El ideal de Carlos V y su época

La idea imperial y los nacionalismos


Miércoles, enero 26th, 2011

La reforma y el nacionalismo alemán

El problema del protestantismo fue el que acabó arruinando la política de Carlos V

El Imperio alemán, la organización política que coronaba el sistema de los príncipes alemanes, era originariamente el Imperio romano-cristiano, pero al final de la Edad Media se había ido relativizando a medida que el sentimiento particular de los pueblos y de los reyes había crecido, y en todas partes era llamado, de ordinario, el Imperio de Alemania. Frente a éste se encontraba el Imperio originario, en cierta forma el verdadero, el Imperio como forma política en que se traduce la unidad de la Cristiandad.  Por tanto, se podían diferenciar dos planos: Imperio alemán, Imperio cristiano, que entrarán en conflicto.

La coronación de Carlos V en Aquisgrán, era el reconocimiento oficial de su deber frente a Dios y a los hombres de enfrentarse a la amenaza que sobre la iglesia de Roma estaba desencadenando Lutero.  Para ello convocó en abril de 1521 la Dieta imperial de Worms. Pocas citas históricas tienen tanta trascendencia. Lutero, que pretendía la ruptura con el pasado, se enfrentaba a Carlos V, en su pugna por mantener sin escisiones la Universitas Cristiana. Ante la Dieta, el emperador afirmó, con sus propias palabras que pondría todo lo que tenía en defensa de la Cristiandad: reinos, dinero, amigos, cuerpo y alma.

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Lutero en la Dieta de Worms (1521)

Pero, ¿qué era lo que hacía tan fuerte y amenazadora la disidencia religiosa que acaudillaba Lutero? ¿Por qué parte de Alemania sintonizó tan pronto con Lutero? Entraban en ello motivos nacionalistas y espirituales: el incipiente nacionalismo alemán, que vería en Lutero a la personificación del pueblo teutón enfrentado con Roma; y la auténtica necesidad de una vida religiosa más sincera, en contraste con la corrupción de la curia romana. Todo esto se vio agravado por  la fuerte extracción fiscal, que incrementaba este sentimiento de hostilidad hacia Roma, pues desde Alemania salían grandes sumas de dinero para la capital de la Cristiandad. Además existía una crisis cultural, política y social: un humanismo laico enfrentado con una cultura clerical cada vez más oxidada; las ambiciones de los Príncipes contra el Imperio y el malestar de una clase social en peligro de extinción: los caballeros.

En realidad todo esto no fue lo que llevó a Lutero a su personal rebelión, sino una crisis íntima abierta en su conciencia, pero, al estallar, se enlazó con todo este malestar incubado en gran parte de Alemania, que pronto haría suya la causa luterana. Y todo cuando media Cristiandad anhelaba un contacto más directo con Dios, que Lutero acabaría plasmando en su tesis del sacerdocio universal.

El pueblo alemán apreció muy pronto el heroísmo que había en la marcha de Lutero a Worms, y salía al paso de Lutero para aclamarle. Para Lutero aquel clamor fue decisivo. Era el signo de que Dios le apoyaba.

Los conflictos en España (Comunidades y Germanías) y las dos primeras guerras con Francia impidieron a Carlos V dedicar toda su atención a la cuestión protestante. En la Dieta de Spira de 1529 ratificó la postura de Worms contra el luteranismo. Esta decisión provocó las protestas de los príncipes luteranos, que empezaron a mejorar su organización política. Mientras se ocupaba en resolver este problema político-religioso alemán, no advirtió el proceso de nacionalización que se estaba produciendo en Alemania y, a la vez, el proceso de estatalización del poder de los príncipes. Y esto no estaba ocurriendo sólo en Alemania.

La Reforma acentuó el proceso de nacionalización de Alemania, superando el mundo de la Edad Media. Frente a estas tendencias nacionales, Carlos proclama más que nunca una idea medieval del Imperio, lo que hizo que todos aquellos que eran contrarios a esa concepción imperial se vieran empujados al campo de la Reforma. De este modo, Carlos V consiguió que lo importante de Lutero no fueran sus novedades dogmáticas ni sus reformas disciplinarias, sino lo que había en él de espíritu alemán, nacional. Contra estas nuevas tendencias se estrellaba una y otra  la política del Emperador que al final de cada asamblea, de cada Dieta, de cada una de las entrevistas con los Papas, tuvo que registrar un resultado negativo.

