El libro de la semana: El insólito peregrinaje de Harold Fry

El insolito peregrinaje de Harold Fry

  • La obra: Un día  cualquiera, Harold Fry, recien jubilado se dispone a echar una carta al buzón y responder así a una vieja amiga enferma. Sin embargo, al ir a enviar la carta, un presentimiento le empuja a llevar la misiva él mismo y emprende el camino que le llevará a la otra punta del país, en un viaje al encuentro de sí mismo.
  • Extracto del libro:

Por primera vez en su vida, se llevó un chasco al comprobar que el buzón aparecía delante de sus ojos antes de lo esperado. Intentó cruzar la calle para esquivarlo, pero allí estaba, aguardándolo en la esquina de Fossebridge Road. Acercó la carta a la ranura, pero se detuvo antes de echarla. Se volvió para contemplar la corta distancia que sus pies habían recorrido.

Las casas unifamiliares se sucedían, enyesadas y pintadas en distintos tonos de amarillo, salmón y azul. Algunas aún conservaban los tejados puntiagudos de los años cincuenta y los arcos decorativos, mientras que en otras se habían levantado buhardillas con tejados de pizarra. Una de aquellas casas se había reconstruido desde los cimientos al estilo de los chalets suizos. Harold y Maureen se habían mudado allí cuarenta años atrás, al poco de casarse. Él había tenido que echar mano de todos sus ahorros para pagar la entrada, por lo que no había sobrado ni un céntimo para cortinas o muebles. Habían vivido apartados de los demás, y a lo largo de los años los vecinos habían ido cambiando, sólo ellos habían permanecido. En tiempos tuvieron un huerto y un estanque ornamental. Todos los años, en verano, ella preparaba verduras en conserva y David daba de comer a los peces de colores del estanque. Detrás de la casa hubo un cobertizo que olía a fertilizante, con ganchos altos para colgar las herramientas y los rollos de cuerda y bramante. Pero todo eso había desaparecido hacía mucho. Incluso la escuela de su hijo, que quedaba a tiro de piedra de la ventana de su dormitorio, había sido demolida y sustituida por cincuenta viviendas de bajo coste pintadas en intensos olores primarios y un sistema de alumbrado público que imitaba las farolas de gas georgianas.

Harold pensó en lo que le había escrito a Queenie, y le pareció tan inadecuado que se avergonzó. Imaginó que volvía a casa, que Maureen hablaba con David y que la vida transcurría exactamente igual, a no ser porque Queenie se moría en Berwick, y se sintió abrumado. El sobre descansaba en la oscura boca del buzón. No podía soltarlo.

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