Historia de América

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Tema 4.1. Población

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La población americana a fines del siglo XV

La falta de fuentes adecuadas dificulta mucho la estimación de la población precolombina. Algunos pueblos, como los aztecas o los incas, tenían registros de población, pero dichas fuentes no han perdurado y, además, solo recogían a una parte de la población. Por ello, ante la falta de fuentes documentales, las estimaciones demográficas han sido realizadas a partir de informaciones de los conquistadores y de testimonios de los indígenas que estos recogieron: volumen de ejércitos rivales, número de bajas, descripciones del territorio, número de indígenas convertidos. No obstante, dichas informaciones deben ser tratadas con mucha precaución, ya que en su momento pudieron sufrir variaciones interesadas, para mayor gloria de los militares o de los eclesiásticos, o porque en muchas ocasiones, el impacto de las enfermedades europeas se produjo antes del encuentro entre indígenas y castellanos.

Ante la insuficiencia de las fuentes escritas, se ha recurrido a la arqueología, para deducir la población que podía mantener un determinado sistema económico en un área concreta. Así mismo, los demógrafos han intentado realizar retroproyecciones a partir de datos de la época colonial.

Por todo ello, es comprensible que exista una enorme disparidad en las estimaciones de población precolombina realizadas por los investigadores. A nivel global, los últimos cálculos sitúan la población americana en unos 60 millones de habitantes, aunque hay quienes afirman que apenas llegada a los 20 y quienes elevan dicha cifra hasta los 110.

Y si hay problemas para estimar la población global, aún es más complicado encontrar cifras fiables de carácter regional, especialmente en las áreas marginales, lejanas a las zonas de influencia de las altas culturas. El Imperio Azteca debía tener unos 25 millones de habitantes, y el Inca, unos 20. Los actuales Canadá y EE. UU. debían tener unos 7 millones. Y unos 5 millones habían de vivir en las Antillas. Sobre la América marginal sudamericana, apenas hay estimaciones.

El impacto de la conquista

En el siglo XVI, se produjo en América una importante quiebra poblacional, hasta el punto de que algunas estimaciones apuntan a que nos encontramos ante la mayor hecatombe demográfica de la Historia de la Humanidad.

De cualquier forma, dada la falta de fuentes, resulta muy complicado incluso estimar las pérdidas de la población indígena. Hay investigadores que hablan de un descenso del 25% de la población y otros que sitúan la mengua en un 96%. Y en determinadas regiones, como el Caribe, la desaparición de los nativos fue prácticamente completa.

No estamos en condiciones de realizar una cartografía de las intensidades de las pérdidas demográficas, pero sí podemos apuntar que la conquista fue más traumática cuando se efectuó sobre territorios políticamente menos articulados y que el impacto de la presencia de los europeos fue diferente según los ecosistemas (fue mayor en las tierras bajas que en las altas).

A la hora de valorar las causas de la catástrofe, la historiografía baraja 4 hipótesis: la tesis homicida, los factores psicológicos, la desarticulación de los sistemas económicos tradicionales y el impacto de las epidemias

La tesis homicida tiene su origen en las obras de fray Bartolomé de Las Casas, quien no escatimaba en ellas detalles sobre las matanzas de indios y los estragos provocados por el trabajo forzado, unos planteamientos que aprovecharon quienes alimentaron la Leyenda Negra española. Ambos factores tuvieron una incidencia muy negativa en la población amerindia.

  • La guerra fue más destructiva en los espacios políticos más fragmentados (como las tierras altas mayas) que en los grandes imperios, como el inca o el azteca (este último, por ejemplo, cayó tras una única gran batalla, la toma de Tenochtitlan).

  • El trabajo forzado (especialmente cuando se convirtió en esclavitud) también tuvo una gran incidencia en el descenso de la población indígena. No obstante, hay que distinguir entre el impacto del trabajo agrario en las encomiendas (más reducido) y el del trabajo en las minas peruanas (a más de 4.000m de altura) o en las arenas auríferas de las Antillas (donde la dieta de la población no permitía ese desgaste físico).

