Historia de América

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Tema 7. La mujer en la sociedad colonial hispanoamericana

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El asentamiento y la migración de mujeres peninsulares

En las primeras décadas de la conquista hubo en el Nuevo Mundo una gran demanda de solteras españolas, que estuviesen dispuestas a casarse con los conquistadores. Aun así, el número de mujeres que emigraron a las Indias fue muy reducido en las dos primeras décadas del siglo XVI (apenas un 10% del total de emigrantes). En la segunda mitad del Quinientos, esta proporción creció hasta acercarse al 30%. La mayoría de ellas procedía de Andalucía y sus destinos más habituales eran México y Perú.

Las mujeres que cruzaron el Atlántico en esta época tenían la esperanza de conseguir un rápido ascenso social. Algunas lograron sus propósitos. Otras, no, especialmente en zonas donde las condiciones de establecimiento eran difíciles, como Chile, Centroamérica o Paraguay. Hacia finales del siglo XVI, un buen número de las emigrantes peninsulares eran viudas sin recursos o hijas pobres de los primeros conquistadores y colonizadores, y se vieron obligadas a solicitar a las autoridades reales pensiones o ayudas económicas. Algunas recibieron dichas compensaciones. Las que no tuvieron que evitar la indigencia retirándose a casas de recogimiento, fundadas por patronos alentados por la Iglesia.

A partir del siglo XVII, el número de emigrantes peninsulares descendió progresivamente, de forma inversa al crecimiento demográfico de las mujeres criollas. Los hombres continuaron viajando solos a América y allí se casaron con esposas nacidas en las colonias.

Las emigrantes del Quinientos desempeñaron un papel importante, ya que actuaron como transmisoras de la cultura material y doméstica hispánica, y de los valores sociales y religiosos. En general, estas mujeres no eran cultas ni letradas, pero establecieron modelos para todos los detalles de la vida cotidiana, como la vestimenta y la moda, la cocina, el hogar, las diversiones, el cortejo y el cuidado de los niños. Colaboraron activamente en la réplica en América del estilo de vida hispánico.

El matrimonio y el parentesco

El matrimonio fue uno de de los pilares de la sociedad hispanoamericana, como fundamento de la familia y base para la legitimación de los descendientes. Para la Corona fue clave, porque aseguró la colonización y la estabilidad en el nuevo orden colonial, tras los turbulentos años de la conquista. La Iglesia también consideraba el matrimonio como un sacramento esencial de la vida cristiana, por lo que intentó que españoles, criollos, indios, negros y mestizos de todo tipo cumpliesen con dicho precepto. Ambas instituciones, Estado e Iglesia, persiguieron la poligamia indígena para fomentar los matrimonios monógamos.

Las uniones endogámicas fueron más usuales entre los blancos y los indios. En cambio, las mujeres de las castas o razas mezcladas fueron más proclives a casarse con hombres de origen étnico diverso, porque tenían una menor presión social para mantener la homogeneidad racial. La incidencia más baja del matrimonio se dio entre las mujeres negras.

Otra tendencia general es que hubo más matrimonios en las zonas rurales que en las urbanas, posiblemente como resultado de una mayor presión social.

A pesar del elevado valor moral y social del matrimonio, y de la actitud de las autoridades civiles y religiosas, las uniones extramatrimoniales (que tuvieron un gran impacto en el crecimiento del mestizaje) fueron numerosas. En el siglo XVIII, Carlos III llegó a promulgar una pragmática real, que regulaba las prácticas matrimoniales de la clase alta: para reducir el número de matrimonios exógamos, establecía que los hijos e hijas habían de pedir y obtener el consentimiento de los padres para poder casarse. Los militares también necesitaban la aprobación de sus superiores y el permiso real para poder contraer matrimonio (el Estado quería evitar las uniones con las castas, para mantener el carácter cohesionado del cuerpo militar).

El matrimonio fue la base para establecer el tejido social mediante el parentesco y para consolidar la posición social de la familia o el individuo. Fue particularmente importante para el sector hispánico de la sociedad. Los inmigrantes solteros peninsulares solían casarse con mujeres procedentes de las familias mineras, terratenientes o mercantiles establecidas en América. El matrimonio también fue un medio para acceder al control de los gobiernos municipales y a la burocracia administrativa o judicial.

