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En  mayo de 1534  la madre de María Tudor fue trasladada al castillo de Kimbolton, ubicado en el condado de Cambridgeshire. El año anterior, el matrimonio del rey con la reina Catalina había sido declarado nulo y Enrique había desposado a Ana Bolena, quien había dado a luz a un niña en septiembre .

El trato de Catalina dejó de ser el de Reina para recuperar el título de Princesa Viuda de Gales, pues se la siguió considerando viuda de Arturo Tudor. Todo aquel que tratase a Catalina como Reina sufriría represalias y los pocos sirvientes que estaban en la corte de Catalina fueron advertidos de que cada vez que se refiriesen a ella bajo el título de “reina” su sueldo sería rebajado. Sin embargo, Catalina se negaba a tratar con los sirvientes que no le dispensasen el trato que ella merecía, por lo que acabó prácticamente confinada a sus aposentos por voluntad propia.

A la Princesa Viuda de Gales se le permitió recibir visitas ocasionales pero, sin embargo, se le prohibió la visita de la única persona que la podía reconfortar en su “destierro” , su hija María. El rey les ofreció la oportunidad de poder reunirse siempre y cuando reconociesen a Ana Bolena como reina y ambas, madre e hija, se negaron en rotundo. La comunicación entre María y Catalina fue imposible, ya que se les prohibió también enviarse cartas, aunque parece que los partidarios de ambas actuaban de emisarios entre ellas. Además, cabe destacar en ese sentido la figura del nuevo embajador imperial Eustaque Chapuys que se convertirá en uno de los pocos “amigos” preocupados por el destino de Catalina y de su hija.

En la primavera de 1535 Catalina es informada de que su hija está enferma y escribe al rey desde el castillo de Kimbolton. Enrique VIII se niega a permitir que Catalina visite a María pero acepta que el doctor de esta visite a María, ya que la hija de los Reyes Católicos había prometido además que no había ningún plan para que María huyese (cosa que sí estaba siendo gestada por Chapuys) a España.

Todos los que apoyaban a Catalina cayeron en desgracia durante el verano del año  1535, cuando en un intento por consolidar la nueva religión, Fisher y Moro, que permanecen fieles al papado, son condenados a muerte. En ese sentido es muy reveladora la frase de Moro “muero, buen servidor del rey, pero en primer lugar de Dios”. La frase que más pronunciaba Catalina durante su estancia en Kimbolton era que debía obedecer al Rey en todo lo que fuera en contra de la ley de Dios.

Con las muertes de sus partidarios, Catalina empezó a preguntarse si ella estaba preparada para el martirio. En cualquier caso nunca barajó la posibilidad de atacar al rey sino que simplemente escribió al Papa para pedirle que actuase en Inglaterra porque ” Si no pone un remedio pronto, no se pondrá fin a las almas perdidas y a los santos martirizados”. También escribió a su sobrino pero no recibió respuesta debido a los acontecimientos que suceden ese otoño en el suelo italiano.

A partir de otoño, Catalina de Aragón cae enferma aunque parece que se recupera. Durante las navidades de 1535-1536 la primera esposa de Enrique VIII enferma de nuevo y no se recuperará. Una de sus antiguas damas y quizá su más fiel amiga, María de Salinas, regresa al lado de Catalina. Chapuys abandona Kimbolton el día de Epifanía dejando a una Catalina algo recuperada. Esta recuperación es momentánea ya que esa misma noche su salud empeora tanto que sus damas temen que no llegue a la primera misa y llaman al confesor. Catalina les prohíbe adelantar la celebración litúrgica que se celebra a la hora establecida y después de ella escribe sus dos últimas cartas, una a su sobrino y otra a Enrique. En esta última carta encontramos el siguiente fragmento:

Por mi parte, os lo perdono todo, y deseo rezar a Dios para que os perdone también. Por lo demás os encomiendo a nuestra hija María, suplicándoos que seas un buen padre para ella, como siempre he deseado.

