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Opinión

“Stairway to Heaven” y “Highway to Hell”

Esta no es una entrada sobre música. portalground

O sí.

El otro día, medio en serio medio en broma, me encontré preguntándole a un compañero sobre el título de estas dos tremendas canciones. En realidad no hay nada que hile un título con el otro salvo por ser quizá dos de las mejores canciones de la Historia. La una, compuesta por Page y Plant para el IV de Led Zeppelin en 1971, más melódica y más trabajada en su letra, se gana la atención del que espera, tras una sustanciosa introducción, el despertar del quinto minuto. La otra, del álbum homónimo, escrita en el 79 por Angus, Malcolm y Scott, es más directa, sincera y fuerte desde el principio con unos acordes que todos tenemos grabados a fuego en la memoria. Las dos, iconos de la música contemporánea que (y esta frase me encanta) se han ganado un lugar en el imaginario colectivo.

Pero la intención de mi pregunta iba más allá de lo musical e incluso del mensaje profundo de la letra de Stairway (extraordinariamente recomendable por cierto). Yo me refería más bien a los títulos. Mi pregunta era ¿por qué una escalera al cielo y, sin embargo, una autopista al infierno?

Creo que esto me ronda desde que el maestro Sabina me dijese aquello de “al infierno se va por atajos”. No dudo que muchos otros antes y después hayan hecho referencia a la cuestión pero lo que verdaderamente me abruma es esa discriminación, insisto ¿por qué al cielo se va por una escalera y en cambio hay una autovía para ir al infierno?

La escalera no es un camino más, valga la perogrullada, no es un ascensor. La escalera simboliza el esfuerzo, el sacrificio para llegar a la recompensa que se encuentra al final del duro camino. Es como el que sube los escalones del Empire State y al final encuentra la recompensa de las impresionantes vistas. Para el infierno todo son facilidades, ¿qué otra metáfora más ejemplar que la autovía?, ¡toda una obra de ingeniería para el rápido acceso al averno, a las llamas, al azufre, al sufrimiento eterno! Pero si quieres la salvación ¡cúrratelo!, tendrás que coger la escalera, pero no un piso ni dos, ni los 1576 escalones del Empire State, hasta el cielo.

Si aún no habéis dejado de leer trataré de demostraros que: 1) no estoy loco; y 2) que quiero decir algo. A vuestro juicio lo dejo.

La sociedad en la que vivimos, igual que las sociedades de las que es heredera, está basada en el inconformismo y la ambición. Estas se suelen tener por cualidades positivas aunque, en mi opinión, sean más bien neutras.

Los valores que priman en nuestra sociedad son los que dictaminan hacia donde se dirige y son estos los que debemos conocer para entender el mundo en que nos movemos. El occidente contemporáneo se asienta sobre innumerables preceptos filosóficos, ideológicos, morales y políticos influenciados por un sinfín de corrientes de pensamiento, desde el inconformismo platónico hasta la moral cristiana pasando por supuesto por San Agustín, Lutero, Kant… El resultado es que hoy estamos sumergidos en el mundo de la ambición y el inconformismo. Ambición e inconformismo para alimentar esa eterna escalera de Penrose que recupera aquella concepción del paso terrenal como el paso por un valle de lágrimas.

Las necesidades del ser humano son infinitas. Maslow las organizaba en una pirámide donde encontramos en la parte inferior las más básicas (supervivencia) y donde, una vez cubiertas estas, tenderíamos al siguiente peldaño y así sucesivamente hasta el último escalón, la autorrealización. Pero en verdad, inconformismo y ambición hacen que hoy, nunca, jamás, parezcamos estar satisfechos pues unas necesidades van sustituyendo a otras y si tenemos dinero nos falta amor, si no salud y si lo tenemos todo ¿de qué nos sirve si vivimos rodeados de miseria a todas las escalas? Al final nos cubrimos de necesidades y los escalones de esa pirámide se alargan hasta el infinito para formar esa maldita escalera. Pero ¡ojo! Aunque nunca vayas a alcanzar el fin (por lo menos en tu estancia terrenal) cualquier error cometido te puede hacer caer rápidamente al arcén de la autovía y de ahí directo al infierno.

Pero a cambio, ambición e inconformismo, hacen posible seguir avanzando. Nos hacen observar la vida sin ningún tipo de límites. Nos permiten tener la tan imprescindible visión crítica. Nos mueven a exigir y a exigirnos siempre un poco más. Nos ayudan a alcanzar metas por encima de nuestras debilidades. Pero precisamente esa ausencia de Fin, ese cielo infinito nos deja huérfanos de objetivos, olvidamos cuando decir basta y nos convierte irremediablemente en inconformistas condenados a recordar aquello de “no es más rico el que más tiene si no el que menos necesita”.

Es posible que el secreto resida en saber cuándo, sobre qué y hasta qué punto hay que ser inconformista y cuando hay que disfrutar de la felicidad sin límites de contar con lo que necesitamos. Porque eso puede ser también lo que acabe por definir qué clase de persona somos y porque, quien sabe, quizá se encuentre ahí nuestra particular autopista hacia el cielo.

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P.d.- WordPress sigue sin arreglar los problemas en el editor con lo que seguiremos repitiendo imágenes.