Evolución protestante

El protestantismo nació en Alemania con las críticas de Martín Lutero a la Iglesia católica dada la degradación a que había llegado ésta en el siglo XVI. Y es que dicha institución se había ido cuestionando como consecuencia del abuso de poder, la gran cantidad de altos cargos, la dejadez en el ámbito pastoral, la degradación moral, el tratamiento de las indulgencias o la escasa formación intelectual del clero.

Lutero criticó especialmente el tráfico de indulgencias y la jerarquía eclesiástica, y defendió la necesidad de la confesión y el arrepentimiento, su “doctrina de la justificación por la fe” (mediante la cual explicaba la salvación divina del hombre únicamente por la gracia de la fe), la idea del sacerdocio universal, la lectura directa de la Biblia, el sometimiento de la Iglesia al poder de los príncipes o la validez de sólo tres sacramentos: Bautismo, Penitencia y Eucaristía.

En Alemania encontró mucho apoyo por el incipiente nacionalismo alemán frente al Imperio. Y, a pesar de un intento de frenar la herejía en la Dieta de Worms (1521), el protestantismo se fue extendiendo. Los conflictos con Francia y los internos en España impidieron una mayor atención de Carlos V sobre la Reforma protestante, nombre otorgado en la Dieta de Spira (1529), otra reunión donde el rey ratificó su oposición pero que tampoco supuso ningún freno a la herejía.

Tras ser coronado emperador en 1530, Carlos V convocó la Dieta de Augsburgo para acabar con la herejía, y de ella resultó: un intento de negociación, del cual no se llegó a un acuerdo; la idea de convocar un Concilio General, que no se llevó a la práctica ante la negativa (temerosa) del Papa Clemente VII; y la idea de la represión violenta, que se consideró inviable dada la unión militar de los príncipes alemanes en la Liga de Schmalkalden. Por todo ello, Carlos V aplazó la resolución del conflicto.

Ocupado en la lucha contra los turcos y los nombramientos de familiares para asegurar el poder en su dinastía, el rey español aceptó lo establecido en la Paz de Nuremberg sobre la no calificación de herejes a los protestantes antes de la convocatoria conciliar. Tras nuevos intentos por conseguir una solución pacífica (Dieta de Worms, 1545; Dieta en Ratisbona, 1546), ya con el Papa Paulo III (favorable al rey), se inició el Concilio de Trento, convocado en 1542. No obstante, se recurrió a la fuerza contra la Liga.

Así, las tropas imperiales consiguieron muchos éxitos en Alemania hasta que el rey intentó solucionar el problema religioso personalmente, son contar con el Papado, proponiendo soluciones de convivencia que no agradaron ni a los protestantes ni al Papado. Por otra parte, tampoco logró el rey sus objetivos en la sucesión imperial al impedir, especialmente los príncipes alemanes, la candidatura de su hijo Felipe. A ello se sumó el creciente poder de Francia y su unión con los protestantes, todo lo cual llevó al fin de la idea imperial (sobre la idea imperial de Carlos V destacamos el siguiente blog: La idea imperial y los nacionalismos).

Ante los diversos fracasos del rey, en 1552 firmó la licitud del protestantismo en el Tratado de Nassau con los príncipes protestantes, y en 1555 firmó con ellos la Paz de Augsburgo.

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