La noticia de su muerte llega a Londres el 9 de enero de 1536 y parece que causó una gran alegría en el rey que se vistió de amarillo chillón y confesó su gran alegría pues “ahora que la vieja bruja ha muerto no hay temor de guerra en Inglaterra”. Se pensó en aquel momento que Catalina podía haber sido víctima de algún tipo de envenenamiento pero esta teoría parece no sostenerse ya que la hija de los Reyes Católicos no tomaba ningún alimento que no fuese preparado delante suyo. La teoría actual es que posiblemente sufriría algún tipo de cáncer.

Por lo que respecta a Catalina,  en ningún momento llegó a plantearse que su marido deseaba divorciarse de ella. Sabía, y había admitido, que no podía darle ya hijos pero tenía sus esperanzas puestas en María. Catalina, pese a no ser visitada en las noches por su esposo, seguía compartiendo con Enrique bailes, cacerías y otros acontecimientos de la vida cortesana.

Sin embargo, toda Inglaterra estaba enterada del asunto real, de lo que había pasado en York House, de cómo iba a ser declarada bastarda la princesa y de cómo su Graciosa Majestad acabaría o bien en un convento o de vuelta a España. Los rumores habían llegado a oídos de la reina y del embajador Mendoza pero Catalina se negó a creerlos verdaderos hasta que Enrique, con un discurso preparado al milímetro, le comunicó su deseo de acabar con el matrimonio.

Su Graciosa Majestad se mostró resuelta en cuanto a su postura. Ella nunca había sido esposa de Arturo más que de nombre por lo que no tenía nada que temer. Se había casado ante Dios con Enrique  y el matrimonio había sido aprobado por los más sabios y doctos hombres españoles e ingleses. Ella era la Reina, pues fue coronada como tal, y permanecería fiel a su marido al lado de quien permanecería a no ser que este le ordenase lo contrario. Además, Catalina no sólo estaba luchando por ella misma sino por su hija ya que no podía permitir que María fuese declarada bastarda.

Llegó la hora de buscar aliados a la causa de la reina. El embajador español, Mendoza, sería el primero en defender la postura de Catalina aunque confesó que no poseía las nociones necesarias de teología y derecho canónico. También contaba con el apoyo incondicional de uno de los pocos caballeros españoles que quedaban en la corte inglesa, Francisco Felípez, que además fue el encargado de llevarle un mensaje de la reina a su sobrino Carlos. La reina pidió al emperador tres únicas cosas: que protestara personalmente a Enrique; poner en conocimiento al Papa sobre el asunto y pedirle que avocara la cuestión a Roma y, por último, intentar que se revocara a Wolsey de su puesto. El emperador, que apenas conocía a su tía, se implicó en la causa más por el sentido del deber para con su familia que por el cariño o no que tuviese con la reina. Para Carlos V que era una cuestión de prestigio familiar y por eso no dudó en escribir a Enrique y en hablar con el papa Clemente VII, papa que prácticamente era un prisionero suyo tras el famoso saco de Roma.

Por lo que hace  a los consejeros de la reina estos serán muy pocos dentro de las Islas Británicas.Al pedirle consejo al arzobispo Warham este le volvió la espalda replicándole que “ indignatio principis, mort est“, quien indigna al príncipe está muerto.Por su parte,  Luis Vives, afín a la reina, fue encarcelado durante más de seis semanas y sometido a un interrogatorio por parte de Wolsey. Después de este incidente abandonó el país, según el mismo diría después, aconsejado por la propia Catalina. Por lo que respecta a Tomás Moro ya vimos su postura en una entrada anterior.

Sólo el obispo de Rochester, John Fisher, mostró abiertamente su apoyo a la reina a pesar de ser advertido sobre las posibles consecuencias de sus actos. Mandó una carta a la reina dándole ánimos y en las que dejaba claro que debía aferrarse a la dispensa de Julio II y, por si esta fuese poco, demandar una nueva bula que subsanase los errores. Catalina, quizá obrando demasiado de buena fe, basó su defensa en el hecho de que nunca había actuado como la esposa del príncipe Arturo.

