Comentario de textos

El ‘Comentario de textos’ es un ejercicio o práctica escolar o académica establecida en las diferentes etapas de la Enseñanza, desde la por lo común denominada Secundaria hasta los ciclos universitarios. (Para esto y lo que sigue, P. Aullón de Haro, Teoría del Ensayo y de los Géneros Ensayísticos, Madrid, Ediciones Complutense, 2018).

Existe una tradición humanística del ‘comentario’ acerca de cuestiones o de obras canónicas y relacionable tanto con la exégesis retórica y hermenéutica, la paráfrasis y la glosa como por otra parte con el debate, la ‘disputatio’ e incluso la ‘lectio’, es decir fórmulas enraizadas en toda tradición académica. Cabe decir que el llamado a veces Comentario humanístico se integra en la corriente del tratado exegético.

No obstante, el ‘Comentario de textos’ como estricto ejercicio escolar o académico es una práctica estándar prescrita en los regímenes educativos occidentales, sobre todo programada y regulada durante la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Se suele integrar bajo el concepto de ‘explicación’ y consiste en la determinación y propuesta de un texto breve que el alumno debe analizar y ‘comentar’ siguiendo ciertas pautas prestablecidas.

El texto breve que se toma por objeto consiste de ordinario en un fragmento no superior a una página y considerado relevante por su valor de ‘clásico’, como texto artístico o como texto de pensamiento, o ambas cosas a un tiempo. Con cierta preferencia se trata de textos literarios artísticos, o bien, en otro caso, de menor frecuencia dependiendo de los planes de estudio, se trata de textos relevantes ya por su condición de clásicos, o actuales, en virtud de su relieve teórico o conceptual o incluso polémico, es decir de texto literario ensayístico, didáctico, filosófico, argumentativo, expositivo… etc. Estos dos últimos conceptos suelen dar denominación al Comentario de textos no dirigido a textos literarios artísticos. Curiosamente no se utiliza o no se suele utilizar la calificación de ‘reflexivo’.

Característicamente en el sistema académico francés, este tipo de ejercicio, y la ‘exposición’, han disfrutado de fuerte tradición y estratificación escolar. Pero en este sentido lo más relevante ha consistido en la proliferación de ‘métodos’, modelos o recetas para la resolución de este tipo de ejercicio. Existe multitud de manuales que ofrecen las pautas regladas, acompañadas o no de ejemplos de aplicación, destinados a regular la resolución de un tipo de ejercicio que por su naturaleza parece provocar un cierto grado de inquietud en el alumno. Este tipo de manuales constituye en realidad un género didáctico fundado en la formulación programática de una ‘techne’ aplicativa y, al menos hasta cierto punto, enumeran mecanismos de iniciación al ejercicio de la Crítica literaria, pues se trata en todo caso de la actividad desarrollada por un sujeto comentarista ante un objeto texto. Es el género del método, la teoría y/o la práctica del Comentario de texto.

Entre los muchos ‘métodos’ disponibles en lengua española, es de reconocer que el titulado Cómo se comenta un texto literario, de los profesores Lázaro Carreter y Correa Calderón fue no sólo pionero en su género sino que durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX disfrutó de la mayor influencia y general predominio. Los métodos de comentario suelen especializarse en una de las dos posibles series de textos literarios: los artísticos (es decir aquellos adscribibles a la tríada de géneros que clasifica narrativa, poesía y dramática) o los ensayísticos (frecuentemente denominados, con mayor o menor grado de especificidad, argumentativos, expositivos, históricos, filosóficos…). No obstante, predomina el primer caso, con preferencia pero no exclusividad dedicado a los géneros artísticos. Esto se corresponde a la obra antecitada. Ésta propone un esquema de operaciones que comienza con la “lectura atenta” y, tras ésta, se encamina a la localización del texto, la determinación del tema, la determinación de la estructura y el análisis de la forma, más una final conclusión. Y si bien insiste en la no separación de “fondo” y “forma”, lo cierto es que los métodos conducen usualmente a esta última y al subrayado atomizado de elementos en ausencia, curiosamente, de un sistema más general y fundamentado como el que proporcionan la Retórica y la Hermenéutica. Por su parte, los métodos dedicados a la serie de géneros ensayísticos por lo común aportan su aspecto diferencial respecto de los artísticos a propósito de los elementos lingüísticos de “cohesión” y la especificación de las “ideas principales”. Paradójicamente no se insiste en los aspectos concernientes a las relaciones de ‘noción’- ‘idea’-‘concepto’-‘categoría’, sus constelaciones sincrónicas e históricas. En cualquier caso, se da permanentemente por supuesto que el Comentario de texto constituye un tipo de ejercicio de cualidad especial y de sólida fundamentación pedagógica.

 

Ahora bien, el ejercicio de Comentario de texto también se ha entendido que instituye graves problemas y de graves consecuencias. Ha sido sometido a fuerte crítica en razón de que establece criterios insostenibles por cuanto los métodos aplicativos establecidos toman la multiplicidad del universo literario, nada menos que principal patrimonio del saber y el genio humano, como serie homogénea de objetos, además por lo común fragmentados, por principio intercambiables y sometibles a un mismo y simple patrón de análisis. (Véase Manuel Crespillo, “Teoría del Comentario de texto”, en Id., La idea del límite en Filología, Málaga, Analecta Malacitana, 1999, pp. 191-229).

Es de reconocer que en general los manuales de Comentario de texto consisten en  ‘métodos’ concebidos como una suerte de recetarios o incluso, en su caso extremo, como “plantillas”, por utilizar un término reiterado y que ofrece perfecta noción no ya de debilidad o inconsistencia teórica sino de radical inconsecuencia epistemológica y hasta pedagógica. No obstante, la cuestión decisiva consiste no en el problema teórico que los ‘métodos’ instituidos suscitan sino en el modo efectivo en que este tipo de ejercicio, el Comentario de texto, es desempeñado, por cuanto descualifica al objeto crítico, el texto; descualifica al sujeto crítico o comentarista y, en fin, tiende a promover una grave dejación ética, intelectual y académica. (Para esto y lo que sigue véase P. Aullón de Haro, “Lectura y estética como arte y problema académico”, en E.M. Ramírez Leyva, coord., De la lectura académica a la lectura estética en la biblioteca universitaria, México, UNAM, 2018).

