Felipe II e Isabel de Valois

FELIPE II E ISABEL DE VALOIS .

Abandonada por su querido marido, la depresión empezó a afectar a la reina María que contrajo una epidemia de gripe en la primavera de 1558, siendo obligada a guardar cama en el mes de agosto. Su salud fue declinando hasta que falleció sin dejar sucesión en la madrugada del 17 de noviembre de 1558. Felipe quedaba por segunda vez viudo, aprovechando la coyuntura los ingleses para acusar a España de haber recibido grandes sumas de dinero que habían dejado maltrecha la economía inglesa a la vez que acusaban al rey Felipe de haber matado de pena a su reina. Isabel I ocupaba el trono vacante. La diplomacia hispana veía con buenos ojos la repetición de una boda híspanobritánica pero un negativo informe llegó a la corte de Felipe: Isabel “tenia algo que la incapacitaba para el matrimonio”; al parecer sufría una malformación genital con carencia de reglas y aplasia vaginal. Felipe la rechazó y la Reina Virgen se afianzaba en el poder, logrando situar a Inglaterra en una posición internacional de primera magnitud mientras seguía una vida sexual de gran actividad.

Una francesa será la tercera esposa del monarca. Su nombre es Isabel de Valois y el matrimonio es nuevamente fruto de la razón de Estado, consiguiéndose la concordia entre los reinos de España y Francia tras la firma de la paz de Cateau-Cambresis ( 3 de abril de 1559) por lo que la joven reina recibiría el nombre popular de Isabel de la Paz. Isabel había nacido en Fontainebleau el 3 de abril de 1546; era la hija menor del rey Enrique II de Francia y Catalina de Medicis. La joven princesa había estado prometida al primogénito de Felipe, el príncipe don Carlos, pero este proyecto de matrimonio nunca se llevó a cabo ya que cambió de esposo. Los desposorios se celebraron por poderes el 22 de junio de 1559 en la catedral de Notre-Dame de París representando al novio don Fernando Álvarez de Toledo, el todopoderoso duque de Alba. En la corte francesa era costumbre encamar rápidamente a los nuevos esposos, pero al faltar Felipe tuvo que ser el duque quien tomara a la novia, simbólicamente por supuesto; así que en presencia de todos los invitados, hizo una reverencia y tomó simbólica posesión del real tálamo colocando sobre él una pierna y un brazo para luego retirarse.

Don Felipe esperó a la joven esposa – tenía 14 años – en Guadalajara, concretamente en el palacio del Infantado. El rey tenia 33 años y al detenerse la joven Isabel frente a él, éste preguntó a su esposa: “,Qué miráis? ¿Por ventura si tengo canas?”. La misa de velaciones se celebró el 2 de febrero de 1560, encerrándose rápidamente los esposos en la cámara nupcial por lo que el obispo de Pamplona tuvo que bendecir el tálamo a través de la puerta, ya que no tuvo el suficiente tiempo. La reina Isabel era todavía una niña que jugaba a las muñecas y a la taba por lo que la consumación del matrimonio se tuvo que posponer un año, en contra de los deseos del rey.

En las cortes europeas era habitual dar publicidad a las primeras reglas de las jóvenes princesas, infantas o reinas, por lo que conocemos exactamente la fecha en la que Isabel cambió su ciclo hormonal: el 11 de agosto de 1561. Durante el último año había crecido bastante, destacando por su estatura y su constitución fuerte y vigorosa. Ahora Felipe puede iniciar sus relaciones con su esposa aunque al principio existen lógicos problemas en la pareja, como sabemos por las cartas que los embajadores franceses escriben a la madre de Isabel: “La constitución del Rey causa grandes dolores a la Reina que necesita mucho valor para evitarlo …”.

Durante la estancia de los reyes en Toledo, Isabel padeció fiebre y erupción, temiéndose que sufriese una eventual viruela. La madre de la joven reina sospechaba que el mal de la niña fuera el mal italiano o gálico, es decir, la temida sífilis, enfermedad que parece ser congénita en Felipe, lo que explicaría los continuos abortos de sus mujeres y las erupciones que solían sufrir, así como los frecuentes dolores de cabeza del monarca, su aspecto envejecido y desdentado, con los labios resquebrajados. Para el dolor de cabeza los médicos le recomendaron que llevase la cabeza rapada, costumbre que se generalizaría entre los cortesanos. La enfermedad de la reina fue confirmada como viruela; para evitar que dejase huellas en el bello rostro de la reina la embadurnaron con clara de huevo y leche de burra, entre otros muchos remedios, mientras los galenos franceses recomendaban sangre de paloma y nata para el cuidado de los ojos.

