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Pensamiento

     Erasmo de Rotterdam es una de las máximas figuras de la historia espiritual de su generación y, tal vez, también de las que han venido después. Se trata, como ya hemos dicho, de un hombre que se adelanta en muchos sentidos a su tiempo, hallándose a menudo más cerca de nuestra época que de la suya. Es un precursor de la contestación conciliar y postconciliar que desde la segunda mitad del siglo XX viene caracterizando la vida de la Iglesia. Es un “revolucionario” que no quiere una revolución, sino una renovación: lanza la voz contra los abusos de esta institución abriendo así un camino que pronto seguirá Lutero (aunque a él le conducirá a la Reforma).

     En su pensamiento, al igual que en sus escritos, la filosofía de Cristo  (Philosophia Christi) ocupa el lugar central. Con este nombre denomina, en palabras de Léon E. Halkin, a “una síntesis de la teología y de la espiritualidad, síntesis hecha de conocimiento y de amor, alimentada por la meditación, y la plegaria y la renunciación, coronada por la unión a Dios…”. Se trata de la única filosofía que alcanza el fin que todo el mundo busca: la felicidad, meta a la que sólo se puede llegar mediante una lucha espiritual, cuyas reglas da en su Enchiridion.

     Pero esta filosofía es, ante todo, un modo nuevo de entender la religión, de forma más interior, menos ritualizada, más libre, menos eclesiástica. En este sentido, Erasmo es contrario a la austeridad del claustro, al ayuno, a la abstinencia… Para él, la auténtica perfección reside en los impulsos interiores del alma, y no en el género de vida, la comida o el vestido. Esto le lleva a anhelar una religión de adultos, ligera de equipaje, de dogmas, de ceremonias y de reglas. Sin embargo, lo que encuentra en su tiempo es  un cristianismo encastillado, enrocado en certezas, empantanado en argucias de curia y en discusiones escolásticas.

     Esta situación será criticada en muchas de sus obras. En el Elogio de la Locura, la que aquí nos ocupa, este pensador hace radicales afirmaciones, atacando todo aquello que cree que hay que atacar. Para entender estas críticas debemos situarnos en su contexto. Durante el Renacimiento, la Iglesia presenta un estado lamentable: los religiosos, especialmente las órdenes mendicantes, han olvidado hace tiempo las exigencias espirituales de sus fundadores; la forma de vida de los sacerdotes, así como sus predicaciones (y su formación en general) dejan mucho que desear; los altos cargos eclesiásticos viven rodeados de lujos y de comodidades… Al mismo tiempo, la gente del pueblo llano, los laicos de a pie, a causa de su ignorancia, se encuentran sumidos en las más variopintas supersticiones. Así, Erasmo arremete contra todo aquello que considera un abuso (la introducción de la política y del espíritu mundano en la Iglesia, las ansias de riquezas de los prelados, el fariseísmo hipócrita, la sustitución de la auténtica piedad por devociones ridículas, la decadencia de la predicación, el abandono del ideal misionero…),  pero también contra todo lo irrazonable y lo puramente formal. Por eso, detesta la hipocresía de los clérigos y teólogos, se burla de los monjes que piensan que sus votos les colocan en un escalafón superior al resto de los creyentes, critica las devociones irreflexivas, las invocaciones interesadas, las peregrinaciones sin arrepentimiento, el culto a las reliquias y a los santos…