Cuando el gran asunto del rey llega  ante el  papa Clemente VII, de la casa  Médicis, este tenía demasiados frentes abiertos: la reforma protestante, el reciente episodio del saco de Roma, las propias intrigas familiares…  Ante cualquier episodio conflictivo, el papa Clemente, siempre optaba por sortear el conflicto tanto pactando con las partes o simplemente retrasando cualquier decisión para evitar compromisos irrevocables. Quizá podamos entender así el porqué se envía al cardenal  Lorenzo Campeggio, distinguido canonista y diplomático veterano, a Inglaterra para que junto con Wolsey pudiesen estudiar la causa y tomar una decisión allí mismo. El papa está evitando, a toda costa, cumplir con su función de árbitro y tomar personalmente la decisión sobre el tema del divorcio evitando así enfadar tanto a Enrique como a Carlos.

Cuando se conoce la noticia de que el papa había trasladado la causa a Inglaterra, Catalina se dio cuenta de que prácticamente estaba perdida pues prácticamente todos los clérigos ingleses, que debían juzgar el asunto tras las investigaciones de ambos cardenales, estaban a favor del rey.

La primera maniobra de Campeggio fue tratar de persuadir a la Reina para que abandonase su terca postura a cambio de una pensión de viudedad y la inclusión de María en la línea sucesoria. También se interpeló al buen carácter de la Reina y al hecho de que su postura estaba ocasionando un peligro constante tanto a la cristiandad como a la paz del Reino. Estos argumentos tampoco sirvieron porque Catalina seguía defendiendo que había llegado virgen a su matrimonio con Enrique y por tanto era su legítima esposa. Si Wolsey estaba evidentemente a favor de Enrique, Campeggio comenzó a sentirse conmovido por la actitud de la reina y fue él mismo quien aconsejó a Clemente que avocara la causa a Roma pues en Inglaterra no existía un tribunal imparcial.

En cuanto a la posición de la Reina el propio Garrett Mattingly, autor de la biografía más completa sobre Catalina, dice que : ” Tal vez, en el fondo, la postura de Catalina era, tanto como la de su marido, el fruto de una emoción ciega: celos de una rival con éxito, amor que los años no había transformado en indiferencia, angustiosa incapacidad de rendir la posición que había defendido mientras hubo un rayo de esperanza […]. Pero su razón o contradijo en nada a sus sentimientos. Para ella, permitir la declaración de nulidad de su matrimonio equivalía no sólo a negar el significado de toda su vida, de los objetivos de sus padres, de su larga lucha contra fuerzas adversas después de la muerte de Arturo, de todos sus años como Reino, sino también perjudicar, quizá irremediablemente, las oportunidades para que su hija continuara su tarea y poner en peligro la paz de Inglaterra y toda la sucesión de los Tudor.”

Nacimiento e infancia:

Nació en Londres el 18 de febrero de 1516, fruto del matrimonio entre Enrique VIII de Inglaterra y Catalina de Aragón.

María, como todo descendiente directo de los Reyes Católicos, gozó de una completísima y cuidada educación de la mano de tutores como Juan Luís Vives. Fue una niña despierta e inteligente que llegó a dominar 5 idiomas (inglés, latín, italiano, francés y castellano), además de poseer una cultura exquisita y refinada. Sin embargo, no todo fue de color de rosa para la princesa de Gales, ya que, a la edad de 11 años, sus padres se divorciaron (Enrique VIII pidió el divorcio de Catalina por dos razones: La principal, por no conseguir heredero varón, y la secundaria pero no por ello menos importante, porque se encaprichó de Ana Bolena, joven que en principio, podría darle el ansiado heredero).

Con este panorama, María rápidamente se vio obligada a posicionarse en la disputa conyugal, y por ello decidió ser partidaria de su madre, lo que sin duda, le supuso una gran fuente de problemas: Por un lado, se vio rápidamente recluida y vigilada las 24h sin tener contacto con el mundo exterior. Por otro, se le prohibió mantener contacto con su madre, y finalmente, se la dejó vivir en condiciones pésimas (llegando a marginarla) para hacer que dejara el Catolicismo de lado y aceptara el Protestantismo adoptado por su padre. No obstante, María siguió siendo fiel al Catolicismo, y pese a ser privada de las atenciones dignas de su rango, mantuvo su condición de católica y de fidelidad a su madre no importándole cuán mal pudiera llegarlo a pasar.