Finalmente el Emperador fue derrotado por las armas en Innsbruck (1552), lo que supuso el principio del fin de su idea imperial. Tuvo que concertar un tratado de paz en Augsburgo (1555) que sancionaba de hecho la división del imperio entre principados católicos y protestantes.

Miércoles, enero 26th, 2011

Francisco de Vitoria y la negación jurídica del Imperio

En una línea similar a la de fray Alonso de Castrillo se encuentra Francisco de Vitoria, cuya principal obra es Relectio prior de Indis (1538).

Frente a la articulación Pontificado-Imperio, este pensador  perfila la idea de “república”, como algo tan necesariamente plural que en su propia definición entra la referencia a otras repúblicas. Es una idea anti-imperial.

Vitoria parte de la bondad del hombre en sociedad, frente a las enérgicas actitudes del maquiavelismo. Sólo la vida en comunidad política permite la comunicación y ayuda mutua, y los hombres se unen a esas comunidades en virtud del “consentimiento común”.  Pero no hay una comunidad única, con un fin universal. Cada comunidad tiene el suyo, aunque pueda estar dentro de un bonum commune.

Del mismo modo, no hay una potestad universal, cada agrupación civil tiene un poder necesario y propio. Esta visión del tema lleva a Vitoria a afirmar que, contra el título que a su señor, Carlos V, se le da oficialmente, ni antes de Cristo ni después de Él, ha habido un Emperador señor del mundo.

Sintetizando, podemos decir que Vitoria afirma la pluralidad de repúblicas, la peculiaridad de sus fines, la relatividad del poder civil (que queda adscrito a cada comunidad) y la particularidad de los príncipes (que poseen una potestad esencialmente limitada a la república de la cual son parte).

Queda claro que Vitoria defiende un orden político fundado en el pluralismo de los Estados, y esto lo hace colocándose enfrente del monismo medieval que trataban de reedificar otras doctrinas.  En este sentido, algunos autores como Günther Kraus han llegado a afirmar que “Vitoria es el destructor de la Edad Media cristiana”.

Miércoles, enero 26th, 2011

Fray Alonso de Castrillo y la tendencia democrática

Ya en el siglo XV, los españoles hicieron en parte de la idea de libertad una idea política orientadora de su acción. En esta época se difundieron por España, como en el resto de Europa, corrientes democráticas para las cuales el principio de libertad no respondía a un concepto meramente caballeresco como el de los defensores del Imperio, sino a una exigencia muy concreta relativa a la posición del súbdito respecto a los poderes supremos e intermediarios del mando político.

En esta línea de pensamiento político, al margen de la fórmula imperial, encontramos a fray Alonso de Castrillo, autor del Tratado de República. Su pensamiento tiene gran interés porque pone de manifiesto el fondo doctrinal del movimiento de protesta de las Comunidades. En sus páginas se encuentra el conjunto de ideas políticas de los españoles de la época de los Reyes Católicos, con las que chocó la doctrina del Imperio cristiano reelaborada para su aplicación en el ámbito hispánico.

En esta obra, Castrillo expone su manera de concebir qué es una comunidad política, en qué consiste su gobierno y cómo debe desenvolverse éste. Desde un arranque agustiniano tradicional, similar al de los defensores del las tesis del Imperio, distingue tres planos de la vida social: la casa, la ciudad y la orbe, a los cuales hace ámbitos, respectivamente, de la familia, de un pueblo y del género humano. El tema principal es el de la ciudad políticamente organizada, a la que alguna ocasión denomina Estado.

