El caso del príncipe Don Carlos tuvo una repercusión tan grande dentro y fuera de nuestras fronteras, que ha sido  una de las piezas claves de la leyenda negra anti filipina promovida por Guillermo de Orange. Por ello hemos vamos a introducirnos un poquito más a fondo sobre ello.

Guillermo de Orange inventó una historia apasionada y terrible en su Apologie. Según él, aunque Felipe II estaba casado con Isabel de Valois, estaba realmente enamorado de su sobrina carnal, Ana de Austria, y quería desposarse con ella, para lo que necesitaba la autorización del Papa. Felipe descubrió los amores entre su hijo Carlos y su esposa Isabel de Valois, y trazó un plan. Planeó la muerte de su mujer y su hijo con el doble fin de enviudar y de conseguir de la Santa Sede el permiso para casarse con su sobrina alegando la falta de un sucesor para el trono. A todo esto, el príncipe Don Carlos tiene un papel de  joven gallardo, enamorado y valiente, partidario de defender las libertades de los Países Bajos, frente a la opresión de un rey Felipe caduco, viejo, cruel, sombrío, fanático y celoso.

 En la actualidad, los historiadores ofrecen una versión muy diferente del conflicto entre Felipe II y su hijo Carlos. Para ello se remontan hasta los mismos orígenes del príncipe.

 Don Carlos fue fruto del  matrimonio entre Felipe II y su primera esposa, María Manuela de Portugal, como ya hemos contado anteriormente. El enlace, no obstante, fue un error genético, ya que Felipe y María Manuela eran primos hermanos en grado doble.

 

                                                                                                                                                                        

Don Carlos nació el 8 de julio de 1545 y cuatro días después falleció su madre. No pasó tampoco mucho tiempo, durante su infancia, en compañía de su padre, ya que Felipe II estuvo fuera de España entre 1548 y 1551 (de los 3 a los 6 años del príncipe) y entre 1554 y 1559 (de los 9 a los 14 años). Durante algún tiempo, se crió junto a sus tías María y Juana, hasta que ambas contrajeron matrimonio: María, en 1548, con el emperador Maximiliano II de Austria.; y Juana, en 1552, con el príncipe Juan Manuel de Portugal. En 1551, Don Carlos se quejaba de la soledad de una extraña forma, en tercera persona: “¿Qué va a ser del niño, aquí solo, sin padre ni madre?”.

Durante sus primeros años, Don Carlos dio repetidas muestras de inestabilidad emocional, protagonizando grandes rabietas en las que, en ocasiones, llegaba a autolesionarse. Además, su condición de zurdo no agradó a sus educadores, quienes intentaron cambiarle esa tendencia, incluso atándole la mano hábil.

 En 1560, a los 14 años, conoció a su “madrastra”, Isabel de Valois (que tenía su misma edad), a quien le unió una relación de cierta amistad, pero no de amor. Ese mismo año fue reconocido como heredero por las Cortes.

Aquejado de fiebres continuas, en 1562, Felipe II decidió enviarlo a estudiar a la Universidad de Alcalá de Henares, en compañía de D. Juan de Austria y de Alejandro Farnesio. Allí, el 19 de abril de 1562, acudiendo a una “cita galante”, se cayó en una escalera y se dio un golpe tremendo en la cabeza con el quicio de una puerta. Los tratamientos médicos no dieron resultado y empezó a temerse por la vida del príncipe. Se acudió a los remedios mágicos de un curandero morisco llamado Pinterete. Y no dando resultado alguno, llegaron a meterle en la cama la momia de Diego de Alcalá, un fraile franciscano que se tenía por santo y que años más tarde sería canonizado. Finalmente, el médico más prestigioso de la época, Vesalio, le realizó una trepanación y le salvó la vida. Pese a ello, tras su recuperación, Don Carlos se hizo más excéntrico, crecieron sus gestos de crueldad y se hicieron más temibles sus estallidos de cólera. Además, su salud empeoró, fundamentalmente debido a sus excesos de glotonería.

 Su desarrollo físico tampoco era el deseado. Era persona de baja estatura y voz chillona. Tartamudeaba ligeramente y le costa mucho hilar las frases. En ocasiones daba muestras de lucidez y en otras no demostraba tener más inteligencia que un niño. Tenía un hombro más alto que el otro, el pecho hundido y la pierna derecha más corta que la izquierda.

Carlos tenía poca paciencia y se desesperaba al sentir que su padre no le hacía mucho caso ni le concedía autoridad o responsabilidades políticas. Felipe II fue muy reticente a la hora de incorporar al príncipe al poder. Así mismo, trató con sumo cuidado un tema de gran importancia estratégica: la boda de Don Carlos.

 La primera candidata a ser esposa del príncipe fue María Estuardo. Tras enviudar de Francisco II de Francia en 1560, la reina de Escocia planteó la posibilidad de casarse con el heredero al trono hispánico. En 1563, Felipe II envió a la corte escocesa a un hombre de confianza a negociar el matrimonio de forma secreta. Asaltado por las dudas, el monarca le pidió consejo al Duque de Alba, quien le manifestó sus dudas sobre la idoneidad del enlace. Felipe II decidió posponer su respuesta hasta que en 1564 abandonó la idea. No obstante, no le comunicó nada a María Estuardo, quien, tras dos años de espera, acabó casándose con  su primo, Lord Darnley.

 Conocedor de las intenciones iníciales de María Estuardo, Don Carlos entendió que la boda no pudo celebrarse por la oposición de su padre y el antagonismo entre ambos se convirtió en inquina, ante la sensación de apartamiento progresivo del poder.

 Felipe II decidió poner a prueba a su hijo y le nombró presidente del Consejo de Estado. Además, nombró al Príncipe de Éboli mayordomo mayor de la casa del príncipe. Y así, pudo comprobar la incapacidad de Don Carlos. Por su parte, el príncipe comenzó a pensar que la mejor solución a sus problemas era la fuga de la corte y la rebelión.