Como toda reina, uno de los cometidos principales de Catalina fue proporcionar un heredero sano a Inglaterra. Parece una tarea sencilla pero si nos retrotraemos al siglo XVI las cosas se complican ya que la mortalidad infantil era excesivamente elevada así como el número de mujeres que fallecían durante, o poco después, del parto. De hecho, ni las reinas se salvaban de estos inconvenientes y podemos poner como ejemplo el caso español. Isabel la Católica tuvo seis hijos pero sólo cinco alcanzaron la edad adulta (hecho ya de por sí casi milagroso). De estos cincos hijos, su hija mayor, Isabel, muere en el parto de Miguel de Paz, niño que también fallece al poco tiempo. Juan, el heredero, también contrae tuberculosis y muere aunque le da tiempo a engendrar un bebé con su esposa, bebé que muere antes de nacer. De modo que al final no es ni la primera hija, ni el único varón ni el hijo de este, la persona que hereda  las Coronas sino Juana, la tercera hija, que por avatares del destino acaba en el primer puesto de la línea sucesoria.

Catalina tendrá peor fortuna aun si cabe que su madre, pues todos sus embarazos no llegan a buen puerto o bien los bebés acaban pereciendo a los pocos días del nacimiento. Se cree que Catalina quedó encinta en al menos seis ocasiones y se sabe que dos de esos bebés eran varones mientras que otras dos eran hembras. Por orden cronológico podemos enumerarlos de la siguiente forma:

Niña nacida muerta: La que hubiese sido primogénita de Enrique y Catalina nació el mismo día de su muerte el 31 de enero de 1510.

Enrique, duque de Cornualles: Nacido el 11 de enero de 1511 y muerto el 22 de febrero del mismo año. De haber vivido se habría convertido en el heredero al ser el primer varón de la pareja. Sobre la causa de la muerte poco se sabe pero parece ser que nunca había estado completamente sano. Una breve nota recogida en los archivos de Westminster nos habla sobre el bebé “En el segundo año  de nuestro señor el rey,su gracia la reina dio a luz a un príncipe cuya alma esta ahora entre los sagrados Inocentes de Dios”. Sobre el estado de Catalina otras fuentes señalan que “como toda mujer, se lamentó mucho y sólo fue reconfortada por la persuasión del rey”.

– Enrique, duque de Cornualles: El segundo hijo varón de Catalina y Enrique nacerá en octubre del 1514, y, como su hermano con el que comparte el nombre morirá apenas un mes después.

María, princesa: Nacida  el 18 de febrero de 1516 apenas un mes después de la muerte de su abuelo materno será la única hija del matrimonio que logre sobrevivir. Hablaremos de ella en próximas entradas.

Niña sin nombre: De esta niña sólo conocemos que nació el 10 de noviembre de 1518 y que murió poco después.

Se cree que entre 1518 y 1522 la reina vuelve a quedar embarazada en dos ocasiones más pero en cualquier caso estos embarazos no llegan a buen término. Finalmente, en 1524, Catalina reconoce con tristeza el hecho  que se le ha pasado la edad para tener hijos. Esta afirmación no sólo implica el fin de las relaciones sexuales entre los reyes sino el inicio de las dudas de Enrique VIII sobre la validez que tiene el matrimonio.

Tras la muerte de su padre el 22 de abril de 1509 accede al trono Enrique VIII, príncipe con una peculiaridad y atrayente personalidad, que había heredado un reino que, salido de las turbulencias de la guerra civil conocida como la Guerra de las Dos Rosas, presentaba un poder monárquico tan fortalecido como debilitado era el de la nobleza. Encualquier caso, una de las primeras decisiones del monarca fue hacer realidad el compromiso que habían adquirido por él años atrás en lo que respecta al matrimonio con la hija de Fernando el Católico quien era además era objeto de admiración del nuevo monarca.

De hecho, es el propio Enrique quien nada más ascender al trono manda llamar al embajador español, Fuensalida, para anunciarle sus intenciones respecto a Catalina. Se dice también que el nuevo monarca declaró que “he loved her beyond all other women”, es decir, que amaba a Catalina más que al resto de mujeres.

