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El XVIII

Delacroix

Cuando se describe un tiempo, un periodo de tiempo, se suele aludir a calificativos como convulso, crítico, clave, fundamental o extraordinario. En verdad no es incorrecto pues la Historia es en buena parte eso, una sucesión de momentos, de momentos clave, de hechos que condicionados por ciertas causas y que derivan en consecuencias que a su vez serán causas de nuevos hechos. Es como una serie de vagones alineados en un tren en los cuales cada uno es tirado por el inmediatamente anterior al mismo tiempo que tira del posterior. Esta metáfora nos sugiere irremediablemente la cuestión de cual es esa locomotora que empuja el tren, cual es el motor de la Historia. Marx nos propuso la lucha de clases como motor de cambio, la Historia a golpe de Revolución y en cierta medida de ahí derivaron posturas que hablaban de la creación de mitos que fundamentan nuestra evolución histórica, no como hechos no acontecidos (el negacionismo es acientífico y miserable) sino como elevados por encima de los demás, catalogados como momentos de inflexión (descubrimiento de América, Revolución Francesa…) que forjan la identidad de las sociedades hoy resultantes. Es este un debate todavía abierto que nos lleva a plantearnos desde el lugar que ocupa la Historia hasta lo que verdaderamente es esta. Si recurriésemos a esta última visión justificaríamos aquellos calificativos diciendo que el XVIII está infestado de estos hechos que son, más que míticos, “híticos”.

Puesto que no se trata de llevar a cabo un análisis científico de un periodo sino una epítome de hechos, la siguiente relación no debería pero si que podría ser calificada como breve, arbitraria, poco rigurosa y superficial pero, no obstante, vengan aquí todos esos calificativos y denles pues por dichos.

El siglo de las luces comenzó por alumbrar la tecnología aplicada moderna. Si bien es cierto que artilugios a vapor y gran parte de las nociones en cuanto a mecánica se refiere ya son conocidos por eruditos anteriores, es en este periodo cuando se va un paso más allá y se da la aplicación a las necesidades cotidianas. Si el albor de la primera Revolución Industrial abarcaría el protagonismo del progreso científico, en el plano político podríamos hablar de la consolidación de los Estados modernos. El cambio de dinastía española conllevará un leve intento de recuperar el papel primigenio del proyecto de Estado-España para finalmente consolidar el decaimiento de su peso internacional.

Mientras, ya a final de siglo, nace un Estado nuevo. La Revolución Americana de finales de los setenta de esta centuria eleva el concepto de Nuevo Mundo a una nueva categoría. Un nuevo territorio, independizado de la metrópolí tras movilizar a las clases burguesas, es el escenario donde construir un nuevo Estado sin lastres, sin deudas, sin techos ni más límites que los propiamente impuestos. La tabula rasa que propone esta visión americanizada supone obviar la tradición y la marginación de las tribus indígenas. La realidad superó lo esperado y las bases de la nueva nación cimentaron sobre las fosas donde quedaron sepultados cualquier rastros de cultura previos. Era un mundo, un modelo por construir, un ideal, una posibilidad y el resultado para bien o para mal ya lo conocemos.

Precisamente la influencia de esta guerra en pro de la emancipación supone un referente, un realidad palpable que convierte la utopía en alcanzable, una meta para los movimientos que más tarde se producirán en Francia. Por supuesto que estos ideales y esta palabrería no eran las que movían a la masa durante la Revolución Francesa pero el referente intelectual es al menos interesante.

Es precisamente la nueva corriente intelectual de la Ilustración la que puede o debe ensalzarse en este altar de los ideales humanos. El desarrollo del racionalismo, la observación, la ciencia y el enciclopedismo marcan un antes y un después en todos los planos de la vida cotidiana desde la política hasta la sociedad e influyendo en todo tipo de manifestaciones artísticas o culturales, entre ellas la moral y la ética, el modo de concebir la propia existencia y el lugar de esta en el mundo que nos rodea, la Filosofía.

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