Pero aunque su agustinismo político está en otros muchos escritores que defienden las tesis del Imperio, en Castrillo esta corriente lleva otra dirección: la de la democracia del final de la Edad Media, que se ve reformada por la influencia de la Antigüedad a través de Aristóteles y Cicerón. Apoyándose en San Agustín (De civitae Dei, XIX, XX) y en San Gregorio (Expositio Moralis, XXI, 15), sostiene que “no quiso Dios que el hombre razonable hecho a su imagen señorease sino a los animales que carecen de razón (…) los primeros justos más fueron constituidos por pastores de los ganados que no por reyes de los hombres”. Castrillo afirma que, antes de Noé, no se usó el hombre de siervo, y cuando aparece en el génesis, se emplea en relación con el castigo de un pecador, para mostrar que la servidumbre vino por la razón de pecado. La ira de Dios permitió la introducción de la sumisión y de la tiranía. Así que obedecer no es cosa natural. Sólo la obediencia de los hijos a los padres y de los jóvenes a los ancianos es natural; cualquiera otra no lo es.

La difusión de este tipo de pensamiento en los escritores religiosos y en los predicadores del final de la Edad Media explica la difusión del sentimiento de libertad entre los comuneros.

La manera de vivir escogida entre sí por los que viven en la misma ciudad es la República. Y para que una República sea segura, “no conviene que sean perpetuos los gobernadores della”. Según este autor, la lección de la Antigüedad es que “estaba firme su república cuando se mudaban los gobernadores della”, pues “los gobernadores perpetuos desprecian la gente común, trocan el provecho del pueblo por el provecho suyo, tienen mayor sagacidad en los hurtos, acometen más presto las injurias, osan olvidar la justicia (…) y así el largo tiempo de su oficio abrevia la salud de su pueblo y engéndranse otros innumerables daños”.

Por tanto, temporalidad y responsabilidad son los dos principios de orden político para todos los gobernantes. La solución de Castrillo es pues un republicanismo moral, austero y catoniano.

A los interesados en este autor, les recomiendo el siguiente artículo.

Jueves, enero 6th, 2011

Las fuerzas que se oponían a la idea imperial de Carlos V

En la época de Carlos V se vive gran tensión entre lo nuevo y lo antiguo, entre lo medieval y lo moderno. El Emperador quería promover su ideal imperial medieval en una cristiandad en paz. Pero se trataba de una utopía, pues pasará la mayor parte de su vida en guerra. Estamos en plena Edad Moderna, en la época del reforzamiento de los Estados y es lógico que, ante la gran acumulación de poder en manos del Emperador, sus vecinos se encontraran en un estado general de alarma que imposibilitó que la paz prevaleciera.

Carlos V tampoco pudo apoyarse en el Papa, en su papel de defensor de la religión católica, pues no tenía una autoridad consolidada en la Cristiandad. En realidad nunca se llevó bien con el Papado debido fundamentalmente a que al poseer el Ducado de Milán y el de Nápoles aprisionaba a los Estados Pontificios y, en general, estos prefirieron aliarse con Francia.

Frente al emperador se alzaron las fuerzas que caracterizaban la nueva época: los Estados nacionales, la reforma protestante y la tendencia democrática.

Si por algo se caracteriza la Edad Moderna es por la pugna existente entre dos concepciones políticas antagónicas: el ideal medieval de una iglesia y un imperio universales y el surgimiento de los modernos Estados nacionales, defensores de la idea de un equilibrio entre estados laicos.  Representados en este momento por la Francia de Francisco I, negaban jurídicamente el Imperio y no aceptaban que nadie interfiriera en su gobierno. Esta corriente de opinión fue encauzada por pensadores como Francisco de Vitoria.

En esta época se difundían por Europa corrientes democráticas para las cuales el principio de libertad no respondía a un concepto meramente caballeresco como el de los defensores del Imperio, sino a una exigencia muy concreta relativa a la posición del súbdito respecto a los poderes políticos. A esta línea de pensamiento responde el movimiento de las Comunidades y el pensamiento político de fray Alonso de Castrillo, autor del Tratado de República.