Las redes familiares empezaron a desarrollarse a finales del siglo XVI. Empresarios ricos y burócratas afortunados comenzaron a formar élites, que intentaron vincularse con las antiguas familias terratenientes, herederas de las encomiendas y los repartos de tierras. Las mujeres tuvieron un papel fundamental en la construcción de estas redes de parentesco. Una familia con varias hijas podía aspirar a diversos matrimonios con burócratas o terratenientes ricos, los cuales ayudaban a reforzar su posición social. Condicionadas por la educación y la religión, las mujeres jugaron un papel instrumental en una sociedad controlada por hombres. Gracias a los matrimonios pudieron beneficiarse de su propio ascenso social o de la mejora de la situación socioeconómica de sus familias, lo que les permitió acceder a una vida confortable y a asegurar el futuro de sus descendientes.

La posición económica y las ocupaciones de las mujeres

La sociedad de la América colonial heredó de la española la idea de la debilidad intrínseca del sexo femenino, así como el sistema legal que pretendía proteger a las mujeres de su propia debilidad o del abuso de los hombres. Esta combinación de restricción y protección dio a las mujeres ventajas considerables, aunque el concepto de primacía del hombre sobre la mujer continuó imperando.

Las mujeres estaban bajo el control del padre y, tras el matrimonio, del marido. La esposa, tras enviudar, ejercía la patria potestad sobre los hijos, aunque, en ocasiones, la tenía compartir con otra persona. Tras el matrimonio, la mujer necesitaba el consentimiento legal de su marido para realizar cualquier actividad económica (compras, ventas, participación en sociedades, etc.); una vez que contaba con dicha autorización, tenía completa libertad para actuar.

Las mujeres podían mantener el control sobre los bienes adquiridos antes del matrimonio y disponer de ellos según su voluntad. El sistema hereditario era bilateral, de modo que los hijos podían heredar tanto del padre como de la madre. La personalidad legal y económica de las mujeres no era absorbida completamente por el matrimonio. Tras la muerte del padre, los bienes adquiridos durante el matrimonio (bienes gananciales) eran divididos, a partes iguales, entre la mujer y los hijos, Para evitar la potencial fragmentación de la propiedad de una familia, los maridos podían vincular una parte del total a uno de sus hijos en particular.

Las dotes y las arras fueron otros mecanismos protectores legales. La dote proporcionaba una seguridad económica adicional a la mujer al morir su marido. Este, al recibirla, había de declararla ante notario y tenía que comprometerse a compensar su valor con su propiedad antes de que esta pudiera sufrir cualquier división después de su muerte. Muchos novios añadían las arras, que consistían en un regalo de un 10% de sus bienes presentes o futuros. Este capital también iba a parar a la esposa junto con la dote, ya que se consideraba que era parte de la misma. El marido administraba la dote durante su vida y las obligaciones eran cumplidas. Las dotes eran más útiles para el hombre cuando se efectuaban en dinero, propiedades o cargos burocráticos. En cambio, si eran artículos de uso, que con el tiempo se desvalorizaban, a la larga, la dote podía ser una pesada obligación para el hombre, ya que estaba obligado a devolver su valor original completo. La aportación de dotes era una costumbre practicada por el sector hispánico; las mujeres indígenas raramente aportaban dotes y las de las castas no lo tenían como norma. Las dotes eran una indicación de la posición de la novia y su familia, y una forma de inversión de la pareja.

La encomienda fue otra institución que contribuyó a mejorar la posición de las mujeres. Las encomiendas fueron entregadas como recompensa a los conquistadores del Nuevo Mundo. Fueron vinculadas al matrimonio y solo podían ser legadas a los hijos legítimos. Las Leyes Nuevas de 1542 prohibieron a las mujeres estar a cargo de las encomiendas, pero esta disposición no llegó a cumplirse en la práctica, ya que, en ausencia de hijos varones, las esposas o las hijas pudieron heredarlas e, incluso, administrarlas. Las encomiendas llegaron a ser utilizadas para asignar pensiones a las mujeres o incluso como dotes.