Las actitudes psico-sociales de los indígenas ante el hecho de la conquista también tuvieron una incidencia demográfica negativa. Al margen de la existencia puntual de suicidios colectivos, se desarrolló una actitud antinatalista en la sociedad indígena (sin alicientes vitales, abocada al trabajo servil y al pago de tributos), basada en el crecimiento del celibato, la continencia sexual, las prácticas anticonceptivas, el aborto o el infanticidio, que hizo que el número de hijos e hijas no fuese suficiente como para asegurar el reemplazo generacional. De hecho, existió un gran contraste entre la baja fecundidad de las indias casadas con indios y la alta tasa de nacimientos en indias casadas con europeos, mestizos, mulatos o negros.

Los cambios impuestos por los conquistadores, cuyos intereses eran radicalmente distintos a los vigentes hasta entonces, desarticularon los sistemas económicos indígenas, lo que tuvo incidencia directa en la población. La implantación de especies animales desconocidas en América y el desarrollo de las haciendas y de las plantaciones de monocultivos llevaron a los indígenas a las tierras menos útiles para la subsistencia.

Para muchos autores, la principal causa de la dramática disminución de la población indígena a lo largo del siglo XVI fue la introducción de agentes patógenos desconocidos entonces en América y contra los cuales, los aborígenes no estaban inmunizados, al carecer de los anticuerpos oportunos.

Las fuentes son muy elocuentes a la hora de identificar la irrupción sucesiva de epidemias procedentes de Europa. Estas fueron las que tuvieron una mayor extensión y una incidencia más dramática sobre la población: 1519-24, 1529-35, 1545-46, 1558, 1576, 1588 y 1595.

No es sencillo reconocer las enfermedades que originaron las pandemias, ya que las fuentes las califican con el término genérico de “pestilencias”. De cualquier forma, sabemos que hubo contagios de viruela, sarampión, varicela, gripe, tifus e, incluso, de peste bubónica.

La falta de fuentes adecuadas dificulta igualmente la estimación de las tasas de mortalidad indígena que provocaron las epidemias. Aun así, las coincidencias de los testimonios hacen evidente la dramática incidencia que tuvieron sobre la población nativa estas enfermedades que apenas afectaron a los europeos en el Nuevo Mundo. El impacto de las nuevas patologías supuso en América pérdidas tanto o más graves que las padecidas en el Viejo Mundo por epidemias tan graves como las peores pestes. La viruela fue, probablemente, la más mortífera de las enfermedades infecciosas que llevaron los españoles a América. Llegó en 1518 a La Española y tardó poco en extenderse por el continente, diezmando la población mexicana y llegando al imperio inca antes que Pizarro. A menudo terminó con más de la mitad de los habitantes de las poblaciones en las que se extendió.

La incidencia de las epidemias decreció notablemente a partir de finales del siglo XVI, quizá porque parte de la población desarrolló los anticuerpos necesarios para reducir sus efectos, quizá porque la gran pérdida demográfica sufrida hizo que fuesen menores las posibilidades de contagio interpersonal. Algunos historiadores llegan a hablar de que fue un ejemplo de guerra bacteriológica inconsciente y anterior a que este terrible tipo de guerra fuese definida y planificada.

Por otra parte, también fueron numerosas las pérdidas de vidas de los europeos que osaron atravesar el Atlántico en busca de nuevas oportunidades en el Nuevo Mundo.

Para ellos, el primer problema era la travesía transatlántica. Durante los viajes, hubo bajas más o menos numerosas por traumatismos, desnutrición, enfermedades carenciales (como el escorbuto), intoxicaciones alimenticias y deshidratación.

Una vez llegados al Nuevo Mundo, los europeos también debieron enfrentarse a patologías para ellos desconocidas, sobre todo cuando se adentraron en áreas de un clima tropical al que no estaban habituados. En este sentido, la sífilis fue la peor aportación americana. Se discute si ya era conocida en el Viejo Mundo o no, pero lo que sí es seguro es que una cepa muy activa del virus llegó con las carabelas de Colón e incluso se cobró la vida de Martín Alonso Pinzón. Junto a la sífilis, también tuvieron incidencia sobre los europeos otras patologías, como la baquia y la modorra, cuyos síntomas desconocemos, pero que afectaban a casi todos los recién llegados y tenían una moralidad inicial del 30% al 50%.

También hubo numerosas bajas castellanas por causa de las acciones bélicas. No existen demasiadas estimaciones al respecto, pero no siempre salieron bien librados los españoles. De algunas expediciones nunca se volvió a tener noticia; de otras, apenas algunos supervivientes fueron cronistas de las dificultades por las que atravesaron.

