Las comparecencias ante el tribunal se prolongan unos dos años más.

Entre los asuntos que más se discuten y en el que más testigos se presentan es la cuestión de la noche de bodas de Catalina y Arturo. Testigos declaran ,casi treinta años después de aquella boda, que la mañana siguiente Arturo fanfarroneó de su noche de bodas. Wolsey amenazará con sacar a la luz un informe de unas supuestas sábanas manchadas de sangre de aquella noche pero nunca más se supo. También en la catedral de Zaragoza en 1531  fueron llamados a declarar testigos que habían estado en Inglaterra en esa época y que corroboraron la versión de Catalina. Sin embargo, la defensa de Catalina en este punto fue descuidada y el propio Campeggio reconoció que si sólo tuviese valor lo que se declaró en el juicio habría tenido que fallar en favor del rey.

Otro de los puntos de conflicto tiene lugar cuando se presenta un documento suscrito por todos los obispos ingleses que apoyan la causa de Enrique. En ese documento aparece la firma de uno de los pocos amigos de Catalina, en efecto, John Fisher. Sin embargo, el obispo defendió que no había firmado ese documento y que además el “matrimonio del rey y la reina no puede disolverlo ningún poder, sea humano o divino”. Parece ser que el discurso de Fisher fue el más elocuente y razonado de todos los que se oyeron en el tribunal.

El juicio de Blackfriars concluye el viernes 23 de julio de 1531. Campeggio no emitirá el ansiado veredicto favorable a Enrique VIII sino que llega a la conclusión que es un caso demasiado importante como para resolverlo en Inglaterra. El largo proceso en el que se han mezclado cuestiones teológicas, legales y detalles de la vida íntima de los monarcas pasaba ahora a ser juzgado por la curia papal en Roma.