La sociedad española del Renacimiento

¿Qué es el Renacimiento? La palabra nace a principios del siglo XIX, la acuña Michelet que la define así: arte y razón, las bodas de la belleza y de la verdad, y le sirve para caracterizar los cambios de todo tipo que se producen en toda la Europa occidental a partir de la segunda mitad del siglo XIV. Asistimos entonces a una explosión de vitalidad en todos los sectores: recuperación demográfica después de la Peste negra de mediados del XIV, expansión del comercio, crecimiento urbano, afianzamiento del Estado, invención de la imprenta, grandes descubrimientos marítimos, reencuentro con la cultura clásica y el mundo grecolatino.

En cuanto a la mentalidad burguesa, podríamos definirla, no tanto como la codicia o la búsqueda del provecho, que se dan en todos los tiempos y en todas las sociedades, sino más bien como la búsqueda de un provecho siempre mayor, indefinido, la búsqueda de rentabilidad, la acumulación de beneficios que, en vez de gastarse inútilmente, se invierten en empresas más importantes que puedan aportar un desarrollo económico mayor y una mejor utilidad social.

¿Qué relación puede haber entre el Renacimiento y la mentalidad burguesa? Yo diría que dicha relación presenta dos aspectos complementarios y antitéticos: hay coincidencia cronológica pero al mismo tiempo oposición profunda entre los dos conceptos. La sociedad renacentista es indiscutiblemente una sociedad expansiva e innovadora, pero esta sociedad es más aristocrática que burguesa, a pesar de las apariencias.

1.- Una sociedad expansiva e innovadora

Desde mediados del siglo XV aproximadamente hasta finales del siglo XVI, Europa conoce un largo período de crecimiento. Se trata del tránsito de la Edad Media a los tiempos modernos o, si se quiere, del feudalismo al capitalismo, fenómeno difícil de definir con exactitud pero que tiene por lo menos una característica principal: se pasa de un sistema de relaciones sociales en el cual la moneda desempeña un papel secundario a otro en el cual el dinero -en el sentido amplio de la palabra- viene a convertirse en el motor de la economía. España y ante todo Castilla no sólo participan en estos cambios sino que en gran medida los inician. Pensemos en las ingentes cantidades de oro y plata -los tesoros americanos- que entran en Europa por Sevilla a partir de los primeros años del siglo XVI. Las remesas de Indias no son la causa de la «revolución económica» del XVI, ya que ésta había empezado antes, pero le dan mayor impulso. Las actividades comerciales conocen entonces un auge extraordinario que no pasa desapercibido. Sarabia de la Calle, que escribe en 1542, observa que en Sevilla «ya la mayor parte del mundo está puesta en tráfagos y compras y arrendamientos».

Esta tendencia general de la economía tiene efectos prácticos en la vida cotidiana. La gente gusta de bien vestir, de lucir joyas, de vivir en casas acomodadas, de participar en fiestas, banquetes, recreos. Las Cortes protestan varias veces contra el lujo, las novedades en el vestir, las invenciones de sastres, sombrereros y artesanos. Los moralistas no se quedan atrás. A mediados de la centuria tenemos tres testimonios parecidos. Uno es de Antonio de Torquemada: «Esta tacha tenemos universalmente todos los de la nación española, y mayormente los castellanos, que somos muy grandes amigos de novedades e invenciones, y así en los trajes, en las cortesías, en las salutaciones y generalmente en todo lo que hacemos y tratamos, tenemos tan poca perseverancia que nuestra propia lengua nos enfada…». El humanista Arias Montano denuncia por las mismas fechas las costumbres de los jóvenes adinerados que gustan de viajar al extranjero, sobre todo a Italia, de donde vienen con acento extraño, menospreciando todas las cosas de su tierra y «admirándose de que hayan crecido tanto las calabazas». En La Perfecta Casada fray Luis de León censura particularmente las mujeres: «Ellas son tan perdidas que en viendo en otras sus invenciones, las aborrecen, y estudian y se desvelan por hacer otras. Y crece el frenesí más, y ya no les place tanto lo galano y hermoso como lo costoso y preciado, y ha de venir la tela de no sé dónde […] y todo nuevo y todo reciente, y todo hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo mañana» (cap. III).