     Ante todo esto, Erasmo defiende una reforma interior, de mentalidad, de verdadera comprensión del cristianismo. Lo que le interesa es la formación de un cristiano nuevo, de acuerdo con una enseñanza dogmática sencilla, de vivencias reales, alejada del formalismo impuesto por la tradición. Quiere, por tanto, un retorno al cristianismo primitivo de Jesucristo, de los apóstoles y de los Evangelios, borrando las alteraciones producidas a lo largo de los siglos. Esto lleva a un retorno a las fuentes primitivas de las Escrituras. Erasmo es, como ya hemos dicho, un humanista cristiano. El humanismo renacentista es amor y dedicación a la sabiduría clásica, pero también es una firme voluntad de restaurar la forma original de la misma. Los humanistas son, ante todo, filólogos, amantes de las palabras. Este amor hace que vean como algo imprescindible descubrir los textos y restablecerlos en su forma auténtica como medio para alcanzar su verdadero significado. Así pues, partiendo de una postura optimista, creen firmemente que pueden descubrir la realidad descubriendo el manuscrito. Por ello, San Jerónimo entusiasma a nuestro autor y a otros muchos por su defensa del estudio y por su exaltación de la capacidad de aquellos que pueden beber directamente en las fuentes griegas. Estas esperanzas del Humanismo se unifican en la figura de nuestro pensador con la esperanza cristiana. Su argumento es claro: para un verdadero humanista, la salvación está en la lectura; para un auténtico cristiano, en la palabra de Dios. Es lógico, por tanto, cifrar la salvación en la lectura de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, antes es necesario liberarlas, pues se encuentran secuestradas por clérigos y teólogos profesionales que se atribuyen una especie de monopolio del cristianismo puro. Frente a esto, él opina que el teólogo digno de este nombre bien puede ser un tejedor o un jornalero, pues la Biblia debe convertirse en compañera de todos.

     Otras concepciones suyas también interesantes hacen referencia a temas aún de moda: Erasmo se muestra a favor del matrimonio de los sacerdotes que lo deseen, aunque él personalmente prefiere el celibato. Rechaza también la imagen de la Iglesia como una sociedad jerarquizada, pues desde su punto de vista ésta debería ser la comunidad de los bautizados, el pueblo de Dios.

     En todas estas ideas vemos muchas semejanzas con el pensamiento de Lutero. Sin embargo, hay también varios puntos que los separan. Tal vez los más significativos, sean dos: la autoridad soberana del sentido privado en la interpretación de las Escrituras, y la justificación por la fe, independientemente de las obras. Estos aspectos, defendidos por Lutero, serán puntos básicos de la Reforma. Erasmo, en cambio, nunca tendrá el propósito de romper con la Iglesia, aunque estas cuestiones las analizaremos con más detenimiento en otros apartados.  

     Por otra parte, además de estas ideas relativas a la religión, debemos referirnos también a la vertiente política de su pensamiento. En este aspecto, Erasmo de Rotterdam es, ante todo, un pacifista ultranza y el primer teórico literario del pacifismo. Ésta es la base sobre la que se asientan sus ideas políticas, que se encuentran desparramadas en buena parte de sus obras, entre ellas el Elogio de la Locura. En la Institutio Principis Christiani se habla de los príncipes, mientras que la Querela pacis constituye un tratado de filosofía política cristiana.

     Un punto clave de la doctrina política de Erasmo es su idea de Europa: quiere una Europa unida y grande en la que reinen la tolerancia, la conciliación, la libertad, los sentimientos humanitarios y, sobre todo, la tan anhelada paz. Se trata de una concepción de la política alejada de la realidad, contemplada desde la distancia (contraria a la visión de pensadores como Maquiavelo). Así, frente a la Europa en la que comienzan a  perfilarse los Estados nacionales, él la desea unida, formando un imperio de nuevo y moderno cuño, haciendo suya en cierto modo la idea que encarna el emperador Carlos V.

                                                                                                                                                                       

    Europa en el siglo XVI. Imagen obtenida de:

http://www.kalipedia.com/kalipediamedia/historia/media/200707/17/hisuniversal/20070717klphisuni_91.Ees.SCO.png

     En relación con esto, Erasmo aborda con extrema gravedad los peligros de los nacientes nacionalismos, de la razón de Estado y de las guerras religiosas, y está firmemente convencido de que es necesario superar los límites nacionales y las escisiones religiosas. Así, concibe una Europa que está por encima de naciones y Estados y que permanece unida por el nombre de Cristo. Se trata de la culminación de un humanismo cristiano (una Europa unida en la que la paz se inspire en la doctrina cristiana y cuyo jefe sea un príncipe cristiano).

     Esta unidad europea ha de ser tal, que incluso las lenguas nacionales constituyen motivo de divisiones y de conflictos, De ahí que defienda el uso del latín como instrumento de comunicación y, por tanto, como elemento de unión. Sin embargo, éste no es el único papel que ha de jugar la cultura: Erasmo opina que las disidencias existentes son malentendidos originados por una comprensión escasa. Por ese motivo hay que aspirar a la cultura y a la civilización, y todo el que así lo haga puede convertirse en humanista, sea hombre o mujer, noble o plebeyo, clérigo o laico: es, pues, el internacionalismo, al que se llegará mejor con ayuda del latín. En consecuencia, debe haber una cultura y una civilización comunes.

