Sobre la conquista de América

Hace varias semanas empecé a leer El Indigenismo de Henri Favre. Además de por el tema lo elegí porque es bastante breve, apenas 150 páginas, casi demasiado corto teniendo en cuenta el tema a tratar. Se podría decir que el libro habla de los procesos intelectuales que se gestaron durante la colonización española en América Latina, así como el pensamiento criollo e indígena relacionado de alguna manera con las respectivas identidades y que se desarrolló posteriormente a la independencia.

Me he acordado de esta lectura porque de un tiempo a esta parte, cada vez que se acerca el 12 de octubre, vuelve a desatarse la polémica entre los que consideran que no hay nada que celebrar pues la conquista fue un genocidio, y los que ponen el acento en que se llevó a cabo una gran labor cultural y civilizadora en unos pueblos que estaban sumidos poco menos que en la barbarie. Aunque el libro de Favre es mucho más que este debate, sí me gustaría compartir la parte dedicada a las ideas que surgieron en torno a la legitimación o no de la conquista. Resulta algo inédito en la historia universal, ya que pocos pueblos se han planteado si estaban legitimados para lanzarse a sus aventuras coloniales. El autor comienza indicando las discrepancias que comienzan a surgir poco después de la conquista, a principios del siglo XVI, cuando se alzan voces discordantes contra la suerte que corrían los pueblo indígenas, muy maltratados por los colonizadores. Y entre esas voces destaca la de Fray Bartolomé de las Casas que llega a impugnar la conquista y que señala que los indios deben poder «disfrutar de los derechos que la ley natural reconoce a todos los hombres, como el derecho a la libertad y a la propiedad». No comparte esta opinión el también religioso Ginés de Sepúlveda que justifica la conquista de América porque «los soberanos indígenas no son señores naturales sino tiranos. Prueba de ello es que sus súbditos se entregan a la sodomía, el canibalismo y los sacrificios humanos, actos todos contranaturales. Por esto, los indios no pueden invocar el beneficio de la ley natural que violan de manera tan flagrante y tan grave».

En 1550, el emperador Carlos V reúne en Valladolid una comisión encargada de examinar estas dos posiciones, pero finalmente no llegan a ninguna conclusión. Sin embargo, curiosamente se prohíbe la publicación del libro en el que Ginés Sepúlveda había expuesto su tesis, mientras que se permite la circulación de La Brevísima relación de la destrucción de las Indias del padre Las Casas. Esto resulta muy llamativo porque este libro va a ser aprovechado por las potencias protestantes europeas para tejer la leyenda negra sobre la colonización de España en América Latina.

Más adelante Henri Favre señala la importancia que tuvo la legislación indiana para organizar el régimen colonial. En 1680 fue codificada y publicada. Las leyes de Indias no sólo hacen del rey de España propietario de América sino que también convierte a los indios en súbditos de la Corona. Por tanto, se puede decir, como señala el autor que «la política colonial de España (…) garantiza una verdadera protección a los indios. Incluso si no son observadas en su totalidad con un rigor idéntico, las leyes de Indias, permiten que la población indígena escape del genocidio». Esto no significa que no hubiera malos tratos que junto a diversas enfermedades introducidas por los europeos, frente a las cuales los indios no tuvieron protección inmunitaria, provocaron una caída vertiginosa de la población durante el siglo XVI.

Este libro se publicó a finales de los años 90. Seguramente se habrán hecho nuevas aportaciones sobre el tema, pero la parte que he querido comentar está vigente y de actualidad, especialmente por estas fechas. Por lo demás, se puede encontrar en la biblioteca de Filosofía y Letras, y recomiendo su lectura si se está un poco interesado en el tema porque aporta datos e información que generalmente son ignorados en los medios de comunicación, donde sí se hacen eco de la polémica sobre la conquista con un afán a veces un tanto simplista y un poco desenfocado.

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