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Por lo que respecta a Catalina,  en ningún momento llegó a plantearse que su marido deseaba divorciarse de ella. Sabía, y había admitido, que no podía darle ya hijos pero tenía sus esperanzas puestas en María. Catalina, pese a no ser visitada en las noches por su esposo, seguía compartiendo con Enrique bailes, cacerías y otros acontecimientos de la vida cortesana.

Sin embargo, toda Inglaterra estaba enterada del asunto real, de lo que había pasado en York House, de cómo iba a ser declarada bastarda la princesa y de cómo su Graciosa Majestad acabaría o bien en un convento o de vuelta a España. Los rumores habían llegado a oídos de la reina y del embajador Mendoza pero Catalina se negó a creerlos verdaderos hasta que Enrique, con un discurso preparado al milímetro, le comunicó su deseo de acabar con el matrimonio.

Su Graciosa Majestad se mostró resuelta en cuanto a su postura. Ella nunca había sido esposa de Arturo más que de nombre por lo que no tenía nada que temer. Se había casado ante Dios con Enrique  y el matrimonio había sido aprobado por los más sabios y doctos hombres españoles e ingleses. Ella era la Reina, pues fue coronada como tal, y permanecería fiel a su marido al lado de quien permanecería a no ser que este le ordenase lo contrario. Además, Catalina no sólo estaba luchando por ella misma sino por su hija ya que no podía permitir que María fuese declarada bastarda.

Llegó la hora de buscar aliados a la causa de la reina. El embajador español, Mendoza, sería el primero en defender la postura de Catalina aunque confesó que no poseía las nociones necesarias de teología y derecho canónico. También contaba con el apoyo incondicional de uno de los pocos caballeros españoles que quedaban en la corte inglesa, Francisco Felípez, que además fue el encargado de llevarle un mensaje de la reina a su sobrino Carlos. La reina pidió al emperador tres únicas cosas: que protestara personalmente a Enrique; poner en conocimiento al Papa sobre el asunto y pedirle que avocara la cuestión a Roma y, por último, intentar que se revocara a Wolsey de su puesto. El emperador, que apenas conocía a su tía, se implicó en la causa más por el sentido del deber para con su familia que por el cariño o no que tuviese con la reina. Para Carlos V que era una cuestión de prestigio familiar y por eso no dudó en escribir a Enrique y en hablar con el papa Clemente VII, papa que prácticamente era un prisionero suyo tras el famoso saco de Roma.

Por lo que hace  a los consejeros de la reina estos serán muy pocos dentro de las Islas Británicas.Al pedirle consejo al arzobispo Warham este le volvió la espalda replicándole que “ indignatio principis, mort est“, quien indigna al príncipe está muerto.Por su parte,  Luis Vives, afín a la reina, fue encarcelado durante más de seis semanas y sometido a un interrogatorio por parte de Wolsey. Después de este incidente abandonó el país, según el mismo diría después, aconsejado por la propia Catalina. Por lo que respecta a Tomás Moro ya vimos su postura en una entrada anterior.

Sólo el obispo de Rochester, John Fisher, mostró abiertamente su apoyo a la reina a pesar de ser advertido sobre las posibles consecuencias de sus actos. Mandó una carta a la reina dándole ánimos y en las que dejaba claro que debía aferrarse a la dispensa de Julio II y, por si esta fuese poco, demandar una nueva bula que subsanase los errores. Catalina, quizá obrando demasiado de buena fe, basó su defensa en el hecho de que nunca había actuado como la esposa del príncipe Arturo.

Cuando el gran asunto del rey llega  ante el  papa Clemente VII, de la casa  Médicis, este tenía demasiados frentes abiertos: la reforma protestante, el reciente episodio del saco de Roma, las propias intrigas familiares…  Ante cualquier episodio conflictivo, el papa Clemente, siempre optaba por sortear el conflicto tanto pactando con las partes o simplemente retrasando cualquier decisión para evitar compromisos irrevocables. Quizá podamos entender así el porqué se envía al cardenal  Lorenzo Campeggio, distinguido canonista y diplomático veterano, a Inglaterra para que junto con Wolsey pudiesen estudiar la causa y tomar una decisión allí mismo. El papa está evitando, a toda costa, cumplir con su función de árbitro y tomar personalmente la decisión sobre el tema del divorcio evitando así enfadar tanto a Enrique como a Carlos.

Cuando se conoce la noticia de que el papa había trasladado la causa a Inglaterra, Catalina se dio cuenta de que prácticamente estaba perdida pues prácticamente todos los clérigos ingleses, que debían juzgar el asunto tras las investigaciones de ambos cardenales, estaban a favor del rey.