En lo que sigue expondré cómo tiene lugar esta suerte de desaguisado de muy silenciosas pero negativas consecuencias. Evidentemente, la puesta en manos de un joven y por ello inexperto sujeto comentarista un objeto-texto de supuesta alta cualidad, o cuando menos notable, provoca de facto un encuentro intelectual y académico difícil, una prueba la cual a su vez se pretende reiterar como ejercicio sometido a evaluación, ya frecuente o decisiva. La prueba exige resituarse y requiere un esfuerzo especial por el mero hecho de constituir una evidencia intelectual inédita: el texto dice algo al parecer importante y ante lo cual el comentarista no sólo no está prevenido sino que se siente inseguro y teme al fracaso, o no está dispuesto a emprender considerables esfuerzos sin garantía alguna de éxito. Se trata simplemente del fenómeno resultante de una primera lectura de un texto de valor por un lector inexperto. Pero la inexperiencia no es la clave del problema sino sólo un factor condicionante, aun por importante que pueda ser. Es probable que un profesor, y por ello lector experimentado, opte por la misma posible opción de no afrontar cara a cara el problema; es más, son profesores, incluso corporativamente, quienes ofrecen al nuevo lector en trance de ejercicio de Comentario de textos una salida al problema mediante subterfugio. Aquí se traslada el problema de cómo afrontar la dificultad creada por la lectura a cómo reducirla o evitarla.

En esa dificultad creada se encuentra el nudo que desencadena el problema fundamental por lo común no afrontado sino conducido a desvío mediante una especie de artimaña, o “truco escolar” consistente en la dejación por prescripción de una herramienta, un modelo o receta que ha de funcionar como procedimiento especial, una ayuda clave, un “mecanismo de resolución” en posición de ex nihilo que el inexperto alumno convierte en resolución como por toque de varita mágica: el “método para el Comentario de textos”, esto es la erección de un interpuesto capaz de evitar la relación directa sujeto comentarista/texto y que a su vez permite la delegación en el interpuesto, su instrumentalización como resolución metodológicamente honrosa.

El modelo o ‘método’, concebido como esquema-rejilla, o ‘plantilla’, que aplicar en varios pasos sucesivos a cualquier texto, o con ciertas diferencias relativas a los varios géneros literarios principales, garantiza mediante cuasiautomatismo de aplicaciones un régimen de resultados, ofreciendo así por otra parte la seguridad de superación de toda incertidumbre intelectual y ética, ya respecto del texto objeto de comentario, ya respecto del propio estatus del sujeto comentarista. Es decir, se presupone una automática resolución, suficientemente exitosa, del ejercicio de Comentario, consecución para la cual se establece una relación basada en la concepción de la homogeneidad tanto del modelo como de los textos a los cuales se aplica. Hasta aquí, en términos muy generales, la mecánica del procedimiento. Ahora bien, la consecuencia relevante consiste en que el ejercicio descrito evita por principio la función primera que se presupone al mismo, esto es la lectura y relación del comentarista con su objeto, única esencial a la que todo ha de subordinarse y sin embargo resulta por ese medio conducida a cometido relegado por sobreposición de la utilización del modelo. El comentarista no afronta en toda su consecuencia la lectura del texto sino que delega en un intermediario, es decir actúa en irresponsabilidad, bien que inducida. El profesor es probablemente el inductor, quién sabe si a su vez inducido, creándose o prolongándose de este modo una cadena, no de inspirados al modo platónico sino de imantación por maleficiencia: una cadena de interruptores de la lectura, de la verdadera lectura.

Ciertamente, el método usual de Comentario de textos viene a ejecutar una inconsecuencia, una toma de posición como subterfugio indeseable imprimiendo en el comentarista, en los jóvenes educandos el hábito de la irresponsabilidad y la dejación. El Comentario, todo Comentario de textos, debe consistir en un incremento o profundización de la lectura, nada más que la lectura. El afrontar el requerimiento de la dificultad define el justo principio de valor del ejercicio; su abandono, la exacta medida de un proyecto erróneo. Pero la gravedad reside en la consecuencia no ya epistemológica sino ética de la actuación. ¿Cómo calcular el daño moral infligido a generaciones de educandos mediante esta práctica irresponsable del Comentario?

Comentar es en primer término afrontar la lectura y relectura, emprender la relación privilegiada de hablar con los grandes textos, los clásicos; que éstos hablen al comentarista por cuanto éste los vivifica, nuevamente los conduce a su ser original mediante la lectura o dación de vida, uno de los grandes aspectos de la creación de humanidad. Si el ejercicio de la lectura promueve una de las experiencias más intensamente prodigiosas de la vida del ser humano: que se puede resumir, entre otras cosas, en el hecho de hablar con Cervantes, con San Juan de la Cruz o Gracián, con Alfonso Reyes… Por ello, frente a la dejación impuesta por el modelo-método, cabe proponer un ametodismo o premétodo capaz de restablecer la epistemología básica de la relación sujeto / objeto, que no será otra que finalmente la de sujeto / sujeto como superación del solipsismo idealista: el comentarista se enfrenta al texto, le pregunta y se pregunta sencillamente “qué dice”. Cervantes nos habla. Sólo se trata de eso: consultar a Cervantes qué dice y escuchar aquello que nos dice. Los sujetos se comunican. Es el prodigio de la lectura, antes interrumpida por el método-modelo.

El premétodo, o ametodismo metodológico, se sitúa en el momento inicial, el fundamental y abandonado, y consiste en la pregunta primera, esencialmente vital y asimismo filosófica: ¿qué dice? ¿qué dice Cervantes? ¿qué me dice Gracián? ¿qué nos dice? El texto objeto es sujeto puesto que es lenguaje, habla, el habla de Cervantes gracias a la dación de vida. Ahora sí el Comentario de textos accede a lo que nunca debió renunciar, a lo que debiera haber sido, habla. El comentarista interroga y escucha el habla cervantina. Es el verdadero diálogo de la reflexividad y la continuidad resultado de la lectura. Ahora se ha restablecido la Lectura y se revela el yo comentarista en tanto sujeto responsable y por ello capaz de hacer uso de la propia libertad ante el sujeto texto que habla. Y el joven inexperto, inseguro o desbordado por la magnitud de la experiencia, además, puede pedir consejo, preguntar a otro hablante, pero naturalmente otro hablante o comentarista también como sujeto responsable capaz de escuchar a Cervantes, o hacerle entrar en el mismo diálogo. Pero este diálogo no es un ‘dialogismo’, por así decir.