La consecución de anulaciones matrimoniales por las mujeres fue poco frecuente en la América hispana. La Iglesia solo permitió la separación matrimonial en circunstancias extremas, como en casos de adulterio público del marido, de malos tratos continuados o de abandono del hogar. La complejidad de los trámites, sus costes económicos y la vergüenza social que producía alejaron a las mujeres de las solicitudes de nulidades; muchas optaron simplemente por tratar de conseguir un cambio en el comportamiento de sus maridos y siguieron casadas durante el resto de su vida, cumpliendo sus funciones como esposas y madres.

La maternidad era considerada una función primordial de las mujeres, ya que de ella dependía el futuro de la familia. Las mujeres solían contraer matrimonio antes de alcanzar los 20 años, con hombres mayores ya establecidos. Pasados los 25 años se consideraba que las mujeres empezaban a tener demasiada edad para casarse. El promedio de hijos por mujer casada de 45 años era cercano a los 10. Las familias numerosas, la fertilidad elevada y los altos índices de mortalidad infantil fueron la norma entre las mujeres de la América española. Las mujeres indígenas y esclavas tuvieron índices de fertilidad inferiores por la incidencia de los trabajos forzados y las enfermedades, la irregularidad de la vida conyugal, la pobreza de la dieta alimenticia o las prácticas abortivas.

La maternidad fue importante, pero no absorbía totalmente la vida de las mujeres, especialmente las de clase baja. Las mujeres criollas y mestizas a menudo estaban ocupadas en pequeñas tiendas, atendiendo a los clientes o asumiendo su administración. Las mujeres de las clases bajas que carecían de parientes varones solían realizar otros trabajos, como prestar pequeñas cantidades de dinero, tejer, hacer cerámica, coser, preparar bebidas o comidas, o elaborar productos para su venta en los mercados. En algunos centros urbanos, las mujeres administraban panaderías y trabajaban en las fábricas de cera y tabaco. El trabajo por cuenta propia tenía más reconocimiento social que el servicio doméstico o el trabajo en fábricas. Por ejemplo, las costureras y las maestras tenían más estatus social que las vendedoras del mercado. El estado civil no era óbice para el trabajo, ya que mujeres solteras, casadas y viudas se ocupaban en todos estos empleos. El matrimonio no siempre proporcionaba seguridad económica. En las clases bajas, los hombres raramente ganaban lo necesario como para mantener una familia y conforme esta crecía, la mujer tendía a incorporarse al mercado laboral, para aportar una renta complementaria.

Costumbres sociales

En la sociedad colonial hispanoamericana, las mujeres eran consideradas seres débiles, tanto en lo físico como en lo emocional. Por ello, se presuponía que necesitaban una protección especial: la vigilancia de los padres, la familia y los maridos, o el refugio de la religión. Se daba por sentado que las mujeres tenían menos resistencia a la tentación, que eran menos racionales, más violentas y más emocionales que los hombres. La preservación de sí mismas y del honor de la familia eran de extrema importancia. Debían ser puras y vírgenes hasta llegar al matrimonio y fieles a sus maridos después del mismo. La reputación de las mujeres dependía de la valoración social que se hacía de su castidad, virtud y fidelidad, independientemente de su rango social.

Los hombres habían de proteger el honor de sus mujeres en el hogar, pero fuera de casa tenían prerrogativas especiales que les permitían entregarse a prácticas totalmente condenadas para las mujeres. Un hombre podía mantener a una concubina y, al mismo tiempo, conservar su posición social. En cambio, el adulterio era la peor ofensa personal y social que una mujer podía cometer contra su marido. En América, esta diferente perspectiva aún era más frecuente por la existencia de innumerables mujeres indígenas, esclavas, mestizas o de cualquier mezcla étnica (que eran vistas como menos respetables y constituían objetivos fáciles de la violencia y la explotación masculinas).

Las tensiones en la relación entre sexos fueron generadas por la combinación del valor del honor y de los preceptos de una religión que consideraba el amor como una emoción inferior. Pero la pasión masculina era natural e incontenible y la sexualidad femenina podía ser peligrosa para ellas mismas y sus familias.