El lujo obliga a gastar más de lo que se gana, lo cual obliga a la gente a tomar prestado y a contraer deudas. El desarrollo extraordinario de los juros y censos es una de tantas manifestaciones de una economía y una sociedad que han entrado en la fase monetaria. El que dispone de dinero (mercaderes, letrados, conventos…) lo presta con interés; el que lo necesita compra censos, es decir se endeuda. De por sí, los censos no constituyen una traba para el desarrollo económico; durante aproximadamente los dos primeros tercios del siglo XVI, fueron un instrumento eficaz para financiar la agricultura, la ganadería, la construcción, la vivienda y otras actividades productivas. Pero paralelamente, se empezó también a emplear los censos para comprar mercedes, villazgos, regimientos, para dotar conventos y para gastos suntuarios. De esta forma va acentuándose la tendencia a vivir de rentas, como caballeros, hasta llegar a la situación que describe Cellorigo a finales de la centuria: España se ha convertido en una «república de hombres encantados» en la que pocos trabajan y producen y muchos gastan lo que no tienen.

2. Una sociedad más aristocrática que burguesa

Estamos frente a una paradoja: la época del Renacimiento coincide con un primer desarrollo del capitalismo comercial y con el afianzamiento del Estado moderno, y sin embargo esta evolución no se hace en beneficio ni de la burguesía ni del cuerpo administrativo de funcionarios reales (los letrados). Exteriormente, por lo menos, son la aristocracia y los valores caballerescos los que salen ganando. Esta nobleza posee rasgos originales, entre ellos su conversión a la cultura: el caballero ideal ya no es el guerrero, como en la Edad Media, sino el cortesano, el que sabe manejar a la vez o alternativamente la pluma y la espada. Es la aristocracia, más que la burguesía, la que ha difundido en España las ideas, los temas y las formas del Renacimiento italiano, tesis que el estudio de Helen Nader sobre la familia Mendoza ilustra a la perfección y que se podría hacer extensiva a gran parte de la nobleza española: pensemos en el almirante de Castilla, en el maestre de Alcántara, protector de Nebrija en su corte de Zalamea, en la corte del duque de Alba en Alba de Tormes, en el conde de Ureña, fundador en 1548 de la universidad de Osuna que dota con una renta de más de un millón de maravedís, en las bibliotecas reunidas por los condes de Benavente o los marqueses de Priego, etc. Pensemos sobre todo en el modelo acuñado por El Cortesano de Baltasar Castiglione en el primer tercio del siglo XVI: es la corte del príncipe o del grande, más que la urbs, la ciudad burguesa, la que constituye el mundo ideal y el foco de la sociedad renacentista. Al interesarse por la cultura la nobleza impone a la civilización occidental una estética y una ética que tienen como contrapartida el menosprecio del trabajo manual y una cierta valoración del arte como lujo superior, propio de las élites sociales.

El desarrollo del gran negocio internacional, consecuencia del auge económico, es fuente de inmensas ganancias para los que se dedican a comprar los productos más cotizados en el mercado europeo, la lana merina, por ejemplo, para exportarlos al extranjero e importar otros productos destinados al consumo interior. Cobra así pujanza la figura del mercader, comerciante al por mayor, a la vez exportador e importador, banquero en ocasiones, que no hay que confundir con el simple tendero o el revendedor al por menor. Estos mercaderes son auténticos burgueses, dinámicos, emprendedores, pero no tienen conciencia de formar una clase homogénea, un grupo social original. La sociedad del siglo XVI sigue siendo una sociedad estamental fundada en el privilegio ; por eso la integración a la nobleza representa la consagración del éxito social y la meta a la que aspiran todos los que, conquistadores, letrados o mercaderes, venidos de las capas inferiores , han alcanzado cierto nivel de fortuna. En esto consiste el afán de hidalguía: en equipararse al grupo dominante y prestigioso de la nobleza, distinguiéndose de la masa de los plebeyos y pecheros. Así ve un teólogo a los mercaderes sevillanos: «Rabian y mueren por la caballería». Este anhelo de promoción social es perfectamente admitido en la época. La nobleza no se ha convertido todavía en una casta cerrada. Existe cierta movilidad social que permite a un burgués ascender a la categoría de hidalgo o caballero con tal de aceptar los ideales nobiliarios y el modo de vida aristocrático que supone el ocio, sin tener necesidad de dedicarse personalmente a un trabajo penoso. Así se llega a la distinción entre oficios viles y no viles. Son considerados como viles los oficios mecánicos y, de modo general, todos aquellos en que se emplean los que no tienen más remedio para ganarse la vida. Un moralista escribe por ejemplo que «ser mercader por ganar es oficio vil y vituperable, pero ser mercader por bien de la república y de su casa no es infamia», o sea que cierto nivel de fortuna ya es de por sí digno de consideración social. Esto lo explica muy bien Huarte de San Juan en su Examen de ingenios: «La república hace también hidalgos, porque en saliendo un hombre valeroso, de grande virtud y rico, no le osa empadronar, pareciéndole que es desacato y que merece por su persona vivir en libertad y no igualarle con la gente plebeya; esta estimación, pasando a los hijos y nietos, se va haciendo nobleza y van adquiriendo derecho contra el rey».