 En 1566, los desórdenes de los Países Bajos incrementaron su voluntad de protagonismo político. Don Carlos anhelaba la vida heroica y, en consecuencia admiraba a su abuelo, el emperador, al tiempo que menospreciaba a su padre. Se burlaba en público de los “viajes” de Felipe II y le tenía por cobarde en las cosas de la guerra, porque siempre se quedaba en la retaguardia. El príncipe creía que su padre había de ir a los Países Bajos a sofocar la rebelión y que si no iba, él había de ser elegido para llevar a cabo tal misión. Felipe II no convocó a su hijo al Consejo de Estado que había de tratar el tema de la rebelión de los Países Bajos. Enterado del asunto de la sesión, Don Carlos se acercó a la sala, comenzó a espiar desde el otro lado de la puerta y fue descubierto…

En 1567 los signos de violencia y desequilibro del príncipe se hicieron más frecuentes. Incluso llegó a intentar agredir al Duque de Alba, tras conocer que era el elegido por el rey para tratar de sofocar la rebelión de los Países Bajos. Don Carlos estuvo constantemente aquejado de fiebres y dolencias, en gran medida, provocadas por su glotonería. Por otra parte, tampoco fructificó su ansiado proyecto de boda con su prima, la archiduquesa Ana de Austria (futura cuarta mujer de Felipe II), pese a las solicitudes de la corte vienesa.

Felipe II ya estaba valorando la posibilidad de declarar la incapacidad de su hijo como heredero a la corona. Incluso llegó a plantearse casarlo con su hermana Juana, para tener cierta seguridad de que el poder siguiese en buenas manos a su muerte, ya que Juana había gobernado los Estados hispánicos entre 1554 y 1559. A Don Carlos le repugnaba la idea de casarse con su tía por el parentesco, porque era 10 años mayor que él y porque no era virgen. El monarca fue aplazando su decisión hasta que los motivos le convencieron de que había de actuar. Don Carlos le declaró al prior del convento de Atocha que deseaba la muerte de su padre. Llegó incluso a contactar con los rebeldes flamencos. Empezó a pedir dinero a los grandes del reino. Y le ofreció a Don Juan de Austria el trono de Nápoles si le ayudaba.

Finalmente, el 18 de enero de 1568 llegó a amenazar, espada en mano, a Don Juan de Austria por no darle información sobre las intenciones del rey. Felipe II decidió actuar. Acompañado por el Consejo de Estado y su guardia armada, se personó en la cámara de Don Carlos y ordenó su detención y “encarcelamiento” en su propia habitación. El príncipe le dijo a su padre que si no le mataba él, se acabaría suicidando por pura desesperación, que no locura. Para minimizar el escándalo, Felipe II informó a los Consejos y a las Cortes, y escribió cartas autógrafas a las personalidades más destacadas de la Cristiandad, como el emperador Maximiliano II y el papa Pío V, justificando su decisión como un deber real, por respeto a Dios y a sus súbditos. No obstante, no quiso dar más explicaciones, lo que permitió a sus enemigos aprovecharse del suceso.

Don Carlos fue trasladado a un torreón del alcázar, donde permaneció incomunicado. Felipe II decidió incapacitarle para el gobierno e inició un proceso legal. Mientras tanto, el príncipe, desesperado por la falta de libertad, cometió múltiples excesos, pasando de realizar una huelga de hambre a comer hasta límites insufribles. Su salud fue empeorando y finalmente logró su propósito de abreviar sus días en prisión. Don Carlos murió el 24 de julio de 1568. Su fallecimiento eliminó el problema de la incapacitación legal, pero abrió otro nuevo: la sucesión al trono.

 

 

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Llegados a este punto del Blog, creo conveniente narrar el final de este gran monarca. Pero que quede claro que no significa el fin de las publicaciones.

Vamos a ver, según las fuentes más conocidas, se dice, que Felipe II aquejado de gota, falleció en El Escorial el 13 de septiembre de 1598, marcando el recrudecimiento del declive español, que había comenzado con Carlos I y que le había dejado una deuda de 25.000 ducados, continuado en su reinado declarado tres veces en bancarrota, basándose su economía en Castilla, en los ingresos provenientes de las colonias americanas, y en los fuertes nuevos impuestos que estableció, aumentando los ya existentes. Y sabiendo que a su heredero Felipe III le dejará una deuda de 100.000 ducados!

Pero no nos conformamos con estos datos sobre su muerte y el estado de su reinado, si no que vamos a aprofundizar en las mas oscuras leyendas de su paso al otro mundo.

Felipe II vivió atormentado por unas extrañísimas visiones que le dejaron al borde de la locura. Las oscuras noches en el Escorial se hacían eternas y tormentosas para el monarca ante la fantasmal aparición de un perro negro.

 

Por eso hemos decidido enlazar estos videos sobre sus ultimos días  y  gracias al historiador Mariano Fernández Urresti aportará luz sobre la oscura existencia de Felipe II.

 

 

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  Una de las figuras españolas más discutidas y peor comprendidas, contradictoriamente objeto de los más formidables panegíricos y alabanzas y de los más exacerbados odios y críticas, ha sido, sin duda alguna, Felipe II, hasta el punto de que fue llamado por sus enemigos ‘el Demonio del Sur’

 Supongo que después de visitar nuestro blog, muchos de vosotros ya conoceréis a nuestro protagonista: a Felipe, un rey español de los más conocidos, queridos y odiados, un rey eminentemente nacional, pues apenas salió de España dos veces pero que sin quererlo, con sus actos y con la leyenda añadida de los que le odiaban, fue forjando una leyenda negra que era antiespañola, pero sobre todo anti filipina. Esta leyenda fue naciendo en la Europa del Norte en la segunda mitad del siglo XVI, y que hoy día perdura y se estudia. Aun todavía, este monarca, cuyo nombre llena de pleno derecho una de las más brillantes páginas de la Historia moderna universal, ha sido y continúa siendo motivo de múltiples estudios en uno y otro sentido.