Nuestra circularidad de la lectura, a la que Heidegger podría aportar mediante su circularidad hermenéutica el criterio de no escuchar el “se dice” ni las opiniones comunes (en nuestro caso sería que el comentarista no se dirigiera a manuales o resúmenes ni a hablantes no responsables), no es la circularidad heideggeriana (M. Heidegger, El ser y el tiempo, trad. José Gaos, México, FCE, 1973, 2ª ed.). Es más, y vayamos al fondo aquí verdaderamente importante del asunto: la hermenéutica heideggeriana es fundamento de Gadamer para el ‘dialogismo’ (H.-G. Gadamer, Verdad y método, trad. A. Agud y R. Agapito, Salamanca, Sígueme, 1988, 3ª ed.). O dicho a la inversa, este dialogismo es la salida plausible de Gadamer para su maestro, su única recontinuación posible, y efectiva y desgraciadamente ha triunfado, la cual sólo puede trazarse en ausencia de la Ética como disciplina, valor y principio, y como abandono de la ‘actitud’ de Dilthey. (W. Dilthey, El mundo histórico, Obras vii, ed. y trad. E. Ímaz, 1978, reimp., pp. 266 ss.).

Porque de hecho, la facticidad ética de Gadamer no es sino la inmediatez continuada de las resoluciones sin Ética como ‘principio’ teórico disciplinar y ‘valor’ estables, más la previa liquidación del concepto anterior, aquel que presupone al sujeto, la dicha ‘actitud’. Es decir, el peligrosísimo entramado de la hermenéutica gadameriana, su silenciosa y constante contribución a la desintegración de la Ética, reside, dicho en términos de historia del pensamiento, en la aniquilación de Dilthey para el definitivo restablecimiento del primer Heidegger. O visto de otro modo, la ética del método-modelo del Comentario de textos es la metodología solidaria que ha venido a amparar la hermenéutica gadameriana. La ética gadameriana es el horizonte de la facticidad de las resoluciones ad hoc que ha venido a ofrecer cobertura filosófica al Comentario de textos como dejación e irresponsabilidad, al comentarista inexperto ante lo sobrevenido. Pues a fin de cuentas, ante lo sobrevenido el comentarista no se ha de pertrechar de principios y valores, de una Ética, esto es para el caso una auténtica Epistemología, sino saber situarse en posición de abordar la dificultad del caso con los medios disponibles y las habilidades susceptibles de más rentable resolución. Esta ética de la inmediatez, ética pequeña sin Ética, que naturalmente presupone una estética pequeña, o igualmente disuelta, sin Estética mayúscula, es justamente la que podríamos denominar ‘gran Hermenéutica gadameriana’. Es preciso aclarar estos importantes asuntos. (P. Aullón de Haro, Teoría del Ensayo y de los Géneros Ensayísticos, ob. cit.,).

Posted 7 junio 2018
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Ciencias Humanas

Ciencias humanas es concepto epistemológico que designa a un extenso grupo de disciplinas cuyo objeto es el ser humano en el aspecto de sus manifestaciones inherentemente humanas, a saber el lenguaje verbal en primer término, el arte y el pensamiento y, en general, la cultura y sus formaciones históricas. El término de Ciencias humanas se opone y, por otra parte, complementa al de Ciencias naturales o físico-naturales.

Las modernamente denominadas Ciencias humanas constituyen una entidad fundada en la antigüedad clásica, con posterioridad humanísticamente delimitada, tras el régimen medieval del Trivium et Quadrivium, mediante la designación secular de Studia humanitatis (es decir, característica y centralmente Gramática, Retórica, Dialéctica, Poética, Poesía o Literatura como disciplina y lectura del canon clásico, Historia, Filosofía, especialmente Ética o Filosofía moral) (Cf. P. Aullón de Haro (ed.), Teoría del Humanismo, Madrid, Verbum, 2010, 7 vols., especialmente I-III). A finales del siglo XIX y comienzos del XX surgieron las denominaciones de Ciencia de la Cultura y Ciencias del Espíritu (cf. Heinrich Rickert (1899) Ciencia cultural y Ciencia natural, ed. de M. García Morente, Prólogos de J. Ortega y Gasset y Francisco Romero, Madrid, Espasa-Calpe, 1963, 4ª ed.), esta última preconizada por Wilhelm Dilthey.

Entre las Ciencias humanas y las Ciencias naturales existe, a partir del siglo XIX, tras la crisis de la metafísica idealista y la irrupción de la Sociología, la serie intermedia ya estable designada Ciencias sociales, de definición sin duda menos nítida en virtud de su carácter interrelacionado.

Las Ciencias humanas se remontan evidentemente a época tan antigua como la de cualquier rama del conocimiento humano. En el pensamiento socrático y en el pensamiento más técnico de los sofistas queda constituido plenamente el saber de la ciencia humanística, ya en la “enciclopedia” aristotélica configurado en el orden más general de las ciencias, es decir, por ejemplo, Retórica y Poética, Ética y Política, o Biología.

Dilthey, heredero de la hermenéutica de Friedrich Schleiermacher, asume el concepto de “comprensión” (Verstehen) como principio cognoscitivo de las Ciencias humanas. Esto representa la oposición del par “explicación” / “comprensión”, mantenido por Droysen, en tanto oposición Ciencia natural / Ciencia histórica o humana. Dice Dilthey: “La comprensión cae bajo el concepto general del conocer, entediéndose por conocer, en el sentido más amplio, aquel proceso en el cual se busca un saber de validez universal”. “Llamamos comprender al proceso en el cual se llega a conocer la vida psíquica partiendo de sus manifestaciones sensiblemente dadas”. “Denominamos interpretación la comprensión técnica de manifestaciones de vida fijadas por escrito” (cf. Dilthey, W. (1914), Introducción a las Ciencias del Espíritu, prólogo de J. Ortega y Gasset, Madrid, Alianza; Id., El mundo histórico, ed. de Eugenio Ímaz, México, FCE, 1944).

En la Introducción a las Ciencias del Espíritu, afirma Dilthey que el estudio de las ciencias humanas o “ciencias del espíritu” es la interpretación de la experiencia personal en un entendimiento reflexivo de la experiencia y una expresión natural de los gestos, las palabras y el arte. También indica que todo saber debe analizarse a la luz de la historia. Sin esta lógica, el conocimiento sólo puede ser parcial. En El mundo histórico, que ofrece el desarrollo epistemológico por antonomasia de la ciencia del espíritu como humanística, dice Dilthey a propósito de “los métodos en los que se nos presenta el mundo espiritual”: “La conexión de las ciencias del espíritu se halla determinada por su fundamento en la vivencia y en la comprensión, y en ambas encontramos diferencias tajantes con respecto a las ciencias de la naturaleza, que prestan su carácter propio al edificio de las ciencias del espíritu”.8

El objeto de las Ciencias humanas, que se define, frente al de las físico-naturales, en virtud de su singularidad, irrepetibilidad e historicidad, estatuye una gama metodológica que alcanza desde el método filosófico y dialéctico, el hermenéutico y el histórico-crítico hasta el comparatista. Los métodos cuantitativos y estadísticos, si bien pueden ejercer subsidiariamente alguna función en la investigación científico-humanística, según en sana lógica cabe comprender, en ningún caso son susceptibles de desempeñar alguna función decisoria ni constante en Ciencias humanas, a diferencia de las Ciencias sociales, en las cuales desempeñan a menudo un procedimiento característico o imprescindible.