Por lo general, la integración a la hidalguía supone una transición paulatina. Los padres acumulan riqueza; casan a sus hijos con doncellas nobles o compran para ellos regimientos o lugares de señorío y les convierten así en hidalgos o señores de vasallos, es decir en caballeros. «Nunca mejora de estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres», leemos en el Buscón de Quevedo. A la inversa, mudar a la vez de lugar y de vida facilita el mudar de estado; la movilidad geográfica puede ser un medio de movilidad social. Este es el consejo que se da a un plebeyo rico en el Diálogo de los pajes: «De aquí a pocos años, sus nietos o biznietos […] saldrán […] a vivir donde no los conozcan y en dos credos se hacen hidalgos y aun caballeros». ¿Qué es ser noble? «Ser de cincuenta leguas de aquí», contesta la Floresta de Melchor de Santa Cruz. De esta forma va creciendo cada año el número de hidalgos.

El triunfo de los valores caballerescos acarrea efectivamente varias consecuencias. La primera y la más importante desde el punto de vista social es el menosprecio creciente en que caen las actividades productivas y el trabajo manual, considerado como oficio vil, impropio de un caballero. «Dios mandó al hombre rico que obrase y no le dijo que trabajase, que esto pertenece a los pobres». La frase es de Francisco de Osuna y está escrita en el primer tercio del siglo XVI; dice mucho sobre una mentalidad colectiva que censura la ociosidad como enemiga del alma, pero al mismo tiempo considera el trabajo manual como una maldición. En la España renacentista «honras y dineros casi siempre andan juntos». El trabajo es sinónimo de pobreza y vileza. Lo peor del caso es que hay poquísima esperanza de salir de apuros trabajando: «Ni el mucho trabajar enriquece siempre», nota Juan de Luna, autor del segundo Lazarillo, Mateo Alemán insiste en la idea: «El dinero no se ganó a cavar». Hay más: los mismos moralistas recomiendan de tener medio en el trabajo: conviene ni ser perezoso ni muy acucioso, de tal forma que se gane sólo lo que fuere honesto, sin afanarse de día y de noche, domingos y días laborales, como hacen algunos por codicia de ganar. Dicho de otro modo, el pobre está condenado a serlo siempre.

Nada tiene de extraño en estas circunstancias el que se busquen modos de vivir menos viles. Ya hemos visto la actitud de los burgueses y mercaderes. Para otros muchos, una salida honrosa es el servicio doméstico, entrar en la servidumbre de una casa noble. El hidalgo sin fortuna entra así a formar parte del séquito habitual de un Grande: vive en su palacio, viste y come a costa de su señor, le acompaña cuando va a la guerra -esto cada día menos- o a la corte, participa de las fiestas y divertimientos que da y así aprende los modales y los ideales de la vida caballeresca. Estos son los que llaman a veces pajes: «De ordinario son gente noble, y que cuando sus padres les envían a servir, su intento principal es enviarlos a que sean doctrinados en buenas costumbres y que se les enseñen ejercicios virtuosos». Pero, además de estos criados en el sentido etimológico de la palabra (los que se crían junto a un señor y a expensas de éste), las grandes casas señoriales ocupan también a muchos criados en el sentido actual: porteros, reposteros, despenseros, mozos, etc. cuyo número elevado da lustre al que los emplea. Las Cortes de Toledo de 1559 se alarman ante esta situación: Por andar en este hábito, mayormente cuando les dan libreas, muchos dejan sus oficios y otros las labores del campo, lo cual ha venido a tanto que ya no se hallan peones para cavar y segar ni hacer las otras cosas del campo, sino a muy excesivos precios. Las de 1611 vuelven sobre el tema: «La mucha gente que se ocupa en servir y en los escritorios y otras formas de vivir inútiles a la república hace falta a la labranza, crianza, tratos y oficios necesarios a la república, de que resulta haber gran carestía en todas las cosas por costar tan caro las manufacturas».