En 1561 la corte se instala definitivamente en Madrid; los reyes son felices y su vínculo matrimonial sólido a pesar de que duermen y comen separados según indica la rígida etiqueta borgoñona que se sigue en España. Estas costumbres dieron que pensar a los embajadores franceses pero Isabel se considera una de las mujeres más felices del mundo, anunciándose en mayo de 1564 su embarazo, posiblemente gracias a los higiénicos consejos y las recetas caseras para alcanzar el embarazo enviadas por su madre. El delicado estado de salud de Isabel preocupó constantemente a su esposo, evitando los médicos la fiebre con las socorridas sangrías que debilitaban aun más a la desdichada enferma. Un aborto de gemelos fue el fruto de este primer embarazo. Los galenos españoles dieron por perdida a su paciente pero la insistencia de un médico italiano que la purgó consiguió salvar la vida a Isabel. Parece que mientras ocurrían estos desgraciados sucesos, don Felipe continúa con sus escarceos amorosos, en este caso con doña Eufrasia de Guzmán, dama de la princesa Juana y princesa de Ascoli. Isabel tuvo conocimiento de la infidelidad, trayéndole a la memoria el matrimonio de sus padres bajo el influjo de Diana de Poitiers, la amante de Enrique. Sin embargo, Felipe hizo acto de contrición y resolvió mantenerse fiel a su esposa, considerándose que la amó profundamente; a Isabel, por supuesto.

El delicado estado de salud de la reina continúa y los médicos recomiendan baños, pero Isabel se opone debido al gran pudor que manifiesta a que alguien contemplara su desnudez, ni siquiera sus propias ayudantes de cámara.

La ansiada descendencia parece que fue resuelta por ayuda divina al traerse a Madrid los restos incorruptos de San Eugenio, mártir y primer arzobispo de Toledo, desde Saint Denis de París a Madrid. La reina imploró al santo la solución a su infertilidad y a finales de año estaba embarazada. Tan sencillo como eso. Ah, la fecha de este santo es el 18 de noviembre, por si alguien desea implorarlo. El 12 de agosto de 1566 nacía una niña, en el Palacio de Valsaín que recibía los nombres de Isabel Clara Eugenia – Isabel por su madre, Clara por el día que nació, y Eugenia en honor a San Eugenio que tanto había hecho por este alumbramiento -. La madre comentó al dar a luz: “Gracias a Dios e1 parir no es tan trabajoso como yo creía”. Doña Catalina de Medicis había enviado a su hija un bebedizo que facilitaba el parto – ¿la epidural de la época?- suministrado a la parturienta por su propio esposo. El embajador francés cuenta que “Felipe se portó muy bien, como el mejor y más cariñoso marido que pudiera desear, puesto que en la noche del parto estuvo cogiéndole todo el tiempo la mano, y dándole valor lo mejor que podía y sabía”. El bautizo tendría lugar el 25 de agosto y Felipe pretendía llevar a su hijita a la pila bautismal en sus brazos; temeroso de su escasa habilidad con los tiernas infantes, ordenó que construyeran un muñeco para hacer prácticas, llevándolo entre sus brazos de un lado a otro de la estancia. Consciente de su torpeza y ante el riesgo de un no deseado percance, delegó tan alta función en su hermano, don Juan de Austria. Isabel Clara Eugenia será, sin duda, la niña de los ojos de Felipe, sirviéndole durante su vejez como bastón físico y espiritual, participando con éxito en los asuntos del gobierno. Su padre apostó por ella como reina de Francia pero, tras el fallido propósito, se casó con el archiduque Alberto recibiendo en herencia el gobierno y la propiedad de los Países Bajos.

El 6 de octubre de 1567 nace una nueva niña llamada Catalina Micaela – Catalina en recuerdo de su abuela materna y Micaela por haber venido al mundo en la octava de San Miguel – . Durante 22 meses tuvo la misma ama de cría llamada doña María de Messa, recibiendo en concepto de sus servicios la nada despreciable suma de 100.000 maravedíes al año de por vida. Durante el puerperio la reina sufrió un nuevo acceso febril que los médicos atribuyeron a la subida de la leche, por lo que aplicaron jugo de perejil sobre los pezones de Isabel como ayuda. La infanta Catalina Micaela contraerá matrimonio con el duque de Saboya dando a Felipe los únicos nietos de los que tendrá noticia, ya que nunca tendrá la oportunidad de conocerlos. Por la correspondencia nos demostrará el cariño profesado a esta infanta, sintiendo profundamente su marcha a Italia, víctima como todas las mujeres de la razón de Estado. En la crianza de Isabel y Catalina, Felipe tomó un activo papel, permitiéndoles incluso trabajar en sus asuntos de oficina.

En mayo de 1568 se sospecha que Isabel vuelva a estar embarazada. Su estado de salud es bastante complicado, presentando desvanecimientos, sensación de ahogo, vértigos, fiebre, mal color y entorpecimiento de manos y brazo izquierdo. Para evitar el aborto y conducir adecuadamente el embarazo se le dieron toda clase de hierbas y se la rodeó de toda clase de amuletos; sin embargo, su estado de salud se fue agravando y el 3 de octubre la reina expulsó espontáneamente un feto hembra de cinco meses, que vivió lo suficiente para aplicarle el agua de socorro, falleciendo a los pocos minutos. Isabel de Valois perdía la vida poco después, el mismo 3 de octubre de 1568, cuando aun no había cumplido los 23 años de edad. Según los enemigos de Felipe su muerte fue consecuencia de los presuntos amores entre Isabel y el príncipe don Carlos, que había fallecido tres meses antes. Los restos de la joven reina fueron amortajados con hábito franciscano e inhumados en el monasterio de las Descalzas Reales para ser trasladado en 1572 a El Escorial donde hoy yacen, concretamente en el Panteón de Infantes.

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