Existen taxonomías de criterio tanto en Ciencias humanas como naturales y sociales. Alguna de ellas incluso se quiere transversal entre humanas y sociales, pero de hecho, al presentar múltiples insuficiencias e indeterminaciones, ofrece resultados señaladamente antieconómicos. Existe una discriminación que divide en ontológicas, metodológicas y epistemológicas, pero cuyos solapamientos devienen insostenible desajuste. Como es evidente, la clasificación de las ciencias, humanas o cualesquiera otra es cambiante y responde a la cultura académica y epistemológica de cada época.

 

Clasificación de las Ciencias humanas

 

Filosofía y Teoría del conocimiento

Filología o Ciencias filológicas

– Filología general

– Filologías particulares

Hermenéutica

Teología y Ciencia de las Religiones

Educación o Ciencias de la Educación

Estética

Ciencias del Arte

– Estudios de Artes plásticas o visuales

– Musicología Historia o Historiografía

Historia de la Cultura e Historia de las Ideas

Psicología

Antropología

Ciencias Jurídicas

Geografía

 

 

Posted 3 junio 2018
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Círculo hermenéutico

La expresión ‘círculo hermenéutico’ hace referencia a un modelo de explicación de la comprensión humana nacido en el seno de la hermenéutica romántica. Schleiermacher habló de círculo (Kreis, Zirkel) para explicar que en el proceso de comprensión la parte remite al todo al que pertenece, y del mismo modo el todo remite a cada una de sus partes. Si aplicamos este argumento a la lectura y la comprensión de una obra literaria, o de cualquier otra manifestación simbólica humana, puede colegirse que las partes de la obra adquieren sentido cuando se refieren al todo del que forman parte.

El concepto hermenéutico de “comprensión” (Verstehen) alcanza como centro teórico de Schleiermacher a Dilthey y Spitzer, pero en otra vertiente menos relevante para las Ciencias humanas conduce de Heidegger a Gadamer. La teoría del “círculo hermenéutico” que procede del problema escolástico del círculo “vitiosus”, reinterpretado por Heidegger (El ser y el tiempo, vers. José Gaos, México, FCE, 2ª ed. 1971, cap. V), es a través de Schleiermacher como penetra firmemente en la crítica literaria, sobre todo mediante  el “círculo filológico” de Leo Spitzer, quien en su célebre Introducción autobiográfica anota y asume el doble método comparatista y adivinatorio de Schleiermacher y aduce que su “método de vaivén de algunos detalles externos al centro interno y, a la inversa, del centro a otras series de detalles” es su interpretación del círculo de Schleiermacher (L. Spitzer, Lingüística e Historia literaria, Madrid, Gredos, 1961, pp. 34-35).

Además, aplicado a la literatura, el modelo del círculo hermenéutico implica una linealidad progresiva en la comprensión de los textos. El proceso de lectura suele comenzar con la decodificación de las primeras partes que componen dicho texto, que normalmente son de naturaleza paratextual (títulos, subtítulos, señas sobre el autor y resto de información disponible en su cubierta o contracubierta, como la colección y la editorial), las cuales provocan en el lector una preconcepción acerca del conjunto al que pertenecen. Esta preconcepción del conjunto total afecta al lector en el proceso de leer nuevas partes de la obra, aunque va cambiando al mismo tiempo que conoce más partes y genera nuevas preconcepciones; en resumen, la preconcepción del todo va cambiando progresivamente a medida que se suceden los actos de lectura. En el ámbito de la interpretación literaria también se ha planteado el círculo hermenéutico como la relación entre un lector y un texto o, como E.D. Hirsch quiso entender, como la relación entre un lector y un autor, mediada por el texto creado por este último (cf. P.H. Fry, Theory of Literature, New Haven, Yale University Press).

La metáfora que califica la comprensión como ‘circular’ tiene sentido en tanto que el proceso de remisión entre las sucesivas partes y el todo imaginado es continuo. Este modelo de comprensión circular es extrapolable a terrenos ajenos a lo propiamente literario, y de hecho observable en las conversaciones entre varias personas (las partes que los interlocutores van añadiendo a la conversación siempre han de mantener una coherencia estructural con el todo o conversación, y a medida que ésta avanza los interlocutores autocorrigen y actualizan sus preconcepciones acerca de la misma) o en el proceso de comprensión de otras culturas y en los de ‘diálogo intercultural’, pues las preconcepciones acerca de una cultura van cambiando conforme se conocen sus distintas manifestaciones, ya sean simbólicas (su lenguaje, su arte) o no (su gastronomía, sus instituciones, sus peculiaridades geográficas).

Existe un interesante debate en la tradición hermenéutica del siglo XX sobre la (im)posibilidad de abandonar las preconcepciones formantes del círculo hermenéutico y ser objetivo a la hora de emprender la comprensión de cualquier obra o cultura. Gadamer (Verdad y método, Salamanca, Sígueme), que pretende romper la tradición de Dilthey y las ciencias humanas (tanto Ética como Estética), cree también imposible realizar un proceso de comprensión ‘objetivo’ que se halle completamente desprendido de las preconcepciones del sujeto intérprete. Por esta razón, será vano el intento de adentrarse en la mentalidad o intención de otra persona (el autor o el artista) abandonando la subjetividad propia. Estas ideas entran en comunión con lo que Heidegger había concluido acerca del círculo hermenéutico (El ser y el tiempo, México, FCE), de que toda comprensión ya existe como precomprensión. Se podría decir que el mero hecho de percibir un objeto, según él, es una operación mental que no puede ser desvinculada de los procesos interpretativos, emprendidos automáticamente por el sujeto observador.

Posted 3 junio 2018
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Expresión

Expresión es un término tanto retórico como estético cuyo concepto posee varios planos de determinación o valor. Es preciso indicar que su plano más general es lingüístico y refiere una cierta unidad reducida de habla (una palabra, un sintagma) o de otra manifestación no lingüística, sobre todo gestual o fisiognómica. Asimismo se utiliza para la distinción de ‘expresión oral’ y ‘expresión escrita’. También puede referir figuradamente manifestaciones no humanas sino biológicas o naturales…

En Retórica y Poética, asimiladamente en Crítica literaria, ‘expresión’ posee un valor muy subrayable pues señala rasgos de valor no meramente lingüístico en cuanto expresividad o capacidad expresiva, si bien no constituye una categoría específica dentro de la taxonomía. Ciertamente, en el campo de la crítica adscribible a la corriente del siglo XX denominada Estilística adquirió un grado de especialización notable, en alguna ocasión muy formalizado (Carlos Bousoño, Teoría de la expresión poética, Madrid, Gredos). Esto es parejamente extensible a la generalidad de las artes.

