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El Papa Urbano VIII, a pesar de que Galileo ya había sido advertido por el Santo Oficio, le permitió publicar un estudio más sobre el movimiento de la Tierra y el Sol, pero con la condición de que sus postulados debían ser hipotéticos. La visión de Galileo se pude ver en su obra El Diálogo (1632), donde ponía en boca de Simplicio las opiniones que el Papa le había instado a abandonar, es decir, este personaje era el encargado de defender a ultranza el sistema de Ptolomeo y Aristóteles;  Salviati abogaba por el Sistema Copernicano del Universo y Sagredo es neutral, buscando la verdad sin aferrarse a ningún dogma en concreto.

Así, cuando trata el tema del movimiento de la Tierra, Simplicio preguntaba si Dios no provocó las mareas por otro medio que el considerado por Galileo: “sé que replicarías que Él podría haber conocido cómo hacerlo de muchas maneras que están más allá de la comprensión de nuestra mente. De lo que concluyo en seguida que, siendo esto así, sería una audacia extravagante que alguien limitara y confinara el poder de la sabiduría divinos a una fantasía particular de su propia invención“.

El argumento que utiliza Galileo, basado en la omnipotencia de Dios, tenía el objetivo de liberar a la ciencia de las restricciones del aristotelismo del siglo XIII. Por lo tanto, estaba interesado realmente en descubrir el modo por el que Dios había actuado al crear el mundo.

Ilustración de el Diálogo de Galileo Galilei

En el documento que publicaron los teólogos y cualificadores del Santo Oficio el 24 de febrero del año 1616 exponían que la proposición de que el Sol es el centro del mundo y está desprovisto de movimiento local era filosóficamente incoherente, y formalmente herética, ya que contradecía expresamente la doctrina de las Sagradas Escrituras en muchos puntos, tanto en su significado literal como en la interpretación que hicieron anteriormente los Papas y Doctores.

El día 5 de marzo la Congregación del Indice publicó su decreto prohibiendo la obra De Revolutionibus de Copérnico hasta que corrigiera sus errores. Sin embargo, gracias al futuro Papa Urbano VIII, que realizó la distinción entre las hipótesis científicas y las lecturas religiosas, se consiguió que no se condenara del todo.

Así, Copérnico tuvo que introducir pequeños cambios en su obra, para que en 1620 se volviera a leer con libertad.

Una vez que Galileo demostró que el sistema Heliocéntrico de Copérnico era el que se ajustaba a la realidad, para él, seguir defendiendo el sistema aristotélico y ptolemaico como verdadero era contradecir la intención de Dios al dotar al hombre con semejante inteligencia y razón investigadora.

Por ello, Galileo advirtió a los teólogos de los peligros que podría sufrir la fe en la iglesia si se ponía al creyente en la situación de tener que creer como verdad lo que sus propios sentidos y la ciencia podía demostrar como falso; o de cometer un pecado si creía que su razón demostraba que era cierto y necesario. Asimismo, afirmó que el sistema geostático de Ptolomeo no concordaba realmente con las Santas Escrituras, por lo que la asociación que hizo la iglesia de la cosmología aristotélica y el sistema ptolemaico era totalmente insuficiente.

 

Galileo creía que era posible demostrar que el Sistema Heliocéntrico era una conclusión necesaria y evidente de los datos que se obtuvieron en esos momentos.  Gracias a su telescopio, pudo ver un modelo del Sistema Solar en júpiter y sus satélites y pudo medir la gran variación anual de los diámetros aparentes de Venus y Marte.

Sus observaciones de las fases de Venus hicieron posible confirmar la predicción del Sistema copernicano de que los planetas mostrarían sus fases completas, como la Luna, cuando eran observados desde la Tierra.

Tal y como él dijo: “muchas otras observaciones sensibles que no pueden de ninguna manera ser reconciliadas con el sistema ptolemaico, sino que son los argumentos más fuertes en favor del sistema copernicano“.

Si la teoría copernicana fue prohibida y declarada contraria a la fe católica sin prohibir la Astronomía como un todo, el que Galileo continuara con su defensa provocó inevitablemente un gran escándalo.

Debemos señalar que Kepler descubrió en primer lugar la Segunda ley estudiando la órbita de Marte según las tres teorías vigentes: ptolemaica, copernicana y la de Tycho Brahe. Contemplando los sistemas que planearon, vio que Copérnico había complicado las cosas de forma innecesaria al no dejar que las órbitas de todos los planetas pasaran por el Sol.

Aun habiendo estudiado estas hipótesis, quedaba todavía un error de ocho a nueve minutos en el arco de la órbita de marte, y esto no podía ser atribuido a la imprecisión de los datos. Este hecho le obligó a abandonar las hipótesis de que las órbitas planetarias eran circulares y los movimientos de los planetas uniformes, llevándole a formular sus dos primeras leyes.

John Kepler estudió minuciosamente los postulados que se desarrolló Copérnico, llegando a relacionar su Sistema Heliocéntrico con la religión cristiana:

  1. Kepler veía en el Sol a Dios Padre.
  2. En la esfera de las estrellas fijas, veía a Dios Hijo.
  3. En el éter intermedio, mediante el cual creía Kepler  impulsaba el Sol a los planetas a recorrer las órbitas, veía al Espíritu Santo.

Estaba convencido de que Dios se atuvo al principio de los números perfectos en la creación del mundo, de manera que la armonía matemática en ella y la música de las esferas sería la causa real de los movimientos planetarios. Además, según él, todos los planetas estaban impulsados por una causa Divina Constante.