 

 

 

 Dicha leyenda se apoya en tres pilares:

 

El libro Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición española, editado en 1567, obra de Reginaldo Gonzalo Montanés, un protestante español refugiado en Francfort y protegido por los príncipes alemanes partidarios de la Reforma luterana, muy traducido durante la segunda mitad del siglo XVI al inglés, alemán, francés y holandés.

   

La explotación, a partir de 1578, de algunas obras de fray Bartolomé de las Casas, particularmente la titulada Brevísima relación de la destrucción de las Indias.

 

La Apología, de fines de 1580, obra de Guillermo de Orange, que será a su vez punto de partida de numerosos libelos franceses, ingleses y alemanes.

 

 

 

En dichos libros se le acusan de multitud de hechos entre ellos de matar a su tercera esposa Isabel de Valois, de matar a su hijo Carlos y de vivir amancebado con su hermana Juana. Se le acusó de fanatismo y crueldad en la Inquisición . Y por supuesto, se le denunciaba los hechos cometidos en las Indias occidentales. Todas estas acusaciones aumentaron aún más con el caso de Antonio Pérez que se exilió a Inglaterra alimentando dicha leyenda.

 En cualquier caso ninguna de estas acusaciones han sido probadas, con lo cual pueden tomarse como falsas. En cuanto a las acusaciones religiosas (con respecto a los indígenas y protestantes) son difícilmente rebatibles, son más fáciles de ser mantenidas y continúan siendo la principal base de las críticas que se dirigen contra el rey. El problema, es de si un hombre -el rey- era el que controlaba todos los acontecimientos, o por el contrario si eran los acontecimientos los que le controlaban a él.

De todas maneras, hiciera lo que hiciera, no cabe duda de que Felipe II fue uno de los grandes reyes de la casa de Austria, sin duda alguna el que más trabajó por su reinado, se interesó científicamente por el nuevo continente, prueba de ello son la multitud de archivos existentes en El Escorial llena de plantas que se trajeron del Nuevo Mundo. Se podrá calificar de multitud de cosas a Felipe II pero de que fue un gran rey no se puede dudar, al menos así lo veo yo.

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En 1568 Felipe II queda de nuevo viudo, sin descendencia masculina y con dos hijas pequeñas. Rápidamente aparecen candidatas: Margarita de Valois, hermana de la recientemente fallecida Isabel, y la archiduquesa Anna de Austria. El monarca español se dirige a su primo Maximiliano II a los cuatro meses de perder a su esposa en estos términos: “si se atuviera a su satisfacción personal seguiría como estaba; pero teniendo tan pocos herederos y ningún varón se alegraba por el bien de su reino del ofrecimiento que se le hacía”. Dicho ofrecimiento es la mano de la archiduquesa Anna ya que esta era hija del emperador Maximiliano II y de la infanta María, hermana de Felipe II, por lo tanto sobrina carnal del monarca. Anna había nacido en el pueblo vallisoletano de Cigales el 1 de noviembre de 1549 y contaba con excelentes antecedentes de fecundidad ya que su madre había tenido nada menos que 14 hijos. Además hablaba castellano a la perfección y amaba todo lo relacionado con la península, sintiendo por su tío Felipe una especial predilección.

La consanguinidad entre los cónyuges provocó cierto rechazo del papa Pío V al enlace, pero finalmente otorgó la necesaria dispensa papal. Las capitulaciones se firmaron en Madrid el 24 de enero de 1570. El esposo contaba con 42 años y la esposa 21. La boda por poderes tuvo lugar en el castillo de Praga el 4 de mayo de ese mismo año, llegando la reina a Laredo el 3 de octubre. La misa de velaciones se celebró en la capilla del Alcázar de Segovia el 14 de noviembre, pasando los cónyuges la luna de miel en el palacio de Valsaín, uno de los favoritos de Felipe. Cuentan los cronistas que “a la mañana siguiente el Rey y la Reina fueron vistos alegres y contentos y salieron a oír misa en la iglesia pública”. Doce días más tarde, Anna hace su entrada pública en Madrid, poniendo rumbo al Alcázar para conocer a las hijas de su esposo, Catalina Micaela e Isabel Clara Eugenia. Las damas de la corte habían dicho a las pequeñas que su madre regresaba del cielo; cuando la infanta Isabel contempló a la nueva reina se echó a llorar diciendo: “Esta no es mi madre que tiene el pelo rubio”. La niña, de cuatro años, recordaba los oscuros cabellos de su madre por lo que no creyó la comedia inventada por las damas. Doña Anna contó a las infantas que no era su madre pero que las iba a querer como si lo fuera, lo que en efecto ocurrió.

Desconocemos si Anna se enamoró profundamente de su marido. Precisamente los especialistas que afirman la existencia de una aventura de Felipe II con la princesa Eboli la sitúan en estas fechas. Si esta infidelidad fue cierta, la reina no manifestó públicamente sus celos. El embajador veneciano nos cuenta que el rey iba a visitar tres veces al día a su esposa e incluso nos describe la alcoba real: “dos camas bajas, separadas dos palmos una de otra y cubiertas por una cortina, de tal manera que parecían una sola”. La austeridad y la sencillez se adueñaron de la corte madrileña, hasta el punto de llegar a la queja del embajador francés porque Madrid “parece un convento de monjas”.