En tanto concepto filosófico, ‘expresión’ posee valor general y valor estético. En sentido estético, ‘expresión’ arranca terminológicamente como exprimir (lat. exprimere) superando en la obra de Gracián (ed. Emilio Blanco, Madrid, Cátedra) los límite retórico-elocutivos (P. Aullón de Haro, La ideación barroca, Madrid, Casimiro; también para lo que sigue). Es en el siglo XVIII cuando comienza su establecimiento en el debate estético, por una parte en tanto criterio general relativo a modos de expresión (Kant, Crítica del Juicio, ed. M. García Morente), pero no inicia su acceso a una centralidad propia de gran categorización estética, comenzando su efectivo contrapesado frente a mímesis e inmiscuyéndose por otra parte en la tesis idealista sobre el origen del lenguaje en tanto que poesía, hasta la obra de Antonio Eximeno (Del origen y reglas de la Música, ed. Alberto Hernández Mateos) donde adquiere nitidez teórica estética mediante la conexión instinto-expresión, relación que como es evidente abre definitivamente el paso a la ecuacional intuición-expresión de Benedetto Croce (Estética como ciencia de la expresión y lingüística general, ed. de P. Aullón de Haro y J. García Gabaldón) a principios del siglo XX.

A mediados del siglo XIX, la matriz de la estética española (Milá y Fontanals, Estética y teoría literaria, ed. de P. Aullón de Haro) integraba la expresión en un inteligente tejido teórico que nunca disocia o quiebra el curso que conduce de la Estética a la Ciencia literaria.

En la Estética de Croce, como revela el título de la obra, expresión desempeña un lugar excepcional que, por demás, se extiende al conjunto de las artes aparte de concebir el núcleo de la ciencia lingüística sobre la base de la identidad de lenguaje y poesía, siguiendo la tradición de Vico. Croce eleva, pues, expresión a la categoría estética al tiempo que la vincula como concepto asimismo central de la Lingüística, esto es de la Filología. Se trata de una función tanto inicial como cenital de categoría estética, categoria central y única en su plano fundamental, como principio, y valor, cabría añadir. Es relegada así la serie estética categorial tradicionalmente establecida, con centro en lo Bello, al ámbito psicológico.

El pensamiento estético hispanoamericano (Henriquez Ureña; sobre todo Lezama Lima, La expresión americana), prosigue la tradición enraizada en Gracián conducente, en lo fundamental, al Neobarroco.

Posted 3 junio 2018
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Genio

Posted 2 junio 2018
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Gusto

En las principales lenguas europeas (ingl. taste, fr. Goût, ted. Geschmack, it. gusto), el término “gusto” presenta dos acepciones que guardan estrecha relación entre sí: una referida al sentido que percibe los sabores de los alimentos, y otra inherente a la facultad designada para la percepción de la belleza y la formulación del juicio sobre el arte. Más exactamente, el término “gusto” se ha difundido, en su acepción metafórica, del italiano y español al francés, inglés y finalmente alemán.

El juicio de “sentido” y no de “razón” es un concepto ya aceptado en la retórica clásica, sobre todo la latina (Cicerón y Quintiliano). Es en Isidoro de Sevilla donde encontramos perfilada con más precisión la relación semántica saber-sabor, un uso lingüístico muy frecuente durante toda la Edad Media (Etimologías, 627-630; ed. esp. moderna coord. por M. C. Díaz y Díaz, BAC, 1982). En la literatura y cultura provenzal, en cambio, se fortalece la analogía saber-deleite (o placer).

Uno de los autores principales en la consolidación del concepto moderno de gusto es, sin duda, Baltasar Gracián (1601-1658), el cual lo aplica no sólo al ámbito del arte y la belleza (estético), sino también al social y político. En la acepción graciana, “gusto” sería una capacidad de juicio no reconducible a reglas intelectuales, sino ligada a una facultad autónoma de orientación, que se configura como una habilidad o un “don” no ulteriormente explicable. La capacidad de elegir es una característica fundamental del discreto, del hombre capaz de comportarse, en las diversas circunstancias, siempre en el modo más apropiado. Según Gracián “todo el saber humano […] se reduce hoy al acierto de una sabia elección” (Discreto, 1646; ed. moderna: El Héroe. El Discreto, Espasa Calpe, 1958). Si antes se podía “inventar”, en la actualidad no se puede hacer otra cosa sino “repetir” y, por lo tanto, “elegir”. En esta operación el “gusto” es facultad decisiva, relacionada con el “genio”, el “ingenio” y el “juicio”: “señaló pródigamente la filosofía dos potencias al acordarse y al entender. Súfrasele a la política con más derecho introducir división entre el juicio y el ingenio, entre la sindéresis y la agudeza […]. Es el juicio trono de la prudencia, es el ingenio esfera de la agudeza: cuya eminencia y cuya medianía deba preferirse, es pleito ante el tribunal del gusto” (Héroe, 1637; ed. mod. cit.).

La discusión sobre el gusto experimenta un gran desarrollo a finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, sobre todo en ámbito hispano-italiano (cf. Ludovico Antonio Muratori, Riflessioni sopra il buon gusto intorno le scienze e le arti, 1708, traducido luego al español por Juan Sempere y Guarinos).

También en Francia se publican muchos ensayos y trataditos sobre el tema. Quizás el más conocido e influyente (por ser parcialmente vertido en la entrada homónima de la Enciclopedia de Diderot e D’Alambert) es el Ensayo sobre el gusto de Montesquieu (1757 en la Encyclopédie, pero redactado unos treinta años antes, en 1728-29). Para el filósofo francés, gusto es el resultado de un encuentro y un equilibrio entre los diferentes “placeres del alma”, como son lo bello, lo bueno, lo simple, lo delicado, lo gracioso, el “no sé qué”, etc. El gusto es “la capacidad de descubrir, con elegancia y viveza, la medida del placer que cada cosa debe procurar a los hombres” (Ensayo sobre el gusto, ed. de P. Aullón de Haro, Casimiro, 2014). Plantea pues una distinción entre un “gusto natural” y otro “adquirido”. El gusto es el resultado de una capacidad “natural” del hombre perfeccionable a través del arte, y es, en definitiva, el sentido juzgante de un encuentro armónico entre elementos diferentes.