De cualquier manera, la mortalidad sufrida por los europeos no es comparable en términos absolutos con la sufrida por las poblaciones aborígenes.

América, tierra de inmigración

América siempre ha sido una tierra de inmigración, desde la llegada de los primeros pobladores por la vía de Behring. Tras ellos, llegaron los polinesios, los vikingos o los esquimales. No obstante, las migraciones que aquí nos interesan son las que se produjeron una vez que en 1492 se estableció el definitivo e irreversible contacto entre el Viejo y el Nuevo Mundo; unas corrientes fundamentales para comprender la disminución de la población indígena y el incremento relativo de los aportes europeo (fundamentalmente hispánico) y africano en América.

La Corona castellana intentó desde fechas muy tempranas controlar el flujo migratorio, tanto de ida al Nuevo Mundo, como de retorno al Viejo. En este sentido, los monarcas promulgaron un importante volumen de disposiciones legales y encargaron la labor de control a la Casa de Contratación de Sevilla. No obstante, la vigilancia fue menos estricta en los momentos en que había necesidad de inmigrantes en las colonias; o más severa, a finales del siglo XVI y principios del XVII, cuando las autoridades tomaron conciencia de la despoblación que sufría Castilla.

En 1518 se prohibió emigrar a las Indias, salvo expresa licencia, a cualquier extranjero, moro, judío, gitano, hereje, y a sus descendientes, así como a esclavos que no fuesen con sus dueños. Y estas disposiciones se completaron en 1552 con la obligación de que los emigrantes presentasen toda una serie de informaciones que, a menudo eran difíciles de obtener.

La prohibición de la emigración de los extranjeros no afectó a los naturales de la Corona de Aragón, pues no se consideraba foráneos a los naturales de los territorios que hoy comprenden España. Aunque hubo excepciones, como la colonización alemana de Venezuela bajo dirección de los Welser, lo más habitual era que el extranjero que quisiese emigrar a América de forma legal primero tuviese que naturalizarse casándose con alguna española y residiendo 10 años en el país (una condición que subió a los 20 años en 1608). Las sanciones a los extranjeros que violaban el monopolio hispano eran muy duras: confiscación de bienes y expulsión a los que se encontrasen en América, y pena de muerte a los hallados en los barcos de la carrera de Indias.

Los Austrias intentaron en todo momento controlar los movimientos migratorios en las dos direcciones, pero su burocracia fue incapaz de conseguir tal objetivo. Pese a que las sanciones contra los transgresores se fueron endureciendo con el paso del tiempo, las vías para eludir los controles fueron múltiples: sobornos a capitanes y oficiales de los barcos, “propinas” a los funcionarios que daban los permisos, pago a “agentes profesionales” que tramitaban los papeles… Así mismo, también era habitual enrolarse en la flota para desertar tras llegar a América (una práctica que fue tan frecuente que algunos barcos hubieron de ser abandonados al no contar con la tripulación suficiente como para afrontar el regreso). La presencia en el Nuevo Mundo de todas las minorías marginadas por la legislación (moriscos, gitanos, herejes y extranjeros) es una muestra de las fisuras existentes en el monopolio de la emigración pretendido por las autoridades hispanas.

La emigración clandestina fue muy importante, lo que hace insuficientes los registros de la Casa de Contratación para estimar el volumen de los movimientos migratorios transoceánicos. Para la Edad Moderna se ha propuesto una cifra de 750.000 emigrantes españoles, de los que la mayor proporción cruzó el Atlántico en el siglo XVI y a principios del XVII.

En cuanto al origen de los emigrantes, conocemos cifras del Quinientos: Andalucía (37%), Extremadura (16%), Castilla La Nueva (15%), Castilla la Vieja (14%), León (3%), Galicia (3%), País Vasco (3%), Corona de Aragón (1,3%). Por “provincias”, estas fueron las principales procedencias: Sevilla (23%), Badajoz (11%), Toledo (8%), Cáceres (6%); ninguna otra provincia española actual aportó más del 5% de los emigrantes.

También conocemos cifras de destinos correspondientes al siglo XVI: Nueva España (32,6%), Antillas (12,1%), América Central (4%) y América del Sur (49%, de los que el 23,8% fueron al Perú).