Castillo de Praga

Castillo de Praga

Uno de los factores que determinaron la elección de Anna fue la elevada natalidad de su madre, no dejando en mal lugar a los que apostaron por ella. Pronto se quedará embarazada y el 4 de diciembre de 1571 nació el primer varón, bautizado con el nombre de Fernando en honor a su bisabuelo, Fernando el Católico. Se cuenta que el niño estaba dormido durante el bautizo lo que se interpretó como un mal augurio. En efecto, el príncipe Fernando falleció el 18 de octubre de 1578, a los siete años.

En un viaje a El Escorial la reina sintió profundos dolores de parto, dando a luz en Galapagar de forma repentina el 12 de agosto de 1573. Nacerá un nuevo varón llamado Carlos Lorenzo, quien fallecerá el 9 de julio de 1575. Tres días después de la muerte del infante nace en Madrid el tercer hijo de la real pareja bautizado con el nombre de Diego Félix, quien también fallecerá con siete años, a causa de la viruela.

El 3 de abril de 1578 nace en el Alcázar madrileño un nuevo infante al que se le puso el nombre de Felipe; será el heredero de la corona aunque en el momento de su nacimiento había dos hermanos en la línea de sucesión. El quinto y último parto de doña Anna tendrá lugar el 14 de febrero de 1580, viniendo al mundo una niña llamada María que fallecerá el 4 de agosto de 1583, con tres añitos. Se especula que los hijos de Anna fallecerían por causa de la sífilis congénita heredada de su padre, aunque también se apunta como causa de los fallecimientos las peligrosas diarreas estivales, mortales en la época.

Tras el quinto parto, la reina sufrirá una grave anorexia que la puso a las puertas de la muerte. Fue necesaria la intervención del padre fray Alonso de Orozco que dio a Anna una perdiz y una loncha de tocino asados mientras recitaba versos del Magnificat. La reina comió parte de las viandas que le fueron ofrecidas y se levantó con salud.

Pocos meses después del parto de su hija pequeña, la reina Ana de Austria falleció en Talavera la Real (Badajoz), víctima de una gripe epidémica, enfermedad que previamente había padecido el rey Felipe II. Murió nuevamente embarazada y fue enterrada en el Real Monasterio de Santa Ana de Badajoz, donde estuvo durante varios años hasta su traslado al Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Como recuerdo, se permitió que las entrañas de la reina se quedaran enterradas en el monasterio pacense de Santa Ana, donde actualmente pemanecen enterradas en el suelo del coro de dicho monasterio.

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La tercera esposa de Felipe II será francesa, fruto del Tratado de Cateau-Cambresis que pone paz entre España y Francia en 1559. Esta es la razón por la que se conoce popularmente a la reina como Isabel de la Paz. Isabel había nacido en Fontainebleau el 13 de abril de 1546. Era hija de Enrique II de Francia y Catalina de Médicis

La boda se celebró por poderes el 22 de junio de 1559, en la catedral de Notre Dame de París, representando al novio el todopoderoso duque de Alba. Al ser costumbre en la corte francesa acostar a los desposados en la noche de bodas y faltar el novio, tuvo que ser su representante quien realizara el acto. Para ello, don Fernando llegó a la alcoba regia, hizo una reverencia a los invitados presentes y tomó simbólica posesión del tálamo colocando una pierna y un brazo sobre la cama donde observaba la joven Isabel. Con motivo de las fiestas celebradas se produjo un luctuoso episodio ya que en una justa entre Enrique II y el caballero Montgomery, la lanza de éste se parte y se introduce en el ojo del rey, lo que provocará su muerte diez días después.

El 6 de enero de 1560 llega el séquito de Isabel a Roncesvalles, dirigiéndose a Guadalajara donde la espera Felipe. El 2 de febrero se celebra la misa de velaciones y los esposos se encierran en la cámara nupcial, sin dar tiempo al obispo de Pamplona de bendecir el tálamo, lo que tuvo que hacer desde la puerta. Resulta fácil imaginar que aquella noche nada ocurrió ya que la reina tenía trece años y aún jugaba a las muñecas por lo que se decidió posponer la consumación del matrimonio, a pesar de las reticencias de Felipe.

Era costumbre en las cortes europeas airear las primeras menstruaciones de las infantas y princesas por lo que conocemos la fecha exacta de la primera regla de Isabel: el 11 de agosto de 1561, a la edad de 15 años y cuatro meses. En este último año la joven había crecido bastante y su belleza era comentada en toda la corte. Desde ese momento se inician los contactos sexuales entre los cónyuges. Los embajadores franceses escriben a Catalina de Médicis que “la constitución del rey causa graves dolores a la reina, que necesita mucho valor para evitarlo”. Isabel padece fiebre y erupción durante una estancia en Toledo, temiéndose que fuera la temible sífilis la enfermedad que afectaba a la reina. Afortunadamente se trató de una viruela y para evitar que en el atractivo rostro de Isabel quedasen marcas, se le embadurnó con clara de huevo y leche de burra, mientras que los médicos franceses aplicaron nata y sangre de paloma en los ojos para un mejor cuidado.

En 1561 la corte se instalaba definitivamente en Madrid y los monarcas estrechaban su felicidad, a pesar de que dormían y comían separados. Isabel se consideraba una de las mujeres más felices del mundo. En mayo de 1564 llega el anuncio del embarazo de la reina. Tres meses más tarde abortaba gemelos. La primeriza Isabel sufrió muchísimo con este parto, llegando al punto de perder la esperanza los médicos de salvar a la paciente. Afortunadamente, un galeno italiano purgó a la enferma y consiguió su salvación. En la calle, la curación fue interpretada como un milagro ya que todo el pueblo rezó para la salvación de su soberana. Se apunta a una posible relación adúltera de don Felipe con una dama de honor de la princesa Juana llamada Eufrasia de Guzmán, lo que recordó a Isabel los amores de su padre con Diana de Poitiers. Pero sería el propio Felipe quien rápidamente abandonó esta aventura para mantenerse fiel a su esposa, llegándose a apuntar que fue Isabel la única esposa amada por el rey prudente.