Este es uno de los fenómenos más alarmantes de la España renacentista: la inflación de lo que hoy llamaríamos el sector terciario o los servicios es a la vez causa y efecto de una situación económica, social y moral en la que las actividades productivas están desprestigiadas. «Dar es señoría, recibir es servidumbre», rezaba la divisa del primer duque del infantado, Diego Hurtado de Mendoza (1415-1479). Muchos se ponen a servir por huir del trabajo en el campo o las manufacturas. Los grandes no siempre pueden mantener tantos lacayos y criados, pero consideran que tienen la obligación moral de seguir empleándolos. De ahí la historieta que corre en el siglo XVI sobre el señor a quien aconsejan que despida parte de sus criados. El señor mira la lista que le presentan y comenta: «Estos se queden porque yo los he menester, y esotros también porque ellos me han menester a mí». Semejante mentalidad es totalmente opuesta a la puritana, fundada en el ahorro, en la inversión económica, en la utilidad social. Ya lo decía el autor de la Celestina: el dinero sirve para vivir bien: « ¿Qué aprovecha tener lo que se niega aprovechar?».

Por lo general, se atribuye a la anormal multiplicación del número de criados el abandono de las actividades productivas en la España renacentista y barroca. En realidad, el fenómeno responde a causas complejas, esencialmente a la inadaptación de la estructura social a las nuevas condiciones creadas a finales de la Edad Media.

La oferta grande de servicios para las casas de los ricos y nobles no es suficiente para resolver los problemas que plantea el exceso de población. Muchos se quedan sin empleo, sin modos de existencia, y no tienen más remedio que ir mendigando de una ciudad para otra, solicitando la caridad de los pudientes. Esta no dejó de responder a la demanda, ya que la moral social de la época consideraba que los ricos tenían la obligación de dar limosnas a los desamparados. No todos sin embargo se prestaban de buena gana a ejercer la obra de caridad y los predicadores tenían que recordarles encarecidamente que ésta era una obligación imperativa para los cristianos. En varias ocasiones, las Cortes, portavoces en este caso de los privilegiados de las grandes ciudades de Castilla, pidieron que se tomaran medidas adecuadas para evitar que los mendigos pasasen de una ciudad para otra. Suplicaban los procuradores «que cada uno pidiese en su naturaleza», es decir en su ciudad de origen. A estas peticiones respondieron varias ordenanzas municipales en los años 1540, que por lo visto no dieron el resultado esperado ya que, a finales de la centuria, el doctor Cristóbal Pérez de Herrera volvió a recomendar medidas semejantes para hacer frente al número creciente de mendigos y vagabundos. Su proyecto se encaminaba a organizar la asistencia a los pobres, obligando a los que eran sanos a trabajar en talleres adecuados y a los enfermos y ancianos a encerrarse en hospicios donde estarían atendidos debidamente.

Tampoco tuvo éxito la reforma ideada por Cristóbal Pérez de Herrera, no por cierto a causa de la ociosidad ambiente o de una mentalidad hidalguista opuesta a todo lo que significase un paso adelante hacia la modernidad o el capitalismo. El problema, en lo esencial, no era de carácter ético, sino coyuntural. Contra los pobres y mendigos, los reformadores aducen tres tipos de argumentos:

– Los pobres «viven como gentiles; que no confiesan, comulgan, ni oyen misa, ni pienso saben la doctrina cristiana […]. Viven como alárabes, sin razón, ni justicia, ni concierto».

– Muchos de ellos tienen enfermedades contagiosas y su contacto con la gente decente a la puerta de las iglesias y otros lugares públicos, además de peligroso, presenta aspectos asquerosos y repugnantes.

– Por fin, son unos ociosos que prefieren vivir de limosnas antes que trabajar para ganarse la vida honestamente.