En relación con el sexo de los emigrantes, en la época antillana y de las grandes conquistas, más del 90% de los emigrantes fueron hombres. La presencia femenina creció a lo largo del tiempo y en la segunda mitad del siglo XVI superó el 25%. De ellas, poco menos de la mitad eran casadas, por lo que en el último tercio de la centuria había dos solteros por cada mujer casadera, lo que fue una circunstancia determinante del incipiente proceso de mestizaje.

En cuando a la edad de los emigrantes, no disponemos de estudios globales, pero sí de algunos regionales, como el de los extremeños. El 89% de los llegados a América tenían 39 años o menos. De 0 a 9 años: 15%; de 10 a 19: 18%; de 20 a 29: 36%; de 30 a 39: 20%; de 40-49: 8%; de 50 a 59: 2%; y de 60 o más: 1%.

Y sobre las profesiones, los datos disponibles apuntan a una emigración socialmente muy diversificada, con representantes de casi todas las categorías profesionales, con un cierto equilibrio en la presencia de hidalgos, religiosos, artesanos y mercaderes. La alta nobleza no atravesó el Atlántico más que para ocupar puestos de alta responsabilidad en la administración colonial. La emigración de sectores socialmente marginales encontró su lugar en la clandestinidad o la “semiclandestinidad”, como polizones, tripulantes “desertores” o sirvientes de otros emigrantes.

La emigración fue fundamentalmente urbana. Los labradores y ganaderos apenas tuvieron presencia en los flujos migratorios, que se compusieron de artesanos, comerciantes, abogados, médicos, funcionarios civiles, eclesiásticos y militares. En América se consolidó una política de emigración utilitaria desde un punto de vista económico, contraria al uso de las colonias como lugar destinado al ejercicio de la “higiene social” de la metrópoli.

Por otra parte, aparte de los flujos europeos, hubo otra corriente migratoria de tanta o mayor importancia: la de los esclavos negros africanos. Hasta 1870 desembarcaron en el Nuevo Mundo 9,6 millones de esclavos africanos, pero este fenómeno afectó a una población mucho mayor, pues muchos fallecieron durante el traslado y aún mayor fue el impacto que la captura de esclavos tuvo en sus tierras de origen, porque, obviamente, estaba rodeada de violencia y muchos hombres y mujeres nunca llegaron a caer en la esclavitud porque murieron en el intento de resistirse a ella.

El grueso de la población de raza negra llegó directamente desde África, fruto del tráfico esclavista establecido entre ambos continentes. Esta flujo se vio potenciado por la rápida desaparición de la población indígena de las Antillas, la orientación económica de la sociedad colonial en determinadas áreas y, de forma indirecta, por las críticas vertidas contra la explotación inhumana de los amerindios. Esta último aspecto nos lleva a la flagrante contradicción en la que cayeron algunos autores (entre ellos el mismísimo fray Bartolomé de Las Casas, aunque acabaría cambiando de opinión) que, queriendo defender a los indígenas del Nuevo Mundo, llegaron a proponer la importación masiva de esclavos negros, pasando por alto los derechos humanos que ellos mismos reivindicaban para los indios.

Los primeros esclavos africanos llegaron al Nuevo Mundo apenas una década después del descubrimiento por Colón. El comercio de esclavos fue libre hasta 1513, fecha en que, ante la necesidad de mano de obra esclava, la Corona decidió controlar el tráfico, concediendo licencias para importarlos a particulares y cobrando por ellas. Con el paso del tiempo, Carlos I comprendió que la venta de estas licencias podían constituir una importante fuente de ingresos y al encarecerse las concesiones, el tráfico de esclavos acabó siendo asumido por unas pocas casas comerciales extranjeras, que eran capaces de asumir un negocio de tan gran envergadura. Los portugueses fueron los primeros tratantes, ya que dominaban las ritas africanas y tenían reconocida experiencia en el tráfico de esclavos; y en la segunda mitad del siglo se sumaron los traficantes clandestinos ingleses, con John Hawkins. A finales del Quinientos, Felipe II decidió incrementar la efectividad del monopolio e incrementar sus ingresos, firmando un asiento de negros que suponía el desembarco en América de 31.500 esclavos negros. Este sistema supuso un notable incremento en el tráfico de esclavos.