Ante el delicado estado de salud de la reina, los médicos recomendaron baños a lo que ella se opuso por el pudor provocado al mostrarse desnuda, ni siquiera ante sus ayudas de cámara. La descendencia no llegaba y se utilizó un método sobrenatural al traer los restos incorruptos de San Eugenio, mártir y primer arzobispo de París, desde Saint Denis hasta Toledo. Isabel imploró al santo la solución a su infertilidad y a finales de diciembre de 1565 se anunciaba el embarazo. El parto tuvo lugar en Valsaín, el 12 de agosto de 1566, naciendo una niña que fue llamada Isabel Clara Eugenia. Felipe pretendió llevar a su hija hasta la pila bautismal por lo que ordenó la construcción de un muñeco con el que se entrenaba en su cámara. No seguro de realizar correctamente tan delicada misión, el rey eligió a su hermano don Juan de Austria. Isabel Clara Eugenia se convertirá en la favorita de Felipe, siendo una estrecha colaboradora para su padre.

En el mes de febrero de 1567 se reciben noticias de un nuevo embarazo. El 6 de octubre de ese año nacerá una nueva niña llamada Catalina Micaela. Tras el parto Isabel sufrió un peligroso acceso febril que fue atribuido a la subida de la leche por lo que se aplicó jugo de perejil en los pezones de la reina con el fin de ayudar a la subida.

El delicado estado de salud de Isabel en mayo de 1568 hace pensar en un nuevo embarazo. Las fiebres, los mareos, vértigos y sensaciones de ahogo eran continuos por lo que se la rodeó de todo tipo de cuidados para evitar el aborto. El 3 de octubre de ese año Isabel expulsaba un feto de cinco meses y al poco tiempo fallecía, sin haber cumplido los 23 años.

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El segundo matrimonio de Felipe II, fue con la prima de su padre: Maria I de Inglaterra también conocida como Maria Tudor. Era, desde luego, un matrimonio político; a Maria Tudor le interesaba apoyos contra el anglicanismo y a Felipe II el apoyo de Inglaterra contra los Países Bajos y ambos aislaban a Francia.

Tras el cisma abierto por Enrique VIII con Roma, María Tudor deseaba recuperar la confianza del papado y regresar al redil del catolicismo, como buen hijo pródigo. Este será el objetivo primordial de su política, no dudando en realizar algunas persecuciones y ejecuciones de protestantes, lo que le valdrá el apelativo de Bloody Mary, María la sangrienta. María era hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón por lo que apenas contaba con posibilidades de ocupar el trono de Inglaterra. Había nacido el 18 de febrero de 1515 y pasó una infancia feliz. Pronto se pensó en casarla, eligiendo como marido a su primo, el emperador Carlos V. Cuando los preparativos se iniciaron, en 1522, María tenía siete años y el novio 22. Desde ese momento su educación cuidadosa, aprendiendo latín, francés, castellano e italiano. Así mismo, aprenderá solfeo y canto. Pero Carlos cambió de planes y en 1526 se casaba con Isabel de Portugal, dejando a María compuesta y sin novio. Para colmo, el enlace de Enrique VIII con Ana Bolena provocaba la declaración de María como hija bastarda, quitándole el título de princesa de Gales y viendo como su madre era encerrada en el castillo de Kimbolton. Es de suponer que todos estos trances provocaron una gran tristeza en la joven María, conocida desde ahora como lady Tudor.
Con el ascenso al trono de su hermano Eduardo VI (1547), hijo de Enrique y su tercera esposa, Jean Seymour, el gobierno queda en manos de lord Eduardo Seymour, tío del rey. María es acusada de provocar revueltas para volver al catolicismo lo que motivará su encarcelamiento.
Tras el fallecimiento de Eduardo VI en 1553, y a pesar de nombrar heredera a lady Jean Grey, María contó con el apoyo popular para acceder al trono.

Como hemos dicho anteriormente, en la política por recuperar el catolicismo como religión oficial del país debemos entender su matrimonio con Felipe II, el 25 de julio de 1554, incluso contando con la oposición del pueblo y del Parlamento. De todas formas, se dice que tras haber visto Maria el cuadro de cuerpo entero pintado por Tiziano (ahora expuesto en el Museo del Prado), María declaró haberse enamorado de él. Por el lado contrario, Felipe no aceptaba de buen grado este enlace, llegando a decir “que partía para Inglaterra como el que parte para una cruzada”. La pareja pasó la luna de miel en el castillo de Windsor, recibiendo la bendición del tálamo nupcial del obispo de Winchester.
 
De esta manera, profundamente enamorada de Felipe, María decidió unilateralmente apoyar a su marido en las guerras contra Francia. La pérdida de Calais provocó el distanciamiento con su pueblo, indicando que la política de María no era aceptada, motivando su inmediata sustitución tras su fallecimiento, el 17 de noviembre de 1558, posiblemente víctima de una peritonitis tuberculosa, dejando abierto el camino para el ascenso al trono de Isabel I.

Como se ha dicho, la ceremonia tuvo lugar en la Catedral de Winchester el 25 de Julio de 1554, dos días después de su primer encuentro.

 

La Catedral de Winchester, en Winchester, condado de Hampshire es una de las mayores catedrales de Inglaterra y uno de los ejemplos del gótico perpendicular.