Pero la cuestión más trascedental de la Europa carolina, la que hará caer al Emperador será la reforma protestante. El problema había empezado en 1517, con la publicación de las 95 tesis de Lutero. La disidencia religiosa sirvió a los Príncipes alemanes para encauzar sus ambiciones independentistas.  Lutero encontró apoyos en Alemania por motivos de diversa índole: políticos (el incipiente nacionalismo alemán frente a la idea imperial), filosóficos (el humanismo laico frente a la cultura clerical), religiosos ( la necesidad de una vida religiosa más sincera, en contraposición con la corrupción de la curia romana y la jerarquía eclesiástica) y económicos (la oposición a que saliesen grandes sumas de dinero de Alemania hacia el Papado).

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Lutero en la Dieta de Worms

Todas estas fuerzas se opondrán a los deseos del emperador en alianza intermitente con el poderoso imperio otomano, que durante dos siglos será una nueva amenaza constante para Europa, el adversario al que más temió el emperador.

Miércoles, diciembre 29th, 2010

El pensamiento de Fray Antonio de Guevara

Guevara es fundamentalmente un moralista político. Para José Antonio Maravall, su concepción imperial consiste en reunir los tópicos político-morales acumulados por el pensamiento europeo a finales del Medievo – que en gran parte es lo que llamamos Humanismo – y presentarlos como misión propia del Emperador. Guevara, que elogia el saber de los modernos, dice, sin embargo, que prefiere la sabiduría de los antiguos en las cosas morales, en leyes y costumbres, en el orden de sus repúblicas. Pero con el término “antiguos” no se refiere concretamente a griegos o romanos, sino más bien a la utopía de esos hombres no desfigurados en su valor moral por la sociedad; los hombres según sí mismos, según la recta naturaleza humana.

El Marco Aurelio contiene toda una concepción utópica de la “política perfecta”. La autoridad del Imperio sería la realizadora de este tipo de vida virtuosa. Marco Aurelio es el emperador filósofo. Para Guevara, todo el problema político está en distinguir entre justicia y tiranía, como lo está también para Carlos V, según Menéndez Pidal.

El famoso retrato de Tiziano se basa justamente en la estatua ecuestre de Marco Aurelio, que representa la majestad de los emperadores romanos.

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Carlos V a imagen de Marco Aurelio

Gobernar, en su óptima realización, es seguir a la razón en su estado puro y natural, cuando no es perturbada por la voluntad corrompida. El poder tiene por misión hacer innecesario el poder: el buen príncipe que usa rectamente el poder que Dios le ha dado tiene por fin utópico hacerse innecesario a sí mismo y sustituir una república con poder coactivo por una sociedad de buenos dirigentes por la razón natural.

Este pensador entiende el Imperio según el principio de unidad que, según el orden apoyado en la voluntad divina, rige el mundo, y que en el plano de la política se traduce en la aplicación universal de la forma de gobierno de uno solo. La monarquía es siempre propiamente monarchia totius orbis. Ahora bien, esa monarquía no elimina la presencia de los príncipes particulares. Se da así una contradicción entre universalismo y particularismo que aparece también en muchos escritores políticos de la época, sobre todo en los españoles, cuyo sentimiento prenacional era muy vivo, y que a la vez se veían obligados a la aceptación del Imperio tradicional.

Guevara condena enérgicamente la guerra de conquista. Es obligación de los príncipes conservar los que les dejaron sus antepasados, pero la guerra de conquista es un proceder inhumano y contra Dios, que ha de ser castigado. El que por locura humana quiere tomar lo de otros, muy justo es que por justicia divina pierda lo propio.

Martes, diciembre 28th, 2010

El pensamiento de Alfonso de Valdés

Los Diálogos de Valdés, que en principio pueden parecer simples ejercicios de retórica humanística en mera defensa del príncipe al que servía, en realidad están considerados una pieza esencial en la historia de nuestro pensamiento político. El humanista comprendió que tenía a su alcance una ocasión inmejorable para poner en circulación sus ideas de corte erasmista y utilizó sus escritos para difundirlas.