La primera maniobra de Campeggio fue tratar de persuadir a la Reina para que abandonase su terca postura a cambio de una pensión de viudedad y la inclusión de María en la línea sucesoria. También se interpeló al buen carácter de la Reina y al hecho de que su postura estaba ocasionando un peligro constante tanto a la cristiandad como a la paz del Reino. Estos argumentos tampoco sirvieron porque Catalina seguía defendiendo que había llegado virgen a su matrimonio con Enrique y por tanto era su legítima esposa. Si Wolsey estaba evidentemente a favor de Enrique, Campeggio comenzó a sentirse conmovido por la actitud de la reina y fue él mismo quien aconsejó a Clemente que avocara la causa a Roma pues en Inglaterra no existía un tribunal imparcial.

En cuanto a la posición de la Reina el propio Garrett Mattingly, autor de la biografía más completa sobre Catalina, dice que : ” Tal vez, en el fondo, la postura de Catalina era, tanto como la de su marido, el fruto de una emoción ciega: celos de una rival con éxito, amor que los años no había transformado en indiferencia, angustiosa incapacidad de rendir la posición que había defendido mientras hubo un rayo de esperanza […]. Pero su razón o contradijo en nada a sus sentimientos. Para ella, permitir la declaración de nulidad de su matrimonio equivalía no sólo a negar el significado de toda su vida, de los objetivos de sus padres, de su larga lucha contra fuerzas adversas después de la muerte de Arturo, de todos sus años como Reino, sino también perjudicar, quizá irremediablemente, las oportunidades para que su hija continuara su tarea y poner en peligro la paz de Inglaterra y toda la sucesión de los Tudor.”

De sobra es conocida la labor de Tomás Moro no sólo en el ámbito cultural, sino también en el político, ya que será solicitado por el rey para ejercer cargos de suma importancia. A continuación, expondremos algunos de los nombres más relevantes dentro del movimiento inglés, teniendo en cuenta que desde 1509 no hubo intelectual, erudito o humanista que no estuviese vinculado a la corte inglesa, en especial, a la  Reina y a su labor de mecenazgo.

Lord Mountjoy, Guillermo Blount: Amigo íntimo de la reina,  es el primer noble inglés en manifestar serio interés por las cuestiones universitarias y por el propio pensamiento erasmista. Será Blount, nombrado Chamberlain de la Casa de la Reina y casado con una de sus damas, quien durante mucho tiempo haga de nexo entre el humanismo y Catalina.

Tomás Linacre: Vinculado a la universidad de Oxford,antiguo preceptor de Arturo Tudor, fundador junto con Fernando Vitoria del Colegio Real de Médicos, Tomás es el  personaje esencial en los primeros contactos entre la corte y el movimiento humanista.  Entre su círculos de amistades estarían humanistas como John Colet y a Tomás Moro. Es además el autor de un libro de gramática latina destinado a la princesa María, que pronto se convirtió en el libro de texto por excelencia.
Erasmo: A pesar de que este sabio nunca gira durante demasiado tiempo en torno a un monarca determinado, Erasmo visitará la corte inglesa. Antes del matrimonio, Erasmo había mantenido alguna correspondencia con el pequeño Enrique, del que había quedado admirado por su dominio del latín. A instancias de Montjoy, Erasmo visitó en 1509 Inglaterra donde Catalina se mostró especialmente complacida pues, aunque los datos que tenemos al respecto son escasos, sabemos que la reina disfrutaba de la conversación con Erasmo y atesoraba y leía sus libros. Por su parte, Erasmo acabó demostrando una cierta debilidad por Catalina, a la que tenía en más alta estima que a su marido, a la que le dedicó el escrito Sobre el Matrimonio Cristiano.

Luís Vives:  De origen converso y  nacido en Valencia, la primera vez que Catalina lo oye nombrar contaba con casi treinta años, estaba casado y llevaba una vida casi oculta en Brujas. La Reina pronto le envió una carta dándole su apoyo y ánimo, así como dinero y la promesa de una pensión regular para que se pudiese dedicar a escribir. Poco después de publicar sus Comentarios de San Agustín, libro que dedica a Enrique VIII, Luis Vives parte a Inglaterra donde ejercerá como profesor en Oxford los siguientes años. Además trae consigo el manuscrito acabado de De institutio Christianae feminae que le había encargado Catalina. Vives se convirtió además en el preceptor de la princesa María.