Posee la nave más larga y, en conjunto, la mayor longitud de todas las catedrales góticas europeas. Está consagrada al culto de la Santísima Trinidad y de san Pedro y san Pablo. El obispado se trasladó a Winchester desde Dorchester-on-Thames en el año 679. El más importante de los obispos sajones fue san Swithin, y su custodia se conserva en el templo de Winchester, por lo que se convirtió en un gran centro de peregrinación. Bajo los normandos el santuario fue reconstruido y alcanzó un tamaño enorme. En la última década del siglo XI, se terminaron la cripta y los transeptos, que permanecen igual que entonces. El resto del edificio fue modificado durante los siglos XIV y XV. William de Wykeham, obispo desde 1367 hasta 1404, comenzó la reconstrucción de la nave principal en estilo gótico. La obra fue continuada por su sucesor, el cardenal Henry Beaufort, y se prolongó a lo largo de la década de 1530. Si por fuera es impresionante no lo es menos el interior, por su tamaño, grandeza y la calidad de sus esculturas y piezas decorativas. Pocas catedrales pueden rivalizar con la de Winchester por el esplendor de sus capillas corales, en honor a antiguos obispos, como Wykeham y Beaufort. Guillermo II el Rojo, muerto mientras cazaba en New Forest, en el año 1100, está enterrado bajo una sencilla losa del coro.

Y un atractivo más de la catedral fue el escenario de la boda de María I Tudor y Felipe II en 1554 tal y como ya hemos comentado.

 

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    En el año 1543 en medio de una situación política difícil para el Emperador Carlos V, que se ve obligado a partir de la Península Ibérica hacia el norte de Europa por los problemas que tiene con los príncipes protestantes alemanes de la liga Schmalkalden, con el duque de Clèves y su eterno rival Francisco I de Francia, deja de regente de España a su hijo Felipe, después Segundo de España, junto al equipo de ministros, elegidos por el Emperador que le ayudarán en las tareas de gobierno. El joven príncipe se ve obligado a hacer frente al peligro de una ofensiva turca…pero también a su propia boda.

      El Emperador cree que ha llegado el momento de que el joven príncipe asuma responsabilidades propias de quien le va a suceder en el gobierno de España y del Imperio. Por eso al dejarlo de regente -papel que antes desempeñaba la Emperatriz Isabel, y que a la muerte de ésta en 1539 desempeñó el Cardenal Tavera en las ausencias por los constantes viajes de Carlos V-, decide que es hora también de casarlo. Pero surge el problema, ¿con quién casarlo? En un primer momento, allá por el año 1539, el Emperador se plantea un acercamiento con Francia y comenzar así una época de paz hispano-francesa, casándolo quizá con la princesa Margarita; otra posibilidad era establecer vínculos matrimoniales con la dinastía navarra de los Albret, casa real filial de la francesa. Pero en el año 1543 esta opción queda descartada pues dado el rumbo político y la hostilidad francesa es imposible efectuar un acercamiento a través de la unión marital.

Carlos V se decide entonces por la princesa María Manuela de Portugal, hija de Juan III, Rey de Portugal y hermano de le Emperatriz Isabel, madre del príncipe Felipe, y de Catalina, su hermana. Una de las razones que le llevó a esta elección fue la de reforzar la alianza con Portugal, alianza que se llevaba haciendo desde tres generaciones, y así tener un aliado seguro y dedicar todo los esfuerzos en las guerras con el norte de Europa. Otra razón es la necesidad de obtener dinero.

El Emperador había visto crecer los gastos debido a la guerra con Francia, y esta boda suponía una dote que le venía muy bien a la hora de cubrir gastos, pues el Rey Juan III había prometido dotar a su hija Mª Manuela con 300.000 ducados de los cuales 150.000 los pagaría en las ferias de Medina en 1543. Además de estas razones políticas estaban las preferencias personales del príncipe Felipe que prefiere la boda con la princesa María Manuela de Portugal, que es portuguesa como su madre y esto lo anima, a la princesa Margarita de Valois, hija de Francisco I, Rey de Francia.

En 1541 el Emperador y su hermana, Catalina, reina de Portugal, se cruzan una serie de cartas para tantear el matrimonio. Y ya en el año 1542 comienzan las negociaciones de la boda, así el 1 de diciembre de 1542 se firmó en Lisboa el contrato matrimonial de don Felipe y doña María por el embajador español don Luis Sarmiento de Mendoza, así como el de la prometida boda entre el heredero del trono portugués, don Juan, con la hija menor del Emperador, doña Juana, aplazada ésta por la minoría de edad de la prometida.

 

     Una vez obtenida la dispensa papal, necesaria por ser primos dobles, se celebró la ceremonia por poderes el domingo 12 de mayo de 1543, en el palacio del embajador español don Luis Sarmiento de Mendoza, en Almeirim y figura éste como apoderado del novio; ofició el cardenal-infante don Enrique, tío de la novia.

  Esta boda no se consuma hasta el mes de noviembre del mismo año en la ciudad de Salamanca.

Pero, ¿cómo se vivieron los preparativos de la ceremonia?, ¿quiénes fueron a recibir a la princesa y acompañaron al novio en estos días tan importantes?, ¿cómo vistieron?, ¿quiénes corrían con los gastos?… Todas estas preguntas podemos contestarlas si nos asomamos al manuscrito que reproducimos, que es la crónica que hace una mano anónima al Emperador Carlos V, que al no poder asistir personalmente a la boda, le pide a éste que se la relate.

     El Emperador a pesar de tener grandes preocupaciones y responsabilidades políticas se preocupó personalmente, como cualquier padre, de hablar con su hijo, Felipe, y aconsejarle en materia amorosa, queda constancia de esto en la correspondencia que mantenían padre e hijo. Y además lo dejó bajo la tutela de Juan de Zúñiga para que no se excediese en los contactos sexuales con María Manuela, una vez casados. Y a la joven esposa la deja bajo la vigilancia de los duques de Gandía, los cuales debían colaborar con Zúñiga para que los jóvenes esposos no frecuentasen las relaciones íntimas.