En ámbito anglosajón, la discusión sobre el gusto entronca directamente con los postulados de la filosofía empirista: David Hume, Francis Hutcheson, Edmund Burke escribieron sobre las características y funciones del taste. Burke, añadiría una “Introducción al gusto” en la segunda edición de su Investigación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo Sublime y lo Bello (1759), en la que reflexiona acerca de la naturalidad y universalidad del gusto, universalidad que permitiría la definición de una norma y, por ende, un canon. La variedad del gusto se justifica a partir de los usos y costumbres, la educación y los “conocimientos” de cada individuo. Sensibilidad (término clave en el empirismo inglés) y juicio son las “cualidades que constituyen lo que comúnmente se llama gusto” (Indagación filosófica…, ed. de M. Gras Balaguer, Tecnos, 1987).

Immanuel Kant (1724-1804) sostiene en su tercera crítica (Crítica del juicio, 1790; ed. esp. de M. García Morente, Espasa-Calpe, 1995, 6ª ed.) que el sentido común es el modo de la aprensión judicativa universal y el gusto consiste precisamente en la conformación de lo particular al sentido común. El concepto de gusto es concebido como un modo específico de conocimiento y es definido como aquella facultad subjetiva de juzgar lo que hace universalmente comunicable, sin mediaciones conceptuales, nuestro sentimiento con respecto a una determinada representación.

A partir de la época romántica entra en crisis la sociabilidad del gusto, debido sobre todo a la fuerza subversiva y anti-convencional atribuida a la idea de “genio”. Según Hegel (1770-1831) “la profundidad de la cosa permanece inaccesible al gusto, puesto que dicha profundidad exige no sólo el sentido y las reflexiones abstractas, sino la plena razón y el sólido espíritu, mientras que el gusto se interesaba sólo de la superficie exterior, en torno a la cual los sentimientos podían jugar y los principios unilaterales hacerse valer […]. [El gusto] siente avanzar el genio y, retrocediendo frente a su potencia, deja de sentirse seguro y no sabe ya ser dueño de sí” (Lecciones de Estética, ed. de A. Llanos, Siglo Veinte, 1984).

El cambio de paradigma artístico perjudica pues el tratamiento tradicional de la idea de “gusto”. Ésta, a partir sobre todo del positivismo decimonónico, se disolverá luego en la variedad del arte, de las críticas y de las sociologías (son muchos los estudios sociológicos del gusto, sobre todo en el siglo XX: L. Ferry, G. Della Volpe, L. Schuking, P. Bordieu, J. Mukarovsky, entre otros autores, se han ocupado de estas cuestiones).

La cuestión del gusto ha vuelto a ser actual en la época contemporánea, en particular a partir de la interpretación de la experiencia estética post-vanguardista, un nuevo paradigma que implicó el cuestionamiento de muchas de las categorías estéticas tradicionales.

Posted 7 mayo 2018
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Hermenéutica

La Hermenéutica es la disciplina encargada de formular y estudiar las teorías de la comprensión y de la percepción; también ha sido definida como la ciencia de la interpretación. En la Antigua Grecia, la hermeneutike tekhne era el arte o técnica de la interpretación. Existe una tradición que vincula el origen de la palabra hermenéutica con Hermes, dios olímpico relacionado con los ámbitos de la mediación, como los caminos, los mensajes o el comercio. Su responsabilidad como ‘mensajero de los dioses’ recuerda los orígenes religiosos de la ciencia hermenéutica, ya que la preocupación por los principios de la interpretación se hacía evidente a la hora de tratar de comprender los enigmáticos oráculos y otros mensajes de los dioses que, por su procedencia divina, revestían de una importancia crucial para el receptor o destinatario. Si bien no existen evidencias suficientes para sostener esta etimología (cf. M. Ferraris, Historia de la hermenéutica, Madrid, Siglo XXI) y con seguridad podríamos afirmar que la palabra procede de hermenéia (‘expresión’ o también ‘elocución’), lo cierto es que la ciencia hermenéutica tuvo un carácter religioso en sus orígenes y lo mantuvo durante buena parte de la historia occidental. En efecto, la tradición talmúdica ya se preocupó por las cuestiones de interpretación; este interés fue constante a lo largo de la Edad Media en relación con los textos religiosos y alcanzó un punto álgido en otro momento esencial de la historia de las religiones occidentales: la Reforma Protestante impulsada por Lutero. Cuando, para un bloque importante de la cristiandad europea, las lecturas canónicas de la sede papal dejan de ser centrales y la relación con los textos sagrados se torna personal, la necesidad de interpretar adecuadamente los complejos de significado (mitos, parábolas, símbolos) de la Biblia incrementó el interés por la hermenéutica y, por este motivo, no es de extrañar que buena parte de los grandes teóricos preocupados por la interpretación (F. Schleiermacher, W. Dilthey, M. Heidegger, H.G. Gadamer) sean desde entonces alemanes.

En cuanto al papel de la Hermenéutica como disciplina nuclear de las Ciencias Humanas, es importante recordar que Dilthey situó en la base de estas ciencias una teoría de la interpretación que permitiera la reconstrucción imaginativa, pero públicamente verificable, de las experiencias de los individuos humanos, y constituyera por ello un método privilegiado para interpretar el espíritu en todas sus manifestaciones. Para Dilthey, las Ciencias Humanas tienen un carácter hermenéutico al hallarse la interpretación en sus cimientos. El progreso en el conocimiento de las humanidades se basa en la interpretación de sus objetos de estudio y la reconstrucción imaginativa antes apuntada. Por estar en los fundamentos de las Humanidades, el método hermenéutico sirve para comprender e interpretar tanto hechos (situados en el pasado y estudiados por la historia) como instituciones y artefactos humanos, entre los cuales se encuentran los enunciados lingüísticos y, muy especialmente, los textos literarios. La Hermenéutica posibilitaría, en el sistema de Dilthey, “pasar de los signos a las vivencias originarias que les dieron nacimiento” (cf. J. Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, Madrid, Alianza).

Posted 3 mayo 2018
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Inspiración

La concepción de la “inspiración” como categoría estética procede de la Antigüedad Clásica. Se registra, en primer lugar y con especial fuerza, en los diálogos de Platón.

Platón, al igual que con posterioridad harán Longino (De lo sublime) u Horacio (Ars Poetica), desarrolla la dualidad de “techne” e “ingenium”. Este “ingenium” puede tomarse en parte como correspondiente de la manía, locura, delirio, furor o inspiración platónicos. Parecer suponer, en cualquier caso, una relación con la divinidad.

Tanto en Ión, en el que se concibe la poesía como fruto de la inspiración divina, como en Fedro, donde Platón habla de una “elevación sublime”, Platón desarrolla este concepto, elevándolo a una de las grandes dimensiones estético-poéticas trascendentes.