En 11 de junio tiene lugar la boda entre el todavía no coronado rey y la princesa española en Greenwich. Como ya se ha dicho, la celebración del matrimonio por el rito católico fue posibles gracias a la conocida como Bula de Dispensación fechada el 23 de diciembre de 1503  en la que se permitía el enlace incluso si Catherine hubiese “perhaps“, quizá, tenido conocimiento carnal de su primer esposo y hermano de Enrique, Arturo.

El 23 de junio los nuevos esposos entran el Londres y de nuevo Catalina los deja a todos encantados siendo quizá la frase de lord Herbert la que ilustre esta idea al decir de la esposa de Enrique que “muy pocas mujeres pueden competir con la reina Katherine cuando está en la flor de la vida”. Un día más tarde, el 24, Enrique y Catalina  son coronados conjuntamente como reyes de Inglaterra en Westminster donde se celebraron también los banquetes y las diversas celebraciones que venían vinculadas a esta ceremonia. Festejos que fueron interrumpidos cinco días más tarde a causa de la muerte de Margaret de Richmond, la abuela del rey.

La muerte de Arturo  no logró deshacer el enlace entre Inglaterra y España. Los Reyes Católicos querían seguir manteniendo la alianza y para ello se firmó un nuevo tratado entre los mismos y Enrique VII gestionado por el embajador Puebla. Catalina se casaría con Enrique Tudor, el hermano de su difunto esposo y el nuevo heredero a la corona inglesa.

La buena relación de los reyes de España con el papado, propició que se les otorgase la dispensa matrimonial sin problemas. Sin embargo, el periodo de viudedad fue muy duro para Catalina que aún no contaba con 20 años. La muerte de su madre y la poca asiduidad con la que su padre le escribía, hicieron que la joven pasase un tiempo de soledad, (seguramente con sentimientos de abandono y confusión en una tierra extraña y con un lenguaje que no dominaba del todo). En estos momentos, es importante la figura de Elvira Manuel, que la había acompañado desde su partida de España.  Su simpatía hacía Ayala habían propiciado un distanciamiento de la princesa con el embajador Puebla, el que le hubiese podido explicar mejor su situación.

Desde España tampoco llegaba dinero, y el séquito que acompañaba a la futura reina se ocultaba para que la corte británica, (que cada vez los despreciaba más),no viera sus harapos. Se escondían en los aposentos que el rey de Inglaterra les ofrecía, algunos edificios anejos al palacio de Greenwich, habitaciones sobre los establos en Richmond, una casa en ruinas en Fulham. No había dinero para sus sirvientes,  para nuevos uniformes o vestidos y lo más grave era que a veces no había suficiente ni para comer.  Enrique nunca les daba el suficiente dinero, y las joyas de la dote poco a poco iban desapareciendo.

Catalina le pedía a su padre que cambiase de embajador, pues Puebla no parecía hacer nada para denunciar la situación en la que estaban. Finalmente, debido a su avanzada edad, Fernando decidió cambiarlo por Fuensalida a la vez que confiará a su hija credenciales oficiales para que le representara ante la monarquía inglesa, convirtiéndose así en la primera embajadora de la historia de la diplomacia moderna.

Nuestra Catalina está próxima a llegar a ser reina, y ello será así porque sus padres, querrán volver a casarla con el futuro Enrique VIII, decisión que va a ser lo que marque todo su futuro destino y a la vez, por lo que más se la recuerde en la historia moderna. No obstante, recordemos que ella no es sólo la primera mujer de Enrique VIII, es también  la hija de los Reyes Católicos: Por ello, hablamos de una reina con estudios, cultura y modales que, además, sabrá ejercer como una gran diplomática a la vez que acertará en toda decisión política, siendo un pilar fundamental en los inicios del reinado de su marido.