Ante tanto lujo y colorido y tal número de gentes que venían en la comitiva, cada pueblo y ciudad los acogía lo mejor que podían y les hacían un gran recibimiento al entrar en su ciudad. Cuando esto ocurría, salía a recibir la comitiva el regimiento: el corregidor y el cabildo, y la acompañaban al interior de la ciudad; el obispo solía ofrecer un banquete para todo su séquito y los principales señores de la ciudad; el cronista hace hincapié en la magnificencia de los banquetes que ofrece el obispo y la gran cantidad de comensales que se sientan a la mesa, de este modo, hace propaganda de la riqueza del obispo y de su magnanimidad.

El 15 de octubre de 1543 llegó la princesa María Manuela a Elvas y comenzaron los preparativos para efectuar su entrega a los representantes del Emperador Carlos V y del príncipe Felipe. Los portugueses enviaron un correo al duque de Medina Sidonia y al obispo de Cartagena avisándoles que ellos ya estaban preparados para efectuar la entrega de la princesa y por tanto pedían si se podía adelantar al sábado y no esperar hasta el lunes. Pero el duque de Medina Sidonia y el obispo de Cartagena, tras consultarlo entre ellos y meditarlo, decidieron esperar hasta el lunes para ir a recogerla temiendo estropear la entrega por la precipitación y cambio de día, y además de este modo, le daban a la ciudad tiempo para terminar el recibimiento. Pero a la hora de efectuarse la entrega surgieron problemas protocolarios entre el duque de Medina Sidonia y el arzobispo de Lisboa y Luis Sarmiento, embajador del Emperador, y Gaspar Caravallo, embajador del Rey de Portugal en Castilla. Cada uno alegaba tener más derecho a ocupar el primer puesto ante la princesa, que otro. Tras mucho discutir, el duque de Medina Sidonia y el obispo de Cartagena decidieron ceder sus preeminencias y privilegios a favor de Luis Sarmiento y Gaspar Caravallo, para poder así concluir con el encargo del príncipe Felipe. Una vez solucionado este problema se efectúa la entrega de la princesa al duque de Braganza, la rienda de la mula de la princesa al duque de Medina Sidonia y éste la toma y se sitúa a la mano izquierda del duque de Braganza, y el obispo a la mano derecha. Tras esto, se firmaron, al duque de Braganza, los testimonios para refrendar que había cumplido las ordenes del Rey, Juan III de Portugal, y había efectuado bien la entrega, habiéndola recibido bien el duque de Medina Sidonia y el obispo de Cartagena. Tras esto, se efectuó el besamanos a la princesa por aquellos portugueses que se separaban ya de ella.

Aquí comienza el viaje de la princesa por tierras españolas, en cada pueblo y ciudad le hacen un recibimiento que recoge el cronista con todo lujo de detalles. En la carta que el príncipe Felipe dirige al duque de Medina Sidonia y al obispo de Cartagena, se aprecian las pautas protocolarias para recibir a la princesa y tratar con el arzobispo de Lisboa y el duque de Braganza, y cómo han de entrar en las ciudades por las que pasen. En lo tocante al resto del camino, que hay entre Badajoz y Salamanca, lo deja en manos del duque de Medina Sidonia y del obispo de Cartagena ateniéndose a su buen juicio a la hora de honrar a la princesa.

Hasta llegar a Salamanca, por cada pueblo que pasaban le hacían un recibimiento y fiestas, como se puede ver en el manuscrito, pero ninguno tan espectacular y rico como el que se le hace en la ciudad universitaria, La recibieron a la puerta de la ciudad con música y danzas y hubo escaramuzas entre escuadrones de soldados. Salieron a acogerla miembros de la clerecía, de la Universidad y de las Escuelas Mayores.

El príncipe Felipe acompaña a la princesa María Manuela hasta Salamanca sin ser visto, y entra en la ciudad sin recibimiento por petición suya.   El joven novio, Felipe, siente curiosidad por saber cómo es su novia, y así pide que le envíen unos retratos. Pero no contento con esto y con las descripciones que le manda el embajador, don Luis Sarmiento por carta, don Felipe sale a escondidas con su cortejo a ver a la princesa. Según Manuel Fernández Álvarez, no sólo es curiosidad lo que mueve a nuestro príncipe a ir a ver a la princesa por el camino, sino que es también cuestión de protocolo, por eso se hace acompañar para tener testigos de qué tiene interés por su futura esposa.

En Aldeanueva, don Felipe se esconde en un mesón que estaba en la calle por donde iba a pasar la princesa, y al punto de hacerlo doña María Manuela, don Antonio de Rojas levantó las mantas, detrás de las que se ocultaba el príncipe, y quedó a la vista de todos para gran alegría de las damas portuguesas. Aquí es donde se ve que él iba a cortejar también a la novia y no sólo a observarla a escondidas.

El enlace se realizó por poderes en la localidad portuguesa de Almeirim el 12 de mayo de 1543, partiendo la princesa inmediatamente a Salamanca para encontrarse con su marido. La misa de velaciones se celebró en la ciudad castellana el 15 de noviembre del mismo año, recibiendo los novios la bendición del arzobispo de Toledo, Juan Pardo de Tavera. La joven pareja se trasladó pronto a Valladolid, donde Felipe dio muestras de su preocupación por la obesidad de su mujer, a pesar de que nos la describen como mujer atractiva, “en palacio, donde hay damas de buenos gestos, ninguna está mejor que ella”. El padre del joven esposo estaba muy preocupado por evitar excesos en las relaciones sexuales de la pareja, abusos que se creían habían causado la muerte al príncipe Juan, hijo mayor de los Reyes Católicos. Para evitar dichos excesos, Carlos dio las pertinentes recomendaciones a su hijo y al ayo de Felipe para evitar frecuentes visitas del príncipe a su esposa e incluso que durmiesen juntos. Por eso se cuenta que en la noche de bodas, sobre las tres de la madrugada, don Juan de Zúñiga entró en la alcoba nupcial y separó a los jóvenes. La recomendación de Zúñiga es que el príncipe no mantenga continuas relaciones con su esposa para que “cada vez que llegue a su mujer lo haría con tanto deseo que sería muchas veces novio al año”.
La madre de María aconseja a su hija sobre la obesidad que disgusta a Felipe y la advierte sobre los celos: “Pon todos los sentidos en el propósito de no dar jamás a tu marido una impresión de celos, porque ello significaría el final de vuestra paz y contento”.