     Por otro lado, en esta Europa él desea, no hay cabida para la espada. Así pasamos a hablar de la idea que tiene este autor acerca de la guerra. Erasmo rechaza categóricamente todo lo que suponga discordia. La guerra no debe darse en modo alguno, aunque esté justificada. En esto se diferencia de su amigo Tomás Moro. Mientras que este último admite la posibilidad de una “guerra justa”, Erasmo defiende que una paz injusta vale más que la más justa de las guerras y presenta el ejemplo de los animales que, a diferencia de los hombres, no combaten contra los de su misma especie y nunca se enfrentan en muchedumbres los unos con los otros o por objetivos distintos a la defensa de sus intereses vitales. En este sentido, las naciones pueden fundarse mejor en acuerdos duraderos que en la convulsión de una guerra que consigue disminuir el poderío, el bienestar y la riqueza; relaja las costumbres; y que, en definitiva, no es más que un despliegue de los impulsos criminales del hombre, como demuestran los sacrilegios, crímenes e innumerables vergüenzas y maldades que se cometen en ella. Además, una guerra jamás sirve a la gloria, ya que es mucho más glorioso construir ciudades que destruirlas.

     Así, Erasmo ataca a los príncipes y a los papas que encuentran escusas para justificar sus guerras, y en particular a los que lo hacen por dinero. De esto habla en su Querela pacis: “Tengo vergüenza cuando me acuerdo que por causas tan vergonzosas y frívolas los príncipes cristianos revuelven a todo el mundo. El uno halla un título viejo y podrido o lo inventa y lo finge […]. El otro de causas de no sé qué censo que no le han pagado. Otro es enemigo privadamente de aquél que le tomó su esposa, o porque dijo algún donaire contra él. Y lo que es muy peor y más grave de todas las cosas es que hay algunos que con arte de tiranos, porque ven enflaquecer su poder a causa de estar los pueblos en concordia y que con discordia se ha de esforzar, sobornan a otros que busquen amistad, y con mayor licencia roben y pelen al pueblo desventurado”. Entre los personajes concretos de su época que serán blanco de estas críticas se encuentra el papa Julio II, un guerrero cuyos ejércitos asolan Italia y que dirige una cristiandad armada y a caballo. Por lo demás, si tenemos en cuenta que Erasmo considera la concordia como un don más de la naturaleza y como la base de la constitución de la sociedad humana, no es extraño que se indigne ante la realidad que le rodea.

                                                                                            

Imagen obtenida de:

http://www.univie.ac.at/igl.geschichte/ws2000-2001/ar_beitraege/ar_ws2000_beitrag_kastner.htm    

     Frente a esto, este pensador establece también cómo deben ser los gobernantes. Ante todo, es partidario de la participación del pueblo en el destino político. Así, en una carta para Colet escrita en 1518 dice: “El pueblo funda y desarrolla las ciudades, la locura de los príncipes las devasta. Cree, por tanto, que los gobernadores deben llevar una vida austera, que debe reinar la armonía social, y que el Estado debe hacerse cargo de los menesterosos. Además, el buen príncipe debe reinar gratuitamente e imponer las menores contribuciones posibles.  Se trata, en general de unas ideas alejadas de la realidad y difíciles de poner en práctica.

     Fuentes

-DE ROTTERDAM, Erasmo, Elogio de la locura o encomio de la estulticia, edición y traducción a cargo de Pedro Voltes, introducción de Juan Antonio Marina, Madrid, Espasa Calpe, colección Austral, 2008, 16ª ed.

 -DE ROTTERDAM, Erasmo, Elogio de la locura, edición a cargo de Teresa Suero Roca, Barcelona, Bruguera, 1974.    

9 replies on “Pensamiento”

Excelente síntesis del pensamiento de este notable representante del humanismo de la Edad Media; el Elogio de la Locura es vigente aun en nuestros días, lo cual proyecta a este notable pensador como un clásico del pensamiento humano.

Ideas de Erasmo realmente son visionarias. Alienta el reencuentro entre los pueblos y otorga al cristianismo gran vitalidad.
Así resulta más grato estudiar el Renacimiento.

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