Alfonso de Valdés arriesgó, y no poco, al poner su pluma al servicio del poder, pero sin olvidar sus obligaciones sociales y lo que debía a sus propias ideas y a su formación erasmista. Pensaba en un Imperio en el que en gran medida no cuenta su procedencia y entronque clásico-medieval, sino que aparece como institución contemporáneamente justificada para realizar una misión peculiar de su tiempo. Los “trabajos” del mundo están puestos por Dios para el esfuerzo de los buenos, y las penalidades que estos encuentran en su vida son camino ascético para el más allá o bien son consentidos por Dios para castigar nuestros pecados.

Por ello, Valdés considera un deber esforzarse por reducir el mal y corregir los defectos, a fin de abrir al hombre una senda de perfección. Habla repetidamente de la reforma de la Iglesia, de la reforma de la Cristiandad. Elogia al buen cardenal que considera “quan perdida estava la cristiandad y quanta necesidad tenía en muchas cosas de reformación”. Con el objetivo de conseguir este fin, Valdés define su concepción de un Emperador y un Papa para el gobierno del pueblo de Cristo: “el oficio del Emperador es defender sus súbditos y  mantenerlos en mucha paz y justicia, favoreciendo los buenos y castigando los malos”, y la autoridad pontificia existe para “declarar la Sagrada Scriptura y para que enseñase al pueblo la doctrina cristiana, no solamente con palabras, malas con ejemplo de vidas (…) para que en continuo cuidado procurase de mantener los cristianos en mucha paz y concordia”.

Y para que todo ello sea posible es fundamental la formación del gobernante. El príncipe “bien doctrinado viene a ser lo mismo que el buen príncipe”. Por la aplicación de esa doctrina que el buen gobernante posee, el pueblo estará bien dirigido, reformado según la virtud. Hay así en Valdés una tendencia platónica, pide que en el gobierno se tengan en cuenta las opiniones de los filósofos. Esta tendencia idealista choca frontalmente con el incipiente maquiavelismo.

A esta posición de Valdés, que José Antonio Maravall ha calificado de despotismo espiritualista, se le objetaba que su empresa de reformar el mundo era inalcanzable, pero él contestaba incitando a ello al Emperador, al que veía como el hombre destinado a esta reforma, cuyo resultado sería un cristianismo profundamente espiritualizado. Esta reforma serviría de marco para un mundo nuevo, de hombres nuevos: tal es la misión imperial de Carlos, realizada por sí mismo y por sus ministros.

Las decepciones no parece que hicieran perder sus ilusiones a Alfonso de Valdés, pues se mantuvo hasta el final de su vida en la pelea por imponer sus ideales reformadores. Muerto él, su hermano Juan, místico y humanista, siguió en su línea política.

Martes, diciembre 28th, 2010

Colaboradores que alimentaron el ideal imperial de Carlos V

Suele atribuirse al grupo de los erasmistas españoles servidores de Carlos V el sueño de la monarquía universal. Sin embargo, en la práctica, nadie pensaba en un real sometimiento de las tierras de toda la Cristiandad a una sola cabeza. Se trataba más bien de un ideal inalcanzable, en el que se unía el afán de reforma de la sociedad con el de reforma de la Iglesia por medio del Concilio.

Los políticos y escritores del Renacimiento que más inmediatamente influyeron sobre Carlos quisieron hacer del Emperador un sabio y él mismo quiso serlo: un sabio en el sentido moral de los humanistas.

Quizás el colaborador que más intervino en este proyecto imperial fue el piamontés Mercurino de Gattinara. Había accedido al cargo de canciller en 1518, tras el fallecimiento del flamenco Sauvage. Durante más de doce años llevó en sus manos la política del rey, que muy pronto sería emperador. Muy influenciado por Dante, formuló la idea de una monarquía universal, con referencia y apoyo en la figura de Carlomagno. En este sentido, el 12 de julio de 1529 dirigió una memoria al Emperador, en la que sostenía su preeminencia sobre todos los reyes y príncipes, y refería su poder comparativamente a Carlomagno y al Imperio romano.

