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Satori

Satori, Don Winslow

Don  Winslow,  autor de novelas tan conocidas como El poder del perro o Salvajes muestra su nueva faceta de novelista con Satori que quiere recobrar los ambientes del espionaje en los años de la Guerra Fría.

Satori es un término japonés que designa la iluminación en el budismo zen. La palabra significa literalmente ‘comprensión’. Es también análogo al concepto de creatividad, en el sentido de que reconcilia oposiciones aparentes. También se conoce como el momento de descubrimiento que surge al clarificar una paradoja, que es el momento de catarsis o purificación.

Winslow continúa en Satori la genial novela de espías Shibumi  (1979) que consagró a Trevanian (1931-2005) como uno de los maestros de la novela de espionaje. Shibumi pasó a ser una obra de culto con millones de seguidores.

La novela nos lleva al nacimiento como espía y asesino de Nicolai Hel, de familia aristocrática rusa, infancia china y adiestramiento japonés. Amante del Go, de mente analítica y adiestramiento marcial impecable. En la novela de Winslow se nos cuenta cómo llegó a ser el asesino perfecto de Trevanian a través de una intriga que se mueve entre escenarios tan exóticos como el Vietnam todavía bajo el dominio francés al Pekín de la revolución cultural.

Dividida en dos partes busca mantener espectante al lector en todo momento, aunque en algunos momentos la lectura puede hacerse lenta. Hay capítulos muy descriptivos y de poca acción que pueden desanimar la lectura del lector ávido de emociones. En general, la acción está muy bien narrada y  los acontecimientos son creibles por lo que la situan en la mejor tradición de las novelas de espías. La atención del lector se mantiene en todas sus páginas. El particular estilo del autor, con muchos capítulos cortos, facilita la lectura e invita a seguir leyendo.

La novela nos ofrece una muy buena descripción de la Indochina francesa con la lucha de poder que desembocaría en la división del país y en la futura Guerra del Vietnam.


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… la justicia, no es solo cuestión de fondo. Sobre todo, es cuestión de forma. Así que no respetar las formas de la justicia es lo mismo que no respetar la justicia. Lo comprende, ¿verdad? -Melchor no dice nada; el subinspector esboza una sonrisa tolerante-. Bueno, ya lo comprenderá. Pero acuérdese de lo que le digo, Marín: la justicia absoluta puede ser la más absoluta de las injusticias.

Terra alta / Javier Cercas

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