En la Edad Media la inspiración no dejó de ser concebida como aliento divino, l igual que en el Renacimiento (Marsilio Ficino), mientras que la Ilustración trató, por lo general, de explicarla como fruto de una asociación libre pero racional de ideas (John Locke).

Durante el periodo romántico el concepto de “inspiración”, unido por lo general al de “genio”, gozó de una especial consideración, en un sentido similar en muchos de sus aspectos al que había predominado en la Antigüedad Clásica.

Posted 2 mayo 2018
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Ornato

La palabra ‘ornato’ es un cultismo, del latín ornatu-us (equipamiento, aparejo adorno, ornamento), que en Retórica tiene estricto valor terminológico y forma parte de las ‘cualidades’ o ‘virtudes del discurso’. Se refiere al embellecimiento del discurso, específicamente mediante figuras de pensamiento y de dicción.

Dado que la finalidad de la Retórica es la persuasión del receptor, el discurso emitido debía ser atractivo, interesante y apetecible, para ello el autor, en la fase de la elocutio,  “adornaba” o mejoraba el texto a fin de conseguir su propósito.

En la retórica greco-latina el concepto de ornatus tenía una relación directa con los diferentes tipos de estilo  (humilde, medio y sublime) y sus correspondientes fines. Al estilo humilde se le asignaba la finalidad de enseñar y demostrar; y las cualidades de este estilo debían ser la claridad, la pureza lingüística y la precisión. En consecuencia, se obtenía un estilo elegante, carente de ornato, que cuidaba de los aspectos fónico-rítmicos de la composición del discurso.

El estilo medio cuya finalidad era agradar y divertir requería un estilo moderado y las cualidades de gracia, suavidad, dulzura, así como la capacidad de deleitar. Una variedad de estilo medio es el llamado “ornato del ingenio y de la agudeza” que se recrea en los juegos y artificios de la palabra. En la literatura española hay dos épocas en las que se ha cultivado especialmente la agudeza intelectual: la de la poesía cancioneril del siglo XV y el Barroco.

El estilo sublime es un estilo diseñado para conmover y requería de un vocabulario sofisticado, permitía enunciados largos y el manejo abundante de figuras retóricas.

En la Edad Media se distinguen tres cualidades de la elocutio: puritas, perspicuitas y ornatus: 1. La puritas es la corrección gramatical de la lengua empleada. 2. La perspicuitas es el grado de comprensibilidad del discurso, la virtud de la claridad del discurso tanto desde su formulación como desde sus ideas. 3. El ornatus tiene por misión el embellecimiento verbal del discurso, la belleza de la expresión.

Se considera, y así ha sido al menos a partir de la Edad Media, que el ornatus es el ingrediente  principal de la elocutio, dado que en torno a él giran todos los elementos de la configuración estilística. En el mundo antiguo era concebido como un conjunto de elementos susceptibles de ser añadidos a un registro común a fin de embellecerlo, hacerlo más atractivo y, en consecuencia, persuasivo. El ornatus constará de Tropos y Figuras (de dicción y de pensamiento) y su combinación.

Benedetto Croce, en su Estética (Estética como ciencia de la expresión y lingüística general, ed. P. Aullón de Haro y J. García Gabaldón, Málaga, Ágora), se sirve del concepto de ‘ornato’ a fin de efectuar la crítica central y liquidación en términos de racionalidad moderna la techne Retórica, por cuanto un discurso es el que es y su modificación no es sino la enunciación de otro discurso.

Posted 2 mayo 2018
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Periodología literaria

La periodización es la operación que permite dividir el tiempo histórico-cronológico atribuyendo a cada segmento un significado y un sentido delimitados. Definimos pues periodología como una rama de la historiografía cuyo fin es el establecimiento de una determinada periodización.

La primera dificultad periodológica reside en el problema de asociación entre entidad temporal y entidad conceptual.

Todas las grandes civilizaciones, tanto occidentales como orientales, han elaborado periodizaciones elementares, individuando eventos históricos, religiosos o mitológicos como “fundamento” de la subdivisión (nacimiento de Cristo, la hégira, el diluvio universal, la fundación de Roma, etc.). En lo que concierne a Occidente, la Cronología, desde la Antigüedad, es una disciplina auxiliar de la historia, con un gran desarrollo sobre todo a partir de la Edad Moderna.

En lo que concierne más estrictamente a la periodología literaria, la literatura se sitúa forzosamente en el devenir temporal y en el decurso histórico (y también en un eje geográfico-lingüístico). Las principales categorías historiográficas empleadas para organizar cronológicamente el heterogéneo material literario son:

  1. Siglo. Es concepto numérico, unidad estrictamente cronológica y carece, de por sí, de valor crítico. La adjetivación o especificación del concepto de “siglo” llena el término de un determinado significado histórico-cultural. Así el importante marbete “Siglo de Oro”, que remite a un concepto poliédrico (estético, político, econó­mico, etc.) y viene a ser un concepto a la vez temporal y valorativo.
  2. Edad. Aetas es terminología periodológica tradicional. La voz “edad” gozaba de prestigio por haber sido sancionada por autores clásicos de la nombradía de Hesíodo o Virgilio. Atesoraba ésta tanto el sentido de ‘periodo cronológico’ (con valor histórico), como de ‘etapa’, entendida ésta como metáfora (las célebres edades del hombre, por dar un caso). Con el término “edad” también se hace referencia a una interpretación organicista de la historia literaria.
  3. Fijación de los períodos literarios según acontecimientos políticos o sociales. Así Época victoriana, Literatura isabelina, Literatura del reinado de Luis XIV, etc.
  4. Generación. Si bien la aplicación historiográfica es bastante reciente, el origen de la categoría es muy antiguo (desde Heródoto). Podemos definir una generación como grupo de autores de edades aproximadas que, participando de las mismas condiciones históricas, enfrentándose con los mismos problemas colectivos, compartiendo una misma concepción del hombre, de la vida y del universo y defendiendo valores estéticos afines, asumen lugar relevante en la vida literaria de un país, más o menos por las mismas fechas (cf. J. Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, 1923). La generación es definible a través de varios criterios: por “década” o “año” (Generación del 27, Generación del 14); por un hecho histórico concreto (Generación del 98); por un común rasgo definitorio de carácter sociológico (la generación perdida).
  5. Escuela. No es una categoría estrictamente cronológica, pero, coordinada con la de generación, puede ser rentable a la hora de periodizar la historia literaria. Además del eje cronológico, el concepto de Escuela tiene en consideración también el eje geográfico. Un experimento en este sentido es el Plan para una historia filosófica de la poesía española, redactado por Manuel María de Arjona en 1798.
  6. Antiguos-modernos. La polémica entre los Antiguos y los Modernos es base de una conocida querella. Aquí puede enmarcarse también el problema de la “modernidad” y lo “clásico”. Conceptos relacionados son también los de “contemporaneidad” o “actualidad”. La categoría de modernidad ha sido reinterpretada tras la experiencia de las vanguardias históricas y, más recientemente, con la adopción del problemático marbete de “posmodernidad”. Relacionado con el concepto de “moderno” es el de “nuevo”.
  7. Categorías histórico-estilísticas. Otras propuestas periodológicas coordinan el eje estilístico con el cronológico: de ahí la sistematización de Wölfflin para las artes plásticas a finales del siglo XIX (Clásico vs. Barroco) (Conceptos fundamentales en la historia del arte, Espasa Calpe, 1961, 4ª ed.) y la conceptualización de las categorías histórico-estilísticas, o la idea de eón reactualizada por Eugenio D’Ors ya en el siglo XX (La ciencia de la cultura, Rialp, 1964). El eón es una categoría metafísica, es un modo de articulación de lo histórico y de lo abstracto. En cuanto constante histórica, el eón es una forma de expresión humana que existe a lo largo de la historia (interpretación trans-histórica). En estos términos se pueden entender los conceptos histórico-estilísticos de Barroco, Clásico, Manierismo o Romántico, por ejemplo.