El preceptor flamenco de Carlos, Adriano de Utrecht (futuro Adriano VI) fue otro de los personajes claves. Era un humanista cristiano educado en la devotio moderna, una nueva espiritualidad que se desarrolla a principios de la Edad Media. Esta espiritualidad se acerca al protestantismo en su defensa del acceso a las Sagradas Escrituras, del contacto directo con Dios, pero, a diferencia del mismo, sí plantea el acercamiento a Dios a través de las buenas obras.

Alfonso de Valdés

Alfonso de Valdés

Otro humanista, Alfonso de Valdés, tuvo también un destacado papel. Había sido ascendido de secretario de Gattinara a secretario de cartas latinas del Emperador. Era considerado por algunos colaboradores de Carlos V, entre ellos el propio Gattinara, como el teórico del grupo y por ello le encomendaron, ante hechos tan graves como el saqueo de Roma (1527) construir sus razones doctrinales. En El diálogo de las cosas ocurridas en Roma (1527), trata de defender la inocencia del Emperador y busca la verdadera causa del desastre, que encontrará en los designios de Dios, que así castigaba las iniquidades de Roma. Este documento es una fuente única para el conocimiento de los entresijos de la diplomacia carolina. En el Diálogo de Mercurio y Carón (1529), su obra maestra, Alfonso de Valdés trata acerca del desafío de las Reyes de Francia e Inglaterra, y no sólo comenta el estado presente de la Cristiandad, sino que contiene un esquema de perfección cristiano-política. El humanista plantea sustituir la guerra de los pueblos por el combate personal de sus príncipes.

Las ideas del obispo de Badajoz, Pedro Ruiz de la Mota (conocido como doctor Mota) también sirvieron para alimentar este proyecto. En su discurso de las Cortes de la Coruña de 1520, en las que consiguió financiación para confirmar su elección como emperador, planteó que el Emperador es Rey de Reyes y, además, con un carácter único, puesto que él posee el “Imperio del mundo”. Ese Imperio no es otro que el de Roma, y por eso puede considerarse que su primer antecedente es el de la antigüedad romana. Entonces, como ahora, el papel de España ha consistido en dar Emperadores a Roma, en tener un puesto relevante, ya que mientras las demás partes del imperio enviaban tributos, España enviaba Emperadores.

Por último, también tenemos que tener en cuenta a Fray Antonio de Guevara y su obra, El reloj de los príncipes (1529). El modelo para Emperadores que presenta es el de Marco Aurelio, con el que compara a Carlos V. En el título de esta obra ya va implícito el motivo final de la misma: servir para advertir al gobernante de las dificultades que se encontrará en su gobierno, de “reloj” que lo despierte y avise. Parece ser que en 1524 el Emperador tuvo ocasión de leer la fábula del “Villano del Danubio”, que se encuentra dentro de la misma, y que se le había oído elogiarla. Esta fábula plantea un utopía en la que los pueblos sencillos, que son justos, iguales y pacíficos, no necesitan de príncipes, viven en libertad. Es el esquema de la existencia que se gobierna por la pura y recta razón.

Fray Antonio de Guevara sigue, por tanto, la línea de pensamiento utópico de Valdés, la de la época dorada cuya culminación es la utopía del Gobierno pastoril, en cuya fórmula se resume la imagen política del Imperio de Carlos V que trazaron los escritores de tipo utópico y reformista. Y estos ideales no son para Valdés ni para Guevara incompatibles con la exaltación caballeresca de Carlos V, pues el caballero, con su protección armada, hace posible esta sociedad.

Domingo, diciembre 19th, 2010

El señor de Chièvres

Otro personaje que tuvo un destacado papel en los primeros años de Carlos fue Guillermo de Croy, Señor de Chièvres. En 1509 había sucedido a su primo, el príncipe de Chimay, como primer chambelán de Carlos. Dotado de un notable poder de seducción, se hizo pronto con la voluntad del futuro emperador. Incluso llegó a dormir en su cámara, con la excusa de estar siempre a su servicio.

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Chièvres

Fue un político corrupto, sobre todo por su codicia, pero que cumplió con su deber al lado de Carlos, instándole muy pronto a sus deberes como gobernante. Aunque vinculándolo a sus ansias personales de poder. Chièvres procuró la formación política de su discípulo en materias de estado, instándole a asistir a las sesiones del Consejo y a leer previamente los despachos que en su seno debían discutirse.