El tercero de estos argumentos es tal vez el principal. «Antes faltan jornaleros que jornales», dicen los procuradores a Cortes en 1522 y en 1548. En una primera etapa, hasta los años 1570 aproximadamente, hay efectivamente una fuerte demanda de mano de obra en España, pero los españoles, en su mayoría, estimulados por el dinero fácil que corría por todas partes y por el lujo de los pudientes, exigen salarios elevados que los empresarios se resisten a pagar; prefieren acudir a la mano de obra extranjera, a franceses, por ejemplo, mucho menos exigentes y que se aprovechan de la situación: cobran más en España que en Francia. El fenómeno está bien documentado en toda la época. Jerónimo López-Salazar aporta datos concretos para la Mancha donde los ricos labradores procuran que bajen los salarios y pretenden impedir que los jornaleros se vayan a trabajar a otros lugares donde encuentren contratos más favorables. Por ejemplo, en 1565, el concejo de Horcajo de Santiago informa al Consejo de las Órdenes que los mozos del lugar «han venido a pedir tan inmoderados jornales que no se puede por ninguna vía sufrir tan gran desorden […] y son amigos de holgar muchos días y trabajar muy pocos y ganar en un día para holgar cuatro». Este es precisamente uno de los argumentos del reformador Pérez de Herrera: «Algunos, por andar ociosos, piden jornales demás precio del que merecen y se usa porque nadie los coja y reciba». Lo que inspira pues los proyectos de reorganización de la caridad es una mentalidad capitalista en el peor sentido de la palabra: el egoísmo de clase. Se comprende así la reacción de un Domingo de Soto al denunciar el odio y hastío de los pobres que anima a los reformadores de mediados del siglo.

¿Fue la ociosidad causa o efecto de la ausencia de desarrollo industrial en España? Durante gran parte del siglo XVI, hubo un auténtico desarrollo en España; de ahí la demanda de mano de obra, frenada por la exigencia de salarios elevados. A finales de la centuria aparecen síntomas de crisis: el dinero fácil, el nivel de vida elevado, los censos y el parasitismo merman las capacidades productivas. Cristóbal Pérez de Herrera confunde causa y efecto: «por haber tantos vagabundos, no hallan los labradores quien los ayude a cultivar las tierras, ni otros oficiales de la república a quien enseñen sus oficios, que por esta razón es cierto que valen tan caras las hechuras de las cosas, y todo lo que se vende de mercadería y mantenimiento». En realidad, los precios y los salarios- habían subido antes y a esto se debió principalmente la «ociosidad»: muchos preferían pasar de limosnas antes que trabajar duramente sin perspectivas de promoción y el estancamiento de la producción provocó la desaparición de muchos puestos de trabajos. Maravall está en lo cierto al resaltar que, en el siglo XVII, la ociosidad «no era una premisa, sino un resultado de la crisis del país, de su empobrecimiento y declive. Lo malo estaba en que quienes necesitaban y querían trabajar no encontraban en qué», más exactamente: no querían trabajar por un salario de miseria y tampoco querían dedicarse a cualquier tipo de trabajo. «El ocio forzoso -en definitiva lo que hoy llamamos paro- y falta de inversión eran fenómenos debidos a las condiciones objetivas de la sociedad, que asfixiaban a los que trabajaban».

La conclusión que podríamos sacar de este examen rápido y por lo tanto esquemático es que el tránsito de la Edad Media a la moderna fue una etapa mucho más larga de lo que suponía Michelet. Es imposible señalar una ruptura neta entre las dos épocas ; estamos frente a un proceso evolutivo muy lento. La época del Renacimiento inicia unos cambios que coinciden cronológicamente con la aparición de rasgos característicos de lo que después se suele considerar como el capitalismo y la promoción social de la burguesía. Pero las mentalidades evolucionan muy lentamente y la relación entre las infraestructuras económicas y las superestructuras ideológicas es mucho más compleja de lo que se piensa. Es lo que sugería Ernest Labrousse en el prólogo que escribió para la traducción francesa del libro de R. H. Tawney, La religión y el auge del capitalismo: ¿Cómo llegó el puritanismo a instalarse y a desarrollarse a sus anchas en la historia? La mentalidad puritana no explica el desarrollo económico, sino que se explica a su vez por las transformaciones sociales. La ética puede condicionar una sociedad, pero lo más probable es que sea la sociedad la que condicione la ética.

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