La periodización literaria implica varios problemas o cuestiones:

  1. Cuestión del origen. La búsqueda del “origen” (del lenguaje, de la poesía, de una tipología textual o género) ha sido desde el comienzo de la historiografía literaria en cuanto disciplina moderna (siglo XVIII) una cuestión central del planteamiento periodológico. Valga como ejemplo paradigmático el título de la obra comparatista de Juan Andrés Origen, progresos y estado actual de toda la literatura (1782-99) u Orígenes de la poesía castellana de Luis José Velázquez (1797).
  2. Necesidad de elegir criterios literarios para fundamentar y definir los períodos literarios, y no meramente criterios políticos o de historia civil. Según este planteamiento, habría que ceñirse a la propia realidad histórica de la literatura, las doctrinas (poéticas), las experiencias y las obras literarias. Es el camino que lleva a la Historia de las ideas estéticas.
  3. El “progreso” en la historia literaria. La linealidad de la sucesión de períodos es sólo metodológica: la real sucesión de las etapas literarias procede por zonas difusas de imbricación e interpenetración, de acuerdo con un ritmo dialéctico del tiempo, por el que, en cada período, en la síntesis cultural y artística que le es propia pulsa la herencia del pasado y se prefiguran, con trazos más o menos pronunciados, las facciones del futuro. La discusión acerca de la linealidad o la ciclicidad de la historia literaria, así como sobre la posibilidad de un real “progreso” de las artes frente al efectivo progreso tecnológico y científico, ha sido objeto de muchos tratados y ensayos, sobre todo a partir del siglo XVIII.
  4. El “cambio de paradigma literario”. La cuestión del “cambio” y, por ende, la de la “continuidad” y “discontinuidad” de la evolución de la historia literaria, se traduce terminológicamente en una gama semántica bastante amplia (“revolución”, término muy difundido en el XVIII y usado por Arteaga y Denina entre otros, “corrupción o perversión del gusto”, “reforma”, etc.).
  5. La multidisciplinariedad de la descripción del período literario, la cual interesa los ámbitos de la estilística, la historiografía, la estética y la crítica, y el comparatismo. La definición de un período ha de tener en consideración, pues, varios factores como la definición e historia del término que designa un período; la relación de la actividad literaria con las demás actividades de la época y con las demás literaturas y artes; las causas del cambio literario; el análisis de la adaptación de la obra al canon de normas representativas del período; y el estudio de las formas o géneros literarios.
Posted 1 mayo 2018
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Techne

El concepto de techne, del griego τέχνη, que significa “técnica” en el sentido más próximo a “producción”, “fabricación material”, se utiliza en el ámbito de la Retórica y la Poética, y así lo hace Aristóteles, significando el aspecto constructivo de éstas, el aspecto de disciplina constructiva destinada a la elaboración de determinados objetos o discursos.

La lengua latina adoptó el término ars como traducción reescrita, de donde procede la palabra “arte” utilizada en las lenguas modernas. La ampliación y la especulación en torno al arte en las sociedades modernas han provocado un desplazamiento semántico del término, así como ha venido a resaltar las diferentes concepciones del “arte” en la sociedad de la Antigüedad Clásica respecto de la modernidad (Wladyslaw Tatarkiewicz, Historia de seis ideas).

En cualquier caso, y definidas como techne según la concepción aristotélica, cabe englobar una serie de disciplinas que giran en torno a la construcción (fabricación) de objetos. Son los casos de la Retórica o la Poética, disciplinas, siempre, a priori. No sucede así, por ejemplo, con la Hermenéutica, a la que no puede reconocérsele como techne en el sentido constructivo, pues se ocupa de objetos dados,  en el mismo plano que la Crítica (P. Aullón de Haro, Teoría de la Crítica literaria, Madrid, Trotta, 1994, cap. 1).

En la Teoría de las Artes se entiende por techne asimismo la teoría técnica, esto es, una Poética aplicada al arte. Así la ejecuta Baumgarten, o Kant en su Crítica del juicio. La estética literaria, desde este punto de vista, se refiere al discurso, a los objetos verbales elaborados. Bajo esta techné, asimilable a la literatura, se encuentran la Retórica y la Poética.

Posted 15 abril 2018
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Tropos

El lenguaje figurado puede ser relativo a la gramática o la norma, a la lógica o el pensamiento y al léxico, a sus cambios de significado. Este último caso es el denominado tropología, y su unidad es el tropo. Este elemento de la elocutio se encuentra entre los más difundidos de la Retórica y el de mayor asentamiento escolar.

Lausberg define los tropos como “el ‘giro’ de la flecha semántica indicadora de un cuerpo léxico originario hasta otro contenido léxico”, cuya función básica es la “alienación atribuible funcionalmente al ornatus(Manual de retórica literaria, 1a ed. en esp.: Gredos, 1966). Los tropos se construyen por sustitución o cambio de un elemento por otro (inmutatio verborum), es decir ponen una palabra no emparentada semánticamente en el lugar de otra propia que le; de esta forma el tropus lo que hace es comunicar a la palabra empleada trópicamente una nueva significación. Los tropos más importantes o establecidos son: metáfora, metonimia, sinécdoque, principalmente, pero también se consideran a veces la antonomasia, alegoría, hipérbole ironía o sarcasmo… Contemporáneamente se tiende a entender que los tres tropos principales son variantes de lo mismo, metaforizaciones, traslaciones de significado o bien sustituciones o intercambios léxico-semánticos.

Posted 14 abril 2018
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