En 1515 consiguió que Maximiliano I adelantase la mayoría de edad de su nieto, recibiendo en compensación una sustanciosa ayuda económica de los Estados Generales, bien manejados por él. Así, el 5 de enero de 1515, terminaba la regencia de Margarita y Carlos asumía todo el poder en los Países Bajos, aunque delegando en su privado, Chièvres, que ería el único privado que tendría Carlos, hasta su muerte en 1521.

Domingo, diciembre 19th, 2010

Adriano de Utrecht

Fue la figura más importante en los primeros años de formación del futuro Emperador. De perfil humanista cristiano (educado en la devotio moderna) fue una de las figuras más relevantes de ese primer cuarto de siglo. La Regente, Margarita de Austria, decidió convertirlo en su máximo preceptor en 1511. Era un hombre sencillo, de origen humilde y con fama de santidad. Había empezado su carrera eclesiástica como párroco de una iglesia rural y parecía poseedor de la piedad sincera que reclamaba Erasmo. Fue decisivo en la personalidad de Carlos, que entraba en la pubertad. Por entonces Adriano era ya deán de San Pedro en Lovaina, estaba vinculado a la universidad y su fama como teólogo y hombre bondadoso y honesto era muy grande. Su vida religiosa seguía los principios de los Hermanos de la Vida Común, que tanta influencia habían tenido en la vida espiritual de los Países Bajos desde mediados del siglo XV.

Adriano de Utrecht

Adriano VI (Óleo anónimo)

En 1515, cuando la mayoría de edad de Carlos fue reconocida, fue enviado por Chièvres a España, para defender los intereses del futuro rey, pues existía el peligro de que Fernando el Católico prefiriese a su nieto Fernando, que había nacido en Castilla y se estaba criando a su lado, para cederle sus reinos de la Corona de Aragón. Retornaba así el riesgo de la división de la Monarquía Hispánica y desde Bruselas quería evitarse. Negoció con Fernando que se le seguiría reconociendo como regente de Castilla mientras viviese, aún en el caso de que muriese D.ª Juana; a su vez, Fernando debía reconocer a Carlos como heredero de sus reinos. En su testamento, Fernando dejaría como heredero a su nieto Carlos y como regente de Castilla al cardenal Cisneros y a Fernando, arzobispo de Zaragoza, como regente de la Corona de Aragón.

Tras el fallecimiento en diciembre de 1521 del combativo Papa León X, Adriano será, inesperadamente, elegido su sucesor. El nombramiento se hizo público el 9 de enero de 1522. Es muy destacable que a pesar de su estrecha relación con el Emperador, desde su nombramiento como Sumo Pontífice, trató (aunque no siempre con éxito) de mantener su neutralidad.

Domingo, diciembre 19th, 2010

Los educadores de Carlos

Como hemos visto en anteriores entradas, Carlos pasó su infancia en la Corte de Malinas junto a su tía Margarita de Austria. De sus primeros maestros, tres fueron españoles: Luis de Vaca, Anchieta y, el más importante, Juan de Vera, obispo de León, que era además capellán mayor de la capilla de Carlos. Entre los flamencos destacó Roberto de Gante, y sobre todo, Adriano de Utrecht (futuro papa Adriano VI), la figura más relevante de esta primera formación. Lo más importante que supo transmitir al futuro emperador fue un riguroso sentido de su responsabilidad como gobernante.

Otro personaje que tuvo un destacado papel en los primeros años del futuro emperador fue Guillermo de Croy, Señor de Chièvres. En 1509 había sucedido a su primo, el príncipe de Chimay, como primer chambelán de Carlos. Dotado de un notable poder de seducción, se hizo pronto con la voluntad del futuro emperador. Chièvres procuró la formación política de su discípulo en materias de estado, instándole a asistir a las sesiones del Consejo y a leer previamente los despachos que en su seno debían discutirse. Sería el único privado que tendría Carlos, hasta su muerte en 1521.