Al igual que sucedió con las migraciones, el control estatal fue fácilmente burlado y, ante la creciente demanda de mano de obra en las colonias, hubo sobornos, ocultaciones, operaciones organizadas por algunos colonos en América y, sobre todo, contrabando (especialmente portugués). La “emigración” ilegal de esclavos supuso entre la tercera parte y la mitad de la legal.

El aporte de esclavos negros fue cuantitativamente poco importante en el siglo XVI (unos 125.000), porque dicha cantidad apenas supuso la décima parte de los llegados en el siglo XVII y casi la cincuentava parte de los arribados en el XVIII. En el Quinientos, el 54% de los esclavos africanos tuvo como destino Europa; dicha proporción menguó en el Seiscientos (19%) y desapareció en el Setecientos (0%).

El número de esclavos africanos de la América hispana siempre fue muy inferior (entre la quinta y la décima parte) al que tuvo su destino en las colonias de las demás potencias europeas. Los esclavos (procedentes del Senegal y del sur de este, al agotarse este cazadero) se aclimataron perfectamente en las áreas tropicales (Antillas y tierras bajas de la América continental), pero no en las minas del Perú (por su altura).

Por último, nos queda referirnos a la emigración ilegal, de miembros de minorías cuyo paso al Nuevo Mundo la Corona siempre procuró evitar: moriscos, judeoconversos, gitanos y extranjeros. Las ausencia de fuentes nos impide estimar sus números, que suponemos residuales. Y cerramos este apartado con un último aporte migratorio, muy limitado cuantitativamente, el de los esclavos de origen oriental (filipinos, chinos, japoneses o indios “orientales”), cuya trata fue prohibida en 1608.

El proceso de mestizaje

En el Nuevo Mundo, junto a la población amerindia, confluyeron europeos, africados y, de forma más marginal, asiáticos. Ello hizo que en la Edad Moderna se desarrollase un intenso mestizaje, que tuvo repercusiones evidentes también en el ámbito cultural.

Algunas uniones fueron de conveniencia política en los primeros momentos de la conquista, cuando esos matrimonios consolidaban alianzas fundamentales, pero después también pesó de forma determinante otra razón: la falta de mujeres blancas. Se establecieron así muchas uniones mixtas, a menudo estables, pero rara vez sancionadas por la Iglesia.

El problema del mestizaje fue complejo en América. Sobre todo en un primer momento, el mestizo reconocido y educado por su padre español se incorporó como tal en la sociedad colonial. No hubo prejuicios legales para los matrimonios con las indígenas bautizadas, pero pronto se desarrollaron los de índole social, que hicieron recaer sobre los mestizos la certeza más que sospecha de su origen ilegítimo, y todo ello pesó en una sociedad cada vez más obsesionada por los estatutos de pureza de sangre. El mulato, hijo de blanco y negra, no gozó nunca ni del beneficio de la duda.

Las uniones de amerindios, negros, europeos e, incluso, asiáticos, y de sus múltiples tipos de mestizos dio origen a un amplio abanico de cruces étnicos, que fueron clasificados en complejas nomenclaturas. Los 3 grupos iniciales del mestizaje fueron:

  • Mestizos: etnia europeo + indígena.

  • Mulatos: etnia europea + negra.

  • Zambos: etnia negra + indígena.

Las denominaciones de origen racial se empleaban también como distinciones del rango oscial. Por ello, teniendo en cuenta, además, las limitaciones de las fuentes y las diferencias regionales, resulta muy complicado ofrecer estimaciones precisas sobre la importancia real del mestizaje.

Por ejemplo, en 1650, en México había un 89,5% de indios, un 5,3% de blancos, un 0,8% de negros, un 4% de mestizos y un 0,5% de mulatos.

En cambio, en dicha fecha, los datos de las Antillas eran completamente distintos: 1,6% de indios, 13% de blancos, 65,2% de negros, 1,6% de mestizos y 18,6% de mulatos.

A partir de mediados del siglo XVII, el proceso de mestizaje se intensificó. A fines de la época colonial, los mestizos suponían el 24% de la población en México, América Central y las Antillas; y el 30% en Sudamérica.

Por último, hemos de indicar que al hablar de mestizaje se suele aludir exclusivamente a aquellos que vivieron en la órbita colonial. Pero muchos otros (que no podemos cuantificar) se integraron en la sociedad indígena, con todas sus consecuencias.

Written by Antonio Carrasco Rodríguez

diciembre 31st, 2019 at 10:17 am

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