John Kepler (1571-1630) comenzó como colaborador en Praga del astrónomo Tycho Brahe (1546-1601).

Se suele ver su obra como el proceso de inducción y comprobación de las tres Leyes o proposiciones que rigen el movimiento planetario, que fueron las que sirvieron de base para la astronomía de Newton.

La ocupación real y oficial de Kepler consistía principalmente en editar los almanaques astrológicos. Sin embargo, era un matemático sobresaliente y entusiasta, convirtiendo el sistema heliocéntrico de Copérnico en simplicidad y armonía matemática.

John Kepler

Debido a una serie de inconvenientes tanto físicos como bíblicos, Tycho Brahe se vio obligado a rechazar y descartar la rotación de la Tierra, ya que no creía que Copérnico hubiese respondido a las objeciones físicas aristotélicas. Tycho dedujo de la ausencia de paralaje estelar anual observable, que el sistema heliocéntrico copernicano podía implicar la conclusión de que las estrellas tenían diámetros de enormes dimensiones.

Elaboró un sistema propio en el año 1588 donde la Luna, el Sol y las estrellas fijas giraban alrededor de la Tierra estática, mientras los cinco planetas giraban alrededor del Sol. Este sistema era geométricamente equivalente al sistema de Copérnico pero con la diferencia de que Brahe evitó lo que creía defectos físicos de Copérnico e incluyó las ventajas de sus observaciones.

El sistema Heliocéntrico de Tycho Brahe

El Commentariolus (“pequeño comentario”) es un esbozo de cuarenta páginas escrito por Copérnico donde realizó su primera versión de su revolucionaria teoría heliocéntrica del universo. Más tarde desarrollaría más ampliamente su teoría en 1543 en De Revolutionibus Orbium Coelestium.

Copérnico escribió el Commentariolus en algún momento antes del año 1514 y distribuyó copias a sus amigos y colegas. Por ello, se hizo conocido entre sus contemporáneos, a pesar de que nunca se imprimió durante su vida. En 1533, Johann Albrecht Widmanntetter dio una serie de conferencias en Roma esbozando la teoría de Copérnico, que fue de gran interés para el Papa Clemente VII y varios cardenales católicos. Por ello, en 1536 el Cardenal Nicolaus von Schönberg, arzobispo de Capua (Italia), le pidió que diera a conocer su teoría al mundo científico.

Aunque las copias de la Commentariolus circularon durante un tiempo después de la muerte de Copérnico, su existencia y contenido solo se conocían de manera indirecta hasta que fue descubierto un manuscrito que fue publicado en la segunda mitad del siglo XIX.

De Revolutionibus Orbium Coelestium. Nicolás Copérnico

A través de las investigaciones que realizó Copérnico, llegó a las Teorías griegas del Doble Movimiento de la Tierra: no sólo le dio a la Tierra una rotación diaria, sino que hizo que todo el sistema planetario, incluyendo la Tierra, girara alrededor  de un Sol estático en su centro (sistema heliocéntrico). Tal y como él mismo dijo:

Por tanto, no nos avergonzamos de defender que todo lo que está debajo de la luna, con el centro de la Tierra, describe entre los otros planetas una gran órbita alrededor del Sol, que es el centro del mundo, y lo que aparece ser un movimiento del Sol es, en verdad, un movimiento de la Tierra“.

De esta forma, creó un sistema matemático tan exacto como el de Ptolomeo. Teórica y cualitativamente, su sistema era más sencillo, ya que podía dar una explicación unificada de un número de diferentes rasgos del movimiento planetario que en el sistema Ptolemaico eran arbitrarios y sin conexión. Podía explicar las estaciones de los planetas como meras apariencias debidas a un único movimiento de la Tierra y podía dar una explicación sencilla de varios movimientos peculiares de planetas individuales.

Además, argumentó que los postulados que hizo sobre la Tierra no entraban en conflicto con la física de Aristóteles, sino que simplemente era necesario darle un sentido diferente al aceptado hasta ese momento.

Diferencias entre el sistema geocéntrico y heliocéntrico

Nicolás Copérnico

Tras comenzar sus estudios universitarios con la carrera de humanidades y después, derecho y medicina; finalmente Copérnico se doctoró en astronomía en Roma en el año 1500.

Sus trabajos de observación astronómica fueron practicados en su mayoría como ayudante en Bolonia del profesor Novara, un importante platónico que le enseñó a concebir la constitución del universo en términos de relaciones sencillas matemáticas.

Fue un gran estudioso de los autores clásicos y además se confesó como admirador de Ptolomeo, cuyo Almagesto estudió concienzudamente. Sus investigaciones también se basaron en el estudio del Epitome in Almagestum (editado en 1496) de Regiomontano y Peurbach, y de la traducción latina del Almagesto de Gerardo de Cremona.

A partir de todos estos datos, Nicolás Copérnico comprendió que debía haber algún error en los anteriores postulados, como se puede ver en el siguiente fragmento del Prefacio de su obra De Revolutionibus:

 

“Entonces cuando sopesé esta incertidumbre de los matemáticos tradicionales al ordenar los movimientos de las esferas del orbe, me defraudó el ver que una explicación más fiable del mecanismo del universo, fundado en nuestra exposición por el mejor y más regular Artífice de todos, no era establecida por los filósofos que habían investigado tan exquisitamente otros detalles respecto del orbe. Por este motivo emprendí la tarea de releer los libros de todos los filósofos que pude conseguir, investigando si alguno había supuesto que el movimiento de las esferas del mundo era diferente al adoptado por los matemáticos universitarios”.