“En cuanto a la princesa, créeme si te digo que resultó de extraordinario agrado a todas las personas. No le faltaban ninguna de las gracias que deben adornar a la más hermosa doncella. Todo el mundo la elogió muchísimo pero nadie la elogió bastante.” Tomas Moro, Londres. Celebración enlace entre Catalina y Arturo

Cabe decir que la gente se quedó admirada por la belleza y las buenas maneras que presentaba la joven, como apunta Tomas Moro. Sin embargo, cuando Catalina llegó a Inglaterra la imagen que se había formado del Príncipe de Gales distaba mucho de lo que se iba a encontrar. La primera decepción sucedió al llegar a Inglaterra y ver que su futuro esposo no había ido a recibirla, pese a que luego se enteró que se debía a su débil estado de salud.

Su primera impresión al verlo fue: un chico frágil, muy delgado, de lánguidos cabellos y de voz aguda. Pero ella conocía cual era su deber y su finalidad. En 1501 contrae matrimonio con el primogénito de Enrique VII. Pero este matrimonio no duraría mucho tiempo, la debilidad del príncipe le impedía consumar y como consecuencia Catalina no podía cumplir con sus deberes como esposa. Este hecho de no haber consumado el matrimonio con Arturo va a ser un punto muy importante en la vida de nuestra futura reina.

La enfermedad de su esposo le causa la muerte al año de casarse. Durante este período la pareja vivía en el castillo de Ludlow en Gales. Nunca se supo exactamente de que murió el heredero a la corona inglesa, algunos apuntan a una tuberculosis, otros al mal del sudor, una especie de gripe que llegó a esta zona de Gales y que Catalina logró pasar sin males mayores por su robusta constitución, pero que puede que en el caso del príncipe (debido a su fragilidad) le provocase la muerte aquel 2  de abril. De esta forma empieza una nueva etapa dura para la princesa, el período de viudedad.

Catalina, además de realizar la tarea de consorte y regente en ausencia de su marido, también se encargaba de gestionar las labores de palacio y su patrimonio (que no era poco).

Así pues, aunque su matrimonio caía en picado, Catalina siempre se mostraba radiante de cara al público: Bonitos brocados, joyas variadas, etc.  En cuanto a sus actividades como “ama de casa y anfitriona”, podemos decir que Catalina recibía embajadores junto a su marido, pero además, se encargaba de:

–      Mantener los jardines de palacio espléndidos: recogía flores, importaba plantas nuevas provenientes de España, etc. Dotando de una mayor variedad a los jardines reales.

–      Se encargaba del cuidado y bordado de la ropa del rey, cosa que realizaba normalmente en hilo blanco y negro, colores de Castilla. Bordaba además, manteles varios y vestiduras de ckérigos.

–      Supervisaba a funcionarios palaciegos y el ropero, así como también el “menú” y la bodega.

–     Organizaba la mudanza cada vez que la corte cambiaba de residencia.

–     Mantenía al día sus propiedades personales, así como las cuentas de las mismas y que estuvieran en buen estado con la ayuda del “Consejo de la Reina”, formado por funcionarios y clérigos que la misma Catalina presidía.

–     Se encargaba de ciertas gestiones como controlar solares varios, la venta del heno, etc.

–    En Palacio, además de todo lo anterior, implantará novedades en cuanto a higiene y alimentación, innovaciones seguramente aprendidas durante su etapa granadina.

–    En cuanto a innovaciones procedentes del Imperio, digamos que también hizo un guiño a según qué alimentos, como por ejemplo: ensalada y cítricos.

Además de realizar tales tareas, también supervisaba la educación de su hija, eligiendo personalmente a sus tutores y parte del programa educativo que María recibiría. Por último, en el tiempo libre que le quedaba, se dedicaba a organizar las bibliotecas reales como la de Greenwich y Richmond.

La hermana mayor de Catalina, Juana, casará con el hijo del emperador y, fruto de la enemistad de su padre Fernando con Francia, a la benjamina de los Reyes Católicos le tocó ser el enlace de la monarquía hispana con Inglaterra.