Tras un año de matrimonio el deseado sucesor no llegaba por lo que se decidió aplicar a la joven frecuentes sangrías en las piernas, con el fin de quedar embarazada, lo que ocurrió en los primeros días de septiembre de 1544, seguramente que no debido a las sangrías. Aunque a modo de anécdota, comentar que en la medianoche del 8 de julio de 1545 nacía, tras un complicado parto, un niño que recibiría el nombre de Carlos. A los cuatro días del alumbramiento fallecía la princesa María Manuela, posiblemente debido a las temidas fiebres puerperales. En su momento se alegaron cuestiones peregrinas para justificar la muerte de la princesa como el haber comido un limón – otros cronistas apuntan a un melón – demasiado pronto tras dar a luz. A los 18 años Felipe quedaba viudo y con un hijo legítimo ya que se apunta a una posible relación por estas fechas con doña Isabel de Osorio, hermana del marqués de Astorga, con quien tendría dos hijos llamados Pedro y Bernardino.

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Si buscamos la definición de Matrimonio en un diccionario o enciclopedia, nos econtraremos con la siguiente definición:

El Matrimonio es una unión entre dos personas que cuenta con un reconocimiento social, cultural o jurídico, y tiene por fin fundamental la fundación de un grupo familiar, aunque también para proporcionar un marco de protección mutua o de protección de la descendencia (protección tanto jurídica como económica y emocional). Puede ser motivado por intereses personales, económicos, sentimentales, de protección de la familia o como medio para obtener algunas ventajas sociales.

Vemos que la motivación de un matrimonio se mantiene a través de los siglos; pues en nuestro caso, en el de Felipe II, los intereses eren económicos y con ventajas sociales.

Por ello Carlos V, ya se molestó en buscar las esposas a su hijo.

 

Veamos pues cuales fueron estos matrimonios detenidamente y como se desarrollaron:

 

– Maria Manuela  de Portugal el 15 de Noviembre de 1543

– Maria I de Inglaterra el 25 de Julio de 1554

– Isabel de Valois el 22 de Junio de 1559

– Ana de Austria el 12 de Noviembre de 1570

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Tanto Olga como yo os queremos dar las gracias, GRACIAS!

Desde el pasado 10 de Noviembre hasta hoy 10 de Diciembre, este blog ha tenido 443 visitas!!!

Se dice rápido 443 visitas, pero detrás de este Blog  hay muchas horas de trabajo, con lo que es una  recompensa para nosotras, por eso una vez más os queremos dar las gracias.

Por todo ello, os queremos hacer participes  de la información sobre las visitas que habéis ido efectuando.

Para empezar el  promedio de visitas diarias es de  14, y el promedio de tiempo de visita es de aproximadamente dos minutos y medio.

 

Las visitas están hechas desde 18 países  de todo el mundo, que aquí os adjuntamos  con su correspondiente ubicación:

España 359 visitas, Méjico 27 visitas, Argentina 13 visitas, Perú 10 visitas, Francia y Estados Unidos con 5 visitas, Colombia y República Dominicana con 4 visitas, Ecuador 3 visitas, Belgica, Venezuela y Chile con 2 visitas y con una visita: Puerto Rico, Alemania, Panama, Reino Unido, Brasil, El Salvador e Italia.

Destacando España podemos decir que la ciudad que tiene más visitas es Alicante con 131, en segundo lugar  tenemos Madrid con 82, con 20 visitas y en tercera posición esta Valladolid, Barcelona con 18 y Valencia en quinta posición con 10 visitas, el resto de población suman un total de 71 visitas.

 

Esperamos seguir con este buen ritmo de visitas, ya que será el resultado de un trabajo bien hecho.

 

 

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Una vez llegado a este punto sobre la vida de nuestro protagonista, hemos decidido hacer una pausa para añadir dos videos sobre el reinado de Felipe II:

El primero de ellos nos resume las batallas de su reinado en imágenes, una vez su padre le pasó el reino.

 

 

 

 

 

 

El segundo video, trata sobre la Armada Invencible.

La Armada Invencible, también conocida como La Grande y Felicísima Armada o Armada Española, fue el nombre que dio Felipe II a la gran flota que armó en 1588 para invadir Inglaterra durante la Guerra anglo-española de 1585-1604. El envío por parte de Felipe II de esta flota, con la intención de invadir y controlar la política exterior inglesa (principalmente en lo referente a la piratería y la guerra de Flandes), supuso el comienzo de las hostilidades de una guerra en la que finalmente España consiguió que Inglaterra solicitara la paz y firmara un tratado favorable a los intereses de la monarquía hispánica en Londres (1604). No obstante, esta campaña naval se considera una derrota española, ya por la pérdida de navíos en el temporal, como por la épica lucha entre los dos titanes y que impidió el desembarco de 30.000 hombres en las costas inglesas. Aun así, después del fuerte temporal frente a Escocia e Irlanda, más de la mitad de los navíos llegaron a las costas españolas. Sin embargo, la supremacía española en los mares permanecería indiscutida hasta la Batalla de las Dunas (1639). Además su posición como primera flota del mundo se afianzó aún más cuando los ingleses crearon su Armada Inglesa un año después de esta operación, y fracasaron igualmente frente a las costas de Galicia y Lisboa.

Debía mandarla el almirante de Castilla Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, pero murió poco antes de la partida de la flota, siendo sustituido a toda prisa por Alonso Pérez de Guzmán ( VII duque de Medina-Sidonia ), Grande de España. Estaba compuesta de unos 137 barcos.

 

 

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