Pese a estos condicionantes, las relaciones prematrimoniales eran frecuentes. Las mujeres de clase alta aparecen con menos frecuencia en las fuentes (eclesiásticas y judiciales), pero ello es más un signo de mayor discreción que de una conducta más ajustada a las normas. Las uniones consensuales podían suponer para las mujeres de las clases bajas una protección económica y un medio de promoción social para su descendencia, si el padre pertenecía a las clases altas. Las mujeres que no podían o querían afrontar la vergüenza social del concubinato o de una descendencia ilegítima, o quienes deseaban obtener alguna forma de desagravio económico, intentaban forzar a los hombres a contraer matrimonio con ellas, o al menos a ser dotadas con una suma de dinero. Las promesas de matrimonio tenían valor legal y religioso, por lo que muchas mujeres aceptaban durante años compartir su vida con un hombre y darle hijos, sin ninguna queja, a menos que él decidiera contraer nupcias con otra mujer. En este último caso, las mujeres podían llevar a los tribunales a los “prometidos” que les habían hecho perder su virginidad, dando origen a múltiples pleitos de complicada resolución. Por su parte, la Iglesia solía bendecir estos matrimonios, para borrar el “pecado” cometido, excepto en casos de parentesco muy cercano o de gran inmoralidad. El problema de la ilegitimidad de los hijos era serio en algunas zonas. En Lima, por ejemplo, el índice de hijos ilegítimos entre blancos y mestizos superaba el 40%, y aún era más alto alto entre indígenas, negros y mulatos (aproximadamente un 65%).

Las víctimas y las delincuentes

Las mujeres fueron víctimas de diversos crímenes en la América hispana. Tanto en los núcleos urbanos como en las áreas rurales, sufrieron homicidios, violaciones y otras manifestaciones de violencia física. El maltrato del hombre a la mujer fue frecuente en todo el periodo colonial, ya que estaba aceptado como una prerrogativa del marido, no condenable, salvo en casos severos que dañasen gravemente la salud de las afectadas. La violencia machista fue una de las principales causas de separación, aunque era una acusación que las mujeres habían de probar con distintos testimonios. Además, la violencia continuada solo le solía acarrear al hombre una leve sentencia carcelaria.

Las violaciones fueron más veces denunciadas entre indios y mezclas que entre otros grupos. Durante la conquista, la violación de mujeres indias fue frecuente, pero raramente condenada. Con el paso de los años, este delito se castigó con trabajos forzados o exilio, pero no era tan severamente penalizado como la sodomía, que en el peor de los casos podía llevar a la hoguera a los sentenciados. La violación podía ser motivada por la lascivia del hombre, la voluntad de manchar el honor de la mujer o de su familia o, incluso formar parte del “cortejo”, cuando el novio quería acabar con la oposición familiar al matrimonio. En este último caso, no era considerado como un crimen. En las clases bajas, las relaciones prematrimoniales eran frecuentes, por lo que para poder probar una violación debía haber evidencias de violencia. La seducción también fue considerada como un crimen, aunque menos grave que la violación. Los casos más comunes de seducción los protagonizaban los frailes y los curas, que “solicitaban” relaciones sexuales a mujeres que estaban bajo su cuidado espiritual. Estos casos eran tratados por la Inquisición y su castigo era normalmente el exilio y la prohibición de confesar a mujeres; la solicitación no solía implicar la expulsión de la Iglesia.

Otro delito femenino habitual en la Hispanoamérica colonial fue la brujería, perseguida por la Inquisición. Aunque hubo inmigrantes españolas acusadas, la mayor parte de las procesadas fueron indias o mujeres de mezclas étnicas. Sus delitos solían tener distintas motivaciones: podían suponer un desafío contra las autoridades civiles y religiosas; ser el fruto de una incorrecta asimilación del cristianismo; o tener relación con prácticas mágicas, como la realización de hechizos o la preparación de pócimas para atraer a personas del otro sexo. Estas prácticas fueron penalizadas con la flagelación, el exilio o la participación en autos de fe como penitentes. El delito de brujería no fue penado en la América española con la hoguera. Solo los y las judaizantes sufrieron dicho castigo.

Entre los crímenes cometidos por las mujeres en la América hispana colonial no hubo apenas homicidios. Fueron más comunes los pequeños hurtos, la venta de licor ilegal, la hechicería, la blasfemia, la bigamia y la incontinencia sexual (probablemente relacionada con la prostitución, que, aunque prosperó en algunas grandes ciudades, la Iglesia logró evitar que se convirtiese en una profesión practicada individualmente).

