consejeros de la reina estos serán muy pocos dentro de las Islas Británicas.Al pedirle consejo al arzobispo Warham este le volvió la espalda replicándole que “ indignatio principis, mort est“, quien indigna al príncipe está muerto.Por su parte,  Luis Vives, afín a la reina, fue encarcelado durante más de seis semanas y sometido a un interrogatorio por parte de Wolsey. Después de este incidente abandonó el país, según el mismo diría después, aconsejado por la propia Catalina. Por lo que respecta a Tomás Moro ya vimos su postura en una entrada anterior.

Sólo el obispo de Rochester, John Fisher, mostró abiertamente su apoyo a la reina a pesar de ser advertido sobre las posibles consecuencias de sus actos. Mandó una carta a la reina dándole ánimos y en las que dejaba claro que debía aferrarse a la dispensa de Julio II y, por si esta fuese poco, demandar una nueva bula que subsanase los errores. Catalina, quizá obrando demasiado de buena fe, basó su defensa en el hecho de que nunca había actuado como la esposa del príncipe Arturo.

Cuando el gran asunto del rey llega  ante el  papa Clemente VII, de la casa  Médicis, este tenía demasiados frentes abiertos: la reforma protestante, el reciente episodio del saco de Roma, las propias intrigas familiares…  Ante cualquier episodio conflictivo, el papa Clemente, siempre optaba por sortear el conflicto tanto pactando con las partes o simplemente retrasando cualquier decisión para evitar compromisos irrevocables. Quizá podamos entender así el porqué se envía al cardenal  Lorenzo Campeggio, distinguido canonista y diplomático veterano, a Inglaterra para que junto con Wolsey pudiesen estudiar la causa y tomar una decisión allí mismo. El papa está evitando, a toda costa, cumplir con su función de árbitro y tomar personalmente la decisión sobre el tema del divorcio evitando así enfadar tanto a Enrique como a Carlos.

Cuando se conoce la noticia de que el papa había trasladado la causa a Inglaterra, Catalina se dio cuenta de que prácticamente estaba perdida pues prácticamente todos los clérigos ingleses, que debían juzgar el asunto tras las investigaciones de ambos cardenales, estaban a favor del rey.

La primera maniobra de Campeggio fue tratar de persuadir a la Reina para que abandonase su terca postura a cambio de una pensión de viudedad y la inclusión de María en la línea sucesoria. También se interpeló al buen carácter de la Reina y al hecho de que su postura estaba ocasionando un peligro constante tanto a la cristiandad como a la paz del Reino. Estos argumentos tampoco sirvieron porque Catalina seguía defendiendo que había llegado virgen a su matrimonio con Enrique y por tanto era su legítima esposa. Si Wolsey estaba evidentemente a favor de Enrique, Campeggio comenzó a sentirse conmovido por la actitud de la reina y fue él mismo quien aconsejó a Clemente que avocara la causa a Roma pues en Inglaterra no existía un tribunal imparcial.

En cuanto a la posición de la Reina el propio Garrett Mattingly, autor de la biografía más completa sobre Catalina, dice que : ” Tal vez, en el fondo, la postura de Catalina era, tanto como la de su marido, el fruto de una emoción ciega: celos de una rival con éxito, amor que los años no había transformado en indiferencia, angustiosa incapacidad de rendir la posición que había defendido mientras hubo un rayo de esperanza […]. Pero su razón o contradijo en nada a sus sentimientos. Para ella, permitir la declaración de nulidad de su matrimonio equivalía no sólo a negar el significado de toda su vida, de los objetivos de sus padres, de su larga lucha contra fuerzas adversas después de la muerte de Arturo, de todos sus años como Reino, sino también perjudicar, quizá irremediablemente, las oportunidades para que su hija continuara su tarea y poner en peligro la paz de Inglaterra y toda la sucesión de los Tudor.”

En las siguientes entradas abordaremos el tema del divorcio entre los reyes. Divorcio en el que no sólo se ven involucrados los reyes de Inglaterra, el cardenal Wolsey, los consejeros del monarca o el arzobispo de Canterbury. La llamada “cuestión real” involucrará al emperador y al papado durante un período de tiempo que comprende, a grandes rasgos, desde el 1527 al 1533.

A continuación nos referiremos a la cuestión real desde la perspectiva del rey Enrique. Dieciocho años de matrimonio con Catalina y ningún hijo varón que asegurase el futuro dinástico del reino. Alguien le sugirió que tal vez su matrimonio no era legítimo al ser contrario a lo que se dice el vigésimo capítulo del Levítico: “si un hombre se une a la mujer de su hermano  es cosa impura  y morirán sin descendencia”. Temeroso de haber vivido en pecado con la mujer de su hermano llamó a juristas y teólogos.

Pero hay que hacer notar que debido a la educación del monarca él ya conocía  el versículo mencionado y, además este mismo había sido discutido tanto en Inglaterra como España antes de que expidiese la bula de Julio II. La postura de Enrique será cuestionar la dispensa papal que debiera tener algún error que la hacía  defectuosa y ofensiva a Dios que se vengaría del rey dejándole sin heredero varón.

El rey le confió el asunto de la cuestión real al hombre más importante de su gobierno: Thomas Wolsey. Tuvo lugar una reunión en York House de un grupo liderado por el cardenal  y el obispo Warham en el que se decidió la forma de actuación respecto al tema. Se buscaba invalidar la dispensa papal porque parecía el medio más rápido y factible de declarar nulo el matrimonio. Roma sólo debía reconocer las acciones emprendidas en Inglaterra mediante una bula.

El primer tribunal arzobispal en el que se presentó el caso, donde Enrique declara pero no así Catalina que aún no estaba enterada,  concluyó que el matrimonio parecía objeto de duda y que merecía el más estricto examen por parte de canonistas y teólogos. Había que practicar dos diligencias antes de que la causa pudiera concluirse como deseaba el rey: asegurarse el consentimiento del papa y decírselo a Catalina. Wolsey se encargaría del primer asunto, al rey le correspondía el segundo.