El 21 de Mayo de 1501 Catalina se embarca en un viaje hacía una nueva vida, en busca de un destino que quedaría grabado en la historia. Catalina no pasará desapercibida, aunque su popularidad como personaje aumentará en el segundo matrimonio, en Inglaterra. Su madre no pudo acompañarla debido a la enfermedad y a los asuntos del Reino, también su padre andaba ocupado y en este caso se despidió de su “pequeña”, como siempre la denominaba, en una carta.  Los encargados de entregarla fueron los condes de Cabra, el arzobispo Fonseca y Pedro Manrique.

El 17 de Agosto, el barco salió desde la Coruña, en ese momento Catalina no sabía que nunca más volvería a su tierra. Tras tres meses de travesía logra llegar a su destino, el viaje se había demorado seis semanas más de lo previsto, debido sobre todo a una tormenta que les sorprendió en mitad de la travesía, pero por suerte pudieron volver a la costa y una vez arreglados los destrozos se pusieron en marcha el 27 de septiembre. Finalmente logran llegar a su destino.

La primera escala antes de llegar se hace en Plymouth el 20 de Octubre de 1501. Vemos a una muchacha envuelta en una nueva tierra, cumpliendo el destino que no había decidido ella, sino sus padres como todas las demás reinas. Pero ella como estamos viendo es diferente, ha tenido una educación no sólo en las labores de una dama sino también a nivel cultural.

En el puerto ante la sorpresa de Catalina no fue el príncipe quien la recibió sino el obispo de Bath. Así como dos embajadores, Pedro de Ayala y Rodrigo González de la Puebla. Entre ambos embajadores existía una fuerte rivalidad en la que Catalina se va a ver involucrada decantándose primero por un Pedro Ayala de aspecto más joven y simpático a primera vista pero menos afín a la causa de los Reyes Católicos.

Catalina nació en el palacio arzobispal Alcalá de Henares en diciembre de 1485. Descendiente de Isabel I de Castilla y de Fernando II de Aragón, fue la hija pequeña de ambos. En su infancia fue destacado el papel del cardenal Pedro de Mendoza. Según las noticias y las imágenes que se conservan de la joven Catalina vemos a una niña de tez blanca, cabellos rubios y ojos azules.

En lo que atañe a su infancia destaca el episodio vivido en la toma de Granada cuando Catalina contaba con siete años de edad. El fuego y el peligro que hubo de soportar en el campamento, donde las llamas  siembran el caos mientras algunos portaban agua para apagarlo. Catalina perdió el sentido, rescatada por el antes nombrado Pedro de Mendoza. Al volver en si su madre le aseguró que fue un incidente que con una bujía. Un episodio que a simple vista no fue más que una anécdota, pero en ocasiones son esas vivencias y esas “anécdotas” las que marcan el carácter y la vida de una persona. Ello sucedió donde se iba a construir la villa de Santa Fe como desafío a Granada que terminaría su construcción en verano. La lucha de los reyes católicos contra el último reducto del islam proseguía y nuestra futura reina continuaba como testimonio de todo. Las hijas de estos reyes aportaban lo que buenamente podían, Isabel ayudaba en el trato a los enfermos junto a su madre mientras que el resto de hijas bordaban y velaban a los enfermos. Hay que entender en estos momentos la relación entre Catalina y su hermana Isabel, una mujer de 21 años recién enviudada y que esta situación en un futuro será a la que deba de enfrentarse nuestra futura reina de Inglaterra.

El frente contra Granada que comentamos finalmente se resuelve en 1492, es entonces cuando El gran capitán y don Iñigo López de Mendoza fueron los encargados de dar la noticia, Granada había caído, sin embargo aún Catalina era una niña para poder asimilar de la forma en que cabía un acontecimiento como aquel.  Este episodio va a ser clave en la historia de nuestra futura reina,  estos capítulos que vive esta niña marcarán su fe como católica consumada. Junto a la conquista se añade  meses después, el edicto por el cual todos los judíos no bautizados deben abandonar el reino, ella observa como la “verdadera fe” se va imponiendo y ganando territorio frente las otras religiones que hasta entonces habían habido en el reino.  También en la salida de los judíos descubre como esconden algunas de las pertenencias como monedas, joyas entre otras cosas que se les había prohibido sacar del reino, sin embargo estas escenas se volvían en cotidianas y ello  influía más en nuestra joven y sus convicciones religiosas.