La corrección de los crímenes de mujeres fue realizada en “casas de recogidas”, cárceles (llamadas “Nazarenas” o “Magdalenas”) y obrajes (fábricas textiles). En todas estas instituciones, las mujeres trabajaban durante unos años para reparar sus crímenes. En las cárceles y los obrajes, las condiciones de vida eran penosas. Las “casas de recogidas” se desarrollaron a partir de finales del siglo XVI y albergaban a mujeres virtuosas pero desprotegidas y a mujeres “perdidas”, que necesitaban corrección para evitar que siguiesen pecando o “contaminasen” a otras mujeres. Aunque estos lugares de reclusión fueron creados por laicos o por autoridades eclesiásticas, a finales del período colonial, el Estado empezó a hacerse cargo de algunos “recogimientos” y las reclusas empezaron a ser consideradas delincuentes y no almas que necesitaban arrepentimiento.

La educación de las mujeres

La educación de la mujer estaba orientada a su instrucción como esposa y madre. Las mujeres habían de vivir una vida casta antes del matrimonio, mientras aprendían habilidades que posteriormente utilizarían en el hogar, como cocinar o coser. La mujer no debía ir a demasiadas fiestas y bailes, tener demasiados amigos, gastar excesivo dinero en ropas o tener comportamientos frívolos. Su entretenimiento había de consistir en la lectura de literatura controlada, la música y la oración. Más tarde, ya casada, la buena esposa había de ocuparse de la administración doméstica, tenía que ser fiel y debía cuidar bien a los hijos. Estas normas, que iban orientadas a la élite, afectaban a todas las clases sociales y eran transmitidas a través de la educación formal (en las escuelas) e informal (en el hogar), y la confesión. Todas las mujeres recibían una educación informal durante su infancia y su pubertad, que estaba orientada a sus funciones como esposas y madres, y que también tenía relación con su condición, con la clase social a la que pertenecían y con las conductas y expectativas propias de su rango.

En la América colonial, la mayoría de las mujeres (de toda condición y clase) solían recibir una educación informal y algún conocimiento básico sobre el catolicismo, que ponían énfasis en la preservación del honor y en los modelos femeninos de conducta. Las indígenas aprendían desde niñas a tejer, a fabricar cerámica y a criar animales. Había una minoría de blancas, pertenecientes a las élites, que sí aprendía a leer y a escribir. Hasta finales del siglo XVIII las escuelas públicas y privadas no se propagaron, abriendo sus puertas a niñas de toda clase social.

Mención aparte merecen las monjas, que aprendían en los conventos latín y música. Este colectivo incluso produjo obras literarias, que rivalizaban con los escritos de autores masculinos. Entre las monjas literatas, la más célebre fue Sor Juana Inés de la Cruz, que fue, sin duda, la intelectual más excepcional de la América colonial hispánica. Sor Juana se retiró a un convento a los 21 años para poder dedicarse a la lectura, la escritura y el estudio.

Sin embargo, la mayoría de las mujeres de las colonias eran analfabetas. Y, aun así, podían desempeñar sus actividades tanto dentro como fuera del hogar. En el siglo XVIII, comenzó a aceptarse la capacidad intelectual de las mujeres y estas empezaron a recibir una educación formal, especialmente en conventos especializados en la educación femenina. También surgieron escuelas laicas, patrocinadas por confraternidades o por seglares. Y a finales del siglo XVIII aparecieron las escuelas públicas, mantenidas generalmente con recursos municipales. No obstante, aunque todos estos centros promovieron la educación formal de las mujeres, esta siguió orientada a sus roles en el hogar.

Las mujeres de los conventos

En la América colonial, mientras la mayoría de las mujeres contraían matrimonio (o vivía en uniones consensuales) y se centraban a la crianza de sus hijos, había también otras que optaban por entrar en los conventos, hacerse monjas y dedicar su vida al servicio de Dios.

Las primeras monjas que se trasladaron al Nuevo Mundo se dedicaron a la enseñanza y a servir de modelo de vida virtuosa a las mujeres indígenas. A estas últimas, se les negó el acceso a ingresar en las órdenes religiosas por su falta de preparación espiritual durante los siglos XVI y XVII. Por ello, las monjas de la América hispánica fueron criollas y peninsulares, llegadas generalmente al Nuevo Mundo con la intención de fundar establecimientos.

Desde la fundación del convento de Nuestra Señora de la Concepción, en México, a mediados del siglo XVI, los conventos de monjas proliferaron por la geografía colonial del Nuevo Mundo. Los había en prácticamente todas las ciudades importantes.

Inspirado por el espíritu de la Contrarreforma, el Estado favoreció la fundación de conventos en los que las mujeres pudiesen satisfacer su vocación religiosa y hallar protección. Esta última causa fue común entre las mujeres de la América colonial, en especial, cuando eran descendientes de conquistadores o colonos marginados por razones económicas y necesitaban un lugar para retirarse. Otras instituciones semirreligiosas, como los beaterios y los recogimientos, servían para los mismos propósitos, pero no requerían el compromiso de realizar votos religiosos plenos.

Los conventos de monjas eran considerados centros de edificación moral y religiosa, y las mujeres que profesaban, series piadosos y desinteresados, que eran objeto de reverencia y alabanza por sus contemporáneos.

Los conventos solían ser fundados y dotados por patronos laicos o religiosos, que donaban dinero o propiedades, y sus acciones eran reconocidas socialmente como una de las formas de piedad y caridad más loables.

Las mujeres enclaustradas en los conventos no solo obtenían protección y satisfacción religiosa, sino que también recibían una educación. Aunque en los conventos solían acabar las mujeres “incasables”, en general, las monjas tenían vocación religiosa y mantenían una conducta recta. Pese a que existieron casos de frivolidad y conducta disoluta, también hubo monjas canonizadas, como Santa Rosa de Lima y Santa Mariana de Jesús, y un buen número de beatas.

El ingreso en los conventos femeninos no era gratuito. La mayoría de los conventos requerían a los padres de las novicias una dote, si bien esta era inferior a la del matrimonio. Ya dentro de los recintos, las monjas de familias con recursos compraban celdas y solían llegar acompañadas por sirvientas e, incluso, esclavas. Las postulantes con vocación, pero sin medios económicos, solían reunir sus dotes mediante donaciones de patronos piadosos. Aun así, no siempre era necesaria la dote; por ejemplo, las órdenes descalzas admitían monjas sin dote o a cambio de pequeñas donaciones.

La vida religiosa fue una alternativa para aquellas mujeres que no deseaban casarse, que tenían vocación religiosa o que apreciaban la relativa independencia que ofrecían los conventos. Estos no solo fueron centros de espiritualidad; solían estar vinculados social y económicamente con la élite colonial, de la cual procedían muchas monjas.

Gracias a las dotes y donaciones, y a sus abundantes propiedades, muchos conventos de religiosas tuvieron un poder económico importante, llegando incluso a actuar como prestamistas. Otros, en cambio, apenas tenían recursos, sobre todo cuando habían de correr con los gastos de construcción o mejora de los edificios.

Las mujeres indígenas

Debido a la gran variedad de culturas indígenas existentes en la América colonial hispana, nos centramos en las mujeres de Mesoamérica y los Andes.

Las sociedades azteca e inca eran patriarcales; en ambas, la mujer estaba subordinada al hombre, en el Estado y en la familia. Su posición social dependía de la del cabeza de familia.

En la mayoría de las culturas indígenas, las mujeres, aparte de sus ocupaciones domésticas cotidianas, realizaban tareas agrícolas, tejían, preparaban bebidas y medicinas, y participaban en la actividad de los mercados locales. Contribuían con su trabajo al pago de las cargas tributarias, tanto de sus gobernantes, como de los conquistadores. La moral se basaba en valores como la sumisión, la resistencia y la fidelidad (el adulterio estaba penalizado con la pena de muerte); era, por tanto, similar a la del catolicismo.

Las mujeres indias fueron un factor crucial en la conquista del Nuevo Mundo. Fueron aliadas e intérpretes de los conquistadores, a quienes proporcionaron, además, cuidado personal y satisfacción sexual. Solían acompañar a las tropas, tras ser entregadas por sus familias como obsequio (a cambio de evitar la violencia, conseguir protección o lograr beneficios políticos) o después de ser secuestradas y esclavizadas (si sus comunidades se resistían a someterse). En esta época, las costumbres sociales de las sociedades indígena y española se relajaron y los castellanos mantuvieron concubinas indígenas y procrearon con ellas numerosos hijos. Después, ya en la época colonial, la disponibilidad de otras mujeres indujo a los castellanos a otro tipo de uniones. Además, la política inicial de la Corona de estimular los matrimonios con mujeres indígenas fue abandonada a mediados del siglo XVI y reemplazada por otra política oficial de separación y protección de los indios. Los matrimonios mixtos no llegaron a ser prohibidos, pero perdieron atractivo y prestigio social.

Por otra parte, en sus comunidades, las instituciones del repartimiento, la encomienda o la mita agravaron la situación de las mujeres indígenas, ya que la imposición de tributos familiares les obligó a asumir una mayor carga de trabajo y a ejercer como cocineras, criadas o nodrizas de los españoles.

La continua interacción de las mujeres entregadas llevó a muchas de ellas, especialmente en las zonas urbanas, a adoptar la cultura hispana y a convertirse en mediadoras entre ambas sociedades. La mayor influencia cultural sobre la mujer india fue ejercida por la Iglesia católica, que erradicó, por ejemplo, la poligamia en la clase alta indígena (cerrando así una vía de promoción social para las mujeres), e impuso los valores morales propios del cristianismo.

En las ciudades coloniales, la mayoría de las mujeres tenían entre 20 y 29 años, y eran, en su origen, inmigrantes. Muchas servían en los hogares españoles como criadas o amas de casa, aunque también solían ejercer otros oficios, como vendedoras en los mercados o costureras. Más de la mitad estaban casadas, principalmente con hombres indios, que las duplicaban en número; y muchas de ellas tenían hijos ilegítimos.

En el mundo rural, las mujeres eran predominantes, ya que los hombres solían emigrar a las ciudades o a los centros mineros.

Las mujeres negras

A su llegada al Nuevo Mundo, el número de esclavos negros triplicaba al de esclavas. No obstante, con el paso del tiempo, dicho desequilibrio fue desapareciendo y la proporción llegó a invertirse en algunos lugares, por la mayor mortalidad de los hombres, propiciada por la dureza de los trabajos que realizaban.

Los esclavos, pese a su falta de libertad, tenían algunos derechos, como casarse, no ser separados de sus familias, comprar su libertad, realizar apelaciones al sistema legal o hacer testamento. También adquirieron el derecho a la propiedad y a exigir a sus dueños el ser vendidos si estos no los “trataban con humanidad”. Esto era, no obstante, la teoría, basada en la legislación medieval castellana. En la práctica, estos derechos eran ignorados y no fueron pocos los esclavos que recurrieron a la justicia para ser desagraviados por los abusos de sus dueños.

La mayor parte de las quejas de las mujeres esclavas tenía relación con el maltrato que recibían de sus amos, con la negación de su derecho a contraer matrimonio, con la separación de sus familias y con los obstáculos que les ponían para comprar su libertad. El abuso sexual, que fue muy frecuente, no propició tantas denuncias como podría haberse esperado. Las esclavas negras solían tener muchos hijos ilegítimos, que pese a tener padres blancos, también eran esclavos.

Los matrimonios entre esclavos fueron alentados por la Iglesia y por los amos. Su vida familiar era siempre precaria y la separación de los hijos era un hecho asumido, que podía tener lugar a cualquier edad.

Las ocupaciones de las mujeres esclavas eran diversas; aparte del trabajo doméstico, ejercían como vendedoras en las calles, trabajaban en los obrajes, realizaban tareas agrícolas e, incluso, trabajaban en las minas.

En cuanto a las manumisiones, las esclavas urbanas conseguían su libertad con menos dificultad que las rurales, o que los hombres en general. El afecto personal de los amos o las prestaciones sexuales (con descendencia incluida) podían abrirles el camino hacia una libertad, que era más comprada que concedida. Los precios de la compra de manumisiones de esclavas variaban según las zonas, la edad de la esclava y el período histórico; en general, fueron superiores en los inicios del período colonial, en regiones distantes de los puertos de entrada y para las mujeres que tenían entre 20 y 40 años. Las mujeres siempre tenían un precio inferior a los hombres, a pesar de su capacidad para dar hijos y multiplicar así la inversión de su amo. El rendimiento laboral masculino tuvo más valor que el potencial reproductor femenino.

*Este texto es un resumen del capítulo La mujer en la sociedad colonial, de la Historia de América Latina (vol. 4), editado por Leslie Bethell para Cambridge University Press (Barcelona, 1990).

Written by Antonio Carrasco Rodríguez

enero 17th